Andy Young
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Ilustración: Indie Cisive |
Me gustaría describir un poco la revista donde trabajo. The New Yorker acaba de cumplir 86 años y es, para
bien o para mal, la revista semanal más importante de Estados Unidos. Fue concebida en los años 20 como revista humorística y como crónica de la ciudad de Nueva York en la época del jazz. Publicaba artículos de autores humorísticos como Dorothy Parker, Robert Benchley, AJ Liebling, y James Thurber.
El tono de la revista cambió durante y después de la segunda Guerra Mundial. En el año 1946 publicó, en varias entregas, Hiroshima, de John Hersey, una obra seminal sobre los efectos de las bombas nucleares en la población de Japón. Esta obra también ayudó a crear el tono de la revista una actitud de perplejidad, a veces exagerada, hacia el gobierno de Washington, y un sentido de que esa ciudad está poblada por gente que no sabe pensar. Ese tono no ha cambiado mucho a través de los años.
En las décadas de los 50 y 60 la revista también empezó a ser reconocida y todavía lo es por los cuentos que publicaba cada semana. The New Yorker ha publicado a Philip Roth, John Updike, John Cheever, Nabokov, Borges, James Baldwin, y JD Salinger, el autor tal vez más asociado con el estilo de la revista.
En esos años también publicó In cold blood (A sangre fría) de Truman Capote y Silent spring (Primavera silenciosa) de Rachel Carson, dos obras que cambiaron la manera en la que se escribe la "no ficción" y que, en el
caso de Rachel Carson, facilitaron el desarrollo del movimiento ecologista en Estados Unidos. Más adelante, publicó a autores como Seymour Hersh, Joan Didion, Janet Malcolm, Raymond Carver y Adam Gopnik. En los últimos años,
la situación ha vuelto a cambiar. Ha terminado la época en la que se podían dedicar 20 mil palabras al ciclo vital
del trigo. Tampoco creo que el futuro nos ofrecerá otro artículo sobre la vida cotidiana de una dominatriz de lujo o
una estrella del cine porno. Los autores de cuentos que la revista publica son más internacionales pueden servir
como ejemplo Haruki Murakami, Zadie Smith y José Saramago. Desde el 11 de septiembre de 2001, la revista, como
todo el país o por lo menos eso espero se ha vuelto más sensible a los temas y acontecimientos internacionales.
Mirando en los archivos, encontré solamente tres o cuatro artículos sobre España antes de los atentados de Madrid en 2004. Un texto sobre la carestía de los comestibles después de la segunda guerra, dos sobre procesiones religiosas y la cocina española, y un artículo de Jon Lee Anderson, a quien todos aquí conocemos bien, donde realiza un retrato del rey Juan Carlos. Desde 2003 he corregido dos artículos sobre España, uno de Jon Lee, sobre el movimiento vasco, y otro de Larry Wright, sobre las investigaciones realizadas después del 11 de marzo. Me fijé en los archivos de una manera poco sistemática, debo admitir para recordar los textos que he corregido desde el 11 de septiembre, y encontré por lo menos ocho artículos largos sobre Afganistán, diez más o menos sobre Irak e Irán, y demasiados artículos para contar sobre las mentiras y las excusas del gobierno para racionalizar sus guerras y las torturas en Abu Ghraib y Guantánamo.
Ahora quiero empezar a explicar los procedimientos de fact checking o verificación de datos en The New Yorker. La revista toma muy en serio este proceso, más en serio que otras revistas. Es un proceso que prácticamente no se realiza en los periódicos o en las editoriales literarias. En realidad es un lujo que se ofrece a nuestros autores, pero, a fin de cuentas, sirve para proteger a la revista de litigios por difamación y de la publicación de errores vergonzosos, como por ejemplo un artículo en el cual se decía que Jackson Pollock había asistido a una cena en 1970, 14 años después de su muerte. éste es un ejemplo real de un artículo que yo revisé. La verificación de datos ayuda a cruzar la línea, a veces poco clara, entre la realidad y la ficción. Los escándalos recientes de Jayson Blair y Judith Miller en The New York Times, y de James Frey, el autor de las memorias A million little pieces (traducido en España como En mil pedazos), que ahora que sabemos que contenían una porción alta de invención han demostrado la utilidad de la verificación.
En The New Yorker hay 16 fact checkers un número inferior al de correctores de manuscrito o
copy editors, pero superior al número de verificadores de otras revistas; algunos de mis colegas son jóvenes, recién licenciados; otros realizan este trabajo desde antes de que yo naciera. La sección tiene un director, que antes fue verificador, que también escribe artículos para otras publicaciones. él resuelve los problemas complicados que surgen y se ocupa de entrevistar y contratar a nuevos empleados. Tiene dos delegados que se encargan del flujo de artículos y de otros asuntos de organización. Todo lo que se publica en la revista es verificado, incluso las historietas gráficas, las portadas, los poemas, los cuentos, las reseñas de arte y, por supuesto, los artículos periodísticos.
Una vez, verifiqué un poema que describía una laguna en Puerto Rico que estaba iluminada por la luz de ciertos animales fosforescentes. No me acuerdo cómo se llamaban, pero descubrí en mis investigaciones que el poeta no sabía nada de estos animales ni tampoco de cómo producían su fosforescencia. Había inventado términos científicos para describir lo que él había visto, detalles que hubieran parecido ridículos a cualquier lector con un conocimiento básico de biología. Tuve que explicar todo esto al editor. Desgraciadamente eliminaron el poema. El poema era bueno, pero la falta de un sentido básico de la ciencia lo sacó de la revista. Nunca más he querido verificar poemas por el terror de torturar a los pobres poetas.