Marco Lara Klahr
En 1980 las salas de redacción de los diarios en México eran, entre muchas cosas paradójicas, acogedores, deprimentes y adictivos
templos de decadencia que, sin presentirlo siquiera sus periodistas, a lo largo de las dos décadas posteriores se informatizarían, transformándose en lo que son ahora: "Algo tan frío e impersonal hace notar con amargura un reportero veterano como un café Internet. Sin buen café".
De esos viejos, singulares aposentos quizá lo más característico no eran las máquinas de escribir regurgitando cuartillas de papel
revolución; la pésima iluminación; el golpeteo obstinado del teletipo, por allá, al fondo; el autoritarismo predominante entre los jefes, o la sumisión mediocre de tantos reporteros. No.
El olor a tinta, solvente, tabaco y sudoración alcohólica constituían, en su mixtura, la atmósfera predominante condensaba, por cierto, aquello que, fuera de su oficio, entusiasmaba sobre todo a tantos periodistas: la calle, la cantina, las putas, la estresante inminencia del cierre.
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De la película Capote |
Bien, pues en ese mundo intoxicante, leer A sangre fría (Cold Blood) fue para un muchacho reportero de 18 años un ejercicio extremo y, en consecuencia, crucial. A los ojos de tal aprendiz, al recrear el asesinato de los Clutter en su finca agrícola de Kansas, Truman Capote no sólo permitía aventurarse en una forma desconocida y fascinante de hacer periodismo, sino que motivaba por lo menos dos amargas interrogantes: "¿Por qué un reportero ha de vivir confinado en la hechura de la nota informativa?". "¿Es posible, y cómo, romper de una vez semejante fatalidad?".
Entonces, hacía 15 años que Capote había publicado A sangre fría en las páginas del
New Yorker, no sin antes confesar a Cecil Beaton, en una misiva personal (fechada el 16 de junio de 1965, en Nueva York): "Terminé las últimas páginas de mi libro hace tres días. Alabado sea Dios. De repente, es increíble volver a sentirse libre (relativamente) tras todos esos años y más años de tensión y envejecimiento. De momento siento que me han despojado de algo. Pero se agradece. ¡Nunca más!" ("Un placer fugaz", Correspondencia, Lumen, 2006).
El joven reportero ignoraba, claro, ambas cosas. Pero en su nunca bien ocultada amargura, presentía que aquellas sus interrogantes eran la transmisión de algo igualmente acibarado: el espíritu tortuoso y envolvente de Capote.
Nada de esto fue.
Periodista.
klahr4@hotmail.com