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María Teresa Landa fue la primera Señorita México de la historia al ganar, una noche de 1928, el concurso de belleza auspiciado por el diario Excélsior. La triunfadora alta y esbelta, las suaves curvas y los finos huesos armonizando el cuerpo, la piel alabastrina, las sensuales ojeras bajo unos enormes ojos oscuros y brillantes que derretían lo que miraban, la sonrisa que era reflejo de su luz interior, el cabello de azabache y seda, el hablar fluido y gracioso, el donaire de los pasos cautivó a los escrutadores, quienes desde el primer momento que admiraron su rostro y su silueta en la pasarela quedaron convencidos de que ninguna otra concursante podía ser la elegida. Al aparecer al día siguiente sus fotografías en los periódicos, los lectores se demoraban en la deleitosa contemplación de la imagen. Nadie puso en duda la justicia del triunfo. El país tenía una inmejorable representante de la hermosura y la gracia de sus mujeres.
En ningún sitio pasaba inadvertida. Por donde andaba atraía las miradas, ya fueran de delectación, de entusiasmo, de deseo, de envidia, de asombro. La atracción crecía al escucharla, pues el ingenio y la simpatía signaban sus palabras. Como a todas las mujeres guapas, le gustaba ser vista, y también le gustaba ver el mundo que la rodeaba, observar las cosas, examinar a la gente, sumergirse en meditaciones. No había conocido el amor... hasta que se atravesó en su senda, en aquel velorio al que acudió el 3 de mayo de 1928, el general Moisés Vidal, de 35 años, 17 mayor que ella.
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Él era un hombre difícil ¿qué hombre no lo es para quien lo ama?, autoritario y rígido, pero no estaba desprovisto de cierta simpatía o así se lo hizo creer a María Teresa la flecha inapelable de Cupido. Ella intentaba amoldarse a su carácter, y él, para corresponderle, se quedaba hasta las tres de la madrugada al pie de la ventana de su novia. La Señorita México llegó a sospechar que lo hacía para distraer sus insomnios aunque él le juraba que era para demostrarle su constancia y su adoración. También se las demostraba escribiéndole versos. Eran de calidad mediocre, pero nadie tiene la culpa de no ser asistido por las musas. Lo importante es que expresaban la pasión que la bella joven despertaba en el militar.
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María Teresa Landa asistió, representando a México, al concurso internacional de belleza celebrado en Galveston, Estados Unidos. Antes de su partida, el general le hizo prometerle que se casarían en cuanto ella regresara. El certamen lo ganó una rubia que no tenía los encantos de nuestra compatriota, pero canchas vemos y árbitros no sabemos. La mexicana conquistó al público y a varios productores cuyas proposiciones de actuar en Hollywood declinó. La esperaba en su país el matrimonio.
Sin avisar a sus padres, María Teresa acudió el 24 de septiembre de 1928 al juzgado donde su prometido tenía todo listo para la boda, incluyendo testigos mendaces. La recién casada tardó varios días en dar a sus padres la noticia. El padre se enfure-ció. Molesto e intrigado por la clandestinidad de la ceremonia, investigó las circunstancias y constató la falsedad de los testigos. No había duda: Moisés Vidal había jugado chueco. Pero estaba en riesgo el honor de su hija, que en aquellos años exigía el connubio para toda relación erótica. Entonces empezó a preparar la boda religiosa.
El primero de octubre, María Teresa y Moisés contrajeron matrimonio ante un altar. El padre de la muchacha no pudo evitar la asociación de ideas: se estaban casando Venus y Marte. Al poco tiempo, los cónyuges viajaron a Veracruz, donde el general Vidal debía combatir el movimiento de Escobar. Un hermano cura del general volvió a bendecir la unión y se congratuló de que Moisés se casara con "la mujer ideal". En julio de 1929 Vidal recibió la orden de regresar a la ciudad de México. Los esposos se alegraron.
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La pareja instaló el domicilio conyugal en casa de los padres de María Teresa. Hombre celoso, Moisés aseguraba así que cuando él saliera ella no se quedase sola. Eran tiempos en que las mujeres no trabajaban fuera del hogar ni salían sin compañía. Sus horas transcurrían en la morada, quizá no siempre de forma amena. Ni siquiera se contaba con la televisión, cuyo invento aún estaba lejano. Pero el amor, o la educación y las costumbres, propiciaban en las casadas la sumisión al marido.
Ejercitante de sus prejuicios y sus obsesiones, Vidal prohibió terminantemente a su mujer que hojeara el periódico. Una señora decente no tenía por qué enterarse de los crímenes y demás indecencias que llenan las páginas de los diarios. María Teresa no quería pelear respondiendo que no aceptaba la orden y acató la prohibición de dientes para fuera. Era una mujer curiosa del mundo, de la estirpe de Pandora.
El domingo 25 de agosto de 1929, los padres de María Teresa salieron muy temprano, ella de compras a La Merced y él a atender la lechería de su propiedad. María Teresa se levantó media hora después que su esposo. Mientras bebía, enfundada en una bata de seda azul, una taza de chocola-te, vio sobre la mesa ¿quién pudo dejarlo allí? el Excélsior. Las ocho columnas de la segunda sección dieron inicio a la pesadilla: "Acusan de bigamia al esposo de Miss México, María Teresa Landa". El día anterior, otra María Teresa, de apellido Herrejón, había acudido ante un juez a demostrar que era la legítima esposa de Vidal, con quien había procreado dos hijas, y a acusar a su marido por adulterio y bigamia. En esos momentos, la madre de la Señorita México regresó de sus compras. Alcanzó a presenciar cómo su hija, de pie, exigía una explicación al bígamo, quien, sentado en un sillón, negó que la noticia fuera cierta.
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En abril de 1923 se casaron María Teresa Herrejón y Moisés Vidal. En Cosamaloapan, Veracruz, establecieron su domicilio conyugal y tuvieron a sus hijas. Vidal acababa de ser ascendido a general. Viajó a la ciudad de México a realizar ciertos trámites que demorarían algún tiempo. Dejó a su mujer encargada con uno de sus hermanos. No le mandaba dinero, pero no la olvidaba: le escribía cartas en las que le refrendaba sus juramentos de amor. A principios de 1929 las epístolas cesaron. Había conocido a otra María Teresa, que robó su corazón. Aunque lejos, la cónyuge oyó los rumores y fue a buscar al ausente. éste ya no se alojaba en el hotel desde el cual había escrito las misivas. La mujer recurrió a un abogado y demandó a su esposo. Demandado, Vidal buscó a su consorte. El viernes 23 de agosto le pidió perdón, le ofreció el pago de una pensión, le suplicó que retirara los cargos y la convenció de que aceptara el divorcio voluntario. Le prometió que al día siguiente iría a ver a sus hijas, a quienes llevaría caramelos y chocolates. La visita prometida no llegó ni el sábado 24 ni después.