Salvador Quiauhtlazollin
Abriendo el baúl de los recuerdos infantiles, Salvador Quiauhtlazollin hace un recuento de aquellas
sesiones vespertinas que nos hicieron sentir súper héroes, nos hicieron reír o, en algunos casos, hasta llorar: las
fantasías animadas. Pero eso eso eso no es todo. Destacadas personalidades del mundo público mexicano
también hurgan en la memoria para contestar las preguntas: ¿Cuáles fueron sus caricaturas favoritas? ¿Fue sobrino
del Tío Gamboín?
Haga usted mismo la prueba: junte a unos treintones, en estos días tan devaluados, y proponga el reto de tres simples preguntas:
a) ¿Cuál es la capital de Ucrania?
b) ¿A qué orden de los mamíferos pertenece el hombre?
c) ¿Cómo se llamaba la novia de Cucho?
Las dos primeras cuestiones difícilmente obtendrán respuestas correctas, es más, ni siquiera merecerán
el esfuerzo de intentarlo, pues en nuestros días es un orgullo afirmar que "pasé la prepa de noche". Pero la
última cuestión será respondida de inmediato: "Mimosa" gritará el que tenga la mente más ágil, pues los
otros seguramente también recuerdan a este personaje, pero no tienen tanta presteza cerebral. Y no sólo
eso: inmediatamente la tertulia pasará a discutir apasionantes temas como el nombre del peor enemigo de Supercán, las propiedades de la oxigoma, las frases de
Manotas o, entre las mujeres, los novios de
Candy Candy y las peripecias de La princesa
caballero.
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¿A qué mundo se han remitido estos adultos, tan duramente golpeados por la callada crisis
foxista? Indudablemente a un mundo de irrealidad y evasión, pero al mismo tiempo a un mundo que ha
quedado irremisiblemente clavado en sus subconscientes, una realidad alternativa que fue grabándose con
fuerza extraordinaria a lo largo de miles de horas de repetición constante: el mundo de las "caricaturas".
En México se denomina "caricaturas" a la técnica cinematográfica de la animación. Aún más antigua
que el cinematógrafo, la animación ha sido desdeñada por la mayoría de los críticos, pero apreciada con fervor
por los estudiantes de cine, los grandes estudios y los cineastas de vanguardia. Su gran flexibilidad y el control
total que se puede ejercer sobre ella permite la experimentación sin sobresaltar los presupuestos. Y los
dividendos son considerables: los cortos y los largometrajes animados difícilmente pierden dinero, pues cuentan con
la fidelidad de los infantes y, a diferencia de muchas producciones que con dificultades se ven fuera de la
pantalla grande, tienen una gran difusión en video y DVD.
Una tarde de tele
¿Por qué coloquialmente se llama caricaturas a los dibujos animados en nuestro país? Indudablemente
por pragmatismo lingüístico: un término periodístico (la caricatura) salta a la lengua corriente para ahorrarse la
larga denominación de dibujos animados. Esta economía lingüística también se observó rápidamente en
Estados Unidos: los "cartoons" fueron conocidos de inmediato como "toons". De hecho, en el pésimo subtitulaje
de la cinta ¿Quién engañó a Roger Rabbit?
se habla de los personajes principales como los "bujos", haciendo
una pedestre traducción del coloquialismo estadounidense, cuando lo correcto hubiese sido referirse a ellos
como "las caris" (término que por lo menos hasta hace unos años todos los escuincles usaban).
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Las caricaturas tienen en México una distribución histórica similar a la de Estados Unidos;
primeramente, como relleno en los cines (de los albores de la industria cinematográfica hasta principios de los 60);
después hacen su aparición en la televisión (en México, desde los 60), y finalmente ven su distribución al público
en general en video y DVD. (En nuestro país podemos fechar exactamente este fenómeno, a partir de
1986, cuando Videovisa lanza a la renta sus
colecciones
Festival de
caricaturas.)
Pero mientras que el cine y el video en sus inicios sólo permitían ver los dibujos animados una vez por
función o pocas por renta, la televisión, por escasez de capítulos y por hábito comercial, repetía hasta la náusea
las mismas caricaturas, por lo que los menores teleadictos pronto nos aprendimos, sin error posible, jingles,
tramas y diálogos completos de cientos de episodios.
A finales de los 60 e inicios de los 70, la televisión dedicada a los infantes mexicanos se distribuía de
la siguiente manera: kaiju eigas, de rústica calidad pero emocionante trama como
Capitán Ultra,
Ultramán y Ultra Seven; caricaturas distribuidas por las
majors hollywoodenses (Warner, Universal, MGM y Disney,
principalmente), y series de ínfimos presupuestos pero que conformaron completamente nuestro universo
moral: Los Banana Split, Skippy el canguro, Batman, Supermán, Mi oso y
yo y el vértice ético de los mexicanos de la
Generación X: Señorita
Cometa. Pero pronto no sólo la trama de los episodios nos indicaría lo que está bien y lo que
está mal: el demiurgo televisado nos dotaría de un juez y su vil esbirro.
Los sobrinos
"Cuando nos veamos, así nos saludamos", comenzaba Rogelio Moreno su turno entre caricaturas.
Después de una larguísima lista que abarcaba prácticamente en su totalidad la República Mexicana (y que nos
ahorraba aprendernos las capitales para pasar cuarto año), el señor Moreno, adusto pero simpático, decente
pero invitador, nos anunciaba todos los deleites que podríamos disfrutar esa tarde de tele. Después venían
los platillos de entrada: una colección de caricaturas menores o ya muy repetidas que, sin embargo, nos
preparaban para lo que vendría. Entre estos regodeos teníamos
El rey Leonardo (y su fiel paje Florín),
Don Gato y su pandilla (conformada, para los que no lo saben, por Cucho, Panza, Espanto, Demóstenes y el inolvidable Benito
Bodoque),
Supercán (defensor del mundo libre y de Dulce Poli Purasangre) y otras historias muy menores como las de
los
Tototopos. Y a las cuatro y media, hacia su aparición
el Tío.
El Tío Gamboín era un añejo locutor de la también añeja XEW. Su voz todavía resonaba proyectante en
la estación; generalmente
en off entre radionovelas y noticiarios. Pero en la televisión era otra cosa. Era el
censor de la conducta de millones de niños mexicanos. Como tal, no podía aparecer así, simplote, tenía que
estar precedido por cualquiera de los himnos siguientes:
"Yo soy un gatito, miau, miau, miau; con uñas de acero..."
"El indito y su burrito..."
"Yo tengo un soldadito, nacido en Estambul..."
Después venían los laureles y la vergüenza: fanfarrias para los sobrinos que habían sacado puro diez, o el
que se dormía temprano, o el que cuidaba a sus hermanitos. Las mañanitas para los cumpleañeros. Pero
sobre aquellos que nos portábamos mal, pesaba la constante amenaza de ser víctimas de un pinche soplón: el
certero y chismoso Corcolito. Sin saber
cómo, este misterioso personaje hacia llegar al Tío las noticias de
nuestras iniquidades, y a nivel nacional, de costa a costa y de frontera a frontera, todos los niños del país se
enteraban que no hacíamos la tarea, peleábamos con los hermanos o mojábamos la cama (con orina,
afortunadamente Corcolito nunca se enteró de nuestras primeras emisiones nocturnas). "¿Qué pasó, sobrino?", nos decía
el Tío con ese tono de paternal reproche.
Puede saltar que un texto dedicado a las caricaturas dedique tanto tiempo a un presentador muerto
hace una década, pero es que para la generación de niños teleadictos de los 70 una cosa va unida a la otra: no
se pueden concebir las caricaturas sin los chantajes morales del Tío. Una doble moral inconmensurable,
porque mientras nos pedía que hiciéramos la tarea, nos atiborraba de horas y horas de más caricaturas, cada una
mejor que las demás.
El mágico mundo del color
Al detenernos en esta primera oleada de caricaturas transmitidas por televisión, surgen dos
preguntas obligadas: ¿quiénes distribuían esas caricaturas? y ¿qué tan gravosa resultaba la transmisión de caricaturas
a Televicentro?
La primera de las cuestiones es fácil de responder: al crecer el monstruo televisivo, las
majors hollywoodenses obtuvieron la oportunidad de explotar comercialmente muchos productos ya realizados y en ese momento
en desuso. Así, Warner recopiló y formateó viejos cortometrajes que fueron incluidos en series como
Fantasías animadas de ayer y hoy (donde se presentaban verdaderos vejestorios, incluyendo varios cortos de
propaganda antinazi),
Bugs Bunny,
El correcaminos, Speedy González
y
El festival de Porky. Hay que aclarar que cuando
la televisión inició su demanda insaciable de dibujos animados, la Warner todavía tenía en operación sus
estudios de animación, y muchos de sus productos fueron creados ya expresamente para la pantalla chica, lo
que redundó en una baja considerable de la calidad en argumentos y dibujo. Pero eso no hacía sombra a
verdaderas obras maestras debidas en su mayor parte al ya fallecido Chuck Jones, responsable de episodios
antológicos como "Pato Rogers en el siglo 24 y medio", una agudísima sátira de la guerra fría. Además, estos
cortos contaron con un excelente doblaje mexicano, que nos legó diálogos como "¡no, por favor, en el nombre
de la humanidad, NO!" o "Yo sé que usted pensó, que yo pensé, que usted pensó, que yo pensé que usted
era el Hombre del Sombrero Verde". Claro, a pesar de su excelencia, este doblaje jamás superó el de
Don Gato.
Por su parte, MGM distribuyó las estupendas creaciones de Tex Avery en la serie
Tom y Jerry; aunque desafortunadamente ésta no incluyó en muchas ocasiones los episodios del lobo calenturiento, pero sí
varios capítulos de Droopy. Genio único e irrepetible del dibujo
animado, Tex Avery no sólo dotó a sus creaciones
de una violencia desmedida; sino que fue también el creador de muchos guiños surrealistas que hicieron de
la animación una creación singular. A él le debemos los personajes que se detienen a hablar con el público,
los ojos que saltan de sus órbitas; la sátira desmedida de la sociedad de consumo y los personajes que corren
tanto que se salen del carrete. Tex Avery nos hizo reír a carcajadas con finales donde incluso los personajes
mueren, y adelantándose a Hitchcock, realizó tramas como "El canario gigante", donde el personaje principal
desaparece a media caricatura y deja el protagonismo a una rata y un gato que terminan ocupando todo el globo terráqueo.
MGM también distribuyó, por medio de una filial, los primeros capítulos de
La pantera rosa, que en la televisión mexicana (1971) obtuvieron horarios estelares los domingos. Universal no tuvo tanta suerte,
limitándose a distribuir añejos capítulos de súper héroes y de
Popeye. Twenty Century Fox ni siquiera tenía con
qué competir: el fiasco de Cleopatra obligó al estudio a deshacerse de su añeja colección cinematográfica.
Caso contrario fue el de Disney: no sólo tenía material a pasto, sino un prestigio arrollador. Desde
un principio Disney puso sus condiciones: sus productos se difundían con mayor amplitud y con
programación preferencial.
Disneylandia ocupó el horario estelar durante lustros; y además de dibujos animados,
desahogó en su "mágico mundo del color" sus otros productos, mediometrajes menores dados a la sensiblería. A
últimas fechas, el producto Disney, remozado para los infantes actuales (que supuestamente son todos raperos y
skatos) ha caído a los horarios matutinos; pero eso no hace temblar al gigante, rey absoluto de la venta de video.
En cuanto a la última cuestión, la respuesta es la siguiente: los primeros dibujos animados llegaban
como parte del paquete mayor de series para adultos y, sobre todo, películas que los estudios ofrecían. Por ello,
su rentabilidad era en ese entonces alta.
Los hermanos Macana contra Fantasmagórico
A la par de los dibujos animados distribuidos por las
majors, llegaron a nuestro país los
competidores representados por compañías más pequeñas, o distribuidas por una
major pero con independencia total en cuanto al producto. Los más vistosos para los infantes fueron los de Hanna-Barbera y el especial caso
del anime.
Joseph Hanna y William Barbera iniciaron sus carreras bajo contrato en la MGM y la Warner.
Responsables de la gran mayoría de los capítulos de
Tom y Jerry, su idea de dibujo animado privilegiaba el desarrollo
del personaje sobre el gag visual. Ya independizados, hicieron del dibujo animado una empresa que despegó
desde finales de los 60 y que hasta nuestros días sigue rindiendo colosales dividendos, como lo demostró el
éxito inesperado de la cinta
Scooby
Doo. De poca o ninguna estilización, sus caricaturas obtuvieron un éxito
colosal por la imaginación desbordada puesta en la creación de personajes. Así por ejemplo, nos dieron
programas maravillosos como
Autos locos, que no solamente triunfaba como serie, sino desplegaba
dos
spin offs no tan exitosos:
Los peligros de Penélope
y
El escuadrón diabólico. Otros de sus maravillosos engendros
fueron
Manotas,
El oso Yogui,
Huckelberry
Hound,
El inspector ardilla, La hormiga atómica
y
Canito y Canuto. También desarrollaron un tipo de caricatura emparentada con el
sit com, cuyos hijos más notables fueron
Los Picapiedra y
Los
Supersónicos, familias sin las cuales es imposible concebir a
Los Simpson. Eso sin contar a sus efímeros pero efectivos súper héroes como
Birdman y El trío Galaxia. Aunque sus argumentos fueron
decantándose a lo más pueril e insulso imaginable (como
Mandibulín y
Scrappy Doo), su primacía en esa década es innegable.
Pero la competencia más fuerte por venir no surgió de la mente de un alto ejecutivo de la meca del cine,
sino del restirador de unos laboriosos hombres que trabajaban donde nace el sol: había llegado el
anime.
Los
otakus (aficionados) japoneses son más demandantes que las gorilas en celo: Japón es el primer
productor de comics (
manga) del mundo, y la consecuencia lógica de este desmedido interés nipón por lo visual eran
las series animadas japonesas:
anime. Desde los años 50, Japón disfrutó de sus propios dibujos animados,
encabezados por
Astroboy. Al explotar su producción a finales de los 60, su distribución llegó a escala mundial. Y
para conquistar al mundo, usaron la misma técnica que con
Godzilla: así como el leviatán llegó a Estados Unidos
en un programa doble y con algunas escenas rodadas
ex profeso para América, así las caricaturas
japonesas entraron a la televisión mundial acompañando a otros productos y con algunas adaptaciones simples al inglés.
Los niños mexicanos, siempre dependientes de lo que Televicentro compraba, pronto nos deleitamos con
las series que de hecho eran relleno, pero que gracias a la aceptación infantil se convertían rápidamente en la
neta: Meteoro fue el primer gran hit de la invasión nipona. En veloz sucesión, golpeándonos sin tardanza,
llegaron Heidi, Remi, Mazzinger
Z, Tritón (que por cierto, jamas fue completada en México),
Candy Candy,
Sandybell, Kum Kum,
La princesa caballero y otras menores que cumplieron con el ideal imperial japonés, cautivando
el corazón de los niños mexicanos. Derrotados en las islas, los japoneses triunfaron con creces en todo el
mundo con estos aliados fantásticos.
Ataca la inteligencia
Si bien en los 80 la televisión desdeñó las caricaturas para posicionar otro tipo de productos para niños
y pre púberes (pasando de las telenovelas infantiles a la
Disco Jackson y los programas de concursos), es en
esta década cuando la televisión deja de repetir capítulos y empieza a transmitir la serie completas.
Los Thundercats,
Los dino
platívolos,
He Man y Los cazafantasmas
se hacen dueños de los horarios vespertinos. Pero el óxido
de ojos rasgados nunca descansa: los
animes, que a inicios de los 80 quedaron algo relegados, ven un
súbito renacer a finales de década para dispararse hasta los cielos en los años 90. Algo importantísimo es que
también a finales de esa década, la televisión infantil inicia desde las primeras horas de la mañana; y si bien el
Tío Gamboín y sus secuaces jamás aparecieron antes de las dos y media, los esbirros de
Skeletor pudieron adueñarse de la pantalla desde antes de las horas escolares.
El inicio de los 90 vio dos muy trascendentes fenómenos en cuanto a la televisión infantil: el
explosivo crecimiento de la televisión por cable y la llegada de una familia irreverente.
El cable no sólo traía series en inglés y videos las 24 horas del día: también traía caricaturas a lo bestia y
canales exclusivamente dedicados a su difusión. El amo de la animación por cable tiene nombre y apellido:
Cartoon Network; con producciones propias de altísima calidad
(como El laboratorio de Dexter,
Coraje, el perro cobarde y Johnny
Bravo) que han dado el salto a la televisión abierta con buen éxito. Incluso, algunos de su
productos han llegado a la pantalla grande, como
Las chicas súper poderosas, que no vieron muy buena suerte en
este canal de distribución.
Su competencia directa es Nickelodeon, mucho más joven e inexperta. Con un equipo de psicólogos
y pedagogos detrás, los productores de Nick refinan en demasía sus argumentos. Pero sus ejecutivos saben
bien lo que hacen: su consumidor final es el niño más pequeño, que se convertirá en un fiel consumidor de su marca.
Pero estos dos fenómenos no son nada comparados con el éxito singular de una familia dispuesta a
burlarse de todo: la religión, la patria, los ancianos, los animales, los niños, lo sagrado y lo grotesco. De lo único
que no reniegan es de la familia en sí, porque su permanencia se debe a que glorifican la unidad familiar, por
muy disfuncional que sea. Obviamente, nos referimos a
Los Simpson, que con 300 episodios, miles de
referencias culturales y un contrato mínimo hasta el año 2005, se ha convertido en la deidad que marca el derrotero
de los dibujos animados. ¿Es una serie para niños? ¿Por qué no? Pretender lo contrario será insinuar que los
niños no son inteligentes.
Tras las bolas del dragón
Hoy, las caricaturas de dibujos animados que dominan las mentes infantiles nacionales vienen sin lugar
a dudas de Oriente. Desde hace más de diez años
Los caballeros del zodiaco,
Ranma
1/2,
Sailor Moon,
Pokémon,
Dragon Ball,
Digimon
y, próximamente, como un tornado,
Yugi-Oh han dominado no sólo las horas de
ocio sino también el consumo de los infantes. Haga una encuesta y encontrará que además de videojuegos, los
niños mexicanos consumen en cantidades industriales estampas intercambiables y demás parafernalia de los
anime.
Las majors estadounidenses, duramente golpeadas por la invasión oriental, han tratado de enfocar los
dibujos animados al mercado adulto, con aciertos como
Daria, en MTV, o fracasos como Padre de familia.
La vulgaridad extrema de Beavis and
Butthead ha roto cánones en la censura gringa, pero su exagerado localismo ha
disuelto su triunfo en otros mercados. Además, su doblaje jamás se atrevería a llegar a los extremos a los que
llega, por ejemplo, South Park.
Mas la nota característica de estos nuevos tiempos es el ya descarnado afán mercantilista: en estos
días, ningún producto verá su salida en pantalla si los
focus no han comprobado su eficacia en el mercado.
Triste, porque los niños teleadictos de hoy no podrán contar con el deleite puro que ofrecían buenas y malas caricaturas, pese a los chismes de ese infame Corcolito.
* * *
Diego Fernández de Cevallos*
1. Mafalda, porque ella siempre pidió, como ahora lo hago yo en mi situación agraviada: "paren al
mundo que me quiero bajar".
2. No, no me tocó.
*Senador del PAN.
* * *
Patricia Mercado*
1. Los Picapiedra, Los
Supersónicos y La pantera rosa.
2. No, no fui niña del Tío Gamboín. O no me llamaba la atención, o estaba demasiado grande cuando
se transmitía en Sonora. No recuerdo bien.
*Dirigente de México Posible.
* * *
Pablo Hiriart*
Vi muchas, recuerdo, entre otras, a
La pantera rosa, pero me gustaba sólo
Don Gato y su pandilla.
*Director de La Crónica de
Hoy.
* * *
Adriana Pérez Cañedo*
Los Picapiedra, Los
Supersónicos, Tom y Jerry y actualmente
Los Simpson.
*Conductora de Once Noticias y de la emisión vespertina del noticiero
Enfoque, de Radio Mil.
* * *
Lourdes Ramos*
1. Los
Supersónicos, La pequeña Lulú,
Popeye y Los Picapiedra.
2. Sí, me inscribieron hace más o menos 15 años, el señor Pedro Lascurain (entonces director de Canal
5) me inscribió.
*Conductora del noticiero
A las tres, de Canal 4.
* * *
Leonardo Curzio*
1. Los Picapiedra, Los
Supersónicos y Meteoro.
2. No, del Tío Gamboín no, pero sí fui miembro del Club de los amigochos, en el Canal 8 que ya no existe.
*Conductor de la emisión matutina del noticiero radiofónico
Enfoque y panelista en Primer Plano,de
Canal Once.
* * *
Lilly Téllez*
Sólo una, Los
Picapiedra.
*Conductora de Hechos del
7.
* * *
Elisa Alanís*
1. Don Gato, Los
Picapiedra y La pantera rosa.
2. No, pero me quedé con las ganas de que me cantaran Pancholín y Salchichita.
*Conductora de
Escenarios en Canal 40.
* * *
Carlos Cuarón*
1. Pues todas las de Warner Brothers, sobre todo el pato Lucas y el marciano Marvin; también me
gustaba Meteoro,
Fantasmagórico, y actualmente Los
Simpson, que es todo un clásico.
2. Mis hermanos y yo lo intentamos, de hecho hasta enviamos un dibujo, pero parece que éste nunca
llegó, porque el Tío jamás lo presentó al aire. Lo intenté, pero desgraciadamente nunca llegué a ser sobrino oficial.
*Guionista de cine.
* * *
Demián Bichir*
1. El Hombre Par, que es una caricatura de la que nadie se acuerda, pero que mis hermanos y yo juramos
que sí existió. Bueno, a lo mejor se trató de una alucinación.
Meteroro y
Fantasmagórico también fueron de mis favoritas.
2. Nunca fui sobrino del Tío Gamboín, pero una vez éste nos envío una felicitación a mí y a mis
hermanos, sólo que se equivocó, dijo Damián, en lugar de Demián. Pinche Tío. Por cierto, también me acuerdo de
Corcolito, era un ojete, era un delator.
*Actor.
* * *
Luis Felipe Tovar*
1. Tom y Jerry, Don Gato y su
pandilla y Los Simpson.
2. Conozco a toda la banda: el Tío, Corcolito, Pancholín y Salchichita. Me hubiera gustado ser sobrino,
pero lamentablemente no lo fui.
*Actor.