Abusos y abucheos al son que marca el productor
Laura Islas Reyes
La fiesta empieza a las cuatro. Los invitados hacen fila para entrar media hora antes. Familias enteras,
adolescentes, parejas, amigos casuales y ociosos que pasan por el lugar concurren como limadura metálica al imán de
la curiosidad.
 |
Federico Wilkins |
La expectativa de todos se reúne para participar de un espectáculo para ir más allá de lo que permite ver el
ojo de una cerradura, y abrir toda la puerta que detrás suyo muestre una galería de infortunios y extravagancias.
Sobre la lateral del Periférico, el nuevo ojo de Televisa mira como costumbre vespertina el ánimo festivo y la inquietud de los visitantes en turno que aligeran la espera con la oportuna mercancía de algunos
vendedores de refrescos, papas, helados, dulces y cigarros.
La hora prometida se agota y los minutos pasan: cinco, diez, quince. Ya hay más de cien formados y la
ansiedad comienza a juntarse, como la basura de todo lo consumido y que un empleado de intendencia de la televisora,
en providencial rutina, previó recoger con dos bolsas de plástico amarradas en la baranda de la acera.
La fila por fin avanza y la impaciencia se detiene un momento, hasta que una vez instalados todos en una
sala, un hombre con gorra blanca pide tolerancia de una hora y deja a sus invitados en compañía de dos televisores y
unas máquinas despachadoras de refrescos y golosinas y los vendedores que se cuelan para continuar su agosto.
17:15. El hombre de la gorra blanca regresa para mostrar el camino hacia el Foro 14. Las expresiones de
los convidados se reparten, todo orden y asombro en el rostro de algunos que por primera vez recorren los pasillos
de Televisa. Los demás, reincidentes y asiduos visitadores de cualquier programa al que puedan entrar, platican
con un dejo de presunción sus experiencias anteriores.
Los niños quieren adelantar el paso para llegar al lugar prometido. Las madres hablan de los programas
anteriores y recuerdan en particular uno en el que "se pusieron buenos los guamazos".
Todos entran en la misma sintonía, en la dimensión de
Hasta en las mejores familias, que de manera
sensacional hace que tragedia y comedia se confundan, mientras lo repulsivo se vuelve una genialidad digna de festejar.
* * *
La escenografía versacesca con todas sus luces parece un edén circense en medio de tablas, escenarios
desarmados, cables y un olor penetrante a pintura fresca.
El hombre de la gorra blanca acomoda al público según el orden que sigue la fila. En lo único que repara es
que para los niños aquéllos que explica se supone no deberían entrar están reservados los asientos de las orillas.
El sitio ideal para que el paneo de las cámaras no los alcance.
Apenas instalados en su lugar, su acomodador hace algunas indicaciones generales que todos siguen con
atención festiva: aplaudir fuerte y apoyar las señas que él mismo indique, y en medio de risas pide no confundirlas
con otras que pasen por obscenas.
Todo está en su lugar: los seis panelistas enjuiciados con rostros inexpresivos y lentes oscuros, la corte de
los metiches implacables y el humor ácido de su apariencia; los guardaespaldas mal encarados que evitarán los
golpes en escena; el público ansioso, y la marquesina sobre las gradas que anuncia el tema del show: "Mi suegro me
pide que me acueste con él para poder ver a mis hijos".
En medio de esa pasarela kitsch
presentan a la conductora, Jackeline Arroyo, cuyo atuendo una blusa
entallada rosa mexicano y una minifalda azul cerúleo arranca silbidos y piropos, aunque no tantos como los que levanta
uno de los metiches implacables caracterizado como trasvesti.
Con todos enfundados en su papel y sin más preámbulo que un "vamos a grabar" y la cuenta regresiva de
cinco, da inicio la función.
Detrás de una cámara, el hombre de la gorra blanca se pone a la cabeza de los aplausos y las porras que
la concurrencia sigue animosamente. Cualquier exclamación pasa primero el trámite de sus sugerencias y cuando
el ruido amenaza con ser más del necesario, basta una seña de "bájenle" para atemperar los gritos.
La señorita Arroyo introduce en materia, con un gesto de indignación y estupor apenas verosímil, frente a
las vejaciones que animan el espectáculo de dos nueras agraviadas por sus suegros pervertidos.
Las tragedias se complican y se hacen más divertidas para el público que disfruta, ríe y celebra.
En el primer caso, hay una viuda a la cual el suegro acusa de "ofrecida y fácil" y que la suegra defiende,
aunque la vio en la cama con su marido. La segunda historia contiene un divorcio, lágrimas y hasta una patética
reconciliación que no gusta y que el respetable chotea hasta que los golpes animan nuevamente el asunto. Lo patético se
hace ridículo y lo ridículo, grotesco. Pero todo es motivo de fiesta, incluso los abucheos obedientes de la tribuna
que contiene la risa pero en ningún momento deja escapar comentarios y albures en la tribuna.
Las expresiones de indignación se vuelven remedos levantados en un coro de voces, también burlonas, que se
divierten mientras imitan expresiones de pasmo moralino "cómo", "no es posible" y "qué poca" frente a
la complacencia de la gente de producción.
Los niños son los más atentos. Desde sus asientos refundidos intentan levantarse para mirar con atención
la escena. Pocas veces ríen, pero no dejan de ocuparse en cada una de las situaciones que observan con
especial atención, como en un intento de atrapar y comprender todos los detalles que ven.
* * *
El primer bloque cierra y el público entra a escena con un aplauso que pretende ser estruendoso y sostenido.
Un técnico revisa el apuntador de Arroyo y alguien se acerca a los panelistas que escuchan con atención.
Doña Graciela, la suegra del primer caso, está nerviosa, se seca el sudor de las manos en el pantalón y desde
las gradas se puede leer la mirada y los labios de quien le dice que ha estado bien.
El show sigue. El segundo bloque se va también en la incredulidad verdaderamente increíble para todos de
la conductora ante la existencia de tales bajezas y depravaciones que son la materia prima de su trabajo. Las voces
en alto y las reconvenciones casi dulces de Jackeline Arroyo terminan cuando suena la campanilla que anuncia el
plato estelar: la esperada participación de los
metiches implacables.
Todo ensayado, el público lanza los gritos de guerra para cada uno de los célebres chismosos. Los niños
desde las orillas son los más entusiastas en los gritos, mientras la voz de las madres baja para escuchar acaso
orgullosas la de sus vástagos.
Chela, la mujer obesa con peinados exóticos; Betti, la mujer enana, y Furcio, un hombre con acento peculiar
se llevan las palmas; para Mayito, el homosexual con pantalones a la cadera y ombliguera, van dedicados los
piropos y albures, y Joseph, el nerd de dos metros con zapatos de plataforma, se queda con los abucheos que llegan
antes de que hile un par de frases. A cada una de las opiniones de los metiches, el suegro villano, agredido en
turno, responde con insultos de todos los calibres. Entre más soeces suenen, más festejados son.
En el diálogo de esa chunga mediática, la conductora entra al juego con un vaivén que azuza las ofensas, los
gritos y la comedia. Los ánimos comienzan a escaparse de los requerimientos técnicos y el hombre de la gorra
blanca controla el ímpetu del público cada vez más divertido por la cantidad de vilezas desplegadas.
Se acaba el segundo bloque con la promesa de un nuevo frenesí en el siguiente caso; el público se entrega
otra vez con aplausos que sacuden un poco el calor que empieza a pegar las ropas al cuerpo.
Con el gafete de Producción
Hoy sobre su sudadera morada, Federico Wilkins, radio en mano, se sienta
enfrente de un monitor, dispuesto a contemplar el siguiente fragmento de la
mejor de sus creaciones. Nadie en el
público lo reconoce. Wilkins pasa desapercibido hasta para los panelistas que tampoco parecen darle la importancia
que deja sentir su autoridad en el equipo de producción.
A partir de ese momento, el hombre de la gorra blanca no dejó de atender puntualmente cada uno de los
gestos de Wilkins; a cada dicho, a cada insulto, a cada ocurrencia, fue preciso voltear y mirar las señales apenas
perceptibles de la expresión adusta y concentrada del también productor de
Zona abierta.
* * *
El recuento de la tarde ya tenía un muerto, un divorcio resuelto con lágrimas, dos perversos y varios
niños desamparados. Faltaban los golpes y Arturo, el esposo enterado del abuso que sufrió su ex mujer Rosita, fue el
que complació el grito de ¡duro!, ¡duro!, ¡duro! del público.
Apenas en ese momento hacen acto de presencia los fornidos guardaespaldas que con un severo gesto,
inmutable y movimientos eficaces, se hacen cargo de la torpeza de las agresiones de Arturo para con su supuesto padre,
Mario. La pantomima funciona para que la gente se sacuda la falsa solemnidad de las lágrimas de Rosita en una
reconciliación anterior. Vuelve el ánimo festivo y los gritos que el señor Wilkins parece aprobar con su expresión
cautiva en el monitor.
Un segundo intento para que haya golpes enciende más los ánimos. Se desatan los gritos y por primera vez
en media hora de programa, Wilkins levanta la voz y se une al ¡fuera!, ¡fuera!, ¡fuera! que da final feliz al caso.
Como impulsado con un resorte, el hombre de la gorra blanca apenas ve la seña de Wilkins y hace lo propio
para animar a que todo el público se ponga de pie y demande la salida del depravado de la familia. El respetable,
como en una eufórica inercia, pide más y el suegro perverso del primer caso también es sacado.
El júbilo termina por desatarse cuando los metiches implacables vuelven para ser pitorreados como es
debido. Wilkins regresa a su seriedad y su radio hasta que un "recapacitastes" de Betti, la mujer enana, se roba su risa
de complacencia y el abucheo espontáneo de todos. Se salió del guión y le salió bien.
* * *
 |
Carmen Salinas |
La conductora cierra el programa con la estampa de una sonrisa de comercial para decir un final feliz que no
se puede encontrar en ninguno de los rostros de los panelistas que continúan con la misma expresión de
indiferencia que al principio.
La tribuna se enfría una vez que pasan los supuestos golpes y la exhibición de los metiches. Las
soluciones providencialmente encontradas no divierten mucho.
Wilkins se retira. Jackeline Arroyo y los metiches también. Los panelistas repudiados regresan a ocupar
sus lugares. El público también se queda para que se levanten más imágenes. Así que es preciso aplaudir, gritar,
fingir que se presta atención y seguir todas las instrucciones del hombre de la gorra blanca.
Producciones en serie. La noche, cuando menos hasta las nueve, se irá en la grabación de otro programa.
El público se queda en su mayoría para echar otro vistazo a la puerta abierta de los infortunios ajenos. Además, la promesa de un refrigerio y boletos para el cine hacen todavía más atractiva la idea. Los que se van, son
fácilmente sustituidos por otra fila ya hecha a las afueras de Televisa.
Se agotan las escenas que grabar, el público sale momentáneamente para cambiar lugares, los panelistas
devuelven los lentes oscuros a la gente del departamento de vestuario y se dirigen hacia los camerinos, los niños
piden autógrafos a los metiches que llegan y la gente de producción vuelve al orden inicial de la fiesta.
La celebración comienza a fraguarse de nuevo, en espera de que Wilkins regrese para contemplar un
episodio más de su obra maestra y haga sentir su autoridad con una mirada concentrada en un monitor y en las
instrucciones que da por la radio.
El voyeurismo no termina, tampoco la fiesta. Cambia de personajes, de caras, de circunstancias y lugares.
Llegan otros al paraíso versacesco que abre las puertas, de par en par, para explorar las increíbles desgracias que
suceden hasta en las mejores familias.