¿Cuán autónomos son los personajes/cobayos?
Alejandro Piscitelli
Los reality shows invaden la escena
Cuando a principios de 2001 se estrenó en
Argentina la versión local de
Gran Hermano, durante meses nos enzarzamos en discusiones
interminables acerca del programa, los
reality shows y toda la faena que gira
alrededor de la credibilidad/credulidad: ¿qué es
creíble, quién es creíble, qué seduce y
quién seduce?
Como todo el mundo sabe, una de las cuestiones
más discutidas acerca de este programa (y de los otros dos,
El Bar y Expedición Robinson que aparecieron al mismo
tiempo1) es tratar de averiguar cuán autónoma o
espontánea es la actuación de sus personajes.
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Foto: Wired |
A esta altura del cuestionamiento de la
objetividad, de la puesta en duda de la credibilidad, y de la
confusión eterna entre ilusión y percepción,
suponer que el comportamiento de los conejitos de indias, estos
laboratorios afectivos, tiene autonomía es una soberana tontería.
Por eso, debemos deslindar los planos, y tratar de
ubicar las distintas capas de la cebolla y aclarar(nos) un
poco de qué tipo de autonomía estamos hablando. Como no
queremos dárnoslas de sociólogos ni de filósofos
aguafiestas, no nos vamos a entreverar aquí con la
cuestión del libre albedrío, de los grados de libertad
en las
sociedades avanzadas, de las relaciones entre medios y conducta
colectiva, etcétera y otros temas acreedores de
soporíferas tesis de doctorado.
Deslindemos algunas formas
light o ingenuas de autonomía para dejar claro de qué
no estamos hablando.
El primer grado de interferencia entre la conducta
de los cobayos y nosotros está mediado por las
cámaras. Aunque imberbes y en general sub o sobreactuados,
todo lo que hacen estos chicos espara-las-cámaras. Por
ello, sería ridículo sostener que su comportamiento no
es autónomo porque siempre está intermediado por esta
tecnología. Por definición ellos nunca pueden ser
ellos, sino que son para nosotros, los televidentes; es decir, que
sólo pueden actuar de sí mismos.
Para empezar, estos cobayos no son cualesquiera,
provienen de un proceso de selección. A la primera
emisión de Gran Hermano se presentaron 25 mil personas
(130 mil a la segunda versión), fueron excluidos sin
miramientos casi todos. A un examen más detallado llegó
una cohorte de 600, que a su vez terminó en un grupo de 60,
quienes finalmente fueron los entrevistados en profundidad por los
técnicos y profesionales de la producción.
En este screening que buscaba fijar la
mirada en dos docenas de personajes fotogénicos, con una capa
de
historia de vida interesante previa por detrás, con cierta
potencialidad (la producción la llamó
hipótesis de relaciones) para los enganches afectivos
y amorosos, en gran medida estuvo condicionando el grado de
autonomía de los
personajes.
Por otra parte, hay una situación de
excepcionalidad en el confinamiento en los 600 metros cuadrados de la
casa que define nuevamente los grados de autonomía
convirtiéndolos en micro. Dadas rutinas muy fuertes y
acotadas, frente a una cantidad finita de relaciones posibles (cada
vez más pequeñas en la medida en que se llega a las
fases finales de la eliminación quedando sólo cuatro
participantes), dada la juventud de la mayoría de ellos es
previsible que el comportamiento libre se vaya acotando cada vez más.
Existe adicionalmente una voluntad de eliminar la
autorreflexión o el efecto de distanciamiento (uno de
los candidatos seguros del primer show, Martín, fue eliminado
por violar esta regla explícita al insistir en "que esto
no es un juego" o "ya no quiero seguir jugando a este
juego", y Lorena, otra participante de carácter fuerte
y cuestionadora de las reglas del juego, lo fue de entrada)
epitomizada en la preselección de un solo libro o
revista por participante para llevar a la casa, y en la
prohibición de registrar (literaria o gráficamente) la
experiencia,
con el fin de vivirla en otros planos, que también afecta el
grado de autonomía, al impedir desdoblamientos o
grados más complejos (encastrados) de actuación dentro
de la actuación.
Al sumar todos estos elementos constatamos que la
"novedad" que puede aparecer en la casa es menor.
Sería una novedad de selección (quién prefiere a
quién, qué pasa con quién, quién se
engancha con quién), todo
sobre un trasfondo único: ganar la competencia.
Tampoco nos interesan ni las motivaciones ni las
estrategias porque forman parte del
juego.2 Sólo nos llama la atención una
relación que es la que preocupa mucho a algunos televidentes,
¿hasta qué punto lo que hacen
los personajes responde a un guión escrito por ellos mismos, o
inducido o deducido de la producción?
"Guionizados" por el consumo televisivo
Obviamente hay una "guionización"
de la puesta en escena debido a la necesidad básica de que el
espectáculo sea interesante para que los anunciantes lo
sigan financiando. Pero nos interesa otro tipo de
"guionización"
posible, ¿hasta qué punto los cobayos/actores hacen lo
que hacen respondiendo a consignas, indicaciones sugerencias
o "guiños" que les pueda hacer la producción?
Rechazamos, de plano, la solución
más lineal y cómoda; que alguien cada mañana les
pase un guión que
diga que tal o cual relación, o que tal o cual acción,
puede llegar a generar más
rating.
Uno de los personajes de la primera edición de
Gran Hermano vio la serie en Italia, por lo cual, además de
tratar de buscar pistas para permanecer en la casa, podría
saber de qué estamos hablando cuando insistimos en los
grados de autonomía.
¿Qué impide imaginar que siendo parte
constitutiva del rito de pasaje de convertirse en famosos y
telegénicos por unas semanas, los cobayos no se estén
construyendo máscaras que después podrán usar
afuera?3
No, tampoco queremos ir en esta dirección,
pero sí esbozaremos una hipótesis. Todos los chicos que
juegan
en
Gran Hermano están tejidos por historias y
narrativas. Son todos hijos de la televisión y llevan
consumidas
decenas de miles de horas-TV. ¿Quién nos asegura que esa
socialización no los ha impregnado (subliminalmente o no) con cierto modo de escenificación que voluntariamente o
no los hace comportarse como si estuvieran
siendo "guionizados"?
Es decir, que actúan no de cualquier modo
sino de los modos que ellos como espectadores hubiesen querido
que los actores cualquiera de nosotros
(espontáneos) lo hicieran.
Después de tantos años de haber
visto actuar a otros, ¿no pueden haber interiorizado los
principios
espontáneos de la actuación de modo tal que
permanentemente pudieran poner en acción "arcos de
personajes",
"incidentes incitativos", "mejoras del segundo
acto" (tal como se enseña en las clases de guión
televisivo)?
Realidad/show y el tercero excluido
El problema es qué tanto los chicos como
sus analistas silvestres (Schettini, Ventura, los periodistas de
este pseudodebate conducido apáticamente por el periodista
Juan Alberto Badía como complemento a la emisión
en directo y en diferido del programa) o sus analistas
profesionales (como pretende ser Jorge Dorio, en su rol
de sociólogo canchero de cafetín) parten de una premisa
totalmente errada: que las únicas características que
se pueden leer de Gran Hermano pasan por un
continuum, que tiene en un extremo a la realidad y en el otro a la
ficción, en un extremo a las experiencias de vida naturales y
en el otro a las experiencias de vida artificiales.
Para la teoría literaria tradicional los
géneros sopesaban entre dos antípodas: la realidad, la
ficción. Como
decía Aristóteles "tertium non
datur" (no existe una tercera posición).
O bien se actúa en una obra a la cual
podemos denominar
teatro sin consecuencias (para el actor) más allá
del marco de artificiosidad que lo cobija (el escenario, las tapas
del libro). O bien se opera en la vida donde juegan
como siempre la flecha del tiempo, la irreversibilidad, un antes
inalcanzable y un después por hacer, donde cada
consecuencia cambia en forma inexorable el juego.
¿Qué pasaría si a las dos
categorías preexistentes de siempre, propias de una
lógica binaria irreductible
le añadiéramos una tercera categoría, la de
virtual, por ejemplo?
Por suerte, la ciencia ficción nos ha
demostrado hasta el hartazgo cómo opera (enredándose
con las
anteriores) esta nueva categoría. Y el ejemplo supremo es la
película
Matrix donde para nuestro asombro nada de lo que
vemos es real, pero tampoco nada es ficción, sino que se trata
de una ficción (lo que antropomorfizamos y creemos
que es la realidad) sobre una realidad (unos programas
computacionales que no podemos imaginar como causa de
esa realidad aunque el DNA no nos asuste tanto, ¿o
sí?).
En este caso magistral se ha vuelto realidad el
juego de espejos entre realidad y ficción que planteaba
Julio Cortázar en La noche boca
arriba, donde un motociclista gravemente accidentado sueña
que lo están llevando
camino al hospital a una pila sacrificial, y donde un
candidato al suplicio sueña que tiene un accidente de
motocicleta.
Después de varias idas y vueltas cuando no
sabemos cuál es el generador de ficción o de realidad
(si el siglo
XX o el XVI) resulta que el accidente de moto era el sueño, y
la realidad (de la ficción) era el terrible camino que lo
llevaba hasta el lugar del sacrificio.
Nuestra hipótesis es, pues, que
Gran Hermano es un ejemplo de un nuevo género narrativo
equidistante
(pero al mismo tiempo englobante) de los opuestos real/ficción
tradicionales.
Aquí la gente no actúa como en la
ficción tradicional, pero tampoco vive (en el sentido nada
neutro de la
vida real, pues todos somos máscaras como quiere Goffman).
En Gran Hermano lo determinante no son las
cámaras ni el aislamiento ni la programación de los
sentimientos ni la "guionización" expost de las
situaciones para transmutarlas en telegénicas. Lo
determinante, lo nuevo,
lo invisible, tanto a comentaristas como a protagonistas, es que
dadas las condiciones de
seteo (sobredeterminadas por la ecología de los medios
y, en especial, por las ficciones interactivas que han sido hechas
posibles por los
juegos de rol, los chateos, las conversaciones con robots,
etcétera), ya no es posible esconderse inocentemente en
las categorías ancestrales.
Los chicos no actúan porque los sigan las
cámaras.
The Truman Show es parte de la experiencia cotidiana
(aunque exacerbada en su caso). Los chicos no pueden pregonar
ingenuamente su inocencia y plantearse el juego como
un retiro material en un monasterio electrónico.
No, ellos (pero también nosotros como
comentaristas y exegetas) están entrampados en el reino de lo
virtual,
y no tienen la más mínima idea de cómo moverse
en ese mundo, porque esta camada de jóvenes en particular
es totalmente ajena a estas nuevas categorías (como
también lo es a las viejas).
Incapaces de desdoblarse tomando distancia
crítica y pudiendo revisar y cuestionar directa o
indirectamente
las reglas están atrapados por su oscilación
permanente4 entre lo real y lo ficcional. Ninguno puede intuir la
existencia de una tercera escena (de lo virtual) andando a los
tumbos, igual que los comentaristas.
La pregunta pendiente es, pues, cómo
entramos en lo virtual y cómo el uso y apropiación de
sus
categorías5 puede ayudarnos a decir algo un
milímetro más rico, acerca de la experiencia ni real
ni ficcional sino virtual que es
Gran Hermano.
En este punto las cosas se ponen más
interesantes y nos remiten a la irrupción de una
literatura interactiva que recién está en ciernes.
Nuestra propuesta es inscribir las situaciones
que están ocurriendo en
Gran Hermano dentro del programa, en su continuación en
el estudio cuando salen los actores/jugadores en la calle con su fama
circunstancial operando, en sus familias con su reinvención como famosos café
instantáneo, en el imaginario colectivo de quienes se
están preparando para la tercera o enésima
edición, y que seguramente actuarán con un grado de
reflexividad
y autoconciencia totalmente distinto (como sucedió en
Expedición Robinson II, respecto de la primera versión) en
la evolución de los géneros literarios en
relación con la innovación tecnológica.
Se nos ocurre que lo que pasa dentro/fuera de la
casa sobre estos 12/14 seres/personajes está muy ligado a
la aparición de modalidades de existencia intermedias,
híbridas, pastiches, disparadas por la colusión entre
sistemas de generación de sentido como la computadora, las
redes electrónicas, el tiempo real, la interactividad y
las categorías tradicionales de actuación,
representación, etcétera.
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Foto: Wired |
Que Endemol la empresa adquirida por Terra y
ahora en la mira de Bertelsman esté patentando
formatos interactivos y busque complementar la experiencia televisiva
con la interneteana muestra que no estamos tan
lejos en nuestro diagnóstico.
Que cada vez haya más gente dispuesta a
jugar de cobayo y a insistir en que son autónomas cuando cada
vez lo son menos, nos abre a nuevas preguntas de filosofía
política y de teoría de la acción que merecen
ser planteadas.
Notas
1 Todo empezó hace diez años
cuando Mary Ellis Bunim y Jonathan Murray crearon
The Real World, el documental pionero de MTV que precedió a los
reality shows, metiéndose en la casa de jóvenes
anónimos para registrar sus
vidas. A partir de 1999, las pantallas se inundarían con una
seguidilla interminable de modelos importados de EU y
Europa entre los cuales se encuentran: Super M
2002 (miles de convocadas para elegir a una supermodelo);
Confianza ciega (la versión local edulcorada de
Temptation Island, así como experimentos fallidos y
metareality shows como El loft de los
mediáticos (con parientes y amigos de los protagonistas de
otros shows). Hay de todo y para todos.
Sumados a los más "serios" también tuvimos
durante 2001 a
Reality Reality, el reality de las estrellas (en lugar de
anónimos, los participantes son famosos);
El hotel de tu hermano, reality show tropical;
La misión producciones (programa solidario combina con
la estructura de los
reality shows). Los formatos originales no terminan nunca. Entre los
más recientes están Crash
Palace de Fox (una mezcla entre la cámara que todo lo
espía típica del formato
reality y la dinámica dramática de una ficción) y
Love Cruise, Fox, (una nueva variante de
reality show de parejas, un desafío para parejas que
quisieron poner a prueba su fidelidad, "la telenovela de la vida
real"). También apareció
Lost de la NBC, un reality-game-show donde seis
participantes que no se conocen entre sí son arrojados en
cualquier
punto del planeta con una única misión: encontrar sin
ayuda el camino de regreso y llegar primeros a la Estatua de
la Libertad, en Nueva York. Boot Camp, que exagera la rudeza
de un campo de entrenamiento.
Propiedad pública, donde un participante está
acompañado por las cámaras desde que termina sus
estudios hasta que elige un
trabajo, un postgrado y, por ejemplo, se casa y es obligado a seguir
los consejos de los espectadores. Otras variantes
incluyen en España y EU: El Bus, donde se filma a los
pasajeros de un autobús;
Cops (Fox): videos tomados durante el
arresto de individuos en estado francamente lamentable ;
¿Quién quiere ser millonario? (ABC),
Big diet: un grupo de gordos conviven en un gimnasio donde son
continuamente tentados con comidas ricas en calorías. Ganan
dinero en
función de la cantidad de kilos que pierden;
Destination Mir: programa que prepara la cadena NBC para este
año y
el próximo; Cadenas de amor (NBC): los participantes
deben pasarse cinco días unidos con grilletes en las
muñecas y en los tobillos, con el objetivo de que encuentren el amor;
Love Cruise (Fox): en un crucero romántico por el
Caribe con parejas a ser expulsadas; The
Mole (ABC): un grupo de personas debe descubrir quién es el traidor;
Hopkins 24/7: la realidad misma que se vive en un hospital;
Dulce revancha (NBC): una persona disgustada con un miembro
de su familia o compañero de trabajo podrá hacerlo
quedar en ridículo, usando una cámara oculta;
Confesiones (Court TV): auténticas confesiones de
asesinos, grabadas en video por fiscales de distrito.
2 Fue el caso de si Natalia quería a
Santiago para darle calor a su corazón o a su bolsillo
impidiendo que la
echaran más temprano que tarde de la casa (o todo el episodio
ocurrido en la sexta nominación con el complot de
Fernando, Gastón y Eleonora para echar a Tamara, porque la
veían junto a Marcelo como los rivales de peso
para ganar
la competencia).
3 Al momento de ver el programa que
terminó en agosto de 2001 Natalia parecía que lo
estaba haciendo
bien, y suponíamos que Martín su enemigo
incondicional también tendría futuro
mediático mientras que el resto
eran cartón pintado, lo mismo que los 12 participantes de la
segunda versión. Ayudados por un baño e
hiperrealidad como la que vivimos en Argentina en diciembre de 2001 y
enero de 2002, todos estos protagonistas efímeros han sido barridos por los vientos de la historia. Nadie
los recuerda, y con la crisis actual difícilmente
tendrán
reciclaje alguno en la enfriada pantalla local.
4 Eleonora es el mejor ejemplo y por eso el
espanto que genera en los demás, incluyendo el asombro en el
caso de Soledad Silveyra que no puede creer que besara tan
apasionadamente a Gastón, si no estaba enamorada y
si tampoco se trataba de una estrategia de juego
("tertium non datur").
5 Ver Philipe Queau,
Lo virtual; Tomás Maldonado,
Entre lo real y lo virtual.
Alejandro Piscitelli es licenciado en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y master en Ciencias de Sistemas de la Universidad de Louisville en Kentucky. Director de contenidos de la empresa de e-learning competir.com. Este es el Cuaderno de trabajo núm. 13 de la cátedra Procesamiento de Datos, Telemática e Informática. Universidad Nacional de Buenos Aires, marzo 2002.