Fidel Salazar
Cuál es el papel de los periodistas y el periodismo, en la transición hacia la democracia.
El arribo de la democracia electoral impone la necesidad de transitar hacia nuevos estadios de
participación ciudadana, donde, otra vez, surge una grandiosa oportunidad de colaborar con la sociedad a
la que se deben -o deberían hacerlo- los artífices de la historia cotidiana.
Sin embargo, los periodistas son empleados de los medios, convertidos éstos en un poder
fáctico, considerados siempre el contrapeso
del poder, pero sin contrapeso alguno que defienda
a los ciudadanos de su imperio. Es decir, ¿quién vigila
a los vigilantes?
Nos encontramos en una sociedad que transita hacia la democracia, pero cuyas instituciones
conservan, en mayor o menor medida, las características del régimen autoritario de antaño, y entre esas
instituciones se encuentren los medios, los
patrones de los periodistas.
Es un llamado a la concientización y a la responsabilidad, por una cuestión básica de supervivencia: el periodismo precisa una democracia real que le permita el ejercicio de su potencial, y la
democracia precisa de un periodismo independiente que vigile su
continuidad.1
Medios y poder
La relación entre los medios con el poder político en México fue, durante las siete décadas del
régimen autoritario, una relación que iba de la sumisión a la complicidad, en particular en la prensa escrita.
El gobierno, como afirma Juan Francisco
Escobedo, "... constriñó las relaciones y el comportamiento
de los medios y controló los temas y la opinión pública" pero sin suprimirlos por completo, para ofrecer
una fachada democrática al mundo.2
La conveniente relación entre el poder y los medios comenzó en 1896, cuando surgió el primer
periódico de la era industrial en México,
El Imparcial, de Rafael Reyes Spíndola, gracias a la aportación
económica de la dictadura de Porfirio Díaz.
En las décadas del priismo autoritario, el gobierno poseía la única empresa que producía e
importaba el papel periódico; era, junto con el PRI, el principal anunciante, y cuando ninguno de esos
mecanismos de coerción funcionaba, utilizaba la intervención directa como en el caso de
Excélsior, en la década de los
70.3
Según María del Carmen Ruiz Castañeda, en 1988 el gobierno gastaba más de un millón de pesos al
año para sostener la operación de 30 periódicos subvencionados en la capital, casi tanto como lo que
gastaba en los 248 diputados, 56 senadores y 27 legislaturas
estatales.4
Al respecto los periodistas, en lo individual, no son menos inocentes de esta relación de
subordinación, pues son de sobra conocidos los cochupos, regalos, comidas y "favores" en que las direcciones
de prensa de los diferentes niveles de gobierno
gastaban gran parte de su presupuesto.
Sin embargo, el modelo fue agotándose y de entre las mismas filas del periodismo y las empresas
de comunicación surgieron las voces que
expresaron la necesidad de un cambio en la relación. De la crisis
en Excélsior surgió un nuevo medio que demostró la posibilidad de un periodismo independiente,
Proceso; en 1990 el gobierno debió ceder ante la presión de organismos internacionales movilizados por
El Norte, para liberar la importación de papel, y en 1994, el gobierno federal fijó reglas más estrictas respecto
de la contratación de publicidad y comenzaron paulatinamente a desaparecer las "prestaciones" a los
periodistas.
El surgimiento de un periodismo independiente colaboró, pero no fue lo único, con la emergencia
de una opinión pública más crítica contra los gobiernos priistas, llegando hasta el fastidio que en
2000 coadyuvó también al arribo del PAN a la Presidencia de la República.
Pero si los regímenes priistas habían gozado de
una relación de subordinación de la prensa al
gobierno, la administración de Vicente Fox se enfrentó con una prensa crítica y sin los mecanismos de control
que tenían los regímenes anteriores.
La nueva relación del poder y los medios es ahora
de confrontación,los periodistas, antes
consentidos y apapachados, cuando no reprimidos por la violencia, ahora se muestran escépticos y, en ocasiones,
hasta mal intencionados con los representantes del gobierno.
Mientras la prensa, con sus excepciones, permaneció subordinada al poder político durante
mucho tiempo, los medios electrónicos surgieron y continúan alineados con el poder económico del país.
La televisión sigue así, bajo el duopolio Televisa-TV Azteca que cuenta con más de 70% de la
audiencia y 80% de la publicidad. En particular Televisa es propiedad de una de las familias más adineradas del
país desde sus inicios y TV Azteca fue adquirida por la familia Salinas Pliego cuando el gobierno
decidió deshacerse de Imevisión.
Hoy, la relación más importante de la televisión mexicana sigue siendo con el poder económico,
dada la naturaleza de las inversiones requeridas para contar con un espacio, pero sin lograr una
independencia total del poder político, de quien dependen
sus concesiones.
El aumento en la influencia de la televisión sobre la opinión pública volcó a partidos y gobiernos
hacia este medio para transmitir de sus mensajes, lo que se volvió evidente en las campañas electorales de
2000 y 2003, donde los partidos gastaron gran cantidad de sus presupuestos.
Sin embargo, los medios electrónicos mostraron una tendencia en favor del PRI y del sistema
imperante, según Mony de Swaan.5
Después de la victoria de Vicente Fox y la llegada
de la alternancia electoral, el poder de la
televisión mexicana creció sin contrapeso alguno: mientras los diarios perdían lectores, el porcentaje de los
mexicanos que se informaban a través de la TV aumentó de 73 a
80%.6
Ahora parece que el gobierno se inclina ante el
poderío de la imagen televisiva, lo mismo los
actores políticos, que se doblegan ante su peso, pero que también la usan como vía a través del
videoescándalo y las declaraciones explosivas que convierten a la política en espectáculo.
Así, mientras la relación entre los medios electrónicos y el poder económico continúa de la misma
forma que antes, la relación entre los medios electrónicos y el poder político ha sufrido un cambio con la
llegada de la alternancia, un cambio que favorece a los medios, pero no a la comunicación ni a la sociedad.
El periodismo y los periodistas
A la par que los medios, y principalmente la televisión, incrementaron su poder, los periodistas
fueron quedándose en el anonimato, superados los principios de la profesión por los intereses de los dueños
y empresarios.
Los empleados de los medios, los periodistas, callaron y aguantaron, para comer, pero dejaron
al periodismo en manos de los poderosos, que sin contrapeso alguno, se han repartido a la audiencia y
los lectores como si fueran presas de caza, dejando a la ciudadanía en total indefensión.
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Ilustración: Estelí Meza Urbieta |
Los periodistas no deben permitir que unos cuantos monopolicen el derecho a la información, pues
no son sólo testigos o empleados. Deben asumir su rol político dentro de la sociedad y defender el
derecho de los ciudadanos a estar informados.
No podemos permanecer al margen de una transición democrática nacional, que arrastra
instituciones antidemocráticas, entre ellas a los medios de comunicación.
Es el momento de acceder a la vanguardia de la sociedad a través de una labor gremial, concertada
y autocrítica, que nos coloque como intermediarios entre las demandas de información de la sociedad,
las exigencias económicas de sus patrones y la dinámica de un Estado en transición.
El periodismo en México carece de regulación. La palabra "periodista" sólo aparece unas cuantas
veces mencionada en nuestras leyes, mientras que en la mayoría de los países de América Latina la profesión
del periodista, reconocido como actor político en la sociedad, se encuentra legislada y debidamente
identificada, al mismo tiempo que con fundamento legal existen colegios de periodismo o asociaciones
gremiales, que más allá de una labor sindical, ejercen una función de contrapeso y salvaguarda para el
periodismo nacional.
La autorregulación del periodismo resulta
ad hoc con la democracia que queremos por dos factores:
por control y por credibilidad.
Hay una exigencia en la sociedad por dejar de tratar exclusivamente los temas de política y
economía para transitar hacia un periodismo cívico, que tome en cuenta a la sociedad civil.
El periodismo puede ser una herramienta muy efectiva para comunicar valores cívicos en la
construcción de una nueva ciudadanía más participativa, más informada y dispuesta a colaborar con sus
semejantes, a cuestionar al gobierno, a exigir resultados y a trabajar por sí misma en favor de sus demandas.
"El periodismo cívico debe interpelar al ciudadano para que recupere el control de los temas y deje
atrás la idea (...) de que lo público es igual a lo
estatal",7 afirma Ana María Miralles y pone como ejemplo
la definición de la agenda mediática en tiempos electorales a partir de encuestas ciudadanas, antes
que seguir la agenda dictada por los diferentes candidatos.
Pero los periodistas siguen una agenda dictada por alguien más, con escaso margen de maniobra y
nulos mecanismos de defensa al secreto profesional, a los motivos de conciencia, a la integridad.
Cuando un poderoso se siente atacado por un periodista se defiende por la vía jurídica, en un
sistema judicial que castiga con cárcel la difamación y la calumnia, mientras en el resto del mundo se castigan
con sanciones económicas. Por otro lado, la relación de los medios con el
poder político y económico ha repercutido en una percepción de impunidad, pues los medios y los periodistas parecen creerse ajenos
a la aplicación de la ley.
El poder a secas
Por ello surge la necesidad de una organización de periodistas, legalmente establecida, que procure
la excelencia profesional del gremio y sirva de contrapeso al poder desmedido de los medios.
Un consejo, asociación o colegio que fortalezca el cuerpo ético de estos actores políticos que
deben vigilar al poder y que, por lo tanto, son también usuarios de un poder que los hace objetos de
múltiples presiones y tentaciones.
Se propone crear un colegio de periodismo,
surgido de los periodistas, pero formalizado ante el
Estado, manteniendo su independencia financiera a través de las aportaciones de los medios y sus
profesionales, operado por académicos y expertos en la
materia que presenten la visión ética de la profesión.
Hoy tenemos medios que se consideran ya no el cuarto poder, sino el poder a secas, y políticos que
les siguen el juego porque los necesitan, mientras la sociedad indefensa atestigua el duelo de titanes
que escogieron de ring a la televisión, a los diarios
y ahora hasta Internet.