Adrián Acosta Silva
Dice el licenciado Sabina, con su delicadeza habitual, aquello de que "no hay nostalgia peor que la que nunca jamás sucedió".* Y generalmente suele ser así, en parte porque la memoria es irremediablemente selectiva y tramposa, que se alimenta de fuerzas misteriosas e invisibles, o del "recuerdo del esplendor", como sugiere uno de los personajes de
Shalimar el Payaso, la última novela de Rushdie. Pero para los entonces jóvenes urbanos clasemedieros universitarios del país de la generación a la que pertenezco, el cine se convirtió junto con las cervezas, las drogas y el tequila, la literatura, el marxismo, o la música en un recurso interpretativo básico para encontrar algún lugar disponible en la gran mesa de las identidades, con sus habituales dificultades e incertidumbres.Hace tres décadas, nuestros locos años 70 estallaban con el sindicalismo universitario, el fin del echeverrismo y la primera gran crisis económica en un cuarto de siglo. En la prepa 5 de la Universidad de Guadalajara, varios ensayábamos, entre cervezas frías, mucho humo y tardes calurosas, una especie de juego iniciático de pseudo discusión política, donde un ex seminarista, un fan de las canciones de José José, un bajacaliforniano experto en los misterios del abulón, un mazatleco capaz de poner los apodos más extraños a todo mundo, nos reuníamos cada viernes por la tarde para beber Tecates y de paso platicar y discutir de cualquier cosa. En ese contexto, apareció Taxi Driver en Guadalajara estrenada en el viejo cine Diana, si mal no recuerdo.
La imagen de Robert De Niro frente al espejo jugando con sus armas, practicando un monólogo perturbador; la mirada ingenua de Iris, la niña/mujer interpretada por Jodie Foster; la mujer de un senador en pleno ascenso de su carrera política (Betsy, interpretada por Cybill Shepard); la soledad corrosiva de un taxista neoyorquino deambulando por calles desiertas en la oscuridad de la noche o bajo el frío del sol de invierno. ésas son algunas de las postales de colección de la obra de Martin Scorsese, una película de inconfundible factura personal y generacional, que refleja un contexto social donde el aislamiento es el componente crucial de las existencias individuales. El orden invisible de las cosas que articula el relato de Taxi Driver, es un orden fracturado por la anomia, la decepción y la ansiedad de individuos como Travis Bickle, cuya existencia miserable y monótona termina en una explosión paranoica de violencia y alucinaciones que se resuelven, paradójicamente, en un orden íntimo, armonioso y circular.
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El contexto de la película dice algo. 1976 es la fecha en que Al Stewart lanzaba Year of the Cat, Joe Cocker interpretaba un blues impecable en Stingray, y Neil Young sacaba Decade, una antología de sus primeros diez años de carrera. Era también la época en que se decía que el rock estaba enfermo y vivía en Londres, con la furiosa música punk de los Sex Pistols. La sociedad estadounidense se estremecía aún con las secuelas de Vietnam, la crisis del Watergate, y la confirmación de que el
American Way of Life significaba, entre otras cosas, el fin de una larga ilusión naïve y el principio de la nueva pesadilla americana, que explica obras contemporáneas como The Deer Hunter, Apocalypsis Now e incluso
El exorcista. Con Gerald Ford y la guerra fría como ruido de fondo, Scorsese armó una obra que refleja y cuestiona, al
mismo tiempo, las certezas y las creencias de un tiempo convulsivo, a través de las miradas de un taxista, una putilla, un político y su amante.
La vida de Travis Bickle (De Niro), gira en torno a la pornografía, la guerra y el insomnio, pero todo está unido por la soledad de un individuo acosado por los demonios de Vietnam, una vaga moralidad victoriana, y mucha indignación por el descubrimiento de que una niña, "Iris", ejerce abiertamente la prostitución en las calles de Nueva York. "You talkin'to me? You talkin'to me? Then who to hell else are you talkin'to? You talkin'to me? Well, I'm the only one here", dice Bickle a su imagen en el espejo, mientras apunta a su propia cara con una Smith&Wesson calibre 38. Pero los demonios del insomnio de Bickle son en realidad, los que alimentan el espíritu de una época extraña, que presagiaba rupturas y cambios importantes. A 30 años de distancia, Taxi Driver continúa ejerciendo un enorme poder hipnótico transgeneracional, y es un buen pretexto para destapar unas Tecates heladas mientras se escucha, por ejemplo, Hurricane, del viejo profesor Dylan, para ponerse un poco a tono con los tiempos idos.
* Consta a los editores de etcétera que la referencia al siempre presente Sabina en el texto de Julio Chávez es una gozoza casualidad.
Profesor-investigador, y jefe del Departamento de Políticas Públicas del CUCEA-Universidad de Guadalajara.
aacosta@cucea.udg.mx