Marco Lara Klahr
I
Muchos periódicos locales son todavía para sus lectores, tal vez, como ciertos rincones provincianos apacibles,
los cafés, las suculencias, los personajes o las fiestas cívicas; la vida de la pequeña ciudad, incluidas sus feroces
minucias, como les llamaba Verlaine. Forman parte de lo entrañable de su micro universo y es por ello, quizá, que a la
mayoría sigan disculpándoles estar mediocremente escritos y tan mal impresos que manchan las manos, o sus
distorsiones informativas crónicas, los usos inescrupulosos de sus periodistas y la connivencia de sus dueños con las élites.
El poeta duranguense José Ángel Leyva aporta una
viñeta1 de lo que puede significar el periódico de la
querencia: "La parsimonia en los quehaceres cotidianos no se ve alterada por el vértigo de las grandes urbes. Ese carácter
tan propio de nuestra provincia mexicana se ve reflejado de manera particular en sus periódicos locales, que no
han cambiado en sus formatos ni en sus contenidos como se esperaría en tiempos de Internet.
"Recuerdo mi infancia y mi adolescencia en los sesenta y principios de los setenta, cuando había sólo dos
diarios, El Sol de Durango y La Voz de
Durango. Muy temprano, los voceadores recorrían las calles entre los
escasos automovilistas y repartían las entregas habituales de casa en casa. () La información nacional e internacional
era y es excesivamente pobre, en cambio la local ocupaba y ocupa espacios generosos con fotografías de la
sociedad antigua y de la nueva sociedad que se encumbraba económicamente, pero que requería un cierto brillo urbano,
pues provenía en buena medida de los pueblos y rancherías, o de las clases bajas que lograban ascender en la escala
social con títulos universitarios. La sección deportiva, la cartelera cinematográfica, hoy de capa caída con el auge
del video, y la sección de política local eran abundantes y afanosamente buscadas por los actores y los autores.
Los políticos que deseaban ser tomados en cuenta comenzaban a escribir opinando o criticando a los gobernantes
en turno. Pronto sus plumas modificaban el tono de sus artículos y en muchos casos abandonaban la escritura
para dedicarse a sus nuevas funciones en el gobierno. La cultura no fue, ni es, motivo de interés en ese periodismo.
Acaso los versos lacrimógenos de una señora o un señor que dan gracias a dios o defienden los preceptos de las
buenas conciencias. Lo local era y es la materia sustantiva de esos periódicos de mi infancia. No puedo olvidar los
suplementos de historietas dominicales, con personajes como Mandrake el Mago, Rolando el Rabioso, Flash Gordon y
otras figuras que me hacían pasar buenos ratos. Por otro lado, las diferencias entre
El Sol y La Voz eran casi inexistentes.
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Daguerrotipo de W. Thompson |
"Cuando di el salto en la lectura y rompí con el cerco de los licenciados, ingenieros, doctores y
contadores públicos que firmaban y firman sus columnas y notas, con las consejas del señor Obispo, y ni hablar, con las
historietas de los domingos, para buscar los periódicos nacionales como
unomásuno,
El Día o
La Jornada, me encontré con que desaparecían a menudo ('no llegaban'), porque incluían alguna información desfavorable al gobierno, desde
siempre priista. Todavía, en tiempo de globalización, de Sanborns, Vips y otras cadenas semejantes, los periódicos
nacionales suelen no llegar a los dos o tres puestos de revistas que hay en la ciudad de Durango. Sobre todo los domingos
se resiente dicha ausencia. Quizá, pienso yo, porque aún lo foráneo sigue siendo noticia o información contraria
al ritmo de una historia que se escribe desde la percepción
del tiempo de esos diarios de lo local."
En Mérida, Diario de
Yucatán; en Tuxtla Gutiérrez,
Cuarto Poder; en Villahermosa, Tabasco
Hoy; en Oaxaca, Noticias; en Xalapa,
El Dictamen, y en el Puerto de Veracruz,
Notiver; en Puebla o Pachuca, El Sol y
Síntesis; o en Ciudad Universitaria y otros sitios del sur de la ciudad de México,
La Jornada. Hacia el Bajío, en Morelia,
La Voz; en Guadalajara, El
Informador o Mural, y en León,
a.m. Y más allá, El
Norte y El Diario, en Monterrey; las
ediciones de El Debate y El Noroeste, en ciudades sinaloenses;
El Siglo o El Sol, en Durango; El
Mexicano, en Tijuana, y La
Crónica, en Mexicali; o El
Imparcial, en Hermosillo. En Ciudad Juárez,
El Diario, y en Torreón, El
Siglo. El Mañana, en Nuevo Laredo, y
El Sol, en Tampico. Y así, cerca de 300
diarios2 ofertan cada amanecer a través de las
ciudades mexicanas un fragmento de realidad bajo el supuesto de que interesa a su clientela, la cual le es fiel o al menos
sigue rindiéndose al impulso de consumirlos.
El tema es que para las empresas mexicanas editoras de diarios la situación no resulta tan romántica ni pintoresca.
Se hallan bajo la presión de un mercado mediático crecientemente complejo y globalizado, donde van
imponiéndose fenómenos que les eran tan ajenos hace todavía 20 años, como la ciudadanización de las relaciones sociales,
la cultura de la transparencia, la economía del prestigio, la hiperconcentración de la publicidad, el
marketing mix, la estampida tecnológica y los consorcios multimedia.
Ineludiblemente, en el discurrir de la próxima década la sociedad contará con muchos menos y -es
probable- mejores diarios, mismos que para sobrevivir tendrán que profesionalizar en alguna medida sus
procedimientos editoriales, financieros y de mercado y, a la par, vincularse, comprometerse y servir a la colectividad a la que
se deben, garantizando su derecho a estar informada.
Después de todo, el horizonte podría ser promisorio: "Creo que la mejor noticia que puede tener la opinión
pública mexicana es el hecho de que hacer un buen periódico se ha convertido cada vez más en un buen negocio",
afirma Jorge Zepeda Patterson,3 director de
Día Siete, la revista dominical cuyos 317 mil ejemplares semanales
circulan encartados en rotativos de la mitad de las 32 entidades -incluyendo
El Universal (ciudad de México).
A dos siglos de la aparición
del Diario de México (1805), "primer cotidiano del país, dirigido y redactado
por Carlos María Bustamante y el dominicano Jacobo de
Villaurrutia".4 A 164 años de publicado el primer número de
El Siglo Diez y Nueve (1841), "el más importante órgano de esa
centuria".5 A 160 de lanzado El Monitor
Republicano (1845), después del anterior, "el periódico [decimonónico] de mayor influencia y más larga
vida".6 Y tras un año (2004) en el que esta industria facturó cuatro mil 800 millones de pesos (lo cual significó un repunte
publicitario promedio de 6.48% respecto del deprimido
2003),7 veamos el estado de la cuestión.
II
" quienes realizaban el periodismo en esta época necesariamente expresaban los intereses de los grupos
políticos y sociales más fuertes del país, pues al poseer un nivel cultural superior al resto de la población no sólo podían
tener acceso a la lectura de libros y periódicos, nacionales y extranjeros, sino que podían ejercer, mediante sus textos,
una función de adoctrinamiento", del mismo modo que "la opinión pública se integraba por el reducido grupo que
podía adquirir los periódicos: los militantes de los partidos y los que poseían un nivel educativo y económico
alto."8
Aunque describen al periodismo de la Reforma, estas afirmaciones podrían, con sus matices, aplicarse aún hoy
al periodismo mexicano, puesto que la mayoría de los diarios siguen despidiendo un tufillo decimonónico. Es decir,
lo que entonces era una virtud, puesto que "La prensa
del siglo XIX se manifestó como un periodismo con
fines político-sociales que, en la etapa de la Reforma, tuvo como principal objetivo la cimentación ideológica de
un sistema de gobierno que asegurara el crecimiento, la estabilidad y el fortalecimiento de un país que iniciaba su
vida independiente",9 durante la prolongada era del corporativismo priista y hasta ahora es una suerte de maleficio.
Los diarios contemporáneos no han conseguido sacudirse del todo su carácter instrumental, en parte porque
sus empresas editoras surgieron o crecieron vinculadas orgánicamente a facciones, pero en un escenario mucho
más complejo que el decimonónico, donde además miembros de las élites política y económica, y organizaciones
delictivas cohabitan con naturalidad.
Está como hecho a la medida el caso reciente y sobrecogedor de
El Independiente. Este tabloide, cuyo
primer ejemplar circuló el 3 de junio de 2003, era capitaneado periodísticamente por Javier Solórzano y Raymundo
Riva Palacio. Puesto que desde la víspera del lanzamiento comenzaron las sospechas sobre el inversor, Solórzano
adujo que aceptó el puesto de director general sólo después de investigar al dueño y presidente, Carlos Ahumada Kurtz,
sin encontrar cosa que le pareciera ilegal. Menos de un año después se conocería que pretendió cabildear ante el jefe
de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, a favor de los intereses de dicho empresario
(propietario también de Grupo Quart), hoy preso.
El segundo -Riva Palacio- justificó de modo parecido su decisión de convertirse en director de Operaciones y
a los nueve meses, cuando el 3 de marzo de 2004 sobrevinieron los llamados
videoescándalos (en los que Ahumada Kurtz aparece sobornando a políticos del Partido de la Revolución Democrática con fajos de dólares), aguantó
la renuncia abrupta de Solórzano (ocurrida ese mismo día), su superior jerárquico, criticando con rudeza su
proceder, comparándolo con el de las ratas ante un naufragio, aunque finalmente él mismo terminó abandonando el barco, dos semanas después (15 de marzo), cuando se hizo evidente
que el diario no tenía remedio.
En los meses posteriores las instalaciones de
El Independiente fueron aseguradas por la Procuraduría General
de la República y entregadas en custodia a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (3 de junio), en el contexto
de una investigación contra Ahumada Kurtz por
lavado de dinero. Pero entre la tardía renuncia de Riva Palacio y
la liquidación del tabloide (dejó de circular la segunda semana de junio de 2004), como si la mala imagen pública
no fuera cada vez más un obstáculo insalvable para un medio de comunicación, Javier Ibarrola asumió sin remilgos
la posición de director general interino. Se trata de un empleado de Carlos Ramírez (hoy columnista de
Excélsior y director del vespertino sensacionalista
La Crisis), quien a su vez formó parte de un nuevo consejo editorial.
No duraron más que diez días; su problema, según ellos mismos, fue sólo de dineros: "No nos corrieron",
explicó Ibarrola, "simplemente nos comunicaron que no había
presupuesto".10
El veterano reportero José Reveles expuso el 6 de abril de
200411 lo que era inocultable -a despecho de
las justificaciones de Solórzano y Riva Palacio para asumir la dirección- desde que se anunció el nacimiento del
diario, a principios de 2003: "La crisis por la que atraviesa
El Independiente es el resultado lógico de haber creado
un medio de comunicación con fines espurios, para la defensa de intereses que nada tienen que ver con el
periodismo, sino con negocios conseguidos a base de cobros de favores, sobornos, ayudas a políticos que luego favorecerían
al empresario de origen argentino Carlos Ahumada". A la luz del sonado desenlace, el afectado eslogan de aquel
diario, "El periodismo que el país necesita", suena a mafiosa explicitación de intenciones.
La naturaleza instrumental de los medios es,
para ciertos especialistas, un axioma. Raúl Sohr,
el reportero chileno considerado un clásico, arroja empezando su libro
Historia y poder de la prensa (en el tercer párrafo de la primera parte): "La relación entre el poder y la prensa quedó tempranamente ilustrada, y en
forma magistral, en un revelador incidente. En 1815, Napoleón volvía desde su exilio en la isla de Elba. En el curso de
su itinerario hacia París, el diario capitalino
Le Moniteur tituló de la siguiente forma:
"9 de marzo: El monstruo escapó de su lugar de destierro
"10 de marzo: El ogro corso ha desembarcado en Cabo Juan
"11 de marzo: El tigre se ha mostrado en Gap. Tropas avanzan para detener su marcha. Concluirá su
miserable aventura como un delincuente en las montañas
"12 de marzo: El monstruo ha avanzado hasta Grenoble
"13 de marzo: El tirano está ahora en Lyon. Todos están aterrorizados por su aparición
"18 de marzo: El usurpador ha osado aproximarse hasta 60 horas de marcha de la capital
"19 de marzo: Bonaparte avanza a marchas forzadas, pero es imposible que llegue a París
"20 de marzo: Napoleón llegará mañana a las murallas de París
"21 de marzo: Ayer por la tarde Su Majestad el Emperador hizo su pública entrada a las Tullerías. Nada
puede exceder el regocijo universal."
Y añade Sohr: "En todo el mundo la prensa se estructura en torno del poder, sea éste de orden político,
económico o social. En el fondo, la prensa es parte de las estructuras de poder, y como tal refleja sus ambigüedades, sus
pugnas y sus debates. La propiedad privada de los medios de comunicación asegura, en la mayoría de los casos, una
estrecha identificación con intereses bien
establecidos".12
En los periódicos actuales de la ciudad de México podrían encontrarse, a propósito, secuencias de
titulares semejantes a los de Le Moniteur de 1815, por ejemplo, respecto del ascenso y caída del clan Salinas. En
Quintana Roo, del clan Villanueva. En Chihuahua, de la alternancia PRI-PAN. O a lo largo del país, el vertiginoso tránsito
de la popularidad a la impopularidad del presidente Vicente Fox y su esposa, Marta Sahagún. El
Diccionario de la Real Academia de la Lengua
Española define como chaquetero a aquel "que chaquetea, que cambia de opinión o
de partido por conveniencia personal" o "dicho de una persona servil". Abundan casos en el diarismo donde ajusta
el adjetivo.
III
Pero, a diferencia de Raúl Sohr, otros especialistas suponen que una empresa mediática profesional puede eventualmente propiciar diarios modernos, independientes, de calidad, dignos de la responsabilidad social que les
es consustancial y, además, redituables. Y que, en particular, para el caso de México puede documentarse un
proceso que se gestó hace alrededor de tres décadas, al mediar los 70 (del siglo XX), sentando un paradigma donde los protagonistas son un puñado de diarios del norte, el centro y el sur.
Jorge Zepeda
Patterson,13 fundador de Siglo 21
(en 1991, y con el cual se renovó el diarismo en Guadalajara)
y Público (1997), refiere que "el gran aporte del grupo editor de
El Norte y Reforma fue empresarial y, en
segundo término, editorial (sin desconocer el viento fresco que representó para la ciudad de México, a principios de los 90,
la llegada del periodismo de Reforma). La lección que dio al resto de los medios entre los 70 y los 90 fue el
tratamiento de la empresa de comunicación como una verdadera empresa, sujeta a lógicas organizativas modernas, procesos
de eficientización que incluían a la redacción, la aplicación del
marketing y la evaluación del negocio".
Para dimensionar lo anterior, dice, debe tomarse en cuenta que "históricamente estábamos habituados a una
empresa periodística muy rentable, pero de carácter familiar, donde el patrimonio familiar y el negocio del periódico
estaban subsumidos. En Monterrey,
El
Norte,
14 que recoge el modelo de la prensa del sur de Estados Unidos (en particular
de la texana), empieza a aplicar en los 70 esquemas de racionalización y eficacia, y a dotarse de un aparato
comercial agresivo, a diferencia de los demás diarios mexicanos. Éstos vivían apapachados en los pliegues del Estado, con
una rentabilidad altísima por condiciones de mercado muy favorables, aunque ello no significó que pagaran
buenos sueldos a sus periodistas.