La delicada estética del cretinismo
Adrián Acosta Silva
El homo videns es omnívoro. Es capaz de devorar todo tipo de productos televisivos que le ofrezcan, pero a final de cuentas es también capaz de escoger y seleccionar lo que le gusta.
Sea por los filtros de la escuela, la moral, la ideología o el estómago, el televidente es un animal selectivo,
que consume y desecha constantemente lo que observa en los medios, aunque ciertamente exista una gran variedad
de preferencias que forman conglomerados o públicos específicos para cierto tipo de géneros, subgéneros y
especies nuevas o raras de la producción visual que le ofrece la televisión comercial.
En los últimos años, con la "macdonaldización" del entretenimiento, una serie de nuevos productos basados
en la banalización de los asuntos privados y públicos ha servido de fuente de alimentación a todo un subgénero
que bien podría denominar, con toda la arbitrariedad del caso, como una suerte de "estética" del cretinismo y
la escatología.
Desde luego, el interés, o la fascinación, por la autoflagelación o lo escatológico, y la capacidad para
observar con todo detalle la estupidez y la miseria humana tiene una larga historia. Desde las
Mil y una noches hasta los libros de Bukowski o algunas de las canciones de Frank Zappa, la descripción cuidadosa de ciertos aspectos de la
insoportable e irremediable levedad de lo humano han configurado parte de los relatos donde los individuos y las
sociedades muestran sus lados brillantes, oscuros y opacos. Una suerte de estética del cretinismo, o de franca sociología de la estupidez, aparece constantemente en diversos géneros literarios y hasta cinematográficos, pero nunca
como en la televisión contemporánea se ha convertido en un asunto que por sí mismo sin más referencias que
lo explícito llame la atención a empresas, productores, anunciantes y públicos.
En la era de talk shows donde se exhiben todas las miserias imaginables, morales y sociales, de personas
y familias, y de programas que muestran los secretos de la vida privada de figuras públicas y ciudadanos
anónimos, la aparición de cierto perfil de programas que tocan los lados más desagradables o tontos del
comportamiento humano demuestra el incontenible impulso de la mercantilización de la vida privada y de la esfera pública en
la paradójica época de la globalización y del hiperindividualismo.
En plena era del homo
zapping, una nueva generación de programas televisivos comenzaron a cubrir parte del horario dedicado a los adolescentes en las cadenas estadounidenses de televisión por cable desde finales de
los años 90. Desde Beavis and
Butthead hasta Jackass, lo escatológico, el cretinismo y la estulticia se convirtieron
en el corazón de programas cuyo único fin ha sido su capacidad para provocar náuseas o risas entre un público
que lentamente prefiere abandonar las pantallas de televisión para volcarse a las páginas de Internet. Más allá de
la lucha por la audiencia que significa este tipo de programas, la creación de este perfil de ofertas televisivas
forma parte de esa expansiva ola de liberalización de los contenidos asociada a la conquista de nuevos segmentos de
ese mercado siempre renovado que configura el público "juvenil", lo que eso signifique.
El programa Jackass (que se traduce literalmente como "asno" o "burro", pero que significaría en
nuestro contexto algo así como "tarado"), que se introdujo en MTV en segmentos de diez o quince minutos desde hace
casi dos años, es la versión dura y cruda de la moderna escatología estadounidense. Es una suerte de puesta en
vivo de aquellas caricaturas de dos adolescentes ociosos
(Beavis and Butthead, que también aparecía en MTV), cuya
vida transcurría enfrente de una televisión, entre refrescos y palomitas, flatulencias, vómitos y comentarios
hirientes sobre la vida de los otros.
Jackass enseña la versión dura de las más diversas formas de mostrar el cretinismo de sus protagonistas, que
van desde hacer close-up de excrementos humanos y vómitos, hasta arriesgados actos de malabarismo que ponen
en riesgo la integridad física de quienes aparecen en el programa.
Esta fórmula cruda de registro de ciertos comportamientos excepcionales, que no habituales de la
cotidianidad, es mostrada por actores que hacen literalmente cualquier cosa por llamar la atención de los televidentes. Lo
grotesco y lo ridículo se suceden frente a las cámaras, tratando de hacer de los actos un espectáculo en sí mismo, una
suerte de subcultura del cretinismo, que los conductores tratan como si fuera una variación humorística más, cuando
desde los viejos y clásicos
gags de las películas de los hermanos Marx o de Chaplin, y la demencia de
Los tres chiflados hasta las inteligentes e irónicas miradas de programas como
Los Simpson, la inagotable veta de la estupidez y la
capacidad para hacer el ridículo siempre tienen un contexto más amplio y complejo (es decir, más realista al que
ofrecen programas de televisión como
Jackass o la versión local que ofrece Televisa con
No te equivoques.
La lógica de la competencia feroz, la imitación y el "novedismo" (eso que critica Sartori en
La sociedad multiétnica), que caracteriza a las nuevas generaciones de productores de Televisa o de MTV, como siempre, pasa por
alto cualquier cosa y presenta en bandeja nocturna imágenes y situaciones que no tienen más límite que el
estómago o la paciencia del espectador.
Instalados de lleno en la política del
anything goes que se impone en la competencia por la audiencia, las
empresas televisivas explorarán y explotarán, en el límite de la ley, las restricciones de los publicistas o los estómagos
del público, la tolerancia o la complicidad de quienes disfruten ver actos como correr desnudos frente a un grupo
de porristas o colocarse una medusa en la cabeza para sufrir del intenso dolor de sus ácidos en el cuero cabelludo,
frente a una cámara de video y con las risas o burlas de los coprotagonistas del programa. La estética de lo escatológico y del cretinismo, por supuesto, no es una cuestión moral, cultural o comercial sino esencialmente una cuestión
de estómagos, relacionada no tanto con códigos de interpretación cultural o de ética de los medios como con los límites casi fisiológicos de quien puede aguantar o soportar lo que ve en la pantalla. Anatomía del asco o geografía de la siempre renovada imbecilidad televisiva mexicana o estadounidense, esos programas parecen ir de la mano con la globalización de la estulticia. Aunque luego uno nunca sabe.