Alfredo Bryce Echenique
No creo que haya un solo refrán que la experiencia no contradiga, en lo más íntimo y cotidiano y
también en lo más amplio, en lo más común, en lo más general. Nos movemos entre citas verbales que pueden ir desde un "adiós", que repetimos sin pensar jamás en Dios y un "vete al diablo" que pronunciamos sin pensar necesariamente en el diablo.
Son más pesimistas los que creen que el sujeto está hecho por el lenguaje, a su vez formado por
la ideología dominante, y que sólo reproducimos nuestra sumisión al emplearlo. Sin embargo, todos
aceptamos que se nace en un país y en un idioma, o al menos en la versión local de ese idioma, que viene
de lejos y sigue de largo, dejándonos algunos nombres en el camino.
En el II Congreso Internacional de la Lengua Española, que fue un verdadero peregrinaje del español
de todas partes a Valladolid, prevalecieron las
versiones más optimistas, aquellas que conciben la
lengua como fuente de nuestra creatividad, prácticamente como una forma de darnos albergue en esta vida.
"De niño reveló Víctor Hugo, hablaba mejor el español y hasta empezaba a olvidar el francés.
De haber vivido y crecido en España, me habría convertido en un poeta español, y mis obras no
hubiesen tenido el alcance que han tenido, por haber sido
escritas en una lengua poco conocida. La caída de
Napoleón, y con ella la de José Bonaparte, hizo que mi padre pasara de ser general español a ser
general francés, y que yo, como consecuencia de ello, me convirtiera en poeta francés."
 |
Ilustración: Man Ray |
Creo que este asunto es poco conocido, pero viene a cuento mencionarlo como una evidencia más
del gran cambio del peso internacional de ambas lenguas a lo largo del siglo pasado. Por lo demás, se
sabe hoy que Víctor Hugo escribió un diario clandestino en español, en el que relataba con minucia los
innumerables incidentes de su tumultuosa vida sexual. Los tiempos han cambiado, y mucho, desde
entonces. Los poetas franceses no tienen quién les escriba, por decirlo de alguna dulce manera, y el español,
segunda lengua de Francia, hoy sería incapaz de disimular los secretos sexuales de nadie.
Pero volvamos a nuestras citas verbales. El gigantesco optimismo que encierra el latiguillo
"hablando se entiende la gente" se ve desmentido a diario por la Historia con hache mayúscula y por mil
menudas historias con hache minúscula: parejas que llevan años en un diálogo de sordos, naciones que llevan
siglos de vecindad embrollada, religiones que llevan milenios de relaciones confusas. Parece mentira que
todavía, después de millones de divorcios y debates parlamentarios, se continúe diciendo que "hablando
se entiende la gente".
Y no sólo la experiencia cotidiana contradice el refrán, sino que ahí está el concepto científico
de idiolecto, término con que la lingüística designa la lengua de cada individuo. También la lingüística y
la filología nos enseñan que lo correcto de hoy fue en muchos casos lo incorrecto de ayer, y viceversa, y
que es totalmente imposible escribir o hablar en
blanco y negro. La singularidad del idiolecto viene dada
por el cúmulo de vivencias personales que condicionan el eco particular que las palabras, acentos y
construcciones sintácticas tienen para cada uno de nosotros. Como no hay dos vidas iguales, el poso
vital que se va sedimentando en el individuo
colorea poderosamente su lenguaje personal. La palabra guerra no
significa lo mismo para el que estuvo en el frente y para el que no estuvo; ni siquiera tiene la misma
resonancia para el aviador que para el marino, pues han conocido distintos tipos de guerra, con sonidos, colores
y hasta olores diferentes, por lo que la palabra evoca una quintaesencia singular de sentimientos y
sensaciones en cada individuo. ¿Quién nos asegura que dos mendrugos del mismo pan saben iguales en la
boca de dos personas distintas? A una puede gustarle y a otra no, con lo que el reflejo condicionado se
va formando de manera distinta. A fin de cuentas, la expresión "más bueno que el pan" pueda
parecer absurda a quien detesta dicho alimento, y también el antiguo lugar común poético "besos más dulces
que el vino" parece ilógico al lector medio, acostumbrado cada vez a vinos más secos, y en cambio sí
suena apropiado a oídos del viejo aficionado al oloroso con pastas de media mañana.
No se trata de logomaquias extravagantes sino de
un hecho muy real, de cuyas consecuencias nos percatamos a menudo aunque más o menos conscientemente. Cada vez que alguien nos dice "te
quiero mucho" o "le pagaré pronto" o "el monte
tal queda aquí cerca" (en Perú se oye a menudo decir "aquisito nomás"), comprendemos que no sabemos qué significa
mucho, pronto o cerca. Ni siquiera sabemos
qué significa para nuestro interlocutor el verbo querer. Nuestro interlocutor
está hablando su idiolecto. Nosotros,
naturalmente, también el nuestro propio, aunque creamos que es el verdadero patrón
internacional o universal, paradigma de precisión objetiva. Pero el caso es que
podemos conversar durante años sin llegar a saber
a ciencia cierta lo que el otro quiere decir en su idiolecto. Hablando, por consiguiente, no
se entiende la gente.
Ahora bien, como a veces es imprescindible reducir al mínimo el margen de error, el hombre ha
ido inventando diversas jergas especializadas para al menos mitigar en cada una de las
correspondientes actividades la confusión que engendra el subjetivismo. La terminología jurídica y en concreto la de la
letra de cambio son un modelo de precisión objetiva comparadas con la expresión "le pagaré pronto".
La descripción topográfica es un prodigio de exactitud frente a la frase "queda aquí cerca". Y sin
embargo pleiteamos y nos extraviamos en la sierra, y no siempre por mala fe o por necesidad. ¿Por qué entonces?
Si estamos de humor filosófico podemos atribuir
el malentendido crónico en que vive el hombre al
hecho evidente de que la realidad es inefable.
Inefable, claro, en el sentido estricto de la palabra:
indecible, inexplicable, a veces enmudecedora. Las palabras no bastan para explicar el mundo. La lengua se
inventó para comunicarse, para transmitir información, pero nunca cumple del todo su misión. Ni siquiera
lo consigue con la ayuda de otros lenguajes complementarios, bien sean arcaicos como la mueca, el
gruñido, el gesto, bien sean modernos como la fórmula matemática o la fotografía. De puro vasta y compleja,
la realidad es irreductible a unos cuantos sonidos o líneas, a pequeños símbolos. Ni Proust con millones
de esos pequeños garabatos que llamamos letras explicó por completo los celos ni Einstein con cinco
explicó el universo.
Si por el contrario estamos, más modestamente, de humor filológico, cabe achacar el perpetuo
malentendido de los hombres a la tensión insoluble entre llaneza y exactitud. La llaneza virtud no chica
cuando hay que comunicar algo se convierte en simpleza si pasa de ciertos límites. Esos límites los marca
la información que se pretende transmitir: si es mucha y compleja, la única manera de transmitirla al
interlocutor será con un lenguaje muy exacto. Ocurre, sin embargo, que a su vez la exactitud no puede
traspasar ciertos límites so pena de convertirse en enigma y que a la exactitud de cualquier definición debe
añadirse la facilidad para entenderla.
No siempre es posible avenir sencillez con
precisión. Si por sencillez o llaneza en el lenguaje
entendemos la capacidad de expresarse en palabras comunes y claras, habrá que entender que ciertas faenas
complicadas como gobernar un barco o calcular una órbita celeste imponen el abandono ocasional del
lenguaje común por insuficiente y el recurso a una jerga complementaria. Por supuesto esta necesidad no
afecta a los políticos, tan a menudo inventores de la única jerga inútil que conoce la Historia. Cuando uno
dice "no se puede hipotizar un futurible" (en vez de "no se puede adivinar el porvenir") está enunciando
una perogrullada con palabras inexistentes o rimbombantes. Ahí la llaneza le habría dado mucho mejor
resultado. En cambio cuando un marino ordena "larga escota del trinquete; caza mayor al medio" es que
no tiene otra manera de decirlo. Igual le pasa al médico si dice "la talasemia es una deficiencia en la
producción de hemoglobina A". Ninguna de las tres frases citadas es llana; el hombre de la calle no las
entendería. Pero las dos últimas son inevitables tecnicismos. Cualquier otra formulación en habla popular
sería peligrosamente vaga. El tecnicismo es un mal menor. Peor es la ambigüedad. E ideal sería que cada
uno de nosotros conociese todos los vocabularios existentes en nuestra civilización. De hecho ocurre
así en las sociedades primitivas, donde cualquiera
puede dominar todas las terminologías peculiares pues pocas
son las técnicas correspondientes, tan sólo casa y pastoreo, por ejemplo, y además son ejercidas por
todos. Es la división del trabajo la que fragmenta el habla común en jergas, dejando únicamente un núcleo
de lenguaje general. Tal como afirma Martha
Hildebrandt:1 "Desde el punto de vista del habla concreto,
la lengua general resulta sólo útil entelequia, y puede identificarse con el concepto general de
lengua (...) Sin embargo. La lengua general o internacional debe ser el medio de expresión conscientemente
elegido en el caso del ensayo, de la filosofía o de la ciencia. No así de la literatura; toda auténtica creación
literaria escapa a su férula, so pena de dejar de ser creación, o aun literatura". Y, hoy más que nunca, el
llamado español internacional, aquél que nace de algún tipo de acuerdo, aunque sea tácito, para evitar las
palabras distintas, las palabras no comunes, como es el caso de los principales canales de televisión del mundo hispanoparlante, en los que el porcentaje de
palabras que los espectadores de todos los distintos países
no logran entender apenas llega al 1%. También, como señala Alberto Gómez Font: "La necesidad de
algún tipo de acuerdo se percibe hojeando los libros de estilo aparecidos en España y en América en los
últimos años, pues nos encontramos con que, sobre todo en el caso de los libros publicados en España,
muchos de ellos, la mayor parte, son copias de otros, especialmente de los dos pioneros: el
Libro de estilo de El País y el
Manual de Español
Urgente.2 En este sentido, el propio Gómez Font,
miembro del Departamento de Español Urgente de
la Agencia EFE, sugiere la redacción de un libro de estilo cuyo componente
básico sea un cóctel en el que los ingredientes fueran todos los manuales y normas de redacción
periodística existentes, para evitar la dispersión y la fragmentación del español periodístico.
No debemos olvidar, sin embargo, que todos los oficios y todos los saberes tienen su jerga, por
lo general tanto más hermosa cuanto más viejo es el menester. Esa jerga tiene mayoría de palabras
desconocidas para los profanos. Piénsese en el habla de los músicos o de los carpinteros. Tan sólo entendemos
una parte de su léxico especial, y es la parte que corresponde a los objetos o procedimientos tan
extendidos que alcanzan al gran público, y entonces esas palabras pasan a engrosar el caudal del lenguaje
general. No hace falta ser corchero para saber lo que es un alcornoque, pero quizá sí
para saber lo que el bornizo.
Los hombres intentan remediar su esencial incomunicación acuñando neologismos de todo tipo
que aspiran a la precisión absoluta, pero el propio éxito de algunas palabras las populariza y devuelve al
caudal común del lenguaje, donde terminan perdiendo consistencia y concreción y provocan el nacimiento
de nuevos términos supuestamente exactos, al igual que una gota de agua o un copo de nieve tienen
una individualidad y una pureza iniciales que desaparecen al ir engrosando el grande y lento río del
idioma. Por ello la lexicografía, al pretender fijar las definiciones de los vocablos,
acomete una labor semejante a la de Sísifo subiendo incansable una piedra que siempre volvía a caer. Ningún diccionario o libro de
estilo es definitivo y esto nadie lo sabe mejor que sus propios redactores. Saben que las palabras y sus
significados son meras, pálidas reproducciones de las actividades, saberes y sueños de los hombres; saben
que éstos, en su patético frenesí, cambian cada vez más de prisa sus fetiches verbales. No ignoran los
lexicógrafos que ya no basta el diccionario-foto, imagen estática de un momento de la evolución de
la lengua y por tanto anticuada al cabo de unos años, sino que hay que aspirar al diccionario-cine,
imagen dinámica de un texto cambiante conseguida mediante sucesivas ediciones de la obra. Tal es la tarea
que cumple, por ejemplo, el Departamento del Español Urgente de la Agencia EFE, con la publicación
de diccionarios como El neologismo necesario
o El idioma español en el
deporte. Y dos cosas dificultan y a la vez facilitan ese empeño: la internacionalización del lenguaje y la lluvia de neologismos. Ambas
son evidentes pero también mal comprendidas.
Solemos creer que un neologismo es simplemente una palabra nueva. No es eso, sin embargo, lo
que dice la Real Academia de la Lengua. Su diccionario define neologismo como "vocablo, acepción o
giro nuevo en una lengua". Es decir que el neologismo puede ser también una palabra vieja con nueva
acepción o una palabra vieja en otra lengua y nueva en la nuestra. Por ejemplo, en el lenguaje juvenil
contemporáneo existen incontables neologismos, pero ninguno, que yo sepa, es palabra demostrablemente nueva.
En suma, nada nuevo estoy revelando al decir que el lenguaje no se crea sino que se transforma,
por grande que sea la importancia de los neologismos y su repercusión en la tarea lexicográfica. Por un
lado los neologismos facilitan esa labor, puesto que dichas palabras nacen con un significado muy preciso,
el correspondiente al nuevo objeto o idea que encarnan, y no adolecen de la vaguedad propia de
muchas palabras deshilachadas por el uso, las modas y las distintas acepciones regionales. Siempre será más
fácil averiguar el significado unívoco del neologismo
mercaptopurina que el equívoco sentido del añejo y
vulgar vocablo borde. Pero no es lo mismo y ahí comienzan los inconvenientes de los neologismos conocer
el significado exacto de una palabra que saberla definir con claridad, precisión y brevedad.
En cuanto a la internacionalización del español, vemos que se trata de un fenómeno de capital
importancia en el quehacer lexicográfico y que no deja de tener su ambigüedad. Sin remontarnos a la
hegemonía del latín, que aún perdura en lenguajes como el jurídico o el eclesiástico, hace ya muchos siglos que
las artes y las ciencias empezaron su homogeneinización terminológica, al menos en el mundo occidental.
En algunos saberes y actividades el predominio de ciertas naciones era tal que casi toda su jerga tiene
el mismo origen nacional: el lenguaje de la heráldica es francés como el de la música es italiano o el de los deportes es inglés, y el español internacional no ha hecho ni hace nada más que adaptar con leves
retoques ortográficos las palabras importadas. En estos casos ha habido
desde hace tiempo internacionalización del
español, aunque a veces por sumisión a una lengua
nacional. En otros casos la unificación
internacional sobreviene de forma más paulatina y a través de la adopción general de palabras procedentes de
diversos idiomas, no de uno solo.
Actualmente, a medida que avanza la globalización, se va imponiendo por doquier la fuente
neologística inglesa. Pero no siempre se ha empleado el neologismo a ultranza, ni siquiera el procedente del
inglés, tan omnipresente en la vida de hoy. Por ejemplo, en España no se ha impuesto la unanimidad en
torno a computadora (del inglés
computer) sino que se ha preferido
ordenador (del francés
ordinateur). En cualquier caso, la creciente unificación internacional del lenguaje es un hecho, y es grande su
intensidad y rapidez. Claro que esta última, la moderna celeridad de exportación de neologismos y la prontitud
de su adopción, también constituye un fenómeno ambiguo: esa misma celeridad puede imponer una
vida fugaz a la palabra. Valga un solo ejemplo. En la noche del 3 al 4 de octubre de 1957 nació con súbita
fuerza la palabra sputnik. Una palabra que hasta entonces sólo se conocía en Rusia se convirtió de pronto
en internacional tras el lanzamiento por la Unión Soviética del primero de estos ingenios. La gente de
mi generación recuerda la palabra pero sospecho que muy pocos de nuestros hijos saben lo que es un
sputnik. A veces la palabra es efímera, en el léxico como en todo lo demás.
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Ilustración: René Magritte |
La importancia del inglés es hoy de todo punto incomparable con la de ninguna otra lengua: no es
que sea mayor, es que es de otro orden de magnitud. Eso puede gustarnos o no, pero es indiscutible. En
cambio es muy discutible la trascendencia política de ese hecho. Cuando un idioma se convierte en
lingua franca, en lengua de comunicación mundial, deja de ser propiedad de un Estado o de una cultura. El latín
siguió siendo la lengua culta de Occidente mucho después de desaparecer el poder político del imperio
romano y el francés siguió siendo la lengua de la diplomacia internacional tras el ocaso de la hegemonía
francesa. Ni siquiera está claro que la expansión global de un idioma sea siempre beneficiosa para la
cultura correspondiente. Los filólogos españoles ya no hablan casi de la fragmentación lingüística del
castellano, pero los estudiosos del inglés cada vez se refieren más al riesgo de ver su lengua reducida a un
basic english para que pueda cumplir con su papel
mundial.
Cuanto antecede no hace sino reforzar la importancia de una correcta labor lexicográfica como la
de los diccionarios y los libros de estilo, que impida la aparición simultánea de diversas traducciones
de, adaptaciones y calcos de los términos regionales, como lo hace la edición de 2001 del
Diccionario de la Real Academia
Española al presentar un significativo aumento en el uso de los términos procedentes
de América y de Filipinas: hay 12 mil 122 artículos que tienen una o más acepciones correspondientes a
estas zonas (la edición anterior contenía seis mil 141). Hay 18 mil 749 acepciones que tienen una o más
marcas correspondientes a América y Filipinas (en la edición anterior había ocho mil 120). Y hay 28 mil 171
marcas correspondientes a las zonas aludidas (la edición anterior contenía 12 mil 494). Ese cometido de
fijación, más la tarea en sí definitoria, constituyen un trabajo en sí hercúleo, que requiere de
conocimientos profundos de la lengua española y de lenguas extranjeras, de nuestra filología y de las ciencias y de
las artes y de la literatura. Y exige, sobre todo, de una laboriosidad y una paciencia de monjes.
Por fortuna, al ser la lexicografía tanto una pasión como una ciencia, nunca le han faltado
seguidores abnegados y de saberes varios y siempre ha existido una tradición de lexicógrafos procedentes de
diversas disciplinas. Algunos de los mejores diccionarios están hechos por personas sin especialización
filológica estricta: por un familiar de la Inquisición como Covarrubias, un médico como Littré, un profesor
de enseñanza media como Murray, un astrofísico como John Sykes, o un ingeniero industrial como
Pompeu Fabra. No eran sin embargo meros aficionados, pues no puede llamarse aficionados a quienes se
entregan en cuerpo y alma a una labor tan ardua y que jamás que se sepa ha enriquecido a nadie. Parece más
bien una vocación ardiente, un deseo insaciable de acumular y clasificar, parecida al ansia taxonomática
de Linneo. Claro que esa pasión lexicográfica ha llevado demasiado lejos a algunos. Cierto
colaborador externo de Murray le había enviado decenas de miles de fichas con citas para el
Oxford English Dictionary. Como Murray no lo conocía, fue a buscarlo un día a su dirección en el campo.
Lo encontró en un manicomio, donde llevaba años encerrado con una buena biblioteca, y desde donde le enviaba las fichas. Otro escribió un poema épico demostrando que su jefe en la sección de diccionarios era el Anticristo. En un delicioso y olvidado libro de
ensayos,3 el escritor cubano Alejo
Carpentier recordaba la historia de aquel mono al que se le forzó a aprender francés y terminó hablando
latín. Desconfiemos pues de refranes como el que afirma que hablando se entiende la gente.