Carlos Castillo López
Pocos son los intelectuales comprometidos, más allá de cualquier credo o comunión política, con la verdad
a secas, los que se esmeran por afinar un pensamiento crítico ante cualquier ángulo que presente la realidad
humana. Jean-Francois Revel (1924-2006) perteneció a esa estirpe intelectual más cruda y contestataria, desde su
joven participación en la difusión de Marx, Hume, Voltaire y Breton hasta una crítica aguerrida contra la izquierda
dogmática, sus secuestros y sus contradicciones, de paso por textos literarios, artísticos, sociales, culturales, entre otros.
Fueron pocos los temas que no abordó la crítica aguda de Revel, reunidos en títulos como Tentación totalitaria y
Cómo terminan las democracias.
La muerte de Jean-Francois Revel deja al pensamiento liberal sin uno de sus principales autores, y al mundo moderno sin una mente que no escatimó en hacer los señalamientos en tono y cantidad suficientes para advertir qué es la libertad, en palabras de Mario Vargas Llosa, "de las mejores cosas que le ha pasado a la humanidad, desde el nacimiento del individuo, la democracia, el reconocimiento del otro, los derechos humanos, la lenta disolución de las fronteras y la coexistencia en la diversidad", pero que es precisamente esa misma libertad la que hay que pensar de manera responsable y comprometida con el bienestar general de los pueblos.
Una muestra de esa crítica severa y exhaustiva relacionada con los medios de información aparece en
El conocimiento inútil (Planeta, 1988), libro que ya el año de su publicación advertía que el siglo XXI será la época
"en que la información constituirá el elemento central de la civilización". Los siguientes fragmentos pertenecen al
capítulo "La potencia adúltera", e insisten en señalar aquellos vicios, vacíos y pendientes de los que aún adolece una
prensa que todavía hoy, en algunos países y en cierta medida, se resiste a asumir un papel pleno y saludable que
contribuya a la correcta consolidación democrática.
· La ley, en democracia, garantiza a los ciudadanos la libertad de expresión; no les garantiza ni la infalibilidad,
ni el talento, ni la competencia, ni la probidad, ni la inteligencia, ni la comprobación de los hechos, que están a
cargo del periodista y no del legislador. Pero cuando un periodista es criticado porque falta a la exactitud o la honradez,
la profesión ruge fingiendo creer que se ataca al principio mismo de la libertad de expresión. Qué se dirá del dueño
de un restaurante que, sirviendo alimentos en malas condiciones, exclamara, para rechazar la crítica: "Oh, por
favor, dejadme cumplir mi misión alimenticia, ese deber sagrado".
· El papel de guardián, de juez y de inquisidor del poder que se atribuye a la prensa, siendo saludable y
necesario, consistiría, según ella, en una especie de magistratura. Entonces, como todas la magistraturas, debe estar rodeada
de las garantías de competencia e imparcialidad.
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Ilustración: Guillermo Conte |
· El "cuarto poder" o "contrapoder" no es más que un poder de hecho. No posee más sustancia constitucional que la que se deriva del derecho de todo ciudadano a decir y escribir lo que él quiere. Mientras que los otros
contrapoderes, el judicial y el legilativo, son, ellos mismos, poderes, reclutan a sus miembros según criterios de representatividad o de competencia y de moralidad definidos por la Constitución, por las leyes o los reglamentos; nada de eso
condiciona el reclutamiento de periodistas.
· Cuando un periodista invoca el "derecho a informar", el "derecho a la información" se refiere a su
propio derecho de presentar los hechos como a él le guste, casi nunca al derecho público a ser informado con exactitud
y sinceridad.
· Sólo en el terreno del profesionalismo y de un control de la calidad del servicio social de la información
podría legitimarse el "cuarto poder" y la pretensión de asumir la misión de "contrapoder".
· En la democracia no se tiene derecho a tratar a un ciudadano de "fanático" si se detestan sus ideas, cuando
ese ciudadano se limita a expresar libremente unas opiniones en el marco de una campaña electoral.
· Cuando se ha dicho "el gran diario independiente de la mañana" o "de la noche", se cree haberlo dicho todo para justificar la confianza del público, y los periódicos gustan de calificarse a sí mismos de ese modo. Sin embargo,
así como la libertad no garantiza la infalibilidad, la independencia no garantiza la imparcialidad. Se puede ser
muy independiente y deshonesto.
· El derecho al error sólo es admisible en la información si se puede establecer, ante todo, que el periodista
ha hecho todo cuanto ha podido para descubrir la verdad, que no ha omitido nada de lo que sabía ni inventado nada
de lo que no sabía. Y se puede indicar muy bien y muy claramente, en un artículo, el límite hasta donde se ha
podido obtener una información sólida y más allá de la cual comienzan la incertidumbre y la conjetura.
· ¿Qué es, en efecto, una democracia? Un sistema en el cual los ciudadanos se gobiernan a sí mismos. ¿Para
qué sirven la prensa y los medios de comunicación en ese sistema? Para poner a disposición de los ciudadanos
las informaciones sin las cuales no pueden gobernarse a sí mismos adecuadamente, o, por lo menos, designar y
juzgar con conocimiento de causa a los que les van a gobernar. Sin este lazo orgánico, la opción del ciudadano sería
ciega, lo que justifica e incluso hace necesaria la libertad de prensa en una democracia. Cuando las informaciones que
la prensa proporciona a la opinión son falsas, el mismo proceso de decisión democrática es falseado.
· Desde el momento en que los periodistas, fingiendo dedicarse a la información pura que además
practican, afortunadamente, en gran parte de su actividad, estiman, por otra parte, que tienen derecho a presentar la
actualidad de manera que oriente la opinión en un sentido que ellos consideren saludable, la democracia es amputada de una
de sus condiciones. Tanto y tan perniciosamente como podría serlo por una justicia corrompida o por el fraude
electoral.
· A los periodistas, la libertad de expresión les parece incluir la de preparar la puesta en escena de la
información según sus preferencias y según la orientación que desean imprimir a la opinión pública Como si los
criterios ideológicos pudieran servir de criterios profesionales, como si una redacción pudiera convertirse en una especie
de parlamento Esta perversión de la noción de objetividad, calcada del modelo del pluralismo de opiniones,
presupone que la verdadera información puede nacer de la olla podrida de las ideas preconcebidas.
· El periodista no existe más que como producto de una civilización en la que existe la libertad de crítica. No
se puede, sin hipocresía, pretender ser víctima de una profanación cuando esa libertad de crítica, de la que él vive,
se aplica a él mismo.
· Lo que distingue a la prensa seria de la que no lo es, es la proporción de exactitud, más o menos grande,
que implica una información orientada. Los buenos periódicos dan prioridad a la exactitud, esforzándose en hacer
la orientación, en primer lugar, defendible o, por lo menos, por así decirlo, invisible; y saben resignarse bastante
a menudo a publicar informaciones susceptibles de desmentir sus interpretaciones. No ignoran que su autoridad
tiene ese precio, gracias a lo cual continúan siendo le dos o vistos por muchos lectores. Los malos periódicos, por su
parte, seleccionan, arreglan o alteran las informaciones de manera tan patente y torpe que sólo los espíritus sectarios,
cuya única preocupación consiste en encontrar la confirmación de sus ideas fijas, soportan leerlos o mirarlos.
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Ilustración: Afshin Naghouni |
· Los tres poderes son definidos por textos constitucionales. Los hombres y las mujeres que los ejercen
deben, para ser legítimos, reclutarse según reglas precisas: la elección, el concurso, el nombramiento por las
autoridades cualificadas. Incurren en sanciones determinadas en caso de abuso, de prevaricación, de error grave. Estos
criterios, en cambio, son de lo más vago cuando se trata del poder de informar y comunicar.
· Raros son los hombres que no suprimen la información, aunque sean profesionales de la información,
cuando ésta les es desfavorable. La prensa quiere ser un contrapoder y se ve como tal. Pero actúa a semejanza del poder,
e incluso más brutalmente que éste, para suprimir lo que le molesta, porque está menos controlada que aquél: hablo
de un control no político o ideológico, sino profesional y deontológico, el cual, en su caso, es inexistente. La prensa
es además el único poder donde no hay ningún control. Lejos de ser, en ese sentido, la antítesis de los poderes, es
más bien una copia de ellos en un grado de arbitrariedad que ningún poder político democrático puede ofrecerse.
· Los periodistas, en una democracia, ¿son los últimos ciudadanos que aún gozan del privilegio de suprimir
las informaciones que los molestan?
· La imparcialidad no es indiferencia. Al contrario, cuanto más importancia se concede a las ideas, menos
se soporta que reposen sobre un vacío de informaciones. La opinión sólo es interesante en el periodismo si es
una forma de información. Quiero decir que un editorial no tiene interés si no emana de una documentación sólida y
sólidamente analizada