Se requiere mayor participación del Estado en la cultura
Javier Esteinou Madrid
El proceso mexicano de modernización ha producido cambios profundos tanto en las estructuras culturales
e informativas como en la mentalidad de la sociedad. La mutación más grande es el retiro creciente del Estado
como instancia rectora de los procesos de cultura y comunicación, para delegar ahora su dirección a la dinámica
del mercado bajo el mecanismo de acción de la oferta y la demanda informativas.
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Foto: Memoria gráfica de la democarcia 2000/IFE |
La rectoría del Estado en el campo de la conciencia de lo público quedó sustituida por la intervención de las
leyes del mercado con su "mano invisible" de regulación natural, que no ha sido otra realidad que la acción de la
"garra invisible" de los intereses de los grandes monopolios de la difusión sobre el proceso de la cultura y la
conciencia nacional.
Ante el florecimiento de las tesis modernizadoras que han sostenido el adelgazamiento, la privatización,
la desregulación y la transnacionalización de todos los campos de lo público, ahora se formula oficialmente que
la dirección cultural de la sociedad mexicana no debe conducirse por las políticas planificadoras del Estado, sino
que debe ser guiada por el equilibrio "natural" y perfecto que produce el juego de los "libres" principios del
mercado entre productores y consumidores culturales.
Esta tendencia ha reforzado el modelo de
comunicación-mercado y ha marginado la presencia de otros
modelos de comunicación social, especialmente de servicio público. Cada vez más, los procesos de comunicación se
conciben como instrumentos aceleradores del proceso de realización de capital y no como herramientas culturales para
la elevación de la conciencia para resolver nuestros problemas de crecimiento nacional. Esto contribuye a producir
una nueva valoración estratégica de las telecomunicaciones y de la industria audiovisual que ha desatado una
lucha nacional y continental por la concentración privatizada de las cadenas de difusión sin ningún precedente
histórico en el país y la región.
La hegemonía de este modelo genera en la sociedad mexicana un fuerte desorden informativo que ha
producido silenciosamente una anarquía cultural, al permitir que estemos muy informados sobre lo secundario y no sobre
lo fundamental. Dicha anarquía cultural dirigida por la
mano invisible del mercado ha creado un caos en la
conciencia colectiva, la cual impide resolver más rápidamente nuestros grandes conflictos.
Es decir, en la sociedad mexicana regida exclusiva o mayoritariamente por los principios de la oferta y la
demanda, el mercado está liquidando "naturalmente" a todas aquellas formas culturales que son "ineficientes" para
respaldar e impulsar el proceso de sobreacumulación y super consumo social y fomenta a las que sí permiten su
expansión material. Experimentamos cada vez más la práctica de un
malthusianismo cultural que permite que sólo
sobrevivan las estructuras de conciencia más aptas según los criterios del mercado. Así, la conciencia de lo social es
desplazada para dar paso irrefrenable a la mentalidad de los negocios, la ideología de la posesión material como sentido de
la vida y la visión del progreso técnico como nueva religión por encima de otros valores urgentes.
En nuestra sociedad hay la necesidad estratégica de producir desde los medios, especialmente los
electrónicos, una mentalidad para la sobrevivencia social como es la construcción de una cultura ecológica y una cultura de
la civilidad. En ese contexto de prioridades, los medios electrónicos producen una cultura de la frivolidad, la "novedad" y el hiperconsumo, una cultura de la transnacionalización, del espectáculo, lo
light y el chisme, que a corto plazo son altamente rentables, pero que despilfarran la enorme energía del país para enfrentar
nuestros grandes problemas.
El proyecto "modernizador" del país ha formado intensivamente una nueva
cultura chatarra de la expansión del capital y una reducción de la
cultura de la vida y de la
humanización. Desde los criterios monetaristas de
la modernidad, el impulso de la cultura de la vida y de la humanización no es una actividad lucrativa que valga la
pena fomentar, a menos que el proyecto de desarrollo material llegue a fases críticas donde el deterioro social
avance tanto que se establezca en contradicción con la tasa de producción y concentración de la riqueza. Con la
acumulación de dichas tendencias se establece un sistema de
comunicación salvaje que ha producido una enorme crisis
cultural, ética y moral y que ha colaborado a minar algunas bases fundamentales de nuestra civilización.
Derivada de las lógicas anteriores y de la respectiva anarquía cultural surgió en la atmósfera mental de
México una cultura idiota que se distingue por construir una visión de la vida altamente fragmentada,
descontextualizada y superficial, que se produce con los enormes y rápidos torrentes de información secundaria o terciaria que
dirigen los medios sobre nuestros sentidos. Amparada en la tesis de la "libertad de comunicación", esa cultura nos
lleva a saber cada vez más del gran mundo externo y cada día menos de nosotros como nación, comunidades y
como personas.
Su modelo promueve la violencia temática, el consumo exacerbado, la invasión de la privacía, la
banalización, la comunicación morbosa y sensacionalista, la imposición mental del principio de la ganancia a toda costa,
la frivolidad informativa, el entretenimiento vulgar, la cosmovisión hollywoodense de la vida, etcétera. Todo eso,
con tal de obtener ratings y vender.
Es el triunfo de la cultura idiota en México. Podemos pensar que por la nueva forma de financiamiento que
plantea el modelo neoliberal, los medios gubernamentales se comercialicen más y, por lo tanto, sean los
patrocinadores quienes determinen sus contenidos. Cada vez ha sido más difícil promover una "cultura de desarrollo social"
desde éstos, pues el esquema de sostenimiento de dichas empresas ha buscado la obtención a corto plazo de la
máxima ganancia monetaria.
Con la victoria del modelo de comunicación-mercado se fortalece la
cultura de la muerte que plantea la de formación o destrucción de cualquier valor, estructura mental, sistema ético o idiosincrasia. Por eso surgió,
desde 1990 a la fecha en las principales empresas de televisión nacionales, una nueva generación de programas
audiovisuales calificados como "modernos", "avanzados" y "abiertos" que impulsan desmedidamente la violencia, el
amarillismo, la invasión de la privacidad, el sensacionalismo, la intolerancia, el voyeurismo, etcétera, con tal de
conquistar audiencias e incrementar sus ventas.
En México, durante los últimos cinco años se observa el surgimiento de dos nuevos modelos de televisión.
Uno, el modelo de televisión
vampiro, que para generar
ratings alimenta constantemente la programación de sus
pantallas con series y escenas altamente violentas. Entre los programas que han impulsado dicho modelo figuran
Duro y directo, Ciudad desnuda, Fuera de la
ley, Visión urbana y
Metrópoli. Después de ser retirados algunos de
estos programas por diversas protestas sociales, dicho género televisivo ha sido reactualizado con otras series más
ligeras pero con el mismo modelo como Planeta
salvaje, Anatomía del desastre,
Lo insólito y otros más.
El otro, el modelo de televisión de
lavadero, basada en el género de talk
show, exhibe a las personas como mercancías, para lo cual se recurre como materia prima a la difusión pública y antiética de la vida privada, de
los conflictos personales, las crisis familiares y el dolor humano de los participantes populares con tal de obtener
rating y vender.
Así, derivado de la globalización cultural y de la lógica de mercado surge una morbosa industria audiovisual
de presentación de las miserias humanas que promueve como "valores" el chisme, la intolerancia, la agresión,
el sarcasmo, el juicio descalificador, la humillación y la invasión de la intimidad. Con ello, la televisión se
convierte en la plaza o el tribunal público desde donde se enjuicia el nivel de sanidad psíquica y emocional del pueblo y
se aplican los castigos morales del verdugo. Entre los principales programas que han fortalecido ese modelo
figuran Hasta en las mejores familias, Laura en
América, Cosas de la vida y
Cristina.
Finalmente, el modelo de
televisión
intrusiva protagonizado por
Big Brother y la amplia generación de
programas que de ésta se han derivado. Plantean que la vida privada ya no debe existir como espacio íntimo, sino que
ahora en los tiempos de la postmodernidad todo puede ser atravesado y difundido por la televisión. La intrusión
se convierte en norma social y en espectáculo. Los contenidos de dicho modelo le enseñan al auditorio que el
poder de penetración y transmisión de la televisión es tan fuerte, que lo íntimo ya no debe existir. Se genera la
ausencia del pensamiento crítico y se establecen las bases colectivas para la creación del autoritarismo que puede llegar
a extremos fascistas.
La evidencia histórica demuestra que la aplicación desregulada de la dinámica de la "mano invisible del
mercado" a los procesos de comunicación no ha construido en nuestras sociedades un sistema de comunicación superior y
de mayor calidad, al contrario.
Con la acumulación de estas tendencias se ha generado en el seno cultural del país una profunda crisis
ético-moral. Al examinar el origen de las crisis del país, tradicionalmente se han privilegiado casi con exclusividad
las explicaciones de carácter económico y político que han producido este fenómeno, y se olvida que detrás de
dichos factores infraestructurales existe una drástica crisis de cultura y de valores que, en última instancia, ha
provocado el colapso de nuestra sociedad.1
Al olvidar o renunciar a que la ética y la moral fueran el alma de nuestra dirección nacional, permitimos que
el proyecto salvaje de la acumulación de capital a escala mundial actuara como la fuerza que rigiera la
dinámica cotidiana de nuestra sociedad. Hay un proceso colectivo de descomposición de los valores y códigos
sociales elementales que hacen posible la convivencia comunitaria y se ha generado una sociedad profundamente
enferma que, cada vez más, pierde su capacidad mental de autodirección
equilibrada.2
Constatamos que un conjunto de antivalores como el individualismo, el culto al ego, la ganancia monetaria a
corto plazo a costa de lo que sea, ahora son presentados por nuestro decadente sistema cultural; especialmente
difundido por los medios electrónicos, como los nuevos "valores" modernos que hay que perseguir e imitar para tener
éxito y aceptación social.3
El gobierno creciente de este complejo sistema de antivalores nacionales ha creado un reforzamiento de la
cultura de la acumulación materialista que está exterminando todas las relaciones de armonía y formas de vida en
México y el planeta. Así, cada vez más, disfrazada de moderna y avanzada, se refuerza en nuestra sociedad la presencia
de la cultura de la muerte que mina todas las relaciones básicas de convivencia del hombre con su entorno y evita
la construcción de una cultura de la
paz.4
La presencia de esta devastación cultural refleja que no asistimos a un simple reajuste cíclico o coyuntural de
las estructuras económicas, políticas o culturales, sino que ahora estamos ante una profunda crisis de civilización.
De ahí la necesidad urgente de preguntarnos: ¿cuál debe ser el papel del Estado mexicano para construir una
política de comunicación y cultura colectivas que permita el avance de nuestra nación y no la simple subordinación
subjetiva al modelo internacional de la acumulación de capital?
Es indispensable que el Estado rescate su función rectora en el campo de la información y la cultura nacional
para construir un nuevo proyecto de comunicación basado en la participación de las comunidades. Es necesario
replantear el pacto de comunicación existente entre el Estado, los medios y la sociedad para orientarlo hacia un nuevo
acuerdo tripartita de participación ciudadana que equilibre el actual funcionamiento desigual del proceso mundial
de globalización informativa, el cual ha modificado los contenidos y las fronteras ideológicas de las
sociedades nacionales.
De no buscar otra salida, la cultura de nuestra sociedad correrá el gran riesgo de quedar sepultada por los
nuevos espejismos de la modernidad y sus derivados simbólicos parasitarios de esta nueva fase del desarrollo de la
sociedad capitalista internacional, sin atender la resolución de las grandes contradicciones estructurales que impiden
nuestro progreso social. Con ello, la crisis social continuará reduciendo, a corto plazo, nuestro nivel de calidad de vida
y, a largo plazo, generando la anarquía social.