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Osvaldo Soriano



Sergio Marelli



Es uno de los escritores argentinos más conocidos en el exterior. Sus libros fueron traducidos a 15 idiomas, y vendieron casi un millón y medio de ejemplares en todo el mundo. Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvidos, A sus plantas rendido un león, Una sombra ya pronto serás, Cuentos de los años felices, son algunas de sus obras más conocidas. Comenzó su relación con la escritura a través del periodismo, y mantuvo una fidelidad encarnizada hacia ese oficio ardido y despiadado hasta el 29 de enero de 1997, día en que los diarios publicaron la equívoca noticia de su muerte.

Cuentos de los años felices

Hijo de José Vicente Soriano -catalán que llegó a Argentina a los dos meses de vida- y doña Eugenia, nacida en Tandil, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, donde Osvaldo Soriano transcurriría buena parte de su infancia. A los 26 años se radicó en la ciudad de Buenos Aires, viviendo en una pensión de Avenida de Mayo. Si bien sus primeros pasos en el periodismo los dio en el diario El Eco de Tandil, su verdadera formación la obtendría trajinando las redacciones de los diarios y revistas más importantes de la época: Primera Plana, Panorama, La Opinión y El Cronista Comercial, trabajando a la par de figuras como Tomás Eloy Martínez, Juan Gelman, Roberto Cossa, Rodolfo Walsh o Francisco Urondo. En esos medios dio testimonio de los momentos complejos, ricos y dramáticos que vivió Argentina en los años 70, reflejando las marchas y contramarchas de un país que se desangraba en medio de sus contradicciones. Un proyecto de país hecho con la misma materia de los sueños se resquebrajaba por innumerables fisuras, y allí estaba Osvaldo Soriano para internarse por los territorios más peligrosos de la realidad en busca del fruto prohibido, de la verdad histórica para traducirla fielmente en imaginativo lenguaje periodístico.

Soriano según Tomás Eloy Martínez

"Osvaldo Soriano era uno de los mejores narradores argentinos de la segunda mitad del siglo XX. Un grande, como Arlt y como Cortázar, que fundó su propio lenguaje y su propio reino de imaginación. Pocos narradores eran tan famosos -y con justicia- como él fuera de Argentina. Y sin embargo se fue, como corresponde a un argentino cabal, sin haber recibido nunca ninguno de los premios oficiales o institucionales que este país concede a otros con menos obra, menos talento y menos grandeza creativa. Con Soriano mueren los sueños de una generación que confió en una Argentina más justa y más digna."

La Opinión

De todos los medios periodísticos en los que colaboró en la década del 70, Osvaldo Soriano siempre recordaba, con especial fervor, la experiencia del diario La Opinión. La Opinión -decía Soriano-, "fue, en su mejor época, un diario de lujo para una élite de profesionales e intelectuales liberales o de izquierda". Jacobo Timerman, su creador, tenía una teoría que reiteró en el canallesco interrogatorio al que lo sometió el general Ramón Camps: "Se necesita a los mejores periodistas de izquierda para hacer un buen diario de derecha".

Fue contratado por La Opinión mientras trabajaba en el semanario Panorama. Ser llamado a integrar "el equipo de Timerman" era motivo de orgullo profesional. Era el núcleo duro de los periodistas más célebres del Buenos Aires de entonces, los que apostaban su oficio al intento de hacer un periodismo diferente. Trabajó en La Opinión desde una semana antes de la aparición del primer número -en mayo de 1971-, hasta mediados de 1974, cuando la atmósfera se había vuelto irrespirable por la caza de brujas. Vivió las dos grandes huelgas que hicieron temblar a la empresa y que Timerman tomó por sendos complots peronistas para despojarlo del diario. En La Opinión, dice Soriano, "vi hacer el mejor periodismo y estafar a los lectores con artículos canallescos que eran digeridos como información de primera agua".

El paso por ese diario fue, para Osvaldo Soriano, una suerte de entrenamiento literario. Un laboratorio donde trazó los borradores de su primera novela -Triste, solitario y final-, y se acercó al estilo despojado de las siguientes.

Hay quien recuerda que, por esos años, Soriano se escabullía detrás de las columnas de mampostería de La Opinión para que ningún jefe obsesivo le encargara alguna nota. Pero muchos son los que recuerdan que las Historias de Vida, que escribía con placer y maestría, son verdaderas joyas de la historia del periodismo argentino del siglo XX, como la nota dedicada al caso Robledo Puch. La Opinión, que exageraba su sobriedad al extremo de no publicar noticias "policiales", se encontraba en un aprieto: el joven Carlos Eduardo Robledo Puch había asesinado a por lo menos 11 personas y había cometido una treintena de atracos. Por ese entonces, Osvaldo Soriano estaba a cargo de la sección deportes, un puesto muy expectable para alguien tan futbolero como él, donde podía dar rienda suelta a su rigurosa erudición en la materia y a su desbordado entusiasmo de hincha. "Ganaba muy bien y había ideado, con Eduardo Rafael, un excelente método para trabajar poco y salteado", recordaba Soriano. Pero Jacobo Timerman le pidió que escribiera "la mejor nota de Buenos Aires sobre el caso Robledo Puch". Era imposible, a esa altura, publicar una noticia y el diario abominaba de la perorata moralizadora. Soriano contó cómo encaró periodísticamente la cuestión: "Opté por la reconstrucción de los hechos según todos los testimonios existentes hasta entonces. El artículo apareció en el suplemento cultural y me valió un cuantioso aumento de sueldo que el director me anunció personalmente". Timerman sacó a Soriano de la sección deportes y le confió una tarea mayor: "Vaya, siéntese y piense", le ordenó. Su destino fue un escritorio estratégicamente situado frente al despacho del director. Una secretaria esbelta y casi adolescente debía atender y discar sus llamadas telefónicas para que nadie lo molestara y cuidar que no le faltaran los diarios y revistas del día, incluidos los del extranjero (aunque Soriano, por entonces, era incapaz de descifrar otro idioma que el castellano). Así lo recuerda él mismo: "Timerman no me dijo en qué debía pensar ni para qué. Nunca se me había confiado misión más difícil y menos envidiable: todos los días mis mejores amigos de la redacción se acercaban solidarios para saber si ya se me había ocurrido algo. Un mes más tarde, cuando advirtió que mi cabeza seguía vacía como una pelota de tenis, Timerman me llamó y me dijo, solemne, que uno de los dos debía psicoanalizarse. Luego me hizo saber que su decepción era profunda y me avisó que mis privilegios se terminaban ese mismo día. Desde entonces deambulé por la redacción: el director había olvidado asignarme un nuevo puesto y me dediqué a hacer lo que más me gustaba. Es decir, nada". O, todo lo contrario, siguió escribiendo luminosas crónicas sociales y políticas deambulando libremente por distintas secciones, y comenzó la escritura de sus novelas, en las que Italo Calvino vería "humor negro, acción vertiginosa, diálogos apretados y chispeantes, un estilo rápido y seco, como el de un Hemingway heroicómico".

El adiós de Juan Gelman

"No puedo. Se amontonan 25 años de amistad en la garganta. Voy a tardar mucho tiempo en decirle adiós. Si es que alcanzo a decírselo. Voy a creer que alguno que pasa es él porque camina como él. El dolor finge distracciones para golpear de nuevo con la pérdida. Él conoció esa historia, muchos fantasmas pisaron las calles de su exilio. Viven extrañamente en su escritura. Afrontó lo que era, un narrador nato que practicaba la difícil sencillez. Ahora verá del otro lado la hora sin sombra que le mostraba el padre. Ya no habrá de molestarle el día. Por fin tiene toda la noche para seguir escribiéndonos."

La hora sin sombra

Con la llegada de la dictadura militar, en 1976, Soriano marchó al exilio, primero en Bruselas, después en París. Junto a Julio Cortázar, Carlos Gabetta e Hipólito Solari Yrigoyen, fundó el periódico Sin Censura, donde se denunciaban las aberraciones y los crímenes perpetrados por los militares. Volvió a su país con el retorno de las formas democráticas, casado con Catherine Brucher, una francesa, como manda el tango. Participó en los dos proyectos que renovaron la prensa argentina después de medio siglo de cerrojo militar: primero, el semanario El Periodista -junto al mismo Gabetta- y, posteriormente, el diario Página/12 -medio al que numerosas veces regañó con la mayor severidad, pero que hasta el final eligió como tribuna de opinión, pese a que era tentado continuamente desde lugares más propicios para sus intereses económicos.

Durante muchos años fue colaborador del periódico italiano Il Manifesto, de baja circulación, pero afín a sus convicciones ideológicas y profesionales. Esa fidelidad por los medios en los que elegía trabajar, le hizo rechazar los ofrecimientos que le acercaban los diarios más importantes de Italia por la venta masiva de sus libros, y porque había conseguido que los italianos se identificaran con el tono y los personajes de sus crónicas. Desconfiaba de los grandes medios porque creía que su "grandeza" es proporcional a la de los intereses que defienden, siendo, en consecuencia, escasas las posibilidades de escribir con absoluta libertad de opinión. Escribía sobre asuntos del pueblo -frustraciones y sueños de la gente común, la alegría de quienes se juntan detrás de un nosotros para defender un ideal, y las oscuras lágrimas de los solitarios-, asuntos de escritores -como el terror a la página en blanco o el desfalco de los editores-, y enigmas de la historia que buscaba desentrañar con el convencimiento de que se podía rastrear en el pasado el origen de los males presentes.

Jazmines y pañuelos

"¡Qué ironía! Hoy corté de mi jardín jazmines para llevarte. Cuando los juntaba pensaba dónde los pondríamos. Mientras mis tijeras los cortaban pensaba en si en tu escritorio, a lo mejor repleto de papeles, tendrías lugar para las flores. El fuerte perfume que exhalan los jazmines cuando los cortás me despertó del sueño. Ya no va a poder ser. Los até con cuidado, tenían muchas gotas de rocío. ¿O serían lágrimas de los que te queremos tanto? Yo sé que no nos dejaste, que esta tarde de jueves a las cuatro estarás en la Plaza, espiándonos desde una nubecita. Hasta para sonreír por última vez fuiste humilde y sereno. Te pido que me esperes. Seguro que nos volveremos a ver y sueño poder leer con vos alguno de tus libros mientras Gardel entona 'Mi Buenos Aires querido...'". Hebe de Bonafini, presidenta de Madres de Plaza de Mayo.

A la sombra de los gatos

Osvaldo Soriano vivía rodeado de gatos. "A mí un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Vení, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un león. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por la canaleta del desague. Para sentirme más seguro de mí mismo puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás".

Hay gatos en todas sus novelas, y hasta en muchos de sus artículos periodísticos. Soriano, en cierto modo, participaba de la sutileza de esa especie animal, caminando con majestuosa gracia en la estrecha medianera que une la literatura con el periodismo. Para Soriano un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. Si uno les presta la suficiente atención puede advertir que esos felinos transmiten mensajes. "Son teléfonos", decía Julio Cortázar, pueden traer a domicilio el misterio de la creación. Poe, Lovecraft y Matheson asociaron los gatos al horror; por el contrario, Raymond Chandler les atribuía la más acendrada sabiduría y creía que provocaban la explosión creadora. Osvaldo Soriano escribió: "Hace unos días, una investigadora que prepara un libro de reportajes a escritores argentinos nos pidió a sus entrevistados que trazáramos cada uno una breve autobiografía. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo hablar de nosotros si no sabemos quiénes somos? Le dije que yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna". Seguramente los gatos ya deben haberle inventado una biografía a este escritor tan singular que obtuvo merecido reconocimiento en numerosas partes del mundo -Premio Casa de las Américas, Cuba; Premio Raymond Chandler Aiwar, Italia; Oso de Plata en el Festival de Berlín, Alemania; Premio Carrasco Tapia, Chile; Premio Quinquela Martín, Argentina; entre otros-. Pero además de los gatos, muchos lectores recordamos con gratitud a quien a despecho de la muerte, sigue echando la sombra de su vuelo sobre todos aquellos que febrilmente teclean sus máquinas para contar una buena historia que nos ayude a soñar con los ojos bien abiertos.

El cartero

"Lo ví en el ataúd, con esa cara plácida y jodona, y pensé: es un chiste. No hay duda. El Gordo se está haciendo el muerto para hacer sufrir a los amigos. Nos está tomando el pelo, pensé.

"Pero Manuel Soriano, el hijo del Gordo, que es idéntico al Gordo aunque mucho más chiquito y que andaba por ahí con su camiseta de San Lorenzo, nos dio la justa. Él le había dado una carta al padre, para que se la entregara a Filipi. Filipi, gran amigo de Manuel, había muerto también, un poco antes, y él lo había enterrado, con cruz y todo, en un pocito del fondo de su casa. Filipi tenía forma de lagartija y costumbres de camaleón, porque cambiaba de color cuando quería. En la carta, Manuel le decía que lo extrañaba mucho y le enseñaba un jueguito, para que Filipi pudiera entretenerse en la muerte, que es muy aburrida. En el jueguito había que escribir las letras que faltaban: 'Usá las uñas, Filipi', le decía Manuel.

"Entonces lo vi claro. El Gordo se nos fue por un ratito nomás. Está trabajando de cartero de su hijo. Ahora nomás vuelve. A mí ya me parecía, porque es evidentísimo que este mundo no puede ser tan espantosamente triste, solitario y final; y un tipo tan buenazo como el Gordo no podía hacernos la cochinada de dejarnos sin él". Eduardo Galeano.



Es docente de la Universidad Nacional de La Plata en la cátedra de Filosofía del Derecho.
sergiomarelli@uolsinectics.com.ar
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