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Ludolfo Paramio  La marea de la opinión pública


 Los medios en el vaivén de sentimientos

 Ludolfo Paramio



En la información que los medios nos ofrecen sobre gobiernos, políticos y, en general, personajes públicos, se producen en determinados momentos giros espectaculares. Alguien ferozmente denostado se convierte de pronto en una figura entrañable, sin que sus anteriores defectos hayan sido olvidados.

Pero pasan a ser una parte de su perfil, en el que la combinación de luces y sombras ofrece una imagen más aceptable, hasta el punto de ser querible: así le sucedió en España a Manuel Fraga. Y a la inversa, alguien que contaba con una imagen invariablemente positiva pasa a ser objeto de burla o se convierte a ojos del público en un ser execrable.

Cuando se producen estos giros de la opinión pública consideramos que los medios se limitan a reflejar un cambio de marea en los sentimientos públicos. Es cierto que a menudo el acontecimiento detonante ha sido creado por los medios: un guardia de seguridad pierde los nervios ante la presión de los periodistas y los golpea o los amenaza, la persona escoltada ­malinformada o igualmente exasperada­ justifica o exculpa la acción del escolta. No sólo los medios son el origen de la noticia, sino que es bastante probable que en un reflejo corporativo desaten un linchamiento de la persona culpable de que se les haya faltado el debido respeto.

Ahora bien, una vez que el cambio en la opinión pública está en marcha lo normal es que los medios adopten una posición más neutral, o al menos que no subrayen su propio papel en el acontecimiento original. De esta forma, lo que reflejan es simplemente que un error o una conducta desviada ha ocasionado el hundimiento de la imagen de una persona: ha cambiado la opinión pública, y los medios en apariencia se limitan a dar cuenta de ese cambio, incluso si refuerzan la tendencia con informaciones adicionales que abonan los aspectos menos gratos de la personalidad en cuestión.

Más complicado es comprender lo que sucede cuando, efectivamente, el cambio en la opinión pública se produce pese al sesgo evidente que los medios, o un núcleo duro entre ellos, mantiene en sentido contrario. Este fenómeno es especialmente llamativo cuando el afectado es un gobierno que cuenta de antemano con el apoyo de los principales medios creadores de opinión. Así sucedió en España en las semanas anteriores a la guerra de Irak: pese a tener a las principales cadenas de televisión en su favor, al gobierno no le fue posible evitar que el clima ciudadano adverso a su posición sobre Irak se reflejara en los medios audiovisuales, de tal forma que a partir de un cierto momento las informaciones de las televisiones reforzaron el sentimiento social de oposición a la guerra y a la actitud del gobierno español sobre ella.

Mientras que en Gran Bretaña no existió en ningún momento consenso sobre Irak, y tan sólo se produjo la previsible unidad pública durante la guerra en apoyo de las tropas británicas, en Estados Unidos el clima de unidad patriótica provocado por los atentados del 11-S se ha visto reforzado sistemáticamente por los principales medios audiovisuales: una comparación entre la supuestamente liberal CNN y la BBC británica resulta bastante reveladora, pese a que cabría haber imaginado a la segunda condicionada por el hecho de ser una televisión pública. No fue así: como en su momento subrayó Paul Krugman, la televisión pública (británica) mostró una agresiva independencia, mientras que las cadenas privadas (en Estados Unidos) se alinearon ­con matices menores­ en apoyo a la guerra.

¿Qué está sucediendo ahora? Se diría que se está resquebrajando la coraza mediática que ha permitido a Bush mantener altas cotas de popularidad desde los atentados. No se trata sólo de lo que muestran las encuestas, ni de la posibilidad de que un candidato demócrata como el general Wesley Clark pueda llegar a desafiar con éxito a George W. Lo notable es que las malas noticias se están abriendo paso desde la prensa hasta las cadenas de televisión, pese a la tremenda habilidad demostrada hasta ahora por algunas de ellas para ignorar esas malas noticias o minimizarlas, en un ejemplo de sistemática selección negativa de la agenda, y en algunos casos ­especialmente la cadena Fox de Rupert Murdoch­ mostrando una feroz agresividad contra sus portadores.

¿Por qué ha comenzado a hacer agua el acorazado? La economía no ha ayudado a Bush hasta ahora, desde luego. Septiembre es el primer mes en que ha crecido el empleo desde enero, y las opiniones optimistas sobre la marcha de la economía contrastan con los recortes de los servicios públicos dependientes de los estados, con el incremento del número de pobres y de personas sin cobertura médica. No se trata de que las cifras hayan llegado a ser catastróficas, sino de lo que apuntan, un clima social en el que demasiada gente ha visto su situación empeorar o conoce a otras personas que atraviesan dificultades. No es lo que puede desear un Presidente que debe revalidar su cargo dentro de un año, sobre todo sabiendo que el pesimismo económico tiene su propia inercia: a Bush padre le derrotó la percepción pública negativa de la marcha de la economía, pese a que ésta se encontraba en plena recuperación en el momento de la victoria de Bill Clinton.

Se diría sin embargo que es la marcha de la postguerra en Irak el origen de un cambio de clima que los esfuerzos de los medios de comunicación no pueden contrarrestar de forma satisfactoria. El problema fundamental no es, probablemente, la palpable falsedad de los argumentos con los que se justificó la guerra, sino el excesivo optimismo y la evidente improvisación con los que se planeó la postguerra. Lo que hace a los ciudadanos dudar no es que la CIA no haya encontrado armas de destrucción masiva en Irak, sino que sus familiares en el ejército deban permanecer en aquel país y que se prevea enviar 15 mil elementos más de la reserva y la Guardia Nacional, que haya muertos todos los días, y que se vayan a gastar en Irak 87 mil millones de dólares más, de los que 20 mil están destinados a una reconstrucción que ­según el gobierno­ se iba a financiar con los ingresos del petróleo iraquí.

Foto: Newsweek
El enfrentamiento o la incomprensión de otros países se podía ignorar, la necesidad de gastos extraordinarios para la guerra, tras la brutal agresión del 11-S, podía parecer inevitable. Pero no es tan fácil aceptar el goteo de muertos y el desbordamiento de los gastos, mientras los presupuestos públicos se disparan hasta déficits muy abultados y hay que recortar los servicios públicos. La conclusión inevitable es que algo se está haciendo o se ha hecho mal, y una vez que los ciudadanos comienzan a tener dudas sobre la marcha del país y de la postguerra en Irak es muy difícil para los medios, por muy adictos que sean, ocultar esa inquietud sin caer en la simple propaganda. Cuando las malas noticias ocupan un lugar creciente en la agenda, ya no es posible seguir dando pleno respaldo al gobierno sin alejarse del público. Las empresas de Murdoch suelen estar del lado del poder, pero para asegurarse el negocio, no a riesgo de perderlo: si en 1997 Murdoch apostó por Tony Blair, y su nuevo laborismo, fue porque descubrió que por ahí iba la opinión.

La cuestión ahora es saber si el acorazado republicano sólo tiene fisuras o si la cosa es grave. Algunos síntomas son llamativos: el asesor y estratega de Bush, Karl Rove, se ha visto bajo los focos como culpable por acción u omisión del descubrimiento de una agente encubierta de la CIA para desacreditar a su marido ­que había osado demostrar que Irak no había intentado comprar uranio en Níger, como había sostenido Bush­, y el Departamento de Justicia ha debido abrir una investigación, de la que se pueden derivar daños no sólo para la Casa Blanca sino para el propio fiscal general, John Ashcroft, que nunca ha sido famoso por su capacidad para fingir mesura u objetividad.

A estas alturas muchos ciudadanos no saben si había o no armas de destrucción masiva en Irak, y puede que no les importe demasiado. Pero si alguien en la Casa Blanca se ha saltado la ley, y se abre una investigación judicial, es muy posible que el público esté interesado: los espectáculos judiciales tienen gran éxito en la televisión de Estados Unidos. Podría suceder así que la exitosa manipulación de la opinión pública que permitió a Wolfowitz, Rumsfeld y Bush tener su guerra de Irak, se cobre ahora un precio por donde menos podía esperarse, en una de esas típicas maniobras de descrédito del adversario que han hecho famoso a Karl Rove, y que en este caso habría ido más allá de lo legalmente aceptable. Peor aún si, como en este caso, la parte ofendida es una CIA ­tan maltratada o más que el M16 británico en el deseo de encontrar justificaciones a la guerra­ que tiene algunas cuentas pendientes con la Casa Blanca, pero a cuyo director se le atribuye una relación de confianza personal con Bush basada en el gusto común por el beisbol.

Quizá se acumulen las desgracias. Mientras Bush espera que el Congreso apruebe sus 87 mil millones para Irak se ha revelado que un estudio del Pentágono, anterior a la guerra, ya concluía que la industria petrolífera de Irak estaba muy deteriorada ­como se ha comprobado después­, por lo que la afirmación del subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, de que el petróleo financiaría la reconstrucción era claramente temeraria. Es posible que alguien pregunte al subsecretario por qué no leía los informes de su propio departamento, o si tenía alguna razón para no confiar en ellos. Pueden ser preguntas muy incómodas para responder ante una opinión pública desalentada por las bajas, la ausencia de empleo y los brutales compromisos financieros que se exigen. Así es como los gobiernos pierden la confianza social.



Temas relacionados con los medios y la guerra

La guerra de Aznar, Ludolfo Paramio, marzo, 2003.

La guerra de Bush, José Carreño Carlón, abril, 2003.

La mentira, arma de guerra, David Sendra Domènech, mayo, 2003.

Irak, cuando el espectáculo termina, David Sendra Domènech, julio, 2003.



Ludolfo Paramio es director de la Unidad de Políticas Comparadas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en Madrid.
Correo: l.paramio@terra.es

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