Sensacionalismo rentable
Román Gubern
A unas semanas de su estreno en México, Big Brother sigue dando de qué hablar. Continuando con ese debate, etcétera invitó a tres destacados estudiosos de los medios para que ofrecieran sus reflexiones: Román Gubern, Alejandro Piscitelli y Enrique Bustamante abordan, desde la academia pero también como consumidores de medios, este nuevo fenómeno de la televisión a nivel mundial.
Cada cierto tiempo, los gestores del sistema
televisivo se ven obligados a inventar y lanzar una nueva
fórmula de programación, que se adivina una potencial
gallina electrónica de huevos de oro mediáticos.
Ya nadie se acuerda de la llamada
"televisión hamburguesa", que nació en
Estados Unidos en 1988, y que
tras un despegue fulgurante de bajezas acabó en el cubo de la
basura. Y la irrupción en nuestro espacio hertziano
de las telenovelas Cristal, Dallas,
Dinastía y Los Colby marcó una
época de teleadicción compulsiva, aunque sus pasiones fingidas por actores profesionales acabaron por claudicar ante las
pasiones auténticas de los
reality shows, donde las lágrimas, la sangre y el semen
eran de verdad y autentificaban la envergadura de las emociones.
Asimismo, cuando la Tele-5 de Silvio Berlusconi desembarcó en
España, su fórmula golosa de
mulata-moviendo-el-culo pareció sólidamente imperecedera.
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Foto: El País Semanal |
Si existe algo efímero en la cultura de
masas es lo que Ignacio Ramonet ha llamado la "golosina
audiovisual",
que ni siquiera deja un soporte conservable y consultable, como lo
dejan las revistas, periódicos y discos. Su
programación que constituye un verdadero chicle para los
ojos es como el humo, se lo lleva el viento.
La última temporada televisiva ha estado
marcada por el ciclón del
Gran Hermano, cuyo mayor mérito radica
y no es poco en que se trata del primer formato
televisivo que Europa ha conseguido vender a Estados
Unidos. El eurócrata de turno que se ocupa de las cuestiones
culturales en Bruselas seguramente estará encantado de
ello, confundiendo la cultura y las divisas.
La idea de la fórmula, y la de sus
descendientes, es bien simple. Se asienta en un pacto interesado
(por los
premios y la popularidad) entre el exhibicionismo rentable de unos
cuantos jóvenes y la voracidad mirona del público,
que convierte las telepantallas domésticas en agujeros de
cerradura y que con su derecho al voto ejerce la función
de destino para las vidas de aquellos jóvenes exhibicionistas.
Pero el pacto interesado en el cual se basa el
espectáculo de la intimidad publicitada aleja esta
fórmula de la clásica
candid camera, que tuvo su más brillante mirada
crítica en el film The Truman Show, donde el
protagonista no sabía que era espiado por centenares de ojos
electrónicos.
El telespectador no sólo es legitimado por
Gran Hermano para efectuar algo que la sociedad juzga
usualmente incorrecto espiar por el ojo de la cerradura
sino que, además, se le otorga el derecho a intervenir de
manera
vicarial en las vidas privadas ajenas, mediante el poder de su voto
penalizador. Aunque muchas veces el
tedioso resultado de este espionaje constituya una
vulgarización o popularización de los antaño
famosos "tiempos
muertos" del maestro Michelangelo Antonioni, rebajados
aquí de su listón estético original.
A la gente le gusta espiar vidas ajenas, como
explicó maravillosamente Hitchcock en
La ventana indiscreta, sobre todo si estas vidas no son
ficciones ideadas por guionistas ni escenificadas por actores
profesionales. Por
esta razón, precisamente, los
reality shows
mordieron con tanta fuerza el espacio y la audiencia de los culebrones:
eran patios de vecindad de tamaño nacional.
Las pasiones de la ficción son
rutinariamente previsibles y están controladas por los
censores. Se supone
que las pasiones de la vida real, en cambio, no nacen de la
planificación de guionistas ni de controles censores y
están abiertas, por ello, a lo imprevisto y a la
transgresión: todo puede ocurrir en su marco de espontaneidad.
De
ahí, también, la inmensa popularidad de la mal llamada
"prensa del corazón", que en rigor debería
llamarse
"prensa braguetera" pues de eso se trata; de saber
quién se acuesta con quién y que
últimamente ha desplazado en
España su centro de gravedad desde el papel impreso a las
pantallas televisivas.
En el caso de programas Gran
Hermano, el telespectador goza además de la ventaja de
poder ser testigo de
la génesis de las pasiones y de la transgresión en
directo, asistiendo al flujo de la vida en el acto de gestarse y
de discurrir, como le ocurre al mirón que atisba por el ojo de
una cerradura a la escalada emocional de la pareja
que empieza con besuqueos y acaba fornicando. No obstante, parece que en
Gran Hermano no ha habido demasiados imprevistos ni
transgresiones (yo he esperado en vano la supuesta secuela
Lo que no vio en Gran Hermano). Ni los culos desvelados ni los
besos de lengua o los magreos bajo la colcha han conseguido, pasada
la novedad,
levantar demasiado la curiosidad (o la libido) de la audiencia, cada
vez más inapetente. ¿Será una señal de
madurez intelectual? No lo es. Es, simplemente, la enésima
constatación del principio de obsolescencia del
sensacionalismo audiovisual formateado para una economía de
escala, porque toda novedad deja de serlo al cabo de un
tiempo. Como decía un personaje de Jacques Prévert:
"¿La novedad? La novedad es vieja como el mundo, amigo
mío".
Se publicita menos que los programas de
pornografía dura, los cuales figuran entre los más
vistos por parte
del segmento de audiencia con acceso a éstos, aunque luego no
lo confiese. Sería incongruente que el
comercio pornográfico fuese una actividad líder en Internet
y no lo fuera, en cambio, en los televisores hogareños. Pero la pornografía genital puede convertirse
también en una rutina y, desde hace algunos años, los
gestores
televisivos están ensayando un recambio o un complemento
más estimulante: la pornografía letal.
En abril de 1992, tras un acalorado debate donde
intervinieron juristas, psicólogos y moralistas,
Telemontecarlo transmitió la ejecución de Robert Alton
Harris, que tuvo lugar en un penal de California. Esta emisión
constituyó
el banderazo de salida para una secuencia de debates que no son
más que escaramuzas de las cadenas con
los reglamentos y las censuras institucionales para ir
tanteando y elevando paulatinamente los techos de la
permisividad social, de modo que a la antigua pornografía
genital se le pueda añadir la nueva pornografía letal,
tan
vieja como aquélla, según certifican los aplaudidos
espectáculos macabros del Coliseo de Roma, de la Roma cuna
de nuestra arrogante cultura occidental. Entre otros tesoros, Roma,
luego sede universal de la Iglesia católica, nos
legó así la semilla de la cultura
snuff.
La espiral sensacionalista, espoleada por la
competencia y los
ratings de audiencia, gobierna
implacablemente al sistema televisivo, sin contradecir un estudio
reciente del Gabinete de Estudios de Consumo Audiovisual
en España, que señalaba que las mujeres buscan sobre
todo en los programas elementos afectivos y sentimentales,
con final feliz, mientras que los hombres prefieren el humor, la
acción y la intriga. Ni unos ni otros hablaron de
sexo, seguramente porque no es de buen tono hacerlo. Pero en las
telenovelas brasileñas, y no sólo en éstas, ya
aparecen homosexuales con problemas de pareja, transexuales,
travestidos y seropositivos.
Seguramente el sexo se ha hecho tan natural como
el aire y, por eso, se ven ya desnudos en
spots publicitarios emitidos en horario infantil, lo que hace
unos años resultaba simplemente inconcebible. Hace pocos
años, la
película Pleasantville, de Gary Ross, mostraba
fantasiosamente cómo dos hermanos penetraban a través
de la pantalla
en una telenovela estadounidense, una pacata tontilandia de los
años 50, y con su presencia y sus actos
conseguían subvertir las costumbres de aquel mundo
ultraconservador, aséptico y puritano. Su fantasía
constituyó una
buena metáfora de la evolución de la
programación televisiva en las últimas décadas,
con el hito permisivo
fundamental que supuso la revolución en las costumbres
desencadenada desde la conmoción social de 1968.
De nada vale escandalizarse ante esta
evolución del llamado
family show. Puesto que la televisión vende
entretenimiento a sus anunciantes y a las masas, su
lógica del sensacionalismo rentable es implacable y sus frutos
están a la vista.