Yuriria Sierra
"¿Qué dices tú, Gregorio?" Gregorio mira fijamente a la cámara; pasa un segundo, dos, tres... El tiempo
en la televisión es otro, es vértigo, es sentencia. El tiempo en la televisión no se mide con el reloj de los
hombres, se mide con el segundero de los dioses y el cronómetro de los infiernos. Se escurre entre las mentes de
millones de seres humanos que están dispuestos a canjear su atención si la imagen no las captura, no las hipnotiza,
no seduce, si no procura el paraíso prometido del olvido temporal de uno mismo... Un segundo, dos,
tres... "¿Gregorio? Ya sabemos que quieres comunicarte con el auditorio de forma telepática, pero por favor
dinos ya qué es lo que estás
pensando". Así intenta el conductor del programa rescatar la transmisión viendo que
su invitado se ha quedado pasmado frente a las cámaras. Con esa voz, Gregorio se crispa, sacado de su
estupor, el mundo se licúa frente a él: millones de monitores capturan su profunda exhalación.
"Yo...", dice mientras parpadea repetidamente y trata de ubicar a qué cámara tiene que voltear.
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Foto: Christian Wild/ black+white |
El conductor conoce los efectos en el alma de todos los que son expuestos en la pantalla: el alma se
incendia o se congela, se expande o se atrinchera, se revela o se retrae, se envicia o se enemista para siempre.
Para siempre. La eternidad es el tiempo de la televisión. La eternidad que dura apenas milésimas de segundo. No
es eterna para el auditorio, es eterna para la psiquis de quien sale a cuadro. La paradoja de ser para siempre
lo que se fue durante minutos. El conductor lo ha visto todo. Lo ha visto en él y lo ha visto en los otros. Ha
visto alzarse a los que parecen ídolos de espuma y ha visto derrumbarse a los que parecen gigantes de acero.
Pero esa es la trampa. El conductor sabe que el verdadero material de un espíritu se revela siempre a través de la
lente. El conductor ha llegado a pensar que el misterio de la televisión radica en que extrae al juez que cada
uno conserva de sí. Y es ese árbitro propio el que dicta la sentencia. Sólo el conductor sabe, en ese estudio, que
el conductor que se presenta ante el teleauditorio es mucho más parecido a sí mismo, que el que llega cada
noche a casa, besa a su esposa, juega un poco con el pequeño hijo si acaso no se ha dormido, que el que va a
cientos de comidas de negocios, que el que asiste a eventos de caridad, que el que guiña un ojo a cada chica que
le dedica una sonrisa en la calle; el conductor es él mismo cuando intenta no serlo frente a la cámara, y el
ser humano es la máscara con la que viste su cotidianidad cuando intenta, tan sólo, vivir. El personaje de
conductor es tanto más real y genuino que el ser humano que se levanta, desayuna y existe fuera de cuadro. El
conductor ha tenido una vida para comprobarlo. Y espantarse por ello: por tener un espejo que le devuelve su
verdadera imagen siempre que podría estar actuando.
"Yo... Yo...". Y Gregorio, el invitado, tan sólo se queda mirando fijamente a la cámara, una vez más,
en silencio. Un segundo, dos, tres... Sus ojos ya no parpadean, su boca ya no permanece abierta; está cerrada,
más cerrada que antes. El conductor espera a que Gregorio emita al menos una frase para salvar este
momento embarazoso. Un segundo, dos, tres... Pero Gregorio no pronuncia palabra alguna, en su lugar, una
lágrima desciende, sorpresiva, sorprendente, por el rostro de un invitado que se ha quedado sin habla. Un
segundo, dos, tres... El tiempo en televisión es otro, y éste no es un
talk show, los invitados no vienen a llorar, vienen
a hablar de cuestiones ciudadanas. El conductor tiene que salvar una vez más:
"Gregorio, es muy conmovedor para nosotros ver que todavía existen personas como tú a las que les impacta tan profundamente el robo
de autos, bueno, el robo en sí, como un acto no sólo de despojo, sino de inmoralidad, o quizá, peor aún,
como un síntoma radical de la pobreza que lastima a tantos ciudadanos. De verdad, Gregorio, te agradecemos
mucho esta inusual muestra de indignación y sí, hay que decirlo, de justa tristeza. ¿A qué se debe en realidad la
ola de robos en la ciudad? ¿Falta de valores, falta de autoridad, o falta de recursos? Con esta pregunta
hacemos una pausa. Enseguida volvemos con
ustedes".
"¿Qué pasó, Gregorio? Te me quedaste pasmado. Ni hablar, muchas gracias por venir". Gregorio se desploma, se arroja a los brazos del conductor como si se tratara de su propia madre, empieza a sollozar como un niño pequeño hasta que el tiempo de la pausa comercial está por terminarse. El tiempo de la tele es otro. El conductor sabe que Gregorio, este funcionario medio que mandaron al estudio porque el director general que había sido invitado tuvo una emergencia de última hora, el conductor sabe que Gregorio acaba de conocer sus propios demonios: en este caso, la televisión le reveló al demonio de sus miedos. Otras veces trae el de la soberbia, el de la inmoderación, el de la violencia, el de la timidez, el de la estupidez, el de la inseguridad, el de la mentira, el de la apatía, o tantos otros. Pero el conductor sabe que al mismo tiempo, a los demonios los acompaña el surgimiento paralelo, igual de poderoso, de las virtudes más esenciales. La simpatía, la honradez, la elocuencia, el carisma, la fuerza, la ternura, la vivacidad, o tantas otras. Virtudes de infancia, demonios del adulto. En este caso, la virtud es, paradójicamente, el llanto. Pero este no es un programa para el llanto. Es sorprendente, el conductor nunca había visto que alguien se agarrotase de forma tan definitiva, el único movimiento fue el de una lágrima descendiendo hacia la comisura de la boca. El conductor no sabe bien a bien de qué calibre y de qué tipo es la tormenta interna que Gregorio atraviesa mientras llora sobre su hombro, pero tampoco tiene tiempo para averiguarlo. Siente pena por este individuo, sabe que pasará unos días terribles en lo venidero, avergonzado, inseguro, enojado. Se acabó la pausa comercial. 5, 4, 3, 2 en el auricular le avisan que lo toma la cámara central.