"Hay que aplaudir muy fuerte
cuando salga la señora Rocío"
Laura Islas Reyes
Imagine esta escena:
Una madre que perdió a su hijo llora desconsolada mientras una mujer rubia le pregunta los pormenores
del asunto con tal insistencia que, en una especie de solidaridad extraña, termina por acompañarla en su llanto.
Las cámaras no pierden detalle se acercan, se entrometen van detrás de los gestos del dolor espontáneo de
la joven madre que se recoge sobre sí misma, agacha la cabeza, hace muecas descompuestas, jadea mientras
responde con monosílabos y frases cortas.
La mujer rubia insiste con una dulzura incisiva. Pregunta detalles, quiere precisiones y cuando siente que la
madre dejará de responder, se acerca a ella, toma su mano y se une a los sollozos mientras se disculpa por lo
inevitable y obvio: no poder hacer algo con la pérdida del vástago recién nacido a causa de la imprudencia de un automovilista.
Acto seguido, la rubia se endereza, se repone con rapidez de la pena compartida y en una actitud de
indignación manda a un corte comercial.
* * *
Ahora, sacúdase un poco de esa escena terrible y piense en un hombre con la mirada escondida detrás de
unas gafas para sol que acusa, con dejos de cinismo e ironía, a la madre afligida de ser la causante de la muerte del niño.
La mujer rubia no lo permite y como una defensora de las causas desprotegidas, del martirio compartido,
pasa a la fuerza moral para reconvenir indignada al hombre al que además obliga a reconocerse como un
irresponsable al volante.
La discusión se vuelve más ríspida. La mujer monopoliza los argumentos y las buenas razones mientras el
hombre se defiende con una desfachatez que parece ensayada. La rubia gana en un triunfo anunciado por aplausos
que detienen el curso de las acciones.
Detenga las escenas hasta ahí e imagínelas repetirse varias veces, durante 75 minutos, con diferentes rostros
y nombres en un desfile de protagónicos sumidos en la tragedia y antagónicos ruines y cínicos.
En medio de esa batalla de buenos y malos, las soluciones llegan de la mujer rubia que se toma muy en serio
su papel de paladín ante las desgracias que exhiben las escenas en las que participa. Y en la lógica de que todos
tenemos alguna vileza que mostrar, la rubia apela a una nobleza recóndita en cada uno de sus intentos voyeuristas
por resolver esas cosas de la vida que a todos estorban.
La farsa (primer acto)
La gente se forma pasadas apenas las dos y media de la tarde. La fila sobre Periférico enseña rostros
compungidos de los que buscan alguna solución a sus problemas y que llevan consigo la foto de algún familiar desaparecido
o los documentos de una disputa legal.
La pregunta al policía que está en la puerta es obligada: ¿aquí me formo para el programa de
Cosas de la vida? La respuesta lleva a que la fila se haga larga por casi una hora.
La llegada de dos autobuses con sendos grupos de invitados especiales de la televisora obliga a que se haga
una fila paralela. La primera tragedia de la tarde para los que llevan más de 30 minutos formados, los recién
llegados tendrán preferencia para entrar.
Con alivio, el entuerto se resuelve y los
stickers morados que permiten el acceso a TV Azteca alcanzan para
todos. Las filas avanzan y dos mujeres jóvenes conducen su paso hasta una especie de carpa aprovisionada con bancas
y máquinas despachadoras de refrescos y golosinas, donde la gente espera unos minutos antes de que inicie
el programa.
Una de las mujeres jóvenes se presenta como Mónica y da una especie de curso exprés de cómo se reacciona
en un talk show. A los movimientos que ella haga al levantar las manos, se responde con un fuerte aplauso o
con ponerse de pie, según sea la indicación.
Advierte que las ovaciones deben ser cortas, pues el programa es en vivo y sólo dura una hora con 15
minutos; y para evitar confusiones con el tiempo de cada aclamación, también habrá señas que indiquen que ya han
sido suficientes vítores.
Mónica cierra el cuadro de instrucciones con una sugerencia petición que a todos convence: "Hay que
aplaudir muy fuerte, sobre todo cuando salga la señora Rocío, ya ven que últimamente Televisa le ha tirado mucho.
Echenle una porra, griten Rocío, Rocío, Rocío, cuando la vean". Y así se hizo.
Apenas terminadas las instrucciones para comportarse en un
talk show, varias mujeres de edad avanzada
se acercan a Mónica para exponerle su caso, piden ayuda para encontrar a algunas personas desaparecidas.
Para esos favores y para cualquier otro solicitado, la respuesta es la misma: "Escriban en un papel su caso y
se estudiará lo que se pueda hacer". Y entre esa lista de peticiones, no falta el comentario burlón a distancia de
un adolescente que, cigarro en mano, sugiere "que mejor se vayan a
A quien corresponda" o a Canal 5.
La espera se resuelve en otra fila que por la hora, veinte antes de las cuatro, promete ya ser la última para
llegar al set de grabación. Las mujeres que llevan niños son apartados del resto de la formación.
Mónica y la otra mujer joven estudian el caso. "¿Qué hacemos con ellos? Pues los vamos a tener que sentar
en las gradas de hasta arriba. Sí, solamente así porque si no...".
Mónica explica cortesmente la resolución a las madres; una de las niñas agraviadas tiene la genial ocurrencia
de preguntar por qué no podrá estar cerca de Rocío Sánchez Azuara.
"Porque se supone que el programa no es para niños y si te ven en la tele, Gobernación nos puede quitar
el programa. Y tú no quieres que nos quiten el programa, ¿o sí?". La niña, como de siete años, responde con
una sonrisa, dice que no y se esconde detrás de la falda de su madre.
La otra mujer joven se da a la tarea de averiguar si hay un chofer de microbús entre los invitados. No tiene
éxito en su búsqueda, pues la mayoría de los asistentes son mujeres.
La fila avanza, ingresa al estudio que
Cosas de la vida comparte con A quien
corresponda, como si estuvieran en el orden temático que señalara el comentario de un adolescente.
Ya en el foro, una chica de rodillas al lado de Jorge Garralda prepara una pancarta en media hoja rotafolio
con un plumón de tinta negra. No se alcanza a leer lo que escribe pero no será difícil enterarse después.
Detrás de las gradas están sentados los panelistas, todos muy serios, inexpresivos, con las manos puestas en
los descansos de los sillones y la mirada perdida, en busca de un punto que es difícil precisar.
Cuatro personas incluyendo a Mónica y la otra mujer joven se encargan de asignar al público sus lugares.
Los niños y sus madres suben primero, para según lo convenido quedar en las orillas de la última grada.
Y mientras se acomoda el resto de la audiencia, un joven da una rápida explicación para las personas que
quieran opinar, de cómo utilizar el micrófono. Una vez que termina de impartir sus precisiones, le pregunta a un
compañero que continúa con la repartición de lugares, "quién va estar a favor". El hombre señala a una persona.
El tiempo está encima. La voz que inicia la cuenta regresiva para dar inicio al programa provoca un
movimiento extraordinario. La gente que aún busca acomodo en las gradas, toma lugar en las escaleras.
Los aplausos empiezan en atención a las señas antes enseñadas y la chica de las hojas de rotafolio corre para
que las pasen en el público. "Cuando vea la cámara, la levanta". El hombre que la recibe se entusiasma por el
extraño privilegio y no atiende a lo que lleva escrito ese papel. La pancarta dice: "Mis dos hijos murieron por culpa de
un microbús".
Rocío Sánchez Azuara aparece bajo el anuncio que la nombra como "la conductora del pueblo", la dosis
de porras solicitada se deja escuchar y el tema de la tarde llega con un acento solemne al set: "Microbuseros,
¿asesinos al volante?".
La entrada del programa se puede ver por los monitores dispuestos en la parte superior del estudio de
grabación, mientras, los panelistas hacen su entrada a escena.
La tragedia (segundo acto)
En medio de un cascarón de aplausos que abren y cierran los bloques del programa, los casos de cada
panelista se hacen uno para subrayar una tragedia que terminó por ser compartida por todos.
Un matrimonio que perdió a su hijo de seis años, una madre que vio morir a su bebé de 20 días, niños que
quedaron lisiados a causa de algún accidente, huérfanos y padres fenecidos desfilan en testimonios que llevan como
fondo una música patética y deprimente.
Las anécdotas se detallan según las preguntas de Rocío Sánchez Azuara, las reacciones del público a veces
ganan en espontaneidad a algunos de los miembros del panel que, incluso, no responden las preguntas y dejan que
sea la voz de su consorte la que hable.
En medio de tal exposición de penurias y rodeado por dos madres llorosas de recuerdos se sienta un chofer
de microbús que pinta con ácida ironía el ambiente. No atina a defenderse de todos los ataques y, al final, termina
por casi asentir y compartirlos dentro de sus argumentos ligeros que rayan en lo sarcástico.
La melodía de fondo no cesa ni siquiera cuando Sánchez Azuara toma la llamada del director de Transporte
Público del Distrito Federal, Héctor Ulises García. Entonces, la rubia conductora desata un rosario de buenas intenciones
y propuestas para mejorar el servicio de transporte colectivo, que es coronado con la seña indicada: aplausos,
breves, pero intensos.
El programa avanza con el ritmo del infortunio que conmueve y que es apenas interrumpido por alguna
intervención del inverosímil microbusero imprudente o por los aplausos enseñados que respaldan los dichos de
la conductora.
La tragedia vuelve a explotar en cada bloque tan es así que en el primer corte comercial, las panelistas
reciben su dotación de pañuelos faciales en medio de anuncios de Vitacilina (¡ah qué buena medicina!) y cápsulas
de Witgrass. Patrocinadores que aligeran la carga de tanto dolor ajeno expuesto.
El gesto de Rocío Sánchez Azuara dibuja el del público. El salto de matices que van de la indignación a
la solidaridad se hizo comunitario. Incluso en los cortes comerciales, todos se relajan junto con la conductora
que aprovecha para bromear un poco con su productor mientras su maquillaje es retocado, después de un par de lágrimas.
El final
Imagine una última escena. La mujer rubia que acompañó las lágrimas y las furias de sus invitados se despide
completamente repuesta de cualquier turbación de dos panelistas: un abogado y un sindicalizado que, si se
utilizan términos teatrales, se diría que sólo tuvieron una línea.
Los actores que ocuparon lugar en la tribuna la llaman. Ella se detiene para levantar la mano con un saludo al
aire y, muy en su papel todavía, da instrucciones para que atiendan la petición de quien pide sus auxilios
salvadores. Cierra la escena cuando abandona el set seguida por un séquito de asistentes.
De los panelistas, no hay mayor rastro que verlos salir por detrás de las gradas. Mónica dice que no es
posible hablar con ellos e indica que para bajar es preciso seguir el orden de las filas.
El aire sombrío que pudo haber quedado como resabio de la música, las lágrimas, el duelo de cada bloque y
las escenas emotivas se van. La gente se olvida de los microbuseros y el título dado como asesinos al volante
apenas sale de lo que parece haber sido una función.
Algo así como ir al cine o al teatro e imaginar que las escenas que se ven son reales o, cuando menos, eso dicen que son.