Roberto Diego Ortega
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Si la desplazo de las candilejas rutilantes de Hollywood y el primer ejemplar de Playboy que incubaron el mito y a la vez el icono, entre los contraluces y contrastes violentos del imperio en los años 50 y 60 McCarthy, la cacería de brujas, el Ku Klux Klan, et al, antes del oscuro, deprimente final, y la niebla de confusión que desde entonces lo envuelve la envuelve, me queda nada más y nada menos que la quintaesencia: el esplendor que irradia su visión tanto en el cine
(Los caballeros las prefieren rubias, La comezón del séptimo año), tal como las imágenes de la cámara fija, la candidez o la provocación que destellaba, hacía estallar esa sensualidad bajo el auspicio de que las rubias serían más divertidas (or do they?), por no citar el desatado sex-appeal del personaje que Marilyn fraguó para su público, la eternidad y la legión de adoradores ignotos, en cualquier sitio y calendario del planeta; esa fresa o cereza incandescente en la sonrisa un prodigio de frescura translúcida, aún más fragante y profunda que el vino más robusto; esa promesa candorosa de placer absoluto, el fulgor de la piel, la condición celestial de la carne y el cuerpo, de la expresión, el rostro, aquella boca semiabierta y el lunar vertiginoso como la cabellera; la encarnación radiante del deseo; la Diva por antonomasia, la Venus terrenal que ofrenda su presencia. Fantasía. Carnalidad. Deslumbramiento.
Poeta.
rdiego2@gmail.com