De ese trabajo resultó la identificación de ocho principios a los que se les aplicó la
clásica metodología del ver, juzgar y obrar, o sea el resumen de la situación del principio, las líneas de
acción y los indicadores de calidad. En los principios parece recogerse y seguirse el consenso de la
conciencia periodística sobre el deber ser de la profesión, y como línea operativa, el proceso de la noticia, tal
como había sucedido en las investigaciones de Chile y de Argentina.
La saga de los ocho principios comienza con el proceso de construcción de la información,
avanza con la verificación, la contextualización y la investigación, se detiene a examinar la organización
interna, los códigos de ética y los mecanismos de contrapeso que operan en el interior y que marcan la
actuación periodística y su producto, relaciona la calidad con la asignación de publicidad y concluye con
la indispensable relación con el ciudadano, titular del derecho a la información, amo y señor de
periódicos y periodistas y razón de ser de la calidad.
ética y calidad
Estas investigaciones recogen las perplejidades y ponen en cuestión las respuestas que han
aplicado consejos de redacción en plan autocrítico, directivos de medios en trance de contratar, ascender
o estimular a los periodistas, basados en la calidad de su trabajo; o profesores universitarios que
se esfuerzan en la tarea de identificar lo que hace bueno a un periódico.
De mí sé decir que encuentro en estos trabajos las respuestas que he buscado con cierto
desasosiego cuando, como parte de algún jurado, he tenido que decidir sobre la calidad de trabajos presentados
a concurso. Uno de los buenos hallazgos, que me confirmó en una vieja convicción, ha sido ver la
estrecha conexión entre la calidad técnica y la calidad ética en el trabajo periodístico, tan indisoluble como
el zumbido y el moscardón, según la expresión de Gabriel García Márquez.
Los organizadores de concursos periodísticos suelen insistir en criterios como la investigación,
la pertinencia de los temas, el lenguaje, la originalidad en el tratamiento y los valores éticos. La
práctica me ha demostrado que esta última es prescindible porque debe estar incluida en las otras categorías
en virtud del principio de que la ética es el alma de la calidad.
Esa relación se había hecho patente en las deliberaciones sobre los trabajos con la mayor
calificación en el último concurso continental de la Fundación Nuevo Periodismo. A los tres jurados nos
había seducido la calidad de una investigación presentada por el periodista peruano Carlos Paredes sobre
la verdadera historia de un general elevado a la categoría de héroe durante el gobierno del
presidente Alberto Fujimori. Durante tres años este periodista, en una obstinada tarea de zapador, exhumó
dato por dato, como si fueran las piedras falsas del monumento al héroe. Dominando el entusiasmo que
le producía cada nuevo hallazgo, este periodista lo sometió todo a las necesarias pruebas de
verificación, ensambló el conjunto de modo que todas las piezas recuperaron su verdad original. La solidez de
la investigación, el sabio uso de las fuentes, el científico manejo de los datos en la comprobación de
la hipótesis, fueron puestos a prueba por una coyuntura inesperada. Al conocer que la investigación había
sido premiada por un jurado internacional, el protagonista de la serie movió todas sus
influencias, amenazó con demandas judiciales, presentó en los medios contraargumentos y pretendidas
pruebas, cuyo único efecto fue demostrar la solidez del trabajo del periodista.
Reconstruíamos todo el proceso seguido para lograr ese resultado y llegábamos a la evidencia
de una pasión por la verdad, de una disciplina investigativa puesta al servicio de esa pasión, de un rigor
y sabiduría en el manejo de la información y de las técnicas utilizadas para compartir con la sociedad
ese conocimiento. Son los valores éticos que se traslucen en los criterios de calidad, que en la
propuesta mexicana corresponden a los principios 1, 2 y 3 sobre transparencia en el procesamiento de
la información, verificación y contextualización de datos, de investigación periodística. Se leen
los indicadores de esos principios y aparece, como alma que todo lo llena de vida, el valor ético de
la pasión por la verdad.
En el mismo proceso de juzgamiento deliberábamos sobre las calidades de otro trabajo,
firmado por el periodista salvadoreño Carlos Martínez, sobre la ejemplar historia del juez Atilio. A este juez
le habían asignado la investigación por el asesinato de monseñor óscar Arnulfo Romero y hasta
ese momento hubo sosiego en el despacho judicial y en la vivienda del juez, lugares que fueron
perturbados hasta volverse invivibles por las amenazas, disparos, pedreas y agresiones. El juez vendió cuanto
tenía y se fue a Costa Rica y después a Nicaragua en un recorrido que el periodista siguió y reconstruyó
en una detallada y deliciosa crónica que, finalmente, registró el regreso del juez, su promoción y
el resurgimiento del proceso que los asesinos habían querido silenciar y sepultar. Nada más
intimidante que un asesino dispuesto a silenciar a jueces y a periodistas para ganar la paz artificial del olvido;
nada que genere más incertidumbres y angustias que la amenaza sin rostro, que el peligro disuelto en el
aire, pero real como todo lo que se respira; y a pesar de ese ambiente de amenaza, no obstante la
opresora incertidumbre, la historia del juez Atilio llegó a los lectores, tan documentada y veraz, tan por
encima de presiones e intimidaciones, que para nosotros fue un ejemplo de calidad. Todos los valores
técnicos de esa buena pieza profesional aparecían atravesadas por esas calidades éticas fundamentales,
la independencia y la pasión por la verdad. Este valor de la independencia se destaca en la
propuesta como parte del código de ética y cuando en el principio 7, los indicadores enfatizan que "el
periodista no garantiza a ninguna institución que sus servicios o productos serán presentados de modo
favorable". Los lectores, por su parte, tienen el instrumento ético de subestimar, cuando no de despreciar, al
medio servil, sometido a cualquiera de los poderes. Estos lectores exaltan y aplauden la calidad del
periodismo independiente, a la vez que menosprecian a periodistas y medios rendidos ante los poderosos.