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Erotismo de tinta y papel



José Antonio Gurrea C.




Hace años, no muchos por cierto, existía un México aún más gazmoño que el actual donde editar una publicación con inofensivos desnudos parciales constituía un auténtico desafío. Era tal la represión gubernamental por esos días que publicar las inocentes imágenes de una modelo con los pechos al aire, aunque se tratara de revistas serias con predominancia de tópicos sociales y culturales, traía consigo el riesgo de ser considerado un pornógrafo. Pese a ello, durante las décadas de los 60 y 70 los magazines que combinaban desnudos con entrevistas y reportajes tuvieron su época de oro en nuestro país.

La aparición, una década atrás, de la edición estadounidense de Playboy tuvo, sin duda, mucho que ver en este fenómeno donde, como el juego del gato y el ratón, las autoridades prohibían revistas y las editoriales se las ingeniaban para volver a salir. En este contexto, no faltaron los casos extremos donde hubo editores que se vieron obligados a andar a salto de mata, con todo y archivo fotográfico a cuestas, para evitar una posible detención. Teniendo como hilo conductor el desarrollo de Playboy en México, las siguientes líneas pretenden trazar el devenir de las principales revistas que por aquella época tuvieron que afrontar una férrea y absurda censura por parte de nuestras autoridades.

El génesis

Aunque muchos investigadores sitúan los inicios de las publicaciones eróticas años después de la revolución, Juan Manuel Aurrecochea y Armando Bartra sostienen que desde fines del siglo XIX se editaron en nuestro país revistas "masculinas" que combinaban la nota roja y el deporte con fotografías de mujeres desnudas (México Galante y Frivolidades). "(después de la revolución) En los años veinte el periodismo lascivo reaparece con rasgos más plebeyos y en los treinta se constituye en una de las líneas permanentes de la prensa popular (....) con la explícita Sexo, el semanario Vida Alegre (...) y en 1934 aparece el primer número de la revista Vea, que con sus dos épocas alimentará durante un cuarto de siglo la libido nacional".1 (Miguel Ángel Morales precisa que Vea, después de estar cinco años fuera del mercado ­1940-1944­ reaparece, con otros editores, el 12 de enero de 1945.2)

Sobre los contenidos de Vea, la revista, en color sepia, reproducía material gráfico tanto de fotógrafos extranjeros como mexicanos, publicaba poemas y crónicas de la vida nocturna, así como relatos eróticos, un folletín rosa por entregas, secciones de toros y lucha libre, así como un consultorio con preguntas sobre sexualidad.

Como es lógico, durante su existencia Vea sufre en numerosas ocasiones acosos moralizadores. De hecho, ante estas presiones durante un corto periodo (1945) deja de publicar desnudos, y las modelos comienzan a exhibirse sólo en traje de baño. No obstante el peor embate tiene lugar el 27 de marzo de 1955 cuando grupos de derecha realizan una "quema" de revistas "obscenas" en pleno Zócalo de la ciudad de México. Tal acción ­"maniobra fascista", la llama atinadamente el periodista cultural Huberto Batis, quien asegura que "las revistas pornos de aquella época son más ingenuas que Heidi"­ está precedida de una campaña en los medios donde se sostenía que los editores de las revistas galantes "revelaban una franca peligrosidad social". Pronto, la iglesia católica se suma a la campaña moralizadora. Vea desaparecería pocos años después.

Del zorro al conejito

A pesar de tratarse de una publicación emblemática, Vea no es la mayor influencia de las publicaciones eróticas nacionales surgidas a partir de los 60. La impronta más señalada vendría de Chicago, de la revista fundada dos años antes de la gran quema del Zócalo (1953) por Hugh Hefner, quien comenzó con la fórmula de mezclar contenidos eróticos con material periodístico generalmente de buen nivel en el cual se tocaban diversos tópicos. Se trata de una visión diferente de abordar la sexualidad, por lo cual el éxito pronto llega. Adicionalmente, la imagen de Marilyn Monroe desnuda en una de sus primeras portadas es uno de los factores que posibilitó su buena acogida y su posterior posicionamiento en el mercado.

En 1966, en medio del incremento de las campañas moralizadoras, nace Caballero, la que quizá sea la primera revista mexicana en copiar la fórmula Playboy. Propiedad de Raymundo Ampudia, esta publicación, que se identifica por tener como emblema un zorro, está dirigida en su primera época por James R. Fortson, un periodista que durante los 60 y 70 estuvo involucrado en al menos tres proyectos editoriales con similares características: asuntos polémicos y de interés que abarcan lo mismo la política, los fenómenos sociales, la cultura y los espectáculos; buenas plumas en el renglón de opinión, y bellas mujeres semidesnudas. El modelo Playboy pero adaptado a un contexto nacional.

Pronto, Fortson comienza a sentir los embates de la censura diazordacista. En 1967 una campaña de las autoridades "por denuncias de padres de familia" afectaría a revistas como Caballero, Latin Señoritas (de Vicente Ortega Colunga, creador de Yo, su revista, de la cual hablaremos más adelante), así como a la edición estadounidense de Playboy. De esta forma, Caballero es obligada a salir del mercado. No obstante, producto de la tenacidad, en 1968 reaparece con Fortson nuevamente al frente. Sin embargo, éste sólo la dirige hasta 1969, pues a finales de ese año se encarga de la dirección de un proyecto novedoso para el entorno nacional: Dos: El y Ella, publicado por la Corporación Editorial, propiedad de Javier Ortiz Carmolinga.

Con el lema "una revista de biblioteca", quizá para despistar a la censura imperante, esta publicación sigue el modelo de las estadounidenses Playboy y Playgirl, pero decide integrarlas en una sola revista. El éxito es tal que los editores, engolosinados, resuelven, en 1971, editar dos magazines. Ella es un rotundo fracaso y desaparece a los pocos meses, El (bautizada por sus editores como "la revista joven" y cuyo emblema es una pantera negra) sobrevive hasta comienzos de los 80, sin embargo luego de que Fortson sale en 1972 se caracterizaría por los altibajos y la mediocridad. Tendría, cierto, el modelo Playboy como base pero en su versión más frívola y ligera. Autos, moda y rock and roll son la base de sus contenidos. A finales de los 70, ante las pocas ventas, comienza a publicar imágenes de actrices mexicanas. No es suficiente, sin embargo, y la revista desaparece sin pena ni gloria.

Un caso similar sucede con Caballero. Esta publicación, ya sin la mano de Fortson, navegaría en la mediocridad hasta que a finales de los 70 es vendida a Javier Sánchez Campuzano, uno de los concesionarios más importantes de la radio en México (de hecho, Karen Sánchez Abbot, su hija, preside actualmente la Asociación de Radiodifusores del Valle de México). De inmediato, el empresario inicia negociaciones con Hefner para convertir a Caballero en la edición mexicana de Playboy (estas negociaciones coinciden, por cierto, con una crisis temporal que debido al fortalecimiento de la competencia afecta a la matriz). El convenio llega a buen puerto, empero Sánchez Campuzano, como veremos líneas adelante, no puede utilizar el nombre de Playboy y a Caballero se le agrega el subtítulo de "con lo mejor de Playboy".

Efímera impudicia

Eros, "Tuyo es el mundo", es el último proyecto editorial de Fortson. Es también el más polémico, el más arriesgado y el más efímero. Esta revista nace bajo el cobijo de Guillermo Mendizábal Lizalde, dueño de la emblemática Editorial Posada.

En el editorial del primer número, correspondiente a julio de 1975, Fortson afirma que "Eros nace hoy (....) para él y para ella (...) Consecuencia de su tiempo y geografía ­momento y lugar donde finalmente se han dado libertades de pensamiento y expresión largamente esperadas­".3 El lenguaje lisonjero con el régimen de Echeverría no surte efecto. Apenas se habían editado dos números y ya la Comisión Calificadora de Publicaciones dictaba su veredicto: le negaba a Eros la licitud de contenido por "estimular la excitación de la sensualidad, incitar a los placeres carnales, ofender a la corrección del idioma, lesionar al pudor, abusar de las libertades constitucionales y propiciar una mayor corrupción entre los miembros de la sociedad".4

Sin duda, los temas tratados en la revista (homosexualismo, sexo anal y grupal) y las imágenes de parejas desnudas (idea y fotos de Maritza López) tuvieron que ver en la orientación del dictamen. Pero también influyó el hecho de que en Eros escribieran algunos críticos del sistema como Heberto Castillo y Renato Leduc. En el número 10, el último de la primera época, el ex líder del 68 arremete por igual contra el régimen y los intelectuales echeverristas ("México está mucho peor económicamente que hace cuatro años (...) ¿Por qué entonces el cambio de actitud de Carlos Fuentes y de otros intelectuales con respecto al gobierno").5 Meses después, en agosto de 1976, Mendizábal trató de revivir el proyecto con un nuevo subtítulo. Eros, "Arte y cultura contemporáneos", ya sin la dirección de Fortson, sólo duró un número.

Subtítulos ante la cerrazón

Cuando Javier Sánchez Campuzano, el nuevo dueño de Caballero, obtuvo los derechos para editar la versión mexicana de Playboy, a finales de los 70, se quedó petrificado, pues las autoridades no le permitieron utilizar ese nombre. El empresario no tuvo más remedio que agregar un subtítulo que los acompañaría por varios años: "con lo mejor de Playboy".

Perla Carreto, editora de Playboy México desde 1986 a 1993 (y de hecho, la primera mujer en hacerlo a nivel mundial) recuerda que "Gobernación no permitió a los editores utilizar el nombre de Playboy porque para ellos sonaba muy fuerte". A los editores no les quedó más remedio que continuar como Caballero y más tarde como Signore (1981), pues a alguien se le ocurrió que sonaría más sofisticado. "Sin embargo, continúa Carreto, en 1984 volvimos a hacer el trámite y las autoridades nos permitieron utilizar el nombre. Fue entonces cuando lanzamos a Elizabeth Aguilar como la primera playmate mexicana". Poco duró el gusto, pues a los pocos meses Gobernación se retracta y Signore regresa a los kioskos una vez más. Para Carreto todo se debió a que a partir del número de Aguilar se comenzaron a publicar desnudos integrales. La exhibición de vello púbico, que poco después se volvería parte de lo cotidiano en la hemerografía galante, espantó aquella ocasión a unas autoridades que hasta 1990 autorizarían oficialmente en México a la célebre publicación.

De esas negociaciones de estira y afloja entre la revista y la posible modelo; de esas sesiones de dos o tres días, donde se obtienen entre 600 y 800 imágenes, han surgido infinidad de anécdotas como cuando Lorena Herrera posó para el número de Signore de diciembre de 1987 bajo el nombre de Bárbara Ferrat. Lorena, recuerda Carreto, incluso asistió a Hong Kong con el equipo de la revista para participar en Miss Playboy Internacional. Sin embargo, años después dijo que quien aparecía desnuda en las imágenes era su hermana e incluso amenazó con demandar a quien no aceptara su versión (ese número se cotiza en Internet hasta en mil pesos).

O esas ediciones que rompieron marcas, como la de Alejandra Guzmán, "sesión muy difícil, problemática por el carácter de la cantante" que entre reimpresiones llegó a 300 mil ejemplares, cuando el tiraje promedio andaba entre los 60 mil y 80 mil. O la de su sobrina Stephanie Salas que sobrepasó los 200 mil. De esta última sesión, Arcelia González, editora de Playboy México de 1994 a 1997, recuerda que la actriz aceptó el ofrecimiento de Playboy "siempre y cuando las imágenes fueran a su modo: unas en la calle, otras en su casa, con las axilas sin rasurar (así lo estableció en su contrato), quería ser la antitesis de la clásica playmate... Hay anécdotas muy sabrosas como cuando durante la sesión en el Ángel el bolero de la esquina nos echaba aguas, porque obviamente corríamos el riesgo de que llegara una patrulla y nos remitieran a la delegación". Las ediciones con Elizabeth Aguilar, la primera playmate mexicana, y Yuri, antes de convertirse al puritanismo, también sobrepasaron los 200 mil ejemplares.

Perla Carreto señala que no siempre las sesiones eran divertidas. Al respecto, recuerda el caso de María del Sol (1988). "Fuimos a Chicago, la maquillaron, la peinaron, la metieron al estudio... terminamos la sesión ese día, nos fuimos al hotel, en el camino iba callada, no decía nada, pero entrando al cuarto se soltó llore y llore. Ya más calmada, me dijo que su entonces esposo (con quien se hizo el contrato) no le explicó que sería una sesión de desnudo. De hecho, la vi tan angustiada que frente a ella rompí varias fotos en topless para que estuviera segura de que no se publicarían".

Es también por aquella época cuando por políticas de Playboy internacional no aceptaban mujeres como editoras, Carreto cuenta que se trató de un reto muy interesante, pero muy difícil, pues debido a las resistencias aparecía en el directorio como directora de producto. De hecho, cuando acudía a las convenciones internacionales, aunque todos los asistentes supieran que era la editora, ella se presentaba con otro cargo. Fue Arcelia González, ya bien entrados los 90, quien oficialmente se convirtió en la primera editora.



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