3° "Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día
de descanso para Yahveh, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahveh el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el
séptimo descansó; por eso bendijo Yahveh el día sábado y lo hizo sagrado" (Ex-20, 8-11).
Tu trabajo es una constante carrera contra el reloj acompañada por el alboroto. Sabes que el diario tiene que
estar a primera hora de la mañana en los kioskos y que antes tienes que elaborar tu artículo, información o comentario
o preparar la fotografía. Todo lo haces con la falta de tiempo pisándote los talones, en medio de una gran tensión y,
por consiguiente, muchas veces lo haces de manera rutinaria y mecánica. Ocurre que en más de una ocasión ese ritmo
te hace preguntarte a ti mismo por el sentido de tu trabajo. Más de una vez no sabrías responder a la pregunta de
por qué haces todas esas cosas. ¿Están acaso al servicio de alguna causa? ¿Forman parte de alguna concepción
más amplia? ¿Realmente describes el mundo de manera honesta y, cuando opinas, eres justo? Tienes que acordarte
del sábado. Es el día apropiado para la reflexión. Aprovéchalo para alargar la distancia que te separa de ti mismo y
del mundo. Relájate y piensa en lo que es más importante. Y no olvides que, ya que todos somos pecadores, no estaría
de más ser un poco más prudente al lanzar piedras contra otros pecadores. Haz un análisis honesto, porque puede
ser que en los argumentos de tus adversarios haya algo de razón. Tampoco olvides que ellos pueden guiarse por
móviles, pasiones o intereses que tú, sencillamente, no entiendes.
Y otro consejo más. Trata de pensar con más sosiego sobre tus perspectivas profesionales. No olvides que,
además de ser periodista, también eres hijo de tus padres, padre de tus hijos, amigo de tus amigos y vecino de tus
vecinos. Trata de ver el mundo de otra manera, cambiando el ángulo de visión: desde abajo, desde arriba o desde un
lado, como quieras, pero de otra manera. Luego analízate tú mismo: tus fobias y apasionamiento, las aristas que te
hieren y los esquemas que aplicas, tal vez excesivamente simplificados. Sin ese análisis no podrás hacer un honesto
examen de conciencia, ese examen que siempre hace falta.
En otras palabras: no te adores a ti mismo con reciprocidad.
4° "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar"
(Ex-20, 12).
Hay que respetar la herencia recibida. No trabajas en una tierra virgen ni en una tierra estéril. Antes que
tú trabajaron otros y tú eres su descendiente, heredero, discípulo, continuador y también contestatario.
Hay que ser crítico, pero siempre con respeto y conocimiento de las cosas. Ésa es una condición indispensable
a cumplir para poder dar una reseña honesta de la historia de una nación, de una ciudad, de un círculo de personas o de una familia. ¿Cuál fue la historia de esos sujetos? Habrá en ella mucha nobleza y mucha pillería; habrá
compromisos y revoluciones; habrá heroísmo y trivialidad, dramas y esperanzas, conspiradores y colaboracionistas, ortodoxos
y herejes. De toda esa herencia hay que sacar los elementos que se necesitan para construir la tradición propia;
es decir, una determinada cadena de personas, de actos y de ideas que deseamos continuar. Pero no hay que olvidar
el conjunto de la herencia ni a todas las personas, actos e ideas: porque nada puede ser ignorado so pena de
idealizarse uno mismo. Tus adversarios, sean polacos, rusos, ucranianos, judíos o alemanes, también tienen la obligación
de honrar a sus padres. Trata de comprenderlos. La idealización de uno mismo es el camino más corto hacia la
falsedad, hacia la imbecilidad y hacia la intolerancia ideológica, étnica o religiosa. El recuerdo de los padres y madres,
propios y ajenos, y el respeto por ellos, por sus ideales, fe, amor y esperanzas, son el fundamento de la comunidad
humana. Cuando no los hay el pensamiento humano cae en la trampa de esa falsedad que es el narcisismo; o en la trampa
de la amnesia que permite asegurar que el pasado no es más que un conjunto de textos, señales y símbolos indignos
de todo juicio moral. Y si así fuese, ¿qué sentido tendrían tu vida y tu trabajo? Escribió Czeslaw Misloz:
Entre las medio-verdades,
el medio-arte
la medio-ley
y la medio-ciencia
Bajo un medio-cielo
Medio-inocentes
y medio-mancillados.
En otras palabras: no olvides que alguna vez te dirán los tuyos: "Se olvidó el buey que ternero fue".
5° Decía Jesús: "Ama al prójimo como a ti mismo".
Esas palabras significan que tienes que amarte a ti mismo. Tienes que respetar tu propia dignidad y
cultivarla. ¿Qué significa cultivar la dignidad? Pienso que significa cultivar la conciencia, plantearse uno mismo
preguntas difíciles y responderlas con honestidad. Significa también ver en uno mismo a un sujeto y no un objeto; o sea,
sentir responsabilidad también por el prójimo. Ese prójimo puede ser un extraño, puede pertenecer a otro clan o a
otra nación, pero hay que tratarlo como a uno mismo.
Todo lo dicho significa que tienes que rechazar el nacionalismo. Orwell escribió en un ensayo sobre nacionalismo:
Entiendo por nacionalismo ante todo el convencimiento de que las personas pueden ser clasificadas como los insectos y
que a grupos enteros, a millones y a decenas de millones de personas, partiendo de una seguridad absoluta, se les puede poner
la etiqueta de "buenos" o "malos". Lo entiendo asimismo como esa costumbre de que hay que identificarse con una
nación determinada o con algún grupo de personas; al que se coloca por encima del bien y del mal y la convicción de que, por
encima de todo, existe el deber fundamental de defender sus intereses. No hay que confundir el nacionalismo con el patriotismo ()
El patriotismo, por su naturaleza, tiene un carácter defensivo, tanto en el sentido militar como cultural, mientras que el
nacionalismo es inseparable de los sueños de ser una potencia. La aspiración constante de todo nacionalista es conquistar más poder y
más prestigio, no para él mismo, sino para su nación o para un determinado grupo de personas elegidos por el nacionalista para
diluir así su propia personalidad.
Era muy sabio George Orwell, como también lo era el padre
Pasierb,5 quien, cuando hablaba del amor por
el prójimo, le explicaba a ese prójimo: "Es bueno que existas"; y luego: "y es bueno que seas diferente".
El prójimo es distinto, es diferente. Tiene otra biografía, otra religión y otra nacionalidad. En más de una
ocasión puede tratarse de un prójimo cuya biografía, nación y fe estuvieron en conflicto con las tuyas. Pese a ello
debes amarlo como a ti mismo. Eso significa que tienes que respetar su derecho a ser diferente, a tener su cultura, a tener otros recuerdos. Y respétalo aunque haya sido tu enemigo. En otras palabras, no hagas generalizaciones.
Distingue el pecado del pecador. El pecado debes condenarlo con todas tus fuerzas. Trata, sin embargo, de comprender
al pecador y trata de ver en tu adversario a un interlocutor con el que hay que conseguir el entendimiento y no a
un enemigo al que hay que aniquilar.
Si tienes a mal que otros hagan uso del arma del odio, renuncia tú primero a ella.
En otras palabras: cuando te critican, no ataques a quien lo hace diciéndole que tiene mal olor de boca.
6° "No matarás" (Ex-20, 13).
Con la palabra se puede matar. La palabra puede ser letal. La lengua es algo más que la sangre, decía
Víctor Klemperer. En eso precisamente consiste el envenenado hechizo que tiene la profesión periodística. Pero
también con la palabra se puede hacer el bien. Con ella se puede combatir el hechizo ejercido por el totalitarismo; se
puede enseñar la tolerancia; se puede dar testimonio de la verdad y ejercer la libertad. Las palabras pueden ser
escudriñadas con atención. Cierto fraile dominico francés dijo:
Cuando el odio se apodere de tu corazón y empiece a arrastrarlo, guarda silencio, huye, escóndete, desaparece, haz como si
no estuvieras presente o acepta de antemano que renunciarás a todo lo que te es entrañable y, en primer lugar, al honor.
Eso quiere decir que has de combatir con tu pluma, pero que deberás hacerlo con honestidad y sin odio. No
patees a quien ya esté tirado en el suelo. No asestes ni un solo golpe por encima de lo imprescindible. Y no te
engañes pensando que tienes la receta de la justicia. Tampoco sueñes con que eres el "brazo de Dios" cuando asestes
golpes mortales a tus adversarios. Los golpes letales suelen ser golpes bajos. Cuando acusas a alguien de ser un traidor,
un corrupto o un antipatriota no olvides que lo estás matando. Y que la verdad siempre sale a flote; y que
entonces tendrás que responder por tu canallada, aunque sólo sea ante tu propia conciencia. Por eso no deberás matar.
En otras palabras: no le hagas a otro lo que a ti no te gustaría que te hicieran.
7° "No cometerás adulterio" (Ex-20, 14).
Debes ser fiel al menos a los principios que tú mismo consideras valiosos y a la persona que consideras que
tienes obligación de serlo. No prostituyas tu profesión para conseguir poder, dinero o tranquilidad. Debes ser fiel,
porque esa es una condición indispensable para que puedas ser libre. Sólo la libertad te permite ser fiel. Más aún, la
capacidad para ser fiel a los principios, a los valores y a las personas es una prueba de que se tiene capacidad para ser libre.
La traición y el odio son pruebas del vacío espiritual, de la capitulación y de la condición de esclavo. Nada hay
tan abominable como la traición.
En otras palabras: no te hagas pasar por más listo de lo que eres.
8° "No robarás" (Ex-20,15).
Ése es un mandamiento válido para la ética de todas las profesiones. Por eso, para el periodista nada puede ser
tan vergonzoso como el plagio, que no es otra cosa que el robo de algo ajeno. El plagio no es sólo un golpe asestado
a otra persona. El plagio es un atentado contra el sentimiento general de justicia. El plagio equivale a la aceptación
de la corrupción en la vida pública y de la deshonestidad como método. El plagio equivale a la destrucción de la
ética del periodismo, porque significa que quien lo comete está dipuesto a permitir cualquier deshonestidad.
Y la difamación, ¿no significa acaso el robo del buen nombre del difamado? Y la mentira, ¿no nos roba acaso
la seguridad de que podemos vivir con la verdad?
Hagamos una generalización: el robo es una técnica que permite hacerse con algo ajeno; pero no todo se
puede comprar con el dinero robado. Se puede comprar, por ejemplo, la sumisión de muchos, pero no el respeto de todos.
Los periodistas que manipulan la verdad y que buscan la confusión de las personas son ladrones que corrompen
con ello la profesión. Leemos las palabras sagradas "Dios, Patria, Honor". Si las dice un periodista corrupto les roba
el sentido original que tenían. Esa práctica hace que mueran los grandes valores convertidos en emblemas.
Tadeusz Zychiewicz,6 seguramente el mejor escritor polaco sobre temas religiosos, analizó los problemas del robo de
bienes materiales y espirituales en nuestro siglo. Zychiewicz escribió:
El sosiego y la paz del corazón humano, la prudencia y sensatez de la conciencia, las alegrías, la verdad, la capacidad
de orientación, la justicia, la disciplina de la imaginación, las reacciones basadas en una salud y una valentía elementales, así
como decenas de otras cosas positivas El mundo está lleno de alboroto. Una sola hora de silencio sereno haría que nos
sintiésemos vergonzosamente robados, pero no podríamos atrapar a los ladrones, porque carecen de personalidad o se esconden detrás
de potentísimas murallas construidas con consignas, esquemas de comportamiento, costumbres, modas y prestigio, con el
terror practicado por los creadores de la literatura o del cine, con centenares de ídolos intocables.
Precisamente por todo eso es el propio periodista quien debe decirse: "No robes".
En otras palabras: no copies más de lo imprescindible.
9° "No darás testimonio falso contra tu prójimo" (Ex-20, 16).
Los conflictos son la realidad ordinaria de la sociedad y el Estado democráticos. Precisamente por eso tiene
tanta importancia el estilo de los conflictos, el nivel cultural y el lenguaje que comprenden. Ese estilo depende en
gran medida de nosotros, los profesionales del periodismo. Precisamente por eso es indispensable asimilar una vez
más varias cosas que pueden considerarse triviales.
El mandamiento que exige que rechaces la mentira (el testimonio falso) no significa que siempre tengas que
decir la verdad. No todas las verdades sirven para decirlas a diario o inmediatamente aprovechando cualquier
pretexto. Decía el poeta Adam Mickiewicz:
Hay verdades que el sabio las dice a todas las personas. Hay verdades que sólo se las susurra al pueblo. Hay verdades que
las confiesa únicamente a sus amigos. Y hay verdades que no puede decírselas a nadie.
¿Cuáles son esas verdades que a nadie podemos confiar? Son las verdades que conciernen a los secretos
más profundos de la conciencia, verdades que se dicen en el confesionario y que sólo pueden conocer Dios y el
confesor, pero nunca el lector; hay verdades sobre la intimidad de las personas que, al ser sacadas a flote, hieren al prójimo.
Por otro lado, hay situaciones en las que el descubrimiento sólo parcial de la verdad sobre la vida de una
persona puede ser también una falsificación de su biografía. Es como si escribiésemos la biografía de san Pablo
resaltando que, cuando era servidor del emperador, perseguía a los cristianos.