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El embrujo de María Teresa





Luis de la Barreda Solórzano


Escuche también, por cortesía de Medialog, la sentida evocación
que hace Jacobo Zabludovsky de María Teresa Landa




Fotos tomadas de Excélsior, 1928

Un sector de la prensa ­especialmente El Nacional­ estuvo en su contra, pero Excélsior defendía a su reina de belleza y la opinión pública tomó partido por la mujer cuya fotografía ocupaba la primera plana de los periódicos. Vestida de negro, la blancura del rostro hacía un contraste onírico que acentuaban la oscura mirada abismal y las profundas ojeras. El proceso sacudió al país. La sala de jurados de la cárcel de Belén fue insuficiente para la cantidad de público que quería estar allí, presenciar el enjuiciamiento de la Venus mexicana, del ángel caído, de la viuda negra, de la primera Miss México de la historia. Medio millón de oyentes siguió por la radio los pormenores del juicio. Se colocaron transmisores en la calle de Humboldt y en Avenida Juárez para que los transeúntes lo escucharan. La gente se arremolinaba en esos puntos. Vendedores de tortas, refrescos, helados, muéganos, chicles y chocolates acudían a ofrecer sus productos.

* * *

Escuchar en el antiguo Colegio de San Ildefonso ­uno de los lugares sagrados de la ciudad, dice Octavio Paz, y entonces lujosa sede de la Preparatoria Uno­ a la maestra María Teresa Landa, en su curso de historia universal, ha sido la experiencia más deliciosa que como alumno he tenido en mi vida. Era una espléndida narradora que, al exponernos con profunda intensidad episodios dramáticos protagonizados por importantes figuras históricas, nos remontaba a las épocas correspondientes y nos hacía estar allí como emocionados y atónitos testigos. Atrapaba desde su llegada al aula la atención de todos. Yo no me perdía una sola palabra suya. Me tenía con la boca abierta, sin pestañear y con el corazón latiéndome fuerte. Su vehemencia narrativa crecía cuando los personajes eran femeninos. Nunca la he olvidado hablándonos con pasión de las vicisitudes vividas por mujeres de sino trágico. Por encima del contexto social de los acontecimientos, enfatizaba los aspectos psicológicos y las manifestaciones de la condición humana, esencialmente invariable a través de los tiempos.

La oí conmovido contarnos de las voces de origen divino que ordenaban a Juana de Arco, humilde campesina de 13 años, liberar a Francia del dominio inglés, para lo cual capitaneó un pequeño ejército que consiguió que los ingleses levantaran el sitio de Orleáns e hizo coronar rey a Carlos II en Reims antes de ser hecha prisionera, acusada de herejía y condenada a morir en la hoguera. La escuché estremecido hablarnos de los mil días que Ana Bolena resistió como esposa de Enrique VIII antes de ser decapitada bajo la acusación de adulterio. Me llevó fascinado a los paseos que por los magníficos jardines del Palacio de Versalles disfrutaba, esplendorosa en su belleza y su elegancia, la reina María Antonieta sin sospechar que a la vuelta de los días la esperaba la guillotina, a la que se le condenó infligiéndosele todas las difamaciones, atribuyéndosele todos los vicios, todas las perversidades, todas las depravaciones, pues, para lacerar a la realeza, la revolución tenía que destruir a Su Majestad, y acudí también a la ejecución, horrorizado, en virtud del poder de la maestra Landa de trasladarnos en el tiempo y en el espacio. Me recuerdo, después de la primera vez que la maestra nos habló de María Antonieta, corriendo, ávido, a la librería Porrúa, a unos pasos de la prepa, a comprar la vibrante biografía que sobre la reina de origen austriaco escribió Stefan Zweig.

Al terminar la clase, sin pensar que la profesora debía estar exhausta por lo vívido de sus exposiciones, yo la atosigaba con observaciones, preguntas y referencias que me permitieran prolongar el placer de aprender de su sabiduría y le demostraran que efectivamente estaba leyendo los libros que nos recomendaba. Ella siempre me soportó con gentileza, respondiendo a todo lo que yo le decía, permitiendo que la acompañara a la salida del colegio, escuchándome atentamente. No se quedó en eso su generosidad: me prestó varios de sus libros que eran verdaderos tesoros. Al devolvérselos me esmeraba en hacerle comentarios que le parecieran inteligentes. Ella recompensaba mi afán con su amabilidad indeleble. ¡Ah, la maestra María Teresa Landa, la incomparable maestra María Teresa Landa!

Entonces yo no sabía nada de la historia que casi 40 años antes le había tocado protagonizar. Ella era para mí la gran profesora de historia universal. No la veía más que así, y eso era suficiente para que me tuviera alelado. Era un privilegio ser su alumno. Yo ni siquiera me había preguntado por su estado civil ni acerca de su pasado. Cuando me enteré de lo sucedido a finales de la década de los 20 de la pasada centuria ­¿cómo fue que se animó a contármelo, qué momento propicio tuvo que darse para que me abriera esa puerta?­, la maestra Landa, ya admirable y entrañable, pasó a ser para mí un personaje legendario y fascinante.

Estábamos en su casa. Conversábamos de mujeres destacadas de vidas difíciles y lugares prominentes en la historia. El tema nos apasionaba. Mi bombardeo de preguntas recibía respuestas que eran piezas narrativas o ensayísticas de arte mayor. En un momento le dije que cómo podía saber tanto. Sonrió un instante antes de ponerse seria, dar un trago a su whisky y mirarme a los ojos abismalmente:

¿Sabe, De la Barreda? Hay algo en mi vida que ni usted ni sus compañeros de clase se imaginan. ¿Quiere oírlo?

El episodio fue objeto de una magnífica crónica de Héctor de Mauleón, incluida en su libro El tiempo repentino (Ediciones Cal y Arena, 2000), elaborada a partir de notas periodísticas. Yo tuve el privilegio de conocer y disfrutar a la protagonista, y de escuchar de sus labios la historia, es decir, de estar allí.







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