El tema es estratégico para el momento que vive Colombia, a la vez que nos permite retomar una de las
reflexiones más fecundas de los países del sur en los últimos años, el de
las relaciones entre memoria y olvido en tiempos
de guerra, y el papel de los medios en los modos de recordar y
olvidar.
De ahí las dos partes de este texto: una, sobre la principal tarea que la sensibilidad fin de siglo parece
haberle encomendado a los medios masivos: la de
fabricar presente; y otra acerca de las
paradojas que produce la guerra en las relaciones del
recordar con el olvidar.
Un siglo que perdió la memoria
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Foto: Marcelo Montecino |
Dedicados a fabricar presente, los medios masivos nos construyen un
presente autista, es decir, que cree poder bastarse a sí mismo. ¿Qué significa esto? En primer lugar, los medios están contribuyendo a un debilitamiento
del pasado, de la conciencia histórica, pues sus modos de referirse al pasado, a la historia, es casi
siempre descontextualizada, reduciendo el pasado a una cita, que no es más que un adorno para colorear el presente
con lo que alguien ha llamado "las modas de la nostalgia". El pasado deja de ser entonces
parte de la memoria, de la historia, y se convierte en ingrediente del
pastiche, esa operación que permite mezclar los hechos, las
sensibilidades y estilos, los textos de cualquier época aisladamente, sin la menor articulación con los contextos y movimientos
de fondo de esa época.
Un pasado así no puede iluminar el presente, ni relativizarlo, pues no nos permite tomar distancia de lo
que estamos viviendo en lo inmediato, contribuyendo así a
hundirnos en un presente sin fondo, sin piso y sin
horizonte. Los medios están reforzando no creando, pues los medios sólo catalizan, refuerzan y alargan las tendencias que vienen de los movimientos de lo social la sensación postmoderna de la muerte de las
ideologías y sobre todo de las utopías, porque ambas se hallan ligadas a otra temporalidad más larga, emborronada hoy
por la pérdida de aquella relación con el pasado que proporciona la conciencia histórica.
La fabricación de presente implica también una profunda
ausencia de futuro. Catalizando la sensación de
"estar de vuelta" de las grandes utopías, los medios se han constituido en un dispositivo fundamental de instalación
en un presente continuo, en una secuencia de acontecimientos que, como dice el politólogo chileno Norbert
Lechner, "no alcanza a cuajar en duración".
En lugar de trabajar los acontecimientos como algo que sucede en un tiempo largo o por lo menos mediano,
los medios presentan los eventos sin ninguna relación entre ellos, en una
sucesión de sucesos valga lo que ahí hay
de redundancia como síntoma del autismo de que hablaba antes en la que cada acontecimiento acaba
borrando al anterior, disolviéndolo, e impidiéndonos establecer verdaderas relaciones entre éstos. Lechner añade que se
nos hace imposible construir proyectos: "Hay proyecciones pero no proyectos", algunos individuos se proyectan
pero las colectividades no tienen dónde asir los proyectos. Y sin un mínimo horizonte de futuro no hay posibilidad
de pensar cambios, esto provoca que la sociedad patine sobre una sensación de sin salida. Si la desesperanza de
nuestra gente joven es tan honda es porque en ella se mixturan los fracasos del país por cambiar con esa sensación,
más larga y general, de impotencia que la ausencia de futuro introduce en la sensibilidad fin de siglo.
Asistimos a una forma de
regresión que nos saca de la historia y nos devuelve al
tiempo del mito, los eternos retornos, donde el único futuro posible es entonces el que viene del "más allá", no un futuro a construir por
los hombres en la historia sino un futuro a esperar que llegue de otra parte. De eso habla el retorno de las
religiones, de los orientalismos nueva era y los fundamentalismos de toda laya.
Es la nueva edad
media que atisbaron, y de la cual empezaron a hablar Eco y sus amigos al comienzo de los
años 70. Un siglo que parecía hecho
de revoluciones sociales, culturales termina dominado por las religiones, los
mesías y los salvadores: "El mesianismo es la otra cara del ensimismamiento de esta época" (Lechner). Ahí está el reflotamiento descolorido pero operante de los caudillos y los seudopopulismos.
Esta es la primera clave: los medios no nos están ayudando a anclar en la historia lo que nos pasa, para desde
allí dibujar algún futuro sino que, en conjunto, los medios debilitan el pasado y diluyen la necesidad de futuro. Hay mucho por matizar, pues mientras la prensa, alguna al menos, intenta aún enlazar los hechos, hilarlos, ponerlos
en contexto, la radio y especialmente la televisión trabajan sobre la
simultaneidad de tiempos y la instantaneidad
de la información que, posibilitadas por las tecnologías audiovisuales y telemáticas, se han convertido en
perspectiva en modo de ver y de narrar.
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Foto: Salvador Castellanos/Silva |
Los medios audiovisuales aplastan la temporalidad sobre la instantaneidad. A lo que hoy llaman los
medios
actualidad es a la toma en directo o sus equivalentes. Y esa simultaneidad entre acontecimiento e imagen,
entre suceso y noticia, es la que exige a la radio o la televisión cortar cualquier programa para
conectarnos con el presente de lo que está pasando
atención a ese verbo
pasar, pues se trata de un presente que no tiene reposo sino que
pasa y pasa, a toda velocidad exigiendo también que el tiempo en pantalla de cualquier acontecimiento sea
igualmente instantáneo y equivalente: ¡tanto
dura
una masacre de campesinos como un suceso de farándula, pues en
la economía del tiempo de la televisión
valen lo
mismo! Extraña economía la de la información en radio o
televisión, según la cual su costo en tiempo implica que la información como la actualidad dure cada vez menos.
Hasta hace un siglo "lo actual" se medía en tiempos largos, pues nombraba lo que permanecía vigente
durante años, pero después la duración se fue acortando, estrechando, y acabó dándose como eje la semana, después
el día, y ahora lo actual es el instante incesantemente repetido en que coinciden el suceso y la cámara o
el micrófono. O quizá sea al revés: lo actual es el instante que la cámara convierte en suceso. ¿Cómo diferenciarlos?
Vivimos inmersos en un presente cada vez más delgado, o como dirían los tecnólogos, más
comprimido, pues uno de los mayores logros del desarrollo tecnológico, a partir de la fibra óptica, es la
compresión (¡no confundir con
comprensión!), pues de lo que se trata es de meter, y hacer circular, el máximo de información en un mínimo
de espacio. Es muy sintomático que lo que sucede en el plano tecnológico de la información la compresión
posibilitando computadoras más pequeñas y con mayor capacidad de almacenamiento a partir de chips cada vez
más diminutos y potentes nos esté dando la pauta a la hora de configurar los criterios con que valoramos la información social, política y cultural. Trasladado al campo de la memoria significa que la que ahora vale ya no es la de "los
viejos de la tribu", la memoria cultural
(que es no acumulativa sino conflictiva, articulada sobre los tiempos largos de
la historia y preñada de sentido) sino la que cabe en la computadora, la memoria instrumental y operativa.
El tiempode-los-medios comprime la información, la condiciona, y la moldea de dos maneras: primero,
transformando el costo del tiempo en el medio televisión o radio en el condicionante decisorio de la estructura de
los noticieros. Esto implica una perversión radical: ¡todo vale igual en un noticiero! Nada merece durar más.
Recuerdo que QAP "nació" con un comercial donde aparecía García Márquez diciendo: "Colombia va a dejar
de mirarse al ombligo". Y así fue durante algunas semanas: dándole a ciertas noticias internacionales hasta
diez minutos, lo cual era absolutamente escandaloso en este país; pero muy pronto eso se acabó, y nos volvimos
a encontrar que, como en los demás, todo volvía a durar igual, pues todo acabó siendo equivalente, la masacre
de Mitú y el vestido que le hizo Barraza a la reina, ambos tuvieron derecho al mismo tiempo.
Estamos ante noticieros en los que todo vale igual, la única clave de organización narrativa es el
ritmo. Ante todo, el noticiero debe tener ritmo, el ritmo visual importa más que la espesa y cruda realidad del país. En la
información de televisión no hay tiempo para la incertidumbre que vivimos ni para la complejidad de la violencia que
sufrimos, ¡éstas no caben!, sólo su gesto o, mejor, su mueca y su morbo.
En segundo lugar, el tiempo condiciona la información moldeando su elaboración. ¿Cómo se elabora hoy
la información de los noticieros, especialmente pero no sólo en la televisión? Como un
reality show, como un espectáculo. De ahí que ya no haya tiempo para la investigación ni para el análisis ni para la documentación,
porque la investigación, el análisis y la argumentación son menos importantes que el montaje de efectos con el que
se construye la simultaneidad del hecho y la noticia, la entrevista en directo.
Lo que se elabora durante la preparación del noticiero no es su documentación y análisis sino su teatralidad,
esa pequeña obra de teatro a montar cada noche para que la gente no se pase a otro canal. Anudada a un tiempo,
que perversamente condiciona la información, se halla la publicidad y especialmente la autopublicidad del
noticiero. Desgraciadamente, los "nuevos noticieros" de los canales privados no sólo no han traído nada de nuevo sino
que han redoblado la autopropaganda: de lo que más hablan hoy los noticieros es de sí mismos, más que del país.
En eso se traduce la tan cacareada competitividad y sus falsas promesas de diversidad. Con la privatización
llegarían al fin la diversidad y el pluralismo, pero lo único que llegó hasta ahora es más de lo mismo y más barato.
En resumen, hoy los medios son un actor fundamental de lo que está pasando en el país. Son, sin duda, un actor de la guerra, y a veces son un actor de la paz. El tipo de temporalidad que producen los ha convertido
en dispositivos de borramiento de la memoria y, por lo tanto, de desinformación. Y, ¿cómo ser ciudadanos hoy
sin información? En su libro Balsas y medusas. Visibilidad informativa y narrativas políticas,
Germán Rey analiza lo que hicieron los medios con el largo conflicto de las Delicias, el de los secuestrados, los desaparecidos y las madres.
Y hace una observación que me parece clave: el contraste entre la duración del conflicto, la lenta resolución de
éste, y la débil temporalidad, y la fragmentación de su información. Es decir, la tremenda paradoja entre la lentitud,
las enormes dificultades que enredaron/alargaron ese conflicto, y la versión
light, rápida y fragmentada que el
ritmo de la espectacularización impuso a las noticias.
Como si en este fin de siglo lo único contra lo que debieran luchar los medios fuera el tedio y el estrés, y su
única arma fuera el ritmo y el espectáculo visual. Esto lleva a Germán Rey a recoger los hilos que permitieron a
la información convertise en relato, romper con la compulsión y la fragmentación para darse un mínimo de tiempo; una mínima capacidad de desenredar los conflictos, de acompañar los procesos, de seguirlos, de mantenerlos
en el aire, en pantalla, de mantenerlos vivos en la conciencia y la memoria de la gente.
Recordar/olvidar: las paradojas de la guerra
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Foto: Marcelo Montecino |
Sin memoria no hay futuro, y el que no recuerda está condendo a la repetición. Pero, ¿quién es el que
recuerda?, y ¿qué memoria es la activada? ¿La memoria de quién? La chilena Nelly Richard nos alerta sobre el hecho de
que mucha de la memoria recobrada es una traición a la historia, pues cuando se somete la memoria de las víctimas
a la humillación de ver narrado su pasado, su experiencia y su dolor, en el neutro y bastardo relato de la
actualidad, esa memoria se convierte en un secuestro, un robo.
En gran parte, el modo como los medios
recuerdan en este país produce eso: un relato que funcionaliza la
tragedia de las víctimas a los intereses del tiempo rentable, la conversión de la memoria en rentabilidad informativa,
la transformación de la actualidad en desmemoria. En la actualidad no cabe la memoria; la actualidad no soporta
la memoria, y cuando convierte la memoria en actualidad lo que resulta es una traición a aquéllos en nombre
de quienes se dice hacer memoria. De esta manera, la memoria de los desaparecidos es diariamente confundida
con la cotidiana demanda colectiva de morbo, de "hechos fuertes", y condenada al flujo invisibilizador de los sucesos.
Y ¿memoria de quién? ¿Quién hace hoy memoria? En realidad son muy diversos los modos de recordar, y no
hay posibilidad de un discurso que recuerde de verdad sin que la palabra guarde cicatrices. Lo que hoy abundan
son modos de recuerdo que acaban siendo una forma de borrar el pasado, de tornarlo borroso, difuso, indoloro.
Sin embargo, una política informacional, no escrita en ningún manual de redacción o de partido, parece
regular la forma como el recuerdo debe circular para que no ofenda a nadie, esto es, no como memoria viva,
lacerante, conflictiva, sino como discurso neutro, indiferente, por más gestos dramáticos que adornen y "dramaticen"
ese discurso. No hay memoria sin conflicto, porque nunca hay una sola memoria, siempre hay una multiplicidad
de memorias en lucha. Con todo, la mayoría de la memoria que dan cuenta los medios es una de consenso, lo
que constituye la etapa superior del olvido. "No hay memoria sin conflicto" significa que por cada memoria activada
hay otras reprimidas, desactivadas, enmudecidas, por cada memoria legitimada hay montones de memorias excluidas.
Las madres de la Plaza de Mayo son una memoria reprimida, sin legitimidad, continuamente devaluada por
los medios, salvo algunos han sido capaces de acompañarlas de vez en cuando. Evidentemente, la memoria de
las abuelas de la Plaza de Mayo es muy distinta de la memoria que han hecho la mayoría de los partidos políticos
en Argentina. Incluso, la mayoría de los intelectuales están hartos de las madres de la Plaza de Mayo, hartos de
esas "viejas que no son capaces de olvidar". Ahí emerge el conflicto de memorias. Mientras lo que los medios
buscan es la cuadratura del círculo: ¡una memoria que suprima el conflicto!; una memoria que no nos perturbe;
una memoria que apacigue, que cierre la herida, pero en falso, una cicatrización en falso.
Algo de lo más hondo y decisivo que nos legó la pedagogía de Estanislao Zuleta es que "hay que saber vivir
con el conflicto", pues más democrático que reprimirlo o suprimirlo es descifrarlo en lo que tiene de dinámica
social y dimensión constitutiva de la convivencia colectiva. Frente a eso, lo que encontramos en los medios es un
recuerdo neutro o revanchista: en ambos casos se trata de un recuerdo instrumental, funcionalizado, incapaz de
hacer memoria y de olvidar.
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Foto: Daniel García |
Como nos enseñan textos que se hacen cargo de las vicisitudes de la memoria, en las postdictaduras del
Cono Sur, la memoria es tensión irresuelta entre recuerdo y olvido, pues remite de un lado a los miles de rostros
reclamados desde las fotos que invocan a los
desaparecidos y, por otro, a la escena de los
insepultos, de quienes no han acabado de morir porque a sus familiares y amigos se les ha negado el derecho al duelo, a terminar de enterrarlos.
La memoria está hecha de una temporalidad
inconclusa, correlato de una memoria activadora del pasado y
reserva/semilla de futuro. Sin embargo, esa memoria sólo emerge al desplegar los tiempos contenidos, reprimidos,
amarrados por la memoria oficial o negados, neutralizados, por los medios.
Hay muchas cosas que necesitamos olvidar para poder convivir, pero la generosidad de olvidar sólo es
posible después de recordar. Por eso, se debe poner la memoria a trabajar, al menos en dos oficios o tareas. La
primera, deshacer aquellas cicatrices que cubrieron las heridas sin curarlas. Si las bombas perdidas u ocultas no son descubiertas y desamordazas, nos pueden explotar en las manos cualquier día. Con lo cual no se trata de
"reabrir las heridas", moralmente condenado por una posición seudoconciliatoria, como la encontramos tantas veces
en este país, sino de desmontar la farsa y falsa explicación con que se recubrió lo que dolía sin curarse en
realidad. Segunda, la memoria evocativa o celebratoria no es la que más necesitamos hoy, porque no es la memoria
del pasado sino la memoria de qué estamos
hechos la que puede ayudarnos a comprender la densidad simbólica de
nuestros olvidos, tanto en lo que ellos contienen de razones de nuestras violencias como de motivos de nuestras esperanzas.
"¿A costa de qué olvidos recordamos?", se pregunta Beatriz Sarlo. Pregunta que aplicada a Colombia
podría traducirse así: ¿qué se está olvidando el país en eso que recuerda, y nos impide comprender los sentidos de
las violencias que nos rompen? Investigar la densidad simbólica de nuestros olvidos equivale a darnos la posibilidad
de mirarnos unos a otros, de entrelazar memorias de modo que podamos develar las trampas patrioteras que nos
tiende la memoria oficial y hacer estallar la engañosa neutralidad con que nos adormecen los medios.
En los últimos años el filósofo Jacques Derridá ha trabajado las relaciones entre imagen y espectros, es decir,
lo que desaparece en lo que vemos. Dice textualmente: "El desarrollo de las tecnologías de comunicación abre
hoy el espacio a una realidad espectral". Creo que las nuevas tecnologías, en lugar de alejar el fantasma tal como se piensa que la ciencia expulsa la fantasía abren el campo a una experiencia de espectralidad donde la imagen
ya no es visible ni invisible. Y todo esto ocurre a través de una experiencia de duelo, que siempre anille a la
espectralidad en la que nos enfrentamos con la huella, con lo desaparecido, con la no presencia.
Los medios y éste es el segundo oficio que el fin de siglo parece otorgarles son máquinas de producción
de espectros. No hay sociedad que se pueda comprender sin esa espectralidad de los medios de comunicación, sin
su referencia a los muertos, a las víctimas, a los desaparecidos, que estructuran hoy nuestro imaginario social.
Derridá nos da ahí una clave preciosa para comprender en profundidad la relación de la televisión con este roto y
atormentado país, precisamente por el desproporcionado peso social y político que ha cobrado la televisión en Colombia.
Frente al gesto grandilocuente de tantos intelectuales que han hecho de la televisión el chivo expiatorio de
nuestra degradación moral y cultural, creo que en Colombia es clave que miremos la televisión para que cada vez que
veamos las imágenes de los muertos, de las madres que gritan por sus hijos, comprendamos que en la secreta relación
entre imagen y desaparición se juega la posibilidad del duelo sin el cual este país no podrá tener paz. Pues la
desproporción de nuestra violencia quizá sea paradójicamente proporcional a nuestra incapacidad de duelo: ese
tiempo del sentimiento donde elaboramos las pérdidas y expiamos nuestros olvidos.