¿Y los medios de su país?
Parafraseando a Lenin, siempre he pensado que el sensacionalismo es la enfermedad infantil del periodismo.
En Chile creo que estamos en esa fase: la prensa de imagen y la escrita pasa por la adolescencia general que vive el
país. Un entusiasmo hormonal por la casi total libertad de expresión que tenemos se combina con una ambición
juvenil desatada. En ausencia de la pasión ideológica, que hasta hace poco lo dominó todo, queda la ambición
necrológica...
¿La ambición necrológica?
Sí, la ambición de anunciar o provocar la muerte de lo que se informa... lo que siempre ha sido más rentable
que anunciar la vida. El otro problema paradójico es que, como dice el periodista de
El desierto, y perdón por citarme,
en democracia no nos censuran los dictadores, sino los anunciantes... En alianza perversa con ese
sensacionalismo ingenuo, claro.
Desde que el periodismo se transforma en una especie de industria "cultural" y va tomando una fuerte
posición como referente para la cultura de masas, podría decirse que tanto la literatura y el periodismo conforman
una misma tradición lingüística, ¿qué opina?
No cabe duda. Bastaría con decir que comparten la lengua, pero en ella se produce no sólo el paralelo,
sino también la divergencia. Para mí, un esfuerzo central de la literatura creativa es "rescatar" las palabras del flujo de
lo momentáneo y lo banal que acarrean los discursos oficiales, entre ellos el periodismo, para recobrar los
sentidos perdidos y desenmascarar los sentidos ocultos. El buen periodismo, siempre tan escaso, puede hacer esto,
hasta cierto punto. Pero nunca hasta el punto de la poesía. Si se duda, basta con ver cuántos periodistas
insatisfechos quieren ser escritores.
Una vez asistí a un Seminario de Periodismo Cultural, brindado en Montevideo hace un año, en el que se ofrecía
una charla acerca de El uso de los géneros en el
periodismo; esta ponencia la dio su compatriota Daniel
Swinburn, periodista y coeditor en ese entonces del suplemento cultural de
El Mercurio, apoyándose mucho en el
trabajo Literatura y Periodismo: una tradición de relaciones
promiscuas, de Albert Chillón. Swinburn entendía que
Chillón sostiene la idea de que "los géneros literarios viven un enriquecimiento simultáneo y muchas veces cruzado con
el desarrollo que van teniendo algunos de los principales géneros periodísticos". Según Swinburn, "la influencia y
las relaciones promiscuas entre escritores y periodistas dieron, en el siglo XX, el nacimiento de nuevos géneros literarios".
Como ejemplo ponía a Truman Capote, a García Márquez, a Eloy Martínez... ¿cree que esto es así? ¿Existen
estas relaciones promiscuas?
Contesto estas dos preguntas juntas porque las citas que haces me parecen, a la vez, una obviedad y una
falacia. Siempre hubo promiscuidad porque el arte literario no es sólo lengua, sino también oído. El escritor y el poeta,
creo, escuchan mucho más de lo que hablan o escriben. Oyen las voces de la calle -entre ellas las de la prensa- y
las reinventan o desenmascaran, como decíamos antes. Pero, por cierto, no hay gran arte que sea puramente
representativo -el realismo es la falacia-. O sea, no hay arte verbal, es decir, literatura sin crítica de lo que sabemos de
oídas.Me refiero a una recreación crítica del lenguaje. Ésa la ha hecho la literatura y no el periodismo. Tomemos al
gran ausente en esa enumeración de escritores periodistas que, lógicamente, es Hemingway... aunque bien
podríamos retrocedernos a Sthendal. Sólo quien tome al pie de la letra las bravuconadas de Hemingway puede creer que
su estilo viene del que aprendió escribiendo para el
Toronto Star. Por el contrario, Hemingway reinventó el
estilo periodístico tanto como su estilo literario. Y de él han copiado luego otros periodistas y medios.
Crónica de una muerte anunciada no es deudora del periodismo, sino acreedora de tantos cronistas que quisieran darle a sus
reportajes esa apariencia de vida.
Chillón -dijo Swinburn- define a la literatura como un modo de conocimiento de naturaleza estética que
busca aprehender lingüísticamente la calidad de la experiencia. ¿Está de acuerdo con esta definición?
Qué frase más fea... aparte de ser un razonamiento circular... Sólo pudo pronunciarla alguien sin la menor
noción de que el arte es experiencia
en sí mismo, y no un mero modo de conocimiento de ellas.
¿Cómo definiría a la literatura?
Te contesto sólo jugando, pues no hay definición posible, con la frase de Pound:
poetry is language charged with meaning to the uttermost
degree.
¿Y qué definición le daría al periodismo?
Paso. Si lo intento, el señor Chillón -qué bueno el nombre para un periodista, ¿verdad?- podría rebatirme fácilmente.
Creo que lo que Chillón pone en discusión es el viejo modelo que cree que la literatura es un género superior y
el periodismo uno menor, ¿usted qué opina?
Insistiría en la divergencia en el uso del lenguaje. Por lo pronto, el periodismo
utiliza el lenguaje -y está muy
bien que así sea- para representar la realidad; mientras que la literatura lo recrea para inventar un hecho y una
experiencia nueva, que se agrega a la realidad.
Pero el periodismo le ha brindado a la literatura la creación de nuevos géneros como la novela real, la
prosa testimonial, la de viajes, la de memorias. También es cierto que la literatura le ha aportado al periodismo
una fuerte influencia que se nota, singularmente, en el modo de escritura periodística, por ejemplo la crónica, el
ensayo, la columna o el artículo de opinión. En este sentido, ¿cuál es la delgada línea que existe entre periodismo y literatura?
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Carlos Franz Foto: Daniel Vigliones |
Bueno, es lo que decía a propósito de Hemingway. Pero que podría ampliar usando el ejemplo de esos
subgéneros que, supuestamente, el periodismo habría inventado. Lo cierto es lo contrario, creo yo: es la literatura la que creó
el relato de viajes... ¿Qué, si no, son las cartas de Colón, entre la bitácora y la fantasía? Tú dices la prosa
testimonial, mucho antes de que se practicara el género en la prensa diaria, los ensayos de Montaigne son testimonios
cronísticos excepcionales. La razón de que la precedencia creativa la tenga la literatura salta a la vista, es ella la que,
sin compromisos mayores con la realidad, puede explorar los
confines del lenguaje y volver de ellos con nuevos
modos y formas de nombrarla. Pero quiero rebajar un poco el esoterismo de esa expresión, "los confines del lenguaje"
pues, a menudo, quedan a la vuelta de la esquina, en la plaza y la calle.
En esta idea de géneros periodísticos que se entrelazan con los literarios, la entrevista quedaría como un género aislado y hasta podría decirse "puro". Swinburn explicó que en Chile fue un género que se usó como medio
de evitar la censura durante los años de gobierno militar... sirvió en muchos casos como un género informativo
muy eficaz. Por mucho tiempo, la entrevista fue el modo de innovar en materia de escritura. ¿Esto ha sido así?
Es posible, pero donde menos ocurría fue en
El Mercurio, donde trabaja Swinburn. Justamente allí no se
entrevistaba o no se publicaba lo que el entrevistado decía, cuando no era cómodo al régimen de Pinochet. Fueron las revistas
y la prensa de oposición las que se jugaban el pellejo haciéndolo.
Sabemos que en Chile, como en otros países latinoamericanos, hubo demasiada violación a la libertad de
prensa... ¿cómo observa esta situación en la actualidad? ¿Siguen existiendo esos atropellos?
¿Te refieres a la libertad de expresión?
Sí, tanto en Europa como en Latinoamérica...
Sólo me atrevería a hacer una generalización "latinoamericana". La peor censura que existe a la libertad de
expresión en nuestros países, exceptuados los casos de flagrante intervencionismo estatal o monopolios privados, son
nuestros propios clichés mentales, nuestro pensamiento acrítico y más altisonante que razonante. Me temo que esto viene
de la cepa hispana: hablar mucho y decir poco. Luego está el recurso a la vulgaridad sistemática, la demagogia
verbal de los mass media.
Hace dos años, en 2003, usted rechazó el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí. ¿Cuáles fueron
las razones por las que no quiso recibir ese premio?
Rechacé ese premio, al que no me postulé, simplemente porque me resultaba imposible recibir una
distinción periodística de manos de una agencia estatal cubana al mismo tiempo que en la isla hay muchos presos de
conciencia, condenados por intentar expresar su opinión, entre ellos periodistas y escritores. No considero haber hecho
nada extraordinario. Supongo que cualquier otro escritor con conciencia de su oficio haría lo mismo.