En la Grecia Clásica, los pensadores afirmaban que a los tres niveles de discurso demostrativo, dialéctico y retórico correspondían tres categorías de seres humanos:
1) Aquellos poco numerosos capaces de acceder al conocimiento demostrativo; 2) un grupo mayor, que sin certidumbres auténticas, aceptan u ofrecen varias soluciones posibles para cada interrogante, y 3) la mayoría. La gran masa compuesta por ese conjunto de individuos a los que se dirige el discurso retórico.
Este último grupo es el que determina y sobre el cual actúa, obviamente, nuestra idea moderna de igualitarismo. Es el campo para todas las demagogias. Expresado en otras palabras y de acuerdo con
el discurso aristotélico, la demostración es accesible para unos cuantos, la dialéctica para muchos y la retórica
para todo el mundo.
Bajo tal lógica se ha actuado en política y en periodismo, lo mismo que en los ejercicios de gobierno, en
las décadas recientes, en México y en el mundo.
Desde las pinturas rupestres hasta los portales de Internet. La influencia de la comunicación en el
pensamiento y acción colectivos son innegables. Desde las 200 copias que Gutenberg hizo de la
Biblia, pasando por la llegada del periódico diario en el siglo XVIII, la invención del telégrafo y del teléfono en el XIX, la llegada de
la televisión a mediados del XX y la transformación del
homo sapiens en homo videns, como dice Giovanni
Sartori. Hasta arribar a la revolución multimedia en estos primeros tramos del XXI.
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Foto: Raúl Ramírez M. |
Hoy, los medios se han convertido en canales abiertos a la expresión democrática, aunque para algunos
no deberían ocupar todo el terreno de la práctica democrática. Ikram Antaki sostiene que en materia de
medios: "El terreno de la opinión es el lugar propicio para el surgimiento de reacciones desmesuradas", y agrega
que "los medios masivos no luchan con las mismas armas que las instituciones de la república. Éstas, antes de
actuar, presuponen el lento proceso de la investigación y la reflexión. Contrariamente, los medios buscan
repercusiones inmediatas, efectos instantáneos que apelan a las zonas del instinto y de las pasiones y que suscitan una
cercanía emotiva". Pareciera falaz y romántica la expresión que habla de los medios como los puntales de la democracia.
Son, somos, muestras del triunfo de lo momentáneo. Aunque es innegable que la democratización de
la información ha permitido una mayor difusión del conocimiento, la ampliación de los márgenes de libertad
y justicia y el descrédito de algunas "verdades falsas", el poder de los medios consagra, sin embargo, la
noción de "masa" contra la de "pueblo", del conglomerado anónimo contra el individuo responsable.
El medio es empresa. La empresa forma parte del mercado, y si algo caracteriza al mercado es su
poca pulcritud.
Un nuevo poder
Las cosas han cambiado en periodismo y medios de comunicación.
Los medios representan hoy un poder a veces mayor que aquel que se pretende combatir.
Nuestro reto esencial hoy es ser capaces de definir una moral pública conciliable con la libertad y pasar
de una ética de la oferta basada en el rechazo de la censura, a una ética de la demanda donde cabe la
responsabilidad. McLuhan lo definía premonitoriamente: "El mundo es una aldea global". En tiempos como los
que corren, el espacio real del mundo se ha disuelto, dejando a la gente desarmada frente a la inmediatez.
En su tiempo, los filósofos atenienses rechazaban la difusión de lo escrito por temor a que ésta asesinara
el debate y redujera la cultura. Lo escrito les parecía una decadencia, como pudieran ser las pantallas de
las computadoras, la televisión o la radio. Me explico. En materia informativa, corremos el riesgo de caer en
la parodia del conocimiento, mezclando la impresión con la reflexión.
Hay que tomar muy seriamente la expresión
mass media; no se trata de un grupo de gente, de una
familia, de una aldea, de una clase social o un nivel cultural. Se trata, literalmente, de una masa. El medio
masivo empieza donde la relación social se rompe. En este sentido, la función del medio es contraria a la función de educar, pues ésta se dirige a un público definido y en los medios el público es indeterminado.
Para no entrar en el juego de la frivolidad mediática, y para que el público se interese en cosas
realmente importantes, los medios tienen un reto formidable: dejar de percibir a los lectores, oyentes o
televidentes únicamente como consumidores. No hacerlo es impedir el cambio cualitativo en la prensa escrita y electrónica.
La influencia de los medios sin embargo es innegable. La palabra "comunicación" ha destronado a la
palabra "información" y el orquestador es el "comunicador". Maestro de las nuevas relaciones sociales. Urge en este contexto, la institución de un control de calidad que nos permita salir del totalitarismo y de la actuación
en circuito cerrado como poder sin contrapoder.
Ikram Antaki en su análisis implacable de los medios sostiene: "En la democracia mediática, los
profesionales de la información, intermediarios entre el poder político y la población, garantizan la mediación entre
gobierno y sociedad civil. El principio de la autoridad es la imagen y coincide con la actividad de aquellos que la
confeccionan definiendo así la opinión pública. Ellos no son el pueblo, son la nueva nobleza sacra, son los
nuevos barones, y distan mucho de ser el pueblo. Tampoco lo reflejan", asegura la erudita pensadora siria.
El Estado propone...los medios disponen
Y es que para los medios el pueblo pareciera haberse vuelto obsoleto. La voluntad general se desvanece
y la opinión toma su lugar. El rating se convierte en representación del pueblo soberano: ¿pero qué es la
opinión pública? Es el ruido de un ruido, el eco de un eco. Sólo existe porque uno o más medios se refieren a ella.
Por otro lado, en la relación entre los medios y la opinión, triunfa la emoción, no la razón. Los productos
de marketing toman el lugar de las creaciones intelectuales. Los medios parecieran seguir ocupando el lugar
de las instituciones más debilitadas.
En la batalla entre medios y política, un ejército de periodistas somete a los hombres y mujeres políticos a
un proceso permanente. El Estado propone y el difusor mediático dispone.
El hombre político busca en primer término el control de los medios. Luego busca entender las nuevas
reglas del juego y se transforma en esa corteza hueca hecha a partir de un eslogan, una silueta, un estilo. Sólo
funciona la seducción, el donjuanismo conceptual.
La tropa política se encuentra en una inferioridad patética.
Para el político la sanción es instantánea. La práctica inquisitorial de los medios es hija de un proceso
revolucionario de tipo clásico, con el hundimiento de las antiguas élites.
Los medios son un poder que crece, que influye, que penetra.
En la era de Internet la discusión ya no se centra en la libertad de expresión sino en la omnipresencia de
los medios y su fuerza ilimitada de formadores de opinión.
"Si no estás en los medios, simplemente no estás". Advertencia para el hombre político, para las
organizaciones sociales, para los gobiernos, para los partidos políticos, para las instituciones.
Un discurso del candidato en campaña, una marcha de protesta, un acto del gobernante, se convierten
en nada si no aparecen en los medios escritos y electrónicos.
Casi nadie sabría de la guerra, del canibalismo de Idi Amín Dada en Uganda, del camaleonismo de
Osama Bin Laden en Afganistán, o del resultado del Mundial de Futbol, sin los medios. El Estado se ha
transformado en seductor. El espectáculo del Estado hace al Estado.
La prensa escrita conserva su papel de estructura periodística permanente, destinada esencialmente a
la crítica y al análisis, y favorecida por pequeños círculos de poder.
La radio y la televisión crecen hasta transformarse en elementos consustanciales en los hogares, centros
de trabajo. Son los "muebles que hablan, informan, entretienen y divierten" sin más esfuerzo del ser humano
que oprimir un botón.
Internet sigue incorporándose y fortaleciendo una ilimitada posibilidad informativa. El mundo se
achica. Como en la teoría del caos, una mariposa aletea en Pekín y un reporte informativo aparece en México.
La realidad en cifras
En México, los números también hablan en materia de medios. Los periódicos con mayor tiraje y venta
diaria a nivel nacional son Esto y La
Prensa, el primero deportivo con 350 mil ejemplares y el segundo policiaco
con 270 mil. Periódicos como Reforma o
La Jornada apenas rebasan los 100 mil ejemplares, lo que representa
una supuesta cobertura de menos de 1% de la población nacional.
Reinan en el país la televisión y la radio como medios masivos de comunicación. Unas mil 500
estaciones radiofónicas concesionadas o permisionadas y unas mil 200 concesiones de televisión abierta bañan
por completo el territorio nacional.
En materia de uso de Internet sólo 4.2 millones de mexicanos tienen acceso, de ellos 61% son hombres y
39% mujeres, de acuerdo con estudios del Instituto de Medios Publicitarios Mexicanos. Casi 100% de los
habitantes de México escucha radio o ve la televisión, entre 1 y 3% lee algún periódico.
Avanza la revolución multimedia
Este es un tiempo de cambios cotidianos, de avances diarios que convierten lo moderno en antiguo en
cosa de días, de horas... En tal marco de circunstancias, es importante recordar que todo progreso tecnológico
en el momento de su aparición ha sido temido e incluso rechazado. Y sabemos que cualquier innovación molesta porque cambia los órdenes constituidos. El invento más protestado fue la máquina industrial, por aquello
de que desplazaría a la fuerza humana de trabajo.
Sin embargo, en comparación con la revolución industrial, la invención de la imprenta y el progreso de
las comunicaciones no han encontrado hostilidades relevantes, por el contrario, siempre se han aplaudido y
casi siempre han gozado de eufóricas previsiones. Cuando aparecieron el periódico, el telégrafo, el teléfono y
la radio, la mayoría les dio la bienvenida como progresos favorables para la difusión de la información, ideas
y cultura. La llegada de la televisión a mediados del siglo pasado implicó el arribo del nuevo soberano
mediático "ver desde lejos". En la televisión, dice Sartori, "el hecho de ver prevalece sobre el hecho de hablar. Para
el telespectador las cosas representadas en imágenes cuentan y pesan más que las cosas dichas con palabras".
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Foto: Mario Palacios Luna |
"Al principio fue la palabra", dice el evangelio cristiano de San Juan. Con la revolución multimedia
tendríamos que decir: "Al principio fue la imagen". Imágenes y sonidos que conforman una cultura de
jóvenes urbanos en el mundo perfectamente descrita por Alberoni: "Los jóvenes caminan en el mundo adulto de
la escuela, del Estado... de la profesión como clandestinos. En la escuela escuchan perezosamente sus
lecciones, que enseguida olvidan. No leen periódicos... Se refugian en sus habitaciones, con posters de sus héroes de
hoy, ven sus propios espectáculos, escuchan su música, inventan sublenguajes colectivos que le dan fuerza a
su necesidad de pertenencia. Despiertan sólo en los momentos de chatear desde el anonimato de una
computadora sin más nombre que el
nick anónimo o en la noche al saborear la ebriedad de apiñarse unos con otros
en algún antro y experimentar la fortuna de existir como un único cuerpo colectivo danzante".
Finalmente, los jóvenes de hoy son resultados de la cultura del video. Son
homo videns o video-niños que crecen y se convierten en adultos que llegan a pensar que la cultura del libro es elitista, de unos pocos,
mientras que la cultura audiovisual es de la mayoría. Es el tiempo de la revolución multimedia o digital en su
premisa tecnológica. De haber enfrentado durante milenios el mundo real, el ser humano del siglo XXI encara miles
de mundos virtuales.
¿Qué quieres saber? Pareciera preguntarnos la computadora cada vez que entramos a Internet. ¿De
política, de gobierno, de arte, de cultura, de música, de sexo?
Ahí, escogemos el tema. Como escogemos nuestra estación de radio favorita o el canal de televisión que
nos acomoda más. Ahí se establece el proceso de comunicación, transmisor-medio-receptor se convierten en
los elementos de un proceso antiguo que hoy ha superado cualquier novela de ficción.
No olvidemos nuestro origen, tengamos presente la comunicación primitiva, la comunicación animal.
Las expresiones ultrasónicas de los delfines, el gesto cariñoso del perro doméstico, el canto a la luna de los
lobos. Recordemos a Koko, la gorila que ha aprendido casi cien palabras con el lenguaje de los sordomudos.
No despreciemos los procesos originales de comunicación que son, como lo hacemos ahora, los procesos
de información, advertencia y seducción que los medios masivos ofertan en sus espacios y tiempos.
El reto de periodistas y medios tiene que ver con entenderse como entes de servicio e importancia colectiva. Aún nos falta humildad, autocrítica, conciencia de clase, contacto con el pueblo, educación y profesionalismo. Como a la totalidad del ser humano, nos falta crecer.