Jorge Medina Viedas
Lo primero que pone en operación un político mexicano cuando quiere que la sociedad se entere de una acción de
su interés, es cómo hace llegar en forma efectiva esa información a las columnas más leídas de los principales
diarios, y cómo logra una entrevista con Joaquín López-Dóriga o con Adela Micha con el mismo propósito.
Por alguna otra razón informativa, y tal vez en distinto momento, los columnistas y los famosos conductores
de radio y televisión, por su parte, estarán interesados en establecer contacto con el personal político.
Pero otros (o los mismos políticos) podrán tomar la determinación de acudir a ellos a través de un mensajero
para entregarles una información falsa o filtrarles una información que los beneficie. Y en el carril contrario, los
periodistas se enfrentarían al dilema de aceptar y utilizar una información que les puede resultar periodísticamente
rentable, pero éticamente comprometedora.
Con estos simples ejemplos lo que quiero decir es que entre los periodistas y los políticos existe una relación
de estrecha necesidad y conveniencia pero que nunca deja de ser compleja, variable, de desconfianza mutua y
casi inevitablemente antagónica. Este antagonismo puede dar una idea del grado de libertad de los medios y
permite medir el nivel de calidad de la democracia de cada país.
Son memorables, sin duda, los ejemplos de un periodismo defensor de la libertad y de los derechos
humanos, donde se sintetizan los argumentos del papel que desempeña la prensa en la consolidación y vigencia de los
valores democráticos. Esto mismo es lo que nos ha guiado a la construcción del axioma de que "no hay democracia
sin libertad de prensa como no hay libertad de prensa sin democracia".
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Pero también los políticos y los periodistas, más allá de las fricciones de dos mundos esencialmente
contradictorios, han sido capaces de exaltar uno y otro oficio. Compartir la excitación que producen los acontecimientos
históricos cerca de un gobernante como John F. Kennedy en momentos como la crisis de los misiles; encarar en un
momento dado al presidente Jimmy Carter implorando que se detenga una información que pondría en riesgo la
seguridad nacional, o apreciar el humor y el sentimiento cercano de un gobernante al enterarse de la muerte de un
candidato, como fue el caso de Carlos Salinas. Escuchar frases o estar en los instantes en que se producen hechos que por
su trascendencia van a recordarse a lo largo de la historia, hace de esa relación del periodista con los políticos
algo fascinante.
Políticos como Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy, Fidel Castro, Nelson Mandela o Felipe González
fueron y son capaces de proporcionar toda la gama de emociones que busca un periodista: información dura,
cotilleos, preferencias, manías, todo ese intercambio que produce el ansia común por saber lo que está pasando, como
dice Ben Bradlee que era la manera de ser del presidente estadounidense asesinado. Los periodistas sucumben ante
las cualidades de los políticos y éstos se obstinan infructuosamente en cambiar su irrenunciable vocación crítica y
su escepticismo a veces ácido y mortífero. Esa mutua utilización, ese intercambio de dones -y de desconfianzas-,
sin embargo, puede resultar una sofisticación o un contrasentido en tiempos en que los papeles de medios y gobierno
se han modificado.
De este mundo revolucionado son los héroes de culto en el oficio de periodista como Carl Bernstein, Bob
Woodward, Ryszard Kapuscinski, David Randall, Mike Wallace, Julio Scherer, Jesús Blancornelas, José Gutiérrez Vivó
y muchos otros, pero de la misma estirpe que por igual con su desempeño, han propiciado que los medios
de comunicación donde laboran desmenucen ante el ojo público el poder político "y lo fuerzan a un nivel de
exigencia de rectitud, limpieza y coherencia mayor que nunca en la historia de las democracias" (Edurne Iriarte, 2000).
Son ellos los que han revelado la corrupción pública y han hecho que los ciudadanos acudan más informados a
la vida política a elegir a sus gobernantes; han corregido muchos males de la sociedad y han encaminado
bastantes problemas de la vida pública. Ésa es una conducta que los medios han asumido en esta etapa. Son más
protagonistas y buscan influir en la toma de decisiones que involucran a los ciudadanos. Todo esto ha influido en la relación
entre los políticos y los medios.
Medios domésticos
En México, el periodismo crítico ha tenido un desarrollo desigual y llegó a finales del siglo XX con cierta
tardanza, con los reflejos duros, y atrapado en unas leyes más exigentes, las del mercado. Fue así durante una etapa que
duró de mediados de los años 70 hasta finales de los 80: contradictorio y carente de identidad propia en el marco de
un proceso de construcción de la democracia mexicana y en la que se escribieron sucesos e historias dignas de
ser recordadas; pero también muchas otras que expresaban el lado oscuro del autoritarismo y las insuficiencias éticas
de los propios medios y de los periodistas.
No obstante, en ese proceso tuvo una significación relevante el cambio que se produjo en el mundo
informativo mexicano con la llegada, hacia los años 80, de nuevos medios y nuevas generaciones de periodistas, los cuales
le dieron un fuerte impulso a la lucha que los grupos sociales y políticos estaban llevando a cabo por la instauración
de la democracia. Cambiaban los medios porque cambiaba la política. Se modificaba la política porque empezaban
a cambiar los medios.
Existía por supuesto un registro puntual de los desencuentros anticipatorios en el marco de la relación
subordinada de los medios a los gobiernos del antiguo régimen y se sentían ya los efectos de aquellos conflictos.
Presidentes como Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo
mantuvieron relaciones cooperativas pero distantes y muchas, a veces ríspidas y difíciles; las administraciones de Salinas y
Zedillo, que acompañaron el fin del partido hegemónico, enfrentaron conflictos graves con un sector de esa
prensa, anunciándose ya en estos sexenios los matices y actitudes que ambas instituciones habrían de asumir en la democracia.
Prácticamente durante las administraciones de éstos, los medios pudieron actuar con una libertad plena. Sólo
un sector de la televisión y de la radio se abstuvo de ejercer en todos sus términos la libertad de expresión.
A diferencia de Zedillo y Miguel de la Madrid, los presidentes Echeverría, López Portillo y Salinas los
utilizaron intensamente durante sus gobiernos en la instrumentación de sus políticas. Echeverría estableció controles
estrictos en el manejo informativo; conflictos como el 2 de octubre de 1968, cuando él era el responsable de la relación con
la prensa como secretario de Gobernación, y el del 10 de junio, cuando ya era Presidente, tuvieron el sello
represivo como forma de trato con la prensa. Su némesis, Carlos Salinas, años después, fue quien con mayor cuidado y
con más frecuencia hizo uso del
marketing político y el que con mejor conocimiento de la nueva era de los
medios, contemporizó con ellos. A los periodistas extranjeros y a no pocos mexicanos, a pesar de la oposición a su
gobierno por su falta de legitimidad de origen, a sus políticas modernizadoras poco confiables y a las medidas de castigo
que tomó selectivamente contra algunos medios, los seducía con su estilo cosmopolita y audaz. Ernesto Zedillo, por
el contrario, tenía una actitud sincera con los medios: no le gustaban y los eludía tantas veces como podía.
Simplemente se aplicaba en los términos de las normas de la comunicación social, toleró las críticas a su gobierno y asumió
los vientos de cambio que se estaban produciendo en el país; excepcionalmente encaró a un diario, el capitalino
Reforma, cuando éste le dio un sesgo en su contra a una carta que le había enviado días antes de su muerte al
fallecido candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio.
Centralidad en la alternancia
Las nuevas condiciones políticas marcadas por un gobierno distinto o alternante no variaron esencialmente la
relación con los medios. O mejor dicho: el gobierno se encontró a unos medios con una creciente centralidad en la
vida pública. Como en algunos países de desarrollo democrático, los medios mexicanos, principalmente la televisión,
se fueron asumiendo como un poder en sí mismo y no como un contrapeso de los otros poderes. Tardíos y lerdos en
su presencia en la democracia, atentos a los tiempos y ritmos de los cambios políticos, elásticos en su relación con
el gobierno federal y con las fuerzas políticas de oposición, fueron adquiriendo un mayor poder en la toma de
decisiones políticas nacionales.
Por inexperiencia e ingenuidad, el nuevo gobierno de Vicente Fox fue presa fácil de los hábiles e
inescrupulosos dueños de las televisoras y los miembros de la Cámara de la Radio y la Televisión, quienes se aprovecharon de
la vanidad de los nuevos huéspedes de Los Pinos; percibieron muy rápidamente que podían utilizar la propensión
del Presidente por el culto a la popularidad y el glamour de la televisión, con el fin de disponer de su voluntad en el viejo objetivo de acabar con el famoso impuesto del 12.5% de los tiempos oficiales y seguir en la línea para
continuar obteniendo mayores ganancias a costa del erario público. En poco tiempo le terminaron de desmontar al
gobierno sus instrumentos mediáticos basándose en las consignas de la lógica del mercado: le arrebataron el citado 12.5%
con un decreto que se acomodaba a los intereses de los medios electrónicos y, hasta la fecha, esas mismas
corporaciones han impedido que se reforme la Ley Federal de Radio y Televisión, con medidas de presión y a través del
intercambio de servicios de discutible y cuestionable honestidad.
Cuando ellos mismos, los propietarios de las televisoras, con la ley y las instituciones a su servicio, son
capaces de tener en sus manos el control de las elecciones, y disponer de los recursos públicos por la venta de publicidad
a los partidos políticos, en efecto, esto no es sólo una aberración sino que termina siendo una inmoralidad.
No es extraño que varios importantes legisladores de distintos partidos afirmen en privado que mientras no
haya una reforma electoral que impida que la televisión privada se siga quedando casi con 60% del gasto de los
partidos a causa de la publicidad electoral, la democracia mexicana estará incompleta. Es muy extendida la convicción
de que el control de las elecciones por este medio, más las condicionantes que le impone al gobierno, nos hablan de
que uno de los malestares de la democracia es la hegemonía de la televisión.
Al mismo tiempo, no ha habido un combatiente más feroz contra el gobierno y contra la política que esos
medios de comunicación, incluidos algunos de los más importantes de la prensa escrita. Durante los últimos años
han promovido fuertes campañas contra las instituciones del sistema político el gobierno, las universidades públicas,
el Poder Legislativo, el Poder Judicial, han sido víctimas cíclicas de los medios. Al final, es obvio que el daño
lo resienten la política y los políticos. La política, gracias a esos medios, se ha convertido en un oficio sucio y
los políticos son esencialmente corruptos. El debilitamiento de la política ha sido exactamente proporcional
al fortalecimiento de los medios. A partir de ello es que han pretendido asumirse como un poder en sí mismo.
Han postergado el papel de vigías de los otros poderes para asumirse el segundo poder después del económico, de
acuerdo con la conocida aseveración de Ignacio Ramonet.