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Enrique E. Sánchez Ruiz  ¡Ah, la producción!


 Concentración y leyes en la industria audiovisual

 Enrique E. Sánchez Ruiz


La concentración en una misma empresa de las fases de producción, distribución y emisión final de emisiones televisivas ha traído como consecuencia, como sostiene Enrique Sánchez Ruiz en este ensayo, estructuras ologopólicas en nuestro sistema audiovisual. Retomando experiencias de la legislación estadounidense, el autor plantea la necesidad de desarrollar un sector de producción competido e independiente de las empresas televisivas.


Foto: Brill's Content
El objetivo de este artículo es introducir un aspecto que se ha discutido poco dentro del debate reciente que podría llevar a una nueva legislación de los medios electrónicos de difusión. Juzgamos útil e interesante comparar con el caso de Estados Unidos, donde la legislación más reciente ha propiciado un creciente proceso de concentración. Podría ser que en México fuera necesario comenzar a hacer lo que los estadounidenses ya no hacen, mediante las leyes y otros instrumentos de política pública.

Es urgente en México poner al día las leyes ­y, de hecho, las políticas públicas en general­ referentes a los medios electrónicos de difusión, desde lo relativo al derecho a la información y la libertad de expresión hasta su actualización respecto del progreso tecnológico más reciente. Hay muchos cabos sueltos que, con el transcurso del tiempo, se han multiplicado ante los desarrollos sociopolíticos, culturales, económicos, tecnológicos, etcétera, que se traducen por lo menos en tres principales tendencias: 1) la transición a la democracia en que está embarcado nuestro país, proceso en el cual, aun a su pesar en ciertos momentos, han tenido y seguirán teniendo un papel importante los medios de difusión; 2) la llamada globalización, fase actual del sistema capitalista mundial, con la consecuente redefinición, aunque todavía no desaparición, del Estado-nación y la soberanía nacional, y 3) en el terreno de lo tecnológico (y lo empresarial), la convergencia entre los sectores de la computación y demás tecnologías de información, con las telecomunicaciones y con el sector de las industrias culturales.1 Este aspecto implica no solamente regular socialmente las posibilidades presentes y futuras de combinaciones entre los diversos medios, tecnologías y plataformas, sino también la tendencia actual a las grandes fusiones y adquisiciones entre los enormes consorcios de medios, de telecomunicaciones, de computación, etcétera, que a su vez configuran tendencias de concentración acelerada, al converger potencialmente sectores que, de por sí, previamente estaban altamente concentrados (por ejemplo, los teléfonos y la televisión en nuestro país).

La polémica lleva mucho tiempo, con fuertes resistencias a que surja una nueva legislación por parte de quienes se benefician de una operación de los medios con relativamente poca regulación por parte de la sociedad, a la que afecta cotidianamente tal funcionamiento.2 Pero quizá pronto sea ya posible que una iniciativa de ley de comunicación social no sea "congelada" ­tal como ocurrió en las dos legislaturas previas­ por un Poder Legislativo que estaba hegemonizado por un partido, el PRI, que obviamente compartía los intereses de quienes han tratado que nada cambie.

El argumento principal de crítica por parte de los concesionarios y propietarios de medios fue que se trataba de una "ley mordaza". Recordemos también el debate sobre el derecho a la información de fines de los 70 y su abrupto fin, cuando el entonces diputado priista Luis M. Farías (concesionario de radio y ex empleado de la familia Azcárraga) declaró que no se le podía encontrar "la cuadratura al círculo".3

Hay muchas propuestas y temas que se han discutido en los últimos años, desde diferentes puntos de vista y sobre diversas dimensiones, y hay un consenso bastante amplio, sobre lo necesario que es actualizar la legislación mexicana de medios.4 Uno de esos aspectos es el del régimen de concesiones, mismo que, tal como se ha ejercido hasta ahora, de forma prácticamente discrecional por parte del Poder Ejecutivo, ha propiciado un alto nivel de concentración de la industria en unas pocas empresas ­en particular, en el caso de la televisión­.

La producción, la distribución y la "emisión-exhibición". Una visión comparativa

Foto: The World & I
Hay un aspecto de la concentración que se ha soslayado, mismo que, si se enfrenta y resuelve adecuadamente, podría contribuir para el eventual florecimiento de una industria audiovisual más plural, competida en el país y más competitiva a nivel de los mercados mundiales. Esto se refiere a que históricamente en nuestro país se propició la concentración ­en la misma empresa­ de las fases de la producción, la distribución y la emisión final de programas televisivos, lo cual no es inevitable, o "natural", por más que haya en México a quien le interese que se piense lo contrario. Por ejemplo, en la televisión de Estados Unidos, prácticamente todos los programas de ficción y de entretenimiento (series y miniseries, comedias, concursos, etcétera) son producidos por compañías que no forman parte de las grandes redes (ABC, NBC, CBS, Fox, a las que en los últimos dos o tres años se les han sumado UPN y WB).

Ese polo de la producción audiovisual incluye a los grandes estudios cinematográficos, pero también a una miríada de empresas "independientes". Así, por ejemplo, según la revista TV Trends, de la entidad que organiza cada año el principal mercado mundial de programas de televisión (NATPE), las series que se exhibieron por las redes en 1998 fueron producidas por 33 diferentes empresas5 (con un relativo alto grado de concentración, pues seis de éstas daban cuenta de 61% de los programas); en 1999, 31 compañías produjeron los 142 shows de que constó la programación de las redes6 (cinco firmas habiendo realizado 53%); en 2000, eran 22, de las cuales cuatro habían producido 54% de los programas.7 Estas cuatro últimas fueron: Twentieth Television (24 programas); Warner Bros (22); Disney/Touchtone (15) y Paramount (14).8

A pesar de que se observa una tendencia a la disminución de las productoras, y de que hay una tendencia complementaria a la concentración en unas pocas, siguen constituyendo un entorno competido que en México prácticamente no existe.9 Cada vez que converso sobre este tema, mis interlocutores automáticamente suelen mencionar el papel que ha cumplido recientemente en México Argos, como productora independiente. El problema es que una empresa ­o unas pocas, pues Argos no es la única­ no necesariamente constituye un sector, con un grado aceptable de competencia y diversidad. Algo similar ocurre con la "era de la competencia" que se supone trajo la privatización de Televisión Azteca. Mientras que en México, en la televisión aérea, tenemos a dos corporaciones que producen casi todos los programas nacionales que emiten, con unas pocas excepciones, en Estados Unidos hablamos de cinco redes a las cuales "surten", por lo menos, una treintena de productoras.

Además de haber diversas compañías productoras, en el país vecino hay firmas distribuidoras, si bien muchas de éstas vinculadas con las grandes empresas de la producción audiovisual, pero varias también ajenas a los grandes consorcios. Así, durante los años que ejemplificamos antes, la programación "sindicada" (es decir, aquella no transmitida en cadena por las grandes redes, consistente en programas grabados alquilados por las estaciones a entidades intermediadoras) fue distribuida en 1998 por 48 empresas10 (seis de ellas dando cuenta de 43.2%); en 1999, por 47 compañías11 (de las cuales cinco distribuyeron 42.4%); y en el 2000, 43 firmas (cinco de éstas con 51.5%).12 Entonces, otra vez, no es ni "natural" ni inevitable que una misma gran corporación cumpla las tres funciones de producción, distribución y exhibición. La mala noticia en el caso estadounidense es que las leyes que trataban de prevenir e impedir la concentración excesiva fueron sustituidas desde 1996 por la Ley de Telecomunicaciones actualmente vigente. Si bien es cierto que durante los últimos años se han observado espectaculares fusiones y adquisiciones entre grandes corporaciones, como con la que nos saludó el año 2000, entre America Online y Time Warner, y que la tendencia global parece ser hacia la convergencia y concentración entre enormes grupos multimedia,13 debemos comentar que las medidas que se tomaron previamente y duraron varios decenios en Estados Unidos permitieron que, como ya se mencionó, sigan subsistiendo diversas empresas compitiendo en los tres sectores o fases de la industria audiovisual.

En México no se tomaron históricamente medidas que limitaran una concentración excesiva, lo que trajo como consecuencia la estructura oligopólica tan cerrada que existe en nuestro sector audiovisual. Por eso es importante que se comiencen a tomar este tipo de medidas, que propicien un entorno de mayor competencia que, a su vez, refuerce la competitividad del sector.

Foto: Brill's Content
Aclaramos a estas alturas que no proponemos que se imite tal cual lo que hacen ­o, como es el caso, lo que ya no hacen­ los estadounidenses, en términos de lo que, por lo menos desde Samuel Ramos, se ha dado en llamar una "imitación extralógica". En este caso hacemos la comparación y las referencias a lo estadounidense, especialmente debido a que es el país de referencia para quienes con retórica "neoliberal" favorecen que permanezca una estructura tan altamente concentrada como la que existe en nuestro sector audiovisual. Las medidas específicas que surjan en México deberán partir de las condiciones propias. Sin embargo, es sano tener una visión comparativa para: 1) no "inventar la rueda" o, en todo caso, 2) no olvidar reinventarla cuando es necesario. Recordemos entonces algunas disposiciones que caracterizaron a la legislación estadounidense hasta 1996, que pueden servir como puntos de referencia para reflexionar los cambios posibles, que propicien una relativa desconcentración y descentralización del sector en nuestro país.

En primer lugar, en el país adalid del capitalismo, de los grandes consorcios transnacionales y de los descomunales monopolios y oligopolios, tradicionalmente se han puesto barreras políticas y legislativas a la concentración monopólica de la propiedad, a partir de la doctrina neoliberal, que juzga el monopolio como el peor mal de la economía, pues obstaculiza el funcionamiento libre de las fuerzas del mercado. Por cierto, este tipo de acciones es un reconocimiento implícito de que el mercado libre, dejado a sus propias fuerzas, tiende hacia la concentración y el monopolio, y no hacia el equilibrio y la distribución equitativa, como se supone. En el caso de los medios audiovisuales, por un lado, se han establecido límites a la propiedad y, por otro, se han separado las fases de producción, distribución y emisión de programas.

Por ejemplo, en Estados Unidos estaba acotado el número de estaciones que una red podía tener en propiedad. En 1985 se amplió el límite de siete a 12. Pero, además, operaba otra restricción: una red no podía poseer estaciones que llegaran a más de 25% de la población estadounidense, como audiencia potencial. La ley de 1996 amplió el lindero a 35%. En nuestro país, en principio no hay límites; pero además, en EU había restricciones a la propiedad de medios diferentes, como redes de televisión por aire poseyendo estaciones de cable en una misma plaza, o de empresas telefónicas compitiendo con operadoras de cable en una misma plaza. La mayor parte de estas prohibiciones se levantaron en 1996.14 El principal objetivo de la Ley de Telecomunicaciones se planteaba en el primer párrafo: "Una Ley para promover la competencia y reducir la regulación en orden a asegurar más bajos precios y más alta calidad en los servicios para los consumidores estadounidenses y para promover la utilización pronta de las nuevas tecnologías de telecomunicaciones".15 El resultado, sin embargo, parece haber sido el comienzo de una etapa acelerada de fusiones, adquisiciones y alianzas que apuntan hacia una más alta concentración de la propiedad y el control de las industrias culturales, las telecomunicaciones y la autopista de la información, el entretenimiento y la educación.16

De hecho, a pesar de un reciente informe de la Federal Communications Commision (FCC), que afirma que los objetivos referentes a la competencia se han cumplido, hay otros puntos de vista, especialmente los que niegan que se haya logrado mayor calidad a mejores precios para los consumidores, en virtud de una disminución en la competencia.17 En virtud de las críticas vertidas, se ha reanudado el debate acerca de la propiedad de los medios y las telecomunicaciones, en el seno de la instancia de regulación, la FCC.18

En México, la Comisión Federal de Competencia ­creada apenas en el sexenio salinista­ ha comenzado a ejercer algunas acciones para controlar fusiones que se puedan traducir en situaciones de control monopólico, como ha ocurrido recientemente con el intento de asociación entre Radiópolis y Acir. Es un posible comienzo, en un país tan acostumbrado al monopolio y con una cultura política autoritaria dominante. Pero regresemos a la dimensión que indicábamos antes sobre las fases de producción, distribución y exhibición, en el caso estadounidense.

En 1941, la Federal Communications Commission redujo el creciente poder de las redes radiodifusoras, al poner el control último de la programación en las estaciones, más que en las redes.19 Así, el Reglamento de Radiodifusión en Cadena (Chain Broadcasting Rules) prohibía a las redes imponer a las estaciones cualquier programa en particular.

En los años 70, la FCC estableció otras reglas que, además de limitar el poderío de las redes, propiciaron el crecimiento de productores y distribuidores: la Regla de Acceso a Tiempo Primado20 (Prime Time Access Rule ­PTAR­) y las reglas de "interés financiero" y "sindicación" (Financial Interest and Syndication Rules, conocidas como Fin-Syn rules).

En la primera (PTAR) se limitó el prime time a tres horas entre semana y se estableció media hora diaria de "tiempo de acceso", durante el cual se debía alentar la inclusión de programas locales, fuera de los proveídos por las redes. Si bien es cierto que hubo algún desarrollo de producciones locales, en realidad se propició el surgimiento de nuevos productores y distribuidores (syndicators) nacionales. Se piensa que además esta regla ayudó al crecimiento de estaciones independientes que constituyeron la base de lo que en los últimos dos decenios surgió como las nuevas redes (Fox, UPN y WB, que se han sumado a las tradicionales ABC, CBS y NBC). Se eliminó esta regla en 1995, un año antes de la entrada en vigor de la nueva legislación.21

Las reglas (Fin-Syn) limitaban la propiedad de las redes de su propia programación (solamente se les permitía producir informativos, noticias y deportes) y les prohibían participar en la distribución (syndication) de programas en Estados Unidos. Este reglamento permitió el desarrollo de compañías independientes, pequeñas y medianas de producción, además de haber favorecido la participación de los grandes estudios de Hollywood en la producción televisiva. Pero lo importante es que las llamadas reglas Fin-Syn obligaron a que la industria televisiva se desarrollara en una forma menos concentrada, más diversa y competida. Sin embargo, también a partir de 1995 se comenzaron a levantar las prohibiciones de este reglamento, que fue eliminado totalmente con la Ley de Telecomunicaciones de 1996.

Las consecuencias de esta ley que pretendía impulsar la competencia son aparentemente contrarias: "El fin de las reglas de PTAR y de Fin-Syn ha conducido a un renacimiento de la integración vertical y horizontal en las industrias de medios, permitiendo un incremento rápido en la complejidad y el poder de las corporaciones más grandes".22 Una muestra de que las redes ya están comenzando a hacer uso de su creciente poder es la siguiente cita de una nota periodística:

"A aquellos productores, escritores, actores y sindicatos que sienten que el nivel de control ejercido sobre ellos por las redes de televisión se ha expandido ominosamente en años recientes, aquí hay una nota de solaz.

"Las afiliadas a las redes, estaciones que en realidad son las que diseminan la programación de ciudad en ciudad a través de Estados Unidos, dicen que se sienten precisamente igual.

"En marzo, 600 estaciones de televisión registraron una queja ante la Comisión Federal de Comunicaciones, afirmando que las redes están abusando de su relación con las afiliadas en violación, las estaciones arguyen, de la ley de comunicaciones existente."23

De nuevo, en nuestro país expresiones como la anterior en la actualidad no serían posibles, porque ya estamos acostumbrados a una concentración excesiva de actividades, estaciones, poder, etcétera en el sector audiovisual, en especial en la televisión mexicana, que parece tener una especie de "vocación monopólica".

De hecho, cada una de nuestras dos grandes empresas televisivas tiene a su vez varias redes nacionales (o seminacionales), de las cuales prácticamente todas las estaciones son de su propiedad (total o parcial, directa o "indirecta"). Pero, de nuevo, si las cosas van a cambiar, deben comenzar a hacerlo en algún momento. Si en México vamos a conocer la democracia y el pluralismo, se tiene que empezar a legislar y a ejercer políticas públicas en contra del monopolio mediático. Este debe ser un aspecto central de las propuestas para una nueva ley de comunicación social, como la que se pretende establecer. El problema, en todo caso, es quién establece los términos de la discusión legítima. Si bien los actuales beneficiarios del orden prevaleciente son actores legítimos, que seguramente deben participar en las discusiones y las negociaciones, todos los otros posibles participantes deben tener claro que el interés particular de Televisa, o de TV Azteca, no es necesariamente el interés de todo el sector audiovisual mexicano y, por lo tanto, no es necesariamente el interés del país entero.

Foto: Bernardo
Moncada
De nuevo, comparativamente, una razón de que la Ley de Telecomunicaciones de 1996 de Estados Unidos esté permitiendo los procesos de concentración es que aparentemente fue hecha con poca participación de grupos alternativos a los de los intereses de las grandes corporaciones. Dice un crítico del proceso: "Quizá una de las más corruptas piezas de legislación en la historia de Estados Unidos, la ley fue efectivamente escrita por y para los negocios. Mucho se arguye del compromiso de la ley con los mercados competitivos. De hecho, este es un eufemismo para una desregulación que casi ciertamente llevará a una mayor concentración".24

Es importante que se tengan en cuenta intereses y voces más allá de los de la industria cultural. Además, si bien aquí nos hemos referido casi exclusivamente de manera explícita a la televisión aérea, es importante recordar que estamos en realidad hablando de un espacio audiovisual complejo, convergente con otros campos, como el de las telecomunicaciones y el de las tecnologías de información.

¿Estamos "condenados" al monopolio?

¿Por qué es importante que se propicie en México el desarrollo de un sector de producción audiovisual competido, separado y diverso de las grandes "redes"? En primer lugar, porque se está generando una demanda muy grande, con el desarrollo de la televisión de paga (cable, microondas, DTH), además de la convergencia, por la digitalización, hacia otras plataformas audiovisuales (DVD, multimedia, Internet, tv digital, etcétera).

En algún lugar debemos incluir el regreso de los públicos del cine a las salas múltiples, que son un eslabón más de la cadena de realización de la producción audiovisual contemporánea y a donde muy pronto las películas llegarán en transmisión vía satélite, como a la tele. Es decir, se necesitan muchos programas de diversos tipos: telenovelas, películas, documentales, videoclips, etcétera, para llenar todos los nuevos canales y plataformas audiovisuales que están surgiendo. Televisa, TV Azteca y dos o tres empresas independientes no van a poder proveer todo el material requerido ya en este nuevo entorno de opulencia audiovisual.

México debe estar abierto a toda la pluralidad cultural posible que pueda llegar del resto del mundo, vehiculada por cualquier soporte audiovisual ­en la medida en que en verdad sea múltiple­.25 Pero también se debe promover un sector de producción diverso, plural, competido y competitivo: para que los mexicanos tengan oportunidad de narrar las propias ­y múltiples­ memorias colectivas, culturas y cotidianidades por estas vías. Que los mexicanos puedan contar sus propias historias al resto del mundo, como parte de intercambios múltiples; y no que desde Hollywood o Miami, principalmente, nos sigan contando de nosotros mismos los estereotipos anglosajones.

Estamos hablando de competitividad en los mercados mundiales; pero también nos referimos a la posibilidad de expresión pública de la diversidad cultural que constituye al país; de que sea "desde acá mismo" que se diseñe la "comunidad imaginaria" que seamos como nación. Todavía desde el punto de vista económico, la concentración se relaciona con el control monopólico, es decir, con las posibilidades del establecimiento discrecional de los precios en la industria cultural, junto con la disminución de la calidad. La argumentación anterior es de índole principalmente económica, tiene que ver principalmente con frenos a la competencia; pero la alta concentración audiovisual se relaciona también con lo político: con la falta de competencia democrática, con la poca diversidad y escaso pluralismo, en las pocas voces que pueden acceder a hacer públicos sus proyectos de nación.

No me canso de repetir que el monopolio no es destino histórico ineludible, aunque quienes usufructúan de las tendencias monopólicas y sus apologistas así lo aseguren.



Notas

1 Ver un planteamiento contextual de estos procesos en: Enrique Sánchez Ruiz, "Globalización y convergencia: retos para las industrias culturales latinoamericanas", en Revista Universidad de Guadalajara, núm. 20, otoño, 2000.

2 Ver: CIRT, Libertad de expresión y responsabilidad social, México, Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión, 1998.

3 Enrique Sánchez Ruiz, "Hegemonía y reformas preventivas. Reforma política y derecho a la información, 1977-1982", en Comunicación y Sociedad, núm. 9, mayo-agosto, 1990.

4 Una pequeña muestra de los temas y las posturas se puede ver en: Hacia la normatividad de los medios de comunicación, México, Grupo Parlamentario del PRD, Cámara de Diputados, LVI Legislatura, 1997; y Los medios públicos de comunicación en el marco de la reforma del Estado en México, México, Comisión de Radio, Televisión y Cinematografía, LVII Legislatura, Cámara de Diputados, 2000.

5 TV Trends, vol. 1, núm. 1, otoño 1998. Hay que recordar que la network programming es la que se transmite en cadena durante el tiempo en que las estaciones afiliadas a la red (CBS, NBC, ABC) están enlazadas a la misma. El tiempo restante, las estaciones emiten ya sea programación local, o "sindicada", es decir, adquirida a ciertos distribuidores.

6 TV Trends, vol. 2, núm. 1, otoño 1999.

7 TV Trends, vol. 3, núm. 1, otoño 2000.

8 www.natpe.org/resources/tvtrends_f00/netprod.html (bajada el 19/11/00).

9 Las llamadas majors (Disney, Sony, Metro Goldwin Mayer, Paramount, Twentieth Century Fox, Warner Bros, Vivendi-Universal) se agrupan en la Motion Micture Association of America (MPAA). Estas generan alrededor de la mitad de la producción audiovisual de Estados Unidos. Pero, por ejemplo, la American Film Marketing Association

(AFMA) agrupa a más de 130 productores independientes. Casi la mitad (46.4%) de sus ventas en 1999 al exterior fueron para televisión ("AFMA 1999 Membership Sales Survey", en www.afma.com).

10 TV Trends, vol. 1, núm. 1, otoño 1998.

11 TV Trends, vol. 2, núm. 1, otoño 1999.

12 TV Trends, vol. 3, núm. 1, otoño 2000.

13 Ver Robert W. McChesney, "Global media, neoliberalism and imperialism", en Monthly Review, vol. 52, núm. 10, marzo, 2001.

14 J. Walker y D. Ferguson, The broadcast television industry, Needham Heights, Allyn & Bacon, 1998; Robert W. McChesney, "La ley de las telecomunicaciones de 1996: una mirada a los antecedentes históricos", en Videazimut, CLIPS, núm. 10, 1998 (www.videazimut.org/s/clips/10-3.html).

15 Telecommunications Act of 1996, S.652, One Hundred Fourth Congress of the United States of America, Washington, 3/1/1996.

16 Granville Williams, "Ownership report. Bestriding the world", en Media Channel, 2001 (www.mediachannel.org/ownership/granville.shtml, bajado el 12/04/01).

17 FCC "Annual Assessment of the status of competition in the market for the delivery of Video Programming", Washington, Federal Communications Commission, 8 de enero, 2001; ver otro punto de vista en: "Lessons from 1996 Telecommunications Act: Deregulation before meaningful competition spells consumer disaster", Consumer Federation of America/Consumers Union, febrero, 2000.

18 Jim Landers, "FCC to resume media ownership debate", en The Dallas Morning News, 5 de agosto, 2001 (www.dallasnews.com).

19 Recordemos que el esquema de las redes en Estados Unidos se basaba principalmente en un principio en un encadenamiento de estaciones afiliadas, no necesariamente de propiedad de la red, con fines de compartir programación y ventas publicitarias conjuntas.

20 Como sabemos, prime time es el equivalente a lo que en México llamamos tiempo "Triple A".

21 J. Walker y D. Ferguson, The broadcast television industry, Needham Heights, Allyn & Bacon, 1998.

22 Ibid., p. 80.

23 Brian Lowry, "Not one big, happy family anymore", en Los Angeles Times, 11 de abril, 2001 (latimes.com, bajado el 12 de abril de 2001).

24 Robert W. McChesney, "The Internet and U.S. communication policymaking in historical and critical perspective", en Journal of Computer Mediated Communication, vol. 1, núm. 4, 1996, p. 5 (www.ascusc.org/jcmc/vol1/issue4/mcchesney.html).

25 Hemos hecho un balance reciente del sector en Enrique Sánchez Ruiz, "Globalization, cultural industries and free trade: An Assessment of the Mexican audiovisual sector in the NAFTA age", en V, Mosco y D. Schiller (eds.) Continental order: Integrating North America for cyber-capitalism, Rowman and Littlefield (en prensa).



Enrique E. Sánchez Ruiz es profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara.

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