En ningún país, excepto México, una sola
empresa opera cuatro redes de tv
Abraham Zabludovsky
Me han solicitado una opinión acerca de las perspectivas en el mercado laboral para los futuros o
inminentes egresados de las escuelas donde se enseñan los secretos y las técnicas de las Ciencias de la Comunicación en México. Me temo que las noticias no son buenas. ¡Qué digo! Son muy malas para aquellos que currículum en mano,
zapato boleado y la mejor sonrisa se aprestan a recorrer las antesalas en busca de una oportunidad para ejercer en
el terreno de la práctica los conocimientos aprendidos con tantos afanes y desvelos.
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Foto: Gregorio Cortés |
No deja de ser paradójico que mientras la economía mexicana ha registrado cifras positivas de crecimiento consecutivo en los últimos años, el empleo en las empresas de comunicación se ha comportado en sentido inverso. Recortes en los gastos, ajustes de sueldo siempre hacia abajo y el despido de miles de personas son hoy las definiciones principales de esta industria.
Estoy convencido que lo anterior es una de las muchas consecuencias negativas que resultan de la concentración en unas cuantas empresas de los segmentos fundamentales de la información y el entretenimiento destinado a las grandes masas en el país.
Estimo, desde luego, el impacto del choque exógeno que llevará a la economía a un escenario de recesión ante el cual es necesario tomar medidas que, como siempre, serán "dolorosas pero necesarias".
Reconozco los avances vertiginosos de la tecnología y la computación que permiten aumentar la
productividad a expensas de las plazas de trabajo. Me explico: con un servidor central es posible administrar la continuidad no
de una sino de un centenar de estaciones de radio. Sin embargo, no se requiere de un doctorado en economía
para comprender que las oportunidades de empleo en la industria son directamente proporcionales al número
de compañías participantes, sobre todo en escenarios de dificultad financiera o crisis general de la
macroeconomía: la variable de ajuste es invariablemente la planta laboral.
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Foto: Gregorio Cortés |
Muchos estudiantes volcarán las baterías de la pesquisa ocupacional a medios impresos como periódicos
y revistas. Ahí pagan poco pero según me dicen pagan a tiempo. Otros dirigirán sus pasos a las estaciones de
radio donde les pagarán un poco mejor en el improbable caso de que encuentren algo. La promesa de periódicos y
páginas de información en la red electrónica se ha esfumado como un relámpago en el cielo. Y no nos engañemos:
la mayoría de los estudiantes de comunicación sueña con obtener una codiciada plaza en la televisión. Y es
precisamente donde las oportunidades se han vuelto más escasas. Solamente un milagro o una conexión de 24 kilates
o un cuate bien ubicado lograrán abrir el cerrojo de las trancas que conducen al firmamento de la
comunicación televisada.
Las características de la televisión en México son las de un duopolio asimétrico con un jugador
preponderante. El grupo Televisa atiende a siete de cada diez televidentes y se embolsa más o menos seis de cada diez pesos de
los presupuestos de publicidad en el país. Televisión Azteca acapara 20% del auditorio y la publicidad, mientras
que la radio y la televisión por cable deben sobrevivir con lo que sobra.
El modelo mexicano de televisión es concentrador y discrecional. Concentra en un par de empresas casi todas
las formas de producción y distribución de la programación televisiva. Es discrecional por la fuente de las
concesiones que le dieron origen y también por la forma como produce programas o los adquiere, por el criterio con
que selecciona la información en los noticieros y mesas redondas. Es discrecional cuando se propone exponer a
las personas al ridículo público con el objeto de acumular
rating o cuando ataca la honorabilidad y buen nombre
de las personas o degrada la dignidad de seres humanos con desventajas físicas.
Es discrecional en las consideraciones con que administra la crítica o la suprime y en los mecanismos a través
de los cuales dosifica el acceso y el derecho de réplica, si es que lo hubiera. Carece de un código de ética conocido
por el público, no existen instancias efectivas para presentar quejas o protestas relacionadas con los contenidos de
la pantalla y mucho menos medios para satisfacer los reclamos.
El actual estado de cosas en la industria de la televisión no es resultado de actos irremediables de la
naturaleza. No. Es el producto de decisiones políticas adoptadas por una serie de gobiernos surgidos del Partido
Revolucionario Institucional que operaron en condiciones que ya no se ajustan a la nueva realidad del país.
El duopolio en la televisión no parece ser el esquema más adecuado para una nación con más de cien
millones de personas que conforman una de las diez primeras economías del planeta en una sociedad con intereses
encontrados y en conflicto, con estratos sofisticados y participación que demandan opciones y alternativas oportunas
y pertinentes tal y como se vio en las elecciones del 2 de julio del año 2000, cuando fue defenestrado el viejo
sistema que dispensó recompensas a cambio de subordinación y alineamiento.
El señor Joaquín Vargas cuyo periodo al frente de la Cámara Nacional de la Industria de la Radio y la
Televisión, concluye precisamente este día ha señalado que es viable una tercera cadena nacional de televisión. Esta
afirmación no es más que una expresión irrelevante cuando menos por dos razones. Una es la insuficiencia del argumento:
¿por qué no una cuarta o una quinta cadenas?, y en segundo lugar porque es inoportuno. El señor Vargas sabe o
debiera saber que orientar la discusión por ese camino no hace sino oscurecer el centro del debate al cual debe
someterse el conjunto de la industria de medios electrónicos en México.
En tanto no se discutan problemas fundamentales como la concentración, la propiedad simultánea de medios
en una misma ciudad, las cuotas de producción nacional y el acceso a producciones independientes en el horario
de mayor audiencia en cada canal, el acceso a inversionistas extranjeros, los topes de mercado susceptibles de
ser explotados con estaciones propiedad de una sola empresa, la participación del público en el proceso de
revocación o refrendo de las concesiones y la prohibición legal de prácticas indeseables al amparo de las concesiones;
mientras no se revise todo lo anterior será imposible avanzar en la construcción de criterios transparentes para la
asignación futura de licencias de operación de medios masivos en el marco de un nuevo esquema de mayor igualdad
y competencia.
En materia de medios de comunicación no hay asunto que tenga mayor importancia que la concentración
de éstos en unas cuantas manos. El poder que entraña la capacidad de conjurar emociones y dibujar opiniones
entre grandes sectores de la población ha sido preocupación permanente de autoridades y legisladores en países
económicamente avanzados. En Estados Unidos se han tomado diversas medidas para resolver el problema de la
concentración con efectos muy positivos en el desarrollo de los medios. Por ejemplo:
· En la década de los años 40, el gobierno ordenó a los estudios de producción cinematográfica
desprenderse de sus circuitos de salas de cine con objeto de romper la integración vertical de un oligopolio que cubría el arco
de la producción, la distribución y la exhibición. Se permitió así una mayor diversidad en la circulación de películas
de todos los productores y no solamente aquellos ligados a las grandes empresas de Hollywood.
· En 1943, siete años antes del surgimiento de la televisión en México, la concentración de canales ya
resultaba problemática para los legisladores en Washington. Tan es así que en ese año se ordenó a la cadena NBC,
que explotaba dos redes (NBC Blue y NBC Red) desprenderse de una de éstas para igualar las condiciones de
competencia con la CBS que disponía solamente de una red. Con la escisión de la NBC se dio paso a la conformación de
una tercera cadena que hoy conocemos como la ABC.
· La Comisión Federal de Comunicaciones (FCC por sus siglas en inglés) ha establecido topes de mercado a
los que deben sujetarse las cadenas de televisión o los operadores de cable. En el caso de la televisión abierta,
ninguna red puede alcanzar a más de 35% de los televidentes a través de estaciones propias. En el caso del cable la
norma es aún más rigurosa: ningún cablero está autorizado a tener más de 30% de los suscriptores a nivel nacional.
· La FCC ha establecido reglas que impiden a una sola empresa ser propietaria de estaciones de televisión
y periódicos en una misma ciudad. Así, por ejemplo, la compañía dueña de
The Washington Post, que tiene una división de televisión, no puede tener canales en la capital de Estados Unidos. También está prohibido que una
misma empresa ofrezca simultáneamente servicios de televisión por cable en aquellos mercados donde tenga
estaciones de televisión abierta.
Los topes de mercado impuestos a las grandes cadenas de Estados Unidos no han impedido la conformación
de redes con alcance nacional. Esto se ha logrado a través del sistema de afiliación mediante el cual se comparte a los eslabones una proporción de los ingresos globales, lo que ha permitido el surgimiento de estaciones
locales fuertes y bien financiadas para servir mejor al público en comunidades específicas. Las cuotas de mercado
tampoco han sido obstáculo para la creación de otras cadenas que compiten con las tres grandes tradicionales como lo
fueron NBC, CBS y ABC. Ahora dan la pelea con relativa eficacia Fox Network, UPN y Warner Channel, que suman un
total de seis cadenas de televisión abierta en Estados Unidos.
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Foto: Bernardo Moncada |
En ningún lugar del mundo, con excepción de México, una sola empresa opera cuatro redes de televisión. Se
cree que en Italia el
signore Berlusconi es el amo absoluto de la televisión, lo cual es un mito. Berlusconi opera tres
redes nacionales, es cierto, pero la televisión del Estado, la RAI, gestiona otras tantas que en su conjunto son vistas
por 40% del público, proporción semejante a la cuota de mercado que tiene Mediaset, la empresa de Berlusconi.
Tele Montecarlo, con dos canales, lucha por sobrevivir con 10% del auditorio.
Desde los inicios de la televisión en Estados Unidos los productores cinematográficos de California
encontraron que era sumamente difícil colocar productos hechos para la televisión en las antenas de las grandes cadenas
porque los concesionarios limitaban el acceso a producciones propias o a programas elaborados por los patrocinadores.
Este fue el caso de las telenovelas que dominan los horarios matutinos y en los cuales se promueven jabones,
detergentes y artículos para el aseo del hogar. De ahí el nombre de
soap operas a las telenovelas estadounidenses
patrocinadas por Colgate, Procter and Gamble o American Home Products.
La presión de los magnates de Hollywood llevó al Congreso de Estados Unidos a obligar a los concesionarios
de televisión a abrir sus pantallas a las producciones de terceros. Hace medio siglo se adoptó en la Unión
Americana una regla sumamente positiva y que consiste en que 50% de la programación transmitida en
prime time (de 19:00 a 23:00 horas) provengan de empresas distintas a las cadenas de televisión. Además, se prohibió a las
televisoras tener intereses financieros en los programas de sus proveedores, disposición que hizo posible la creación de
un mercado secundario de programas conocido como
sindicación y que alimentó en sus orígenes a
innumerables canales de televisión por cable.
En diversos países se ha legislado para abrir la pantalla a la producción independiente. La Unión Europea
ha ordenado que en los canales que operan en la región se transmita cuando menos 50% de producción europea
y el 10% adicional para compañías que no estén ligadas a los grupos televisivos. En España van aún más lejos:
5% de las ventas en los canales de televisión abierta deben destinarse a un fondo de apoyo financiero a la producción de películas españolas. Y está el caso de Australia, donde el Parlamento dispuso que 55% del material
transmitido por cada canal entre las 5 pm y la media noche debe ser producido en la isla.
Los ejemplos anteriores ilustran un poco a vuela pluma las distintas alternativas que podrían ser exploradas
para poner al día a la industria de la televisión en México. Pero quisiera destacar un asunto que también ha sido
materia de legislación en economías avanzadas y es el relacionado con ciertas prácticas comerciales de algunos
concesionarios de radio y televisión. Para nadie es un secreto que las televisoras ofrecen tarifas especiales para la
promoción comercial de empresas directamente afiliadas a los consorcios: discos, revistas, portales de Internet,
telejuegos, escuelas, tiendas de enseres electrónicos y conciertos, entre otros.
Lamentablemente las tarifas preferenciales que se ofrecen a las empresa "de la casa" no se extienden a
los productos de la competencia. Así se distorsionan los mercados, se privilegia a unos sobre otros y se materializa
una utilidad económica indebida que beneficia exclusivamente al concesionario (ya beneficiado previamente con un
bien escaso como lo es la propia concesión) en detrimento de los demás.
Es indispensable una legislación estricta a este respecto para que la cancha de juego sea pareja. En caso de
un conflicto de intereses, los contratos de publicidad entre el concesionario y sus empresas filiales deben
hacerse públicos y su cumplimiento celosamente vigilado por alguna autoridad creada para tal efecto.
Para concluir: en el centro del debate de los medios masivos de comunicación debemos colocar al
duopolio asimétrico que domina la escena nacional. No se trata de aplaudir y reconocer la positiva transición que lleva de
la ferocidad felina a una suerte de pragmatismo incluyente por parte de uno de los jugadores, o la madurez
competitiva del otro, tras una tormentosa curva de aprendizaje. Es la estructura misma de la industria la que debe ponerse
en el tapete de la discusión. Con un debate amplio, profundo y luminoso, del que emerja vigorosa una nueva televisión abierta para todos los mexicanos.