(Primera de dos partes)
Umberto Eco
El poder que han adquirido los medios es incuestionable, algunas veces creen tener más poder del que realmente detentan y buscan convertirse en protagonistas y jueces de la cosa pública, en más de una ocasión desvirtuándola hasta convertirla en espectáculo. A partir de algunos ejemplos de su país, Eco analiza en este ensayo gran parte de los males de la prensa italiana, los cuales, afirma el pensador italiano, son comunes a casi todos los países.
El documento
 |
Foto: José Antonio Gurrea C. |
Estimado presidente, señores senadores, colegas directores, lo que estoy por presentarles brevemente es
un
cahier de doléances (
libro de
quejas. N. del T.) sobre la situación de la prensa italiana, especialmente en
sus relaciones con el mundo político. Puedo hacerlo, no a espaldas sino en presencia de los representantes de la
prensa, porque todo lo que diré ya lo he escrito desde los años 60, y en gran parte de los diarios y semanarios
italianos. Esto significa que en nuestro país existe una prensa libre y desprejuiciada, capaz de enjuiciarse incluso a sí misma.
La función del cuarto poder es ciertamente la de controlar y criticar a los otros poderes tradicionales, pero
puede hacerlo en un país libre, porque su crítica no tiene funciones represivas: los medios pueden influir en la vida
política del país solamente creando opinión.
Los poderes tradicionales no pueden, en cambio, controlar criticando a
los medios sino a través de los
mismos medios, de otra manera su intervención se convierte en sanción ya sea ejecutiva, legislativa o judicial, lo que
puede suceder sólo si los medios delinquen o parecen configurar situaciones de desequilibrio político e institucional
(véase el debate sobre la par
condicio). Pero, como quiera que los
medios, en nuestro caso la prensa, no pueden
estar exentos de crítica es condición de salud para un país democrático que la propia prensa se pueda cuestionar a
sí misma.
Sin embargo, a menudo no basta que lo haga: es más, el hacerlo puede constituir una sólida coartada, o
bien, para ser estrictos, un caso de "tolerancia represiva", como la definía Marcuse: una vez demostrada la propia
falta de prejuicios autoflagelatoria, la prensa ya no se interesa en reformarse.
Al presentar mi cahier de
doléances no intento criticar a la prensa ni sus relaciones con el mundo político
como si éste fuera víctima inocente de los abusos de la prensa. Considero que es plenamente corresponsable de
la situación que trataré de delinear.
Más aún, no seré de esos provincianos para los cuales está mal sólo aquello que ocurre en nuestro país. No
caeré en el error de mucha de nuestra prensa, a menudo xenófila, que cuando se refiere a un diario extranjero lo
hace adelantando siempre el adjetivo "autorizado", llegando así a hablar del "autorizado"
New York Post cuando quiere citarlo, ignorando el hecho de que el
New York Post es un periodicucho de cuarta que se avergonzarían de leer
en Omaha, Nebraska.
Gran parte de los males de los que sufre la prensa italiana son hoy comunes a casi todos los países. Pero
tomaré algún ejemplo sólo cuando me parezca que contiene una lección que puede ser positiva también para nosotros.
Una última precisión: usaré como textos de referencia
La Repubblica, Il Corriere della
Sera y L´Espresso y esto no sólo
por razones de tiempo sino también de corrección. Son tres publicaciones sobre las que he escrito y aún escribo y,
por tanto, mis críticas no podrán ser consideradas preconcebidas o inspiradas por la inquina. Pero los problemas
que pondré sobre la mesa se refieren en un alto porcentaje a la prensa italiana en general.
Las polémicas de los años 1960-1970
En los años 60 y 70, la polémica sobre la naturaleza y función de la prensa se desarrollaba sobre estos dos
temas: 1) diferencia entre noticia y comentario y, por tanto, una llamada a la objetividad (recuerdo a propósito
duelos históricos con Ottone); 2) los diarios son instrumentos de poder, administrados por partidos o por grupos
económicos, que utilizan un lenguaje intencionalmente críptico en cuanto a que su verdadera función no es dar
noticias a los ciudadanos sino enviar mensajes cifrados a otro grupo de poder, pasando por encima de los lectores.
Al respecto ya existe una bibliografía vastísima.
El presidente Carlo Scognamiglio ha citado incluso una expresión como "convergencias paralelas", que
ha quedado en la bibliografía sobre los mass
media como símbolo de este lenguaje, apenas comprensible en los
pasillos de Montecitorio, pero impermeable para la célebre ama de casa de Voghera.
Estos dos temas son en gran parte obsoletos. Por un lado, había tenido lugar una amplia polémica sobre
la objetividad y muchos de nosotros sosteníamos que (con excepción de los boletines de las precipitaciones
atmosféricas) no existe jamás una noticia verdaderamente objetiva. Aun separando cuidadosamente comentario y
noticia, la misma elección de la noticia y su compaginación constituyen un elemento de juicio implícito.
En las últimas décadas se ha instaurado el estilo de la así llamada tematización: la misma página incluye
noticias de algún modo relacionadas. He tomado, casi al azar, la página 17 de
La Repubblica del 22 de enero. Contiene
cuatro artículos: "Brescia: da a luz y mata a la hija"; "Roma: solo en casa, a los cuatro años juega sobre el alféizar, el padre termina en Regina Coelli"; "Roma: puede dar a luz en el hospital aun quien no quiere tener el hijo"; "Treviso:
una madre divorciada renuncia a ser mamá". Como ven, se tematiza el riesgo de la infancia abandonada.
El problema que debemos plantearnos es: ¿se trata de un caso de actualidad típico de este periodo? ¿Son
todas las noticias sobre casos del mismo tipo? Si se tratara sólo de cuatro casos, el asunto sería estadísticamente
irrelevante; pero la tematización eleva a la noticia a aquello que la clásica retórica judicial y deliberativa llamaba
exemplum: un solo caso, o pocos casos, de lo que se extrae (o se sugiere subrepticiamente extraer) una regla. Si se trata
sólo de cuatro casos el diario nos hace pensar que existen más; si hubiesen más, el diario no nos lo diría. La
tematización no proporciona cuatro noticias: expresa una fuerte opinión sobre la situación de la infancia, aunque el
redactor quisiera o pensara que, tal vez, ya bien entrada la noche ha compaginado así la página 17 porque no sabía
cómo llenarla. Con esto no estoy diciendo que la técnica de la tematización sea equivocada o peligrosa: sólo digo que
nos demuestra cómo se pueden expresar opiniones dando noticias totalmente objetivas.
En cuanto al problema del lenguaje críptico, diría que nuestra prensa lo ha abandonado, porque ha
cambiado también el lenguaje de los políticos, los cuales ya no leen sobre una hoja frente al micrófono frases oscuras
y elaboradas, sino que dicen apertis verbis que su compañero de sector es un traidor, mientras que el otro
magnifica a voz en cuello las cualidades eréctiles del propio órgano reproductivo.
La prensa recurre incluso en la primera plana al lenguaje de esa entidad magmática que hoy se llama "la
gente"; considera que la gente sólo habla con frases hechas. Y he aquí (estoy usando los datos recogidos por mis
alumnos en un mes de frases hechas en la prensa italiana) en un solo artículo de
Il Corriere della Sera del 11 de enero, la siguiente lista de frases hechas: la esperanza es la última que muere; estamos contra la pared; Dini anuncia
lágrimas y sangre; el Quirinale listo para la guerra; el recinto se construyó después de que los bueyes dejaron el
establo; Pannella ataca sin piedad; el tiempo apremia; no hay lugar para un malestar de estómago; el gobierno tiene
mucho camino por andar; habremos perdido nuestra batalla; estamos con el agua hasta el cuello.
En La Repubblica del 28 de diciembre de 1994 se encuentra: es necesario conciliar intereses; quien mucho
abarca poco aprieta; Dios me salve de los amigos; los peores pasos del vals; Fininvest vuelve a la lucha; todo está
perdido; no hay a quién recurrir; yerba mala nunca muere; los vientos cambian; la televisión hace la parte del león y nos
deja sólo las migajas; la dolorosa espina en el costado; rendir honor a las armas del enemigo... Esto no es un
periódico es el Barbanera. Hay que preguntarse si estos clichés son finalmente más transparentes, o menos, que las
"convergencias paralelas".
Se nota que a estas frases hechas, válidas para la "gente", son en 50% inventadas, en el sentido de la
inventio retórica, encontradas por los articulistas, y en 50% citadas de declaraciones de parlamentarios. Apenas puse
la cabeza dentro del aula del Senado y escuché decir: señor presidente, queremos hechos no palabras. Tuve
una impresión de dejà vu y de
dejà entendu y y me regresé al pasillo. Para usar otra frase hecha, "el cerco se cierra"
y estamos poniendo en el fuego una diabólica alianza en la que no se sabe quiénes son los corruptos y quiénes
los corruptores.
El diario se vuelve semanario
En los años 60 los diarios no sufrían todavía por la competencia de la televisión. Sólo Achille Campanile, en
un encuentro sobre la televisión en Grosseto, en septiembre de 1962, había tenido una intuición luminosa. Decía:
hubo un tiempo en que los diarios daban primero una noticia, después intervenían otras publicaciones que
profundizaban en la cuestión; el periódico era un telegrama que terminaba con "sigue carta". Ya en 1962, la noticia
telegráfica se daba a las ocho de la noche en el noticiero televisivo. A la mañana siguiente el diario daba la misma noticia:
era una carta que terminaba con "sigue, es más, precede telegrama".
 |
Foto: Brill´s Content |
¿Por qué sólo un genio de la comicidad como Campanile se había percatado de esta situación paradójica?
Porque la televisión se limitaba entonces a uno o quizá dos canales, no recuerdo, llamados de régimen y, por tanto, no
se consideraba (y en buena parte no era) una fuente confiable; los diarios decían más cosas y en un modo menos
vago; los cómicos nacían en el cine o en el cabaret y no siempre llegaban a la televisión; la comunicación política
tenía lugar en la plaza, cara a cara, o mediante manifiestos sobre los muros.
Un estudio sobre el comicio televisivo de los años 60, hecho por Paolo Fabbri, comprobaba mediante un
análisis de numerosas tribunas políticas que en el intento de adecuar las propias propuestas a una media de los
espectadores televisivos el representante del PCI (Partido Comunista Italiano) terminaba por decir cosas muy parecidas
a las del representante de la DC (Democracia Cristiana), o bien se anulaban las diferencias, y cada uno trataba
de aparecer como el más neutro y seguro posible. Por lo tanto, la polémica, la lucha política, ocurría en otra parte
y en buena medida en los diarios.
Después ocurrió el salto cuantitativo (los canales se multiplicaron cada vez más) y cualitativo: incluso dentro
de la televisión estatal se distinguían tres canales orientados políticamente de distinta forma; la sátira, el
debate encendido, la fábrica de primicias, pasaron a la televisión que rompió incluso las barreras del sexo, de modo
que algunos programas de las once de la noche ya eran más audaces que las monjiles portadas de
L´Espresso o de Panorama, que se detenían en la frontera del glúteo.
Todavía al inicio de los años 70 recuerdo que publicaba yo una reseña sobre los
talk shows estadounidenses, como el lugar de una conversación civil, animada, que podía tener a los espectadores clavados hasta altas horas de la
noche frente al televisor y los proponía apasionadamente para la televisión italiana. Después, apareció cada vez más triunfalmente en la pantalllas caseras italianas el
talk shows que, sin embargo, poco a poco se convertía en
lugar de un encuentro violento, a veces incluso de violencia física, en escuela de un lenguaje sin términos medios (en
honor a la verdad, una evolución de este género tuvo lugar parcialmente también en algunos
talk shows de otros países).
Así, la televisión se convertía en la primera fuente de difusión de las noticias y frente a los diarios se
abrían solamente dos caminos. Del primer camino posible, que por ahora definiré como "atención prolongada",
hablaré más adelante. Creo, sin embargo, que se puede afirmar que la prensa siguió en buena medida el segundo
camino: se ha hecho semanal. El diario se ha vuelto más parecido a un semanario, con el enorme espacio que dedica a
la variedad, a la discusión de sucesos de la moda, de chismes de la vida política, de atención al mundo del
espectáculo. Esto pone en crisis a los semanarios de primer nivel (de
Panorama a L´Espresso) y al semanario le quedan dos
alternativas: o se vuelve mensual, pero ya existen publicaciones mensuales especializadas en embarcaciones de vela,
relojes, computadoras, con un mercado propio fiel y seguro; o bien debe invadir el espacio de los sociales, que
pertenecía y continúa perteneciendo a los semanarios de nivel medio
(Gente y Oggi) para los apasionados de las
bodas principescas, o de bajo nivel (Novella
2000, Stop, Eva Express) para los devotos del adulterio espectacular y
los cazadores de senos descubiertos en la intimidad de los ministerios de la decencia.
 |
|
Pero los semanarios de primer nivel no pueden descender al nivel bajo o medio sino en las páginas finales, y
ya lo hacen; allí es donde hay que buscar los senos, las amistades afectuosas, los esponsales en Montecarlo. Por
otro lado, haciendo esto pierden la fisonomía del propio público: entre más un semanario de primer nivel roza el
nivel medio o bajo, más consigue un público que no es el suyo tradicional y, por tanto, ya no sabe a quién se
dirige; aumenta el tiraje y pierde identidad.
Por otra parte, el semanario recibe un golpe mortal sucesivo de los suplementos semanales de los diarios. A
este punto, el semanario tendría una sola solución: tomar la vía de las publicaciones del tipo de las que en Estados
Unidos se dirigen a un altísimo nivel de lectores como, por ejemplo, el
New Yorker, que ofrece la lista de los
espectáculos teatrales, dibujos animados de alto nivel, breves antologías poéticas, pero puede aparecer un artículo de 50
cuartillas solamente sobre la biografía de una gran dama del mundo editorial, como ha sucedido con Helen Wolff. O
bien podría tomar la vía del
Time o Newsweek, los cuales aceptan ser semanarios que hablan de acontecimientos
de los que ya han hablado los diarios y la televisión, pero que ofrecen al respecto un resumen esencial o
dossiers que profundizan en otros ángulos, cada uno de los cuales requiere de meses de programación y de trabajo y
una documentación cuidada hasta la exageración, de modo que es raro que estos semanarios publiquen
desmentidos respecto de datos sobre los hechos.
Por otra parte, también un artículo para el
New Yorker es encargado con meses de anticipación, y si después
se juzga que ya no es actual al autor igualmente se le paga (generosamente) y el artículo se desecha. Este tipo
de semanarios tiene costos altísimos y puede existir sólo para un mercado mundial de anglófonos y no para un
mercado restringido de italianófonos, donde los índices de lectura son todavía lamentables.
Por tanto, el semanario se esfuerza por seguir al diario sobre su misma ruta y cada uno trata de superar al
otro para conquistar a los mismos lectores. Ello explica por qué el glorioso
Europeo cierra, Epoca busca
desesperadamente una vía alternativa sosteniéndose con anuncios televisivos y
L´Espresso y Panorama luchan por diferenciarse;
lo hacen, pero el público lo nota cada vez menos. A veces me sucede que encuentro conocidos incluso cultos, que
me felicitan por la hermosa sección que escribo semanalmente en
Panorama; es más, afirman, con adulación,
que compran Panorama y sólo
Panorama exclusivamente para leer mi sección.
La ideología del espectáculo
Para volverse semanales, los diarios aumentan las páginas; para aumentar las páginas luchan por la
publicidad; para tener publicidad aumentan de nuevo las páginas e inventan los suplementos; para ocupar todas esas
páginas deben entonces contar cualquier cosa; para hacerlo deben ir más allá de la sola noticia (que por otra parte ya
dio la televisión) y, por tanto, se hacen cada vez más semanales, hasta el punto de tener que inventar y
transformar en noticia lo que no es.
 |
|
Tomo un ejemplo de la vida cultural y no política, y que se relaciona con un caso personal para no herir
susceptibilidades. Hace unos meses, al recibir un premio en Grinzane, fui presentado por mi colega y amigo Gianni
Vattimo. Quien se dedica a la filosofía sabe que mis posiciones son divergentes de las de Vattimo, pero nos profesamos
mutua estima. Otros saben que somos amigos fraternos desde la juventud y que amamos zaherirnos mutuamente
en ocasión de algún encuentro. Ese día Vattimo había elegido precisamente la vía de la convivencia social, había
hecho una presentación afectuosa y animada y yo le había respondido de modo igualmente bromista, subrayando
con aspavientos y paradojas nuestras eternas divergencias.
Al día siguiente, un periódico italiano dedicaba casi una página completa al encuentro de Grinzane que
habría marcado, según el articulista, el nacimiento de una nueva, dramática e inédita, fractura en el campo
filosófico italiano. El autor del artículo sabía muy bien que no se trataba de una noticia, ni siquiera cultural; había
creado simplemente un caso que no existía. Les dejo a ustedes encontrar ejemplos equivalentes en el campo político.
Pero también el ejemplo cultural es interesante: el periódico debía construir un caso porque debía llenar muchas
páginas dedicadas a la cultura, a la variedad y a la moda, dominadas por una ideología del espectáculo.
Tomemos Il Corriere della
Sera y La Repubblica del lunes 23 de enero. El primero tiene 44 páginas, el
segundo 54, pero considerando la densidad de las páginas del primero, los dos se corresponden. El lunes es un día difícil,
no hay noticias políticas y económicas frescas, cuando mucho queda el deporte.
Afortunadamente ese día Italia estaba en plena crisis de gobierno y los diarios podían dedicar los artículos
de fondo al duelo Dini-Berlusconi. Una matanza en Israel el día del aniversario de Auschwitz permitía llenar la
mayor parte de la primera plana, con el añadido del caso Andreotti y, para
Il Corriere della Sera, la muerte de la
matriarca Kennedy que, en cambio, La
Repubblica ubica en páginas interiores. Crónicas de Chechenia, alguna noticia
de Bonn. ¿Cómo llenar el resto? La Repubblica
e Il Corriere della Sera dedican respectivamente siete y cuatro
páginas a la crónica de ciudad; 14 y siete páginas al deporte, dos y tres páginas a la cultura, dos y cinco a la economía y
de ocho a nueve a crónicas de la moda, espectáculos y televisión. En ambos casos, de 32 páginas al menos 15 se
dedican a servicios de tipo semanal.
Tomemos ahora el New York
Times del mismo lunes. De 53 páginas, 16 se dedican al deporte, diez a
problemas metropolitanos, diez a la economía; quedan 16 páginas. En Estados Unidos no hay una crisis en curso.
Washington no requiere de mucho espacio y entonces cinco páginas de
national report se ocupan de asuntos internos.
Después de la noticia obvia de la matanza ocurrida en Israel se encuentran al menos diez artículos sobre Perú, Haití,
Ruanda, refugiados cubanos, Bosnia, Argelia, conferencia internacional sobre la pobreza, Japón después del terremoto,
el caso del obispo Gaillot. Siguen dos densas páginas de comentarios y análisis políticos.
Dejo de lado entonces que los diarios italianos no hablan de Perú, Haití, Cuba, Ruanda. Admitamos también
que los tres primeros temas interesen más a los estadounidenses que a los europeos; el resultado es que eran
argumentos de actualidad internacional que los periódicos italianos han dejado de lado para aumentar la parte dedicada a
los espectáculos y a la televisión.
El New York Times, pero sólo porque es lunes, un día en que no se sabe qué decir, dedica dos páginas al
media business, pero no se trata de adelantos sobre personajes del espectáculo, sino de reflexiones y análisis
económicos sobre el show business.
 |
Foto: José Antonio Gurrea C. |
Que la selección es explícita lo dicen
Il Corriere della Sera y
La
Repubblica del lunes 30, que dedican una
plana, con anuncio en la primera, al hecho de que Coco Chanel haya sido espía nazi. Ante todo la noticia ya la
habíamos leído hace mucho tiempo. ¿Por qué se le menciona ahora? Porque la ha mencionado un día antes una
transmisión por televisión de la BBC.
Ahora, Coco Chanel es francesa, pero el diario
Le Monde no toma en cuenta la noticia. ¿Chovinismo
francés, temor de reabrir antiguas heridas de Vichy? Sin embargo, ¿por qué no lo menciona ni siquiera el
Herald Tribune? ¿Por qué el hecho de que un libro o una transmisión televisiva se ocupen de un acontecimiento histórico
es argumento para un semanario de cultura y espectáculo? ¿A qué se ha renunciado dando tanto espacio al
caso Chanel? Si se confronta con el Herald
Tribune se encuentran 15 noticias de actualidad descuidadas por los
diarios italianos: "Chechenia envía un embajador a Clinton", pero no puede hacerlo porque no tiene el estatus
jurídico necesario; "Francia decide aumentar a 300 hombres su contingente en Bosnia"; "Mandela escoge un blanco
como jefe de policía"; "Muere el director de la UNICEF", y así tocando China, Pakistán, Camboya, Libia, Egipto y México.
Está claro que yo como lector me divertí más leyendo la historia de Coco Chanel que la biografía del director
de la UNICEF, pero la selección es clara: el periódico quería divertirme y lo hizo, y quería divertirme a partir de una
noticia ofrecida por la televisión inglesa.