Otra gran figura del periodismo rioplatense con el que usted trabajó estrechamente, fue Natalio Botana.
Crítica era una fragua de grandes figuras. Toda la producción cultural entre los años 20 y 45 salió de allí.
Los hermanos González Tuñón, Borges, Roberto Arlt, "El Negro de la Tribuna" o sea Pablo Rojas Paz. Hubo un
momento en que el diario fue el gran rector de la vida argentina.
Con una relación zigzagueante con el poder.
Cuando ocurrió el golpe militar de 1930, Botana tuvo un fuerte desencuentro con Uriburu, razón por la
cual decidió irse a vivir a Montevideo. Pero, era tan poderoso, tenía tanto peso que, cuando decidió volver a
Buenos Aires, la gente pensaba que no bien llegara lo iban a poner preso, en lugar de eso, fue recibido por el canciller.
Fue el fundador de un diario formidable que nació y murió con él. Muerto él en un accidente de automóvil, se
formaron dos bandos, el de los varones -el Tito y el Poroto Botana-, y el bando de las mujeres -la China, y la viuda,
Salvadora Medina Onrubia-. Todos tenían afán de dirigir el diario, pero de resultas de esa pelea el diario se fundió y
terminó sin gloria, a punto tal que la sede del diario, que era un gran baluarte de Buenos Aires, casi un lugar de
peregrinación, tuvo un final bastardo funcionando ahora, en ese lugar, un organismo de policía.
Tuvo la oportunidad de conocer a algunas de las personalidades más importantes del siglo XX.
Es verdad, lástima haber perdido tanto material. Me he mudado varias veces, y es bien sabido que tres
mudanzas equivalen a un incendio. En el traslado de Montevideo a Buenos Aires he perdido muchísimas cosas.
Voy a preguntarle por alguna de las figuras que entrevistó. Empecemos por Federico García Lorca.
Lo conocí en Montevideo. Era muy divertido y humilde. Llevaba un traje blanco, de verano, y una especie
de polera a rayas blancas y azules. Charlamos con él en Radio "El Espectador", que era una especie de baluarte
intelectual de la primera etapa de la radiotelefonía en el continente. Compartimos esa charla inolvidable con un alto
poeta uruguayo, Carlos Sabat Ercasti -tío de Hermenegildo Sabat-, quien fue maestro de Neruda. Luego de la
entrevista, los tres nos fuimos al cementerio a poner unas flores en la tumba del pintor Rafael Barradas, que había
trabajado mucho tiempo en Europa, donde se hizo amigo de Lorca.
Pasemos del ángel al demonio. Hábleme de su entrevista con Goebbels.
Lo entrevisté cuando fui acreditado como periodista en las Olimpiadas de 1936 y él era el jefe de prensa. Fue
una gran sorpresa que el hombre fuerte de la propaganda del régimen atendiera a los pequeños periodistas del mundo
que habían ido a las Olimpiadas. Era un hombre pequeño, con un defecto en un pie. O sea, un hombre torcido no
sólo espiritualmente.
Cuénteme de su amigo Simón Radowistky.
Ése fue un ejemplar fenomenal. Estuvo 21 años preso en Tierra de Fuego, y salió en libertad por obra de
Crítica.
¿Cómo fue esa historia?
Simón le debió su libertad a doña Salvadora Medina Onrubia de Botana. Una mujer anarquista, bellísima,
que vestía la mejor ropa que venía de París. Era espiritista. En una sesión de espiritismo que compartió con el entonces Presidente de la República, Hipólito Yrigoyen, consiguió arrancarle la firma del indulto de Simón
Radowistky. Desde los 18 años estaba preso, cuando puso la bomba al coronel Falcón y su secretario, Lartigué. Era un
hombre romántico que se jugó la vida por sus ideales.
Hasta ahí fue Salvadora y no
Crítica quien contribuyó a la libertad de Simón.
Ocurre que el decreto si bien se había firmado, se pactó no darlo a conocer hasta que
Crítica creara un estado de ánimo favorable en la población. Entonces, el diario llevó adelante una campaña, con argumentos sentimentales
que exaltaban el idealismo y la abnegación de Radowitsky. Las mejores plumas del diario se dedicaron a esa
tarea apologética, y de exhortación al Presidente. Luego de lo cual, Yrigoyen publicó el decreto que hacía varios
días tenía redactado. La libertad de Radowitsky pasó a la cuenta de un gran triunfo periodístico de
Crítica.
¿En qué circunstancias usted conoció personalmente a Radowistky?
La dictadura de Uriburu, aplicó salvajemente la ley 4144 -conocida como ley de residencia-, expulsando a
sus países de origen a los muchos anarquistas españoles e italianos que había en Buenos Aires. Eso entrañaba un
riesgo tremendo, porque en España estaba el régimen dictatorial de Primo de Rivera, y en Italia gobernaba
Mussolini. Entonces, los anarquistas se organizaron para rescatar a esos presos cuando llegaban a Montevideo. Simón era
uno de los cabecillas del movimiento. Ocurre que en un barco no pueden llevar a un pasajero que viaja contra su
voluntad. Se aplicaba un reglamento de tipo internacional por el cual todo pasajero embarcado contrariando su voluntad,
debía ser desembarcado en el primer puerto que tocara el barco.
¿Cuál era su papel en ese movimiento?
Yo, por ese entonces, era un veterano telegrafista, trabajaba en relaciones públicas. Tenía franquicia de subir a
los barcos antes de que se le concedieran la "libre práctica". Con mi uniforme de mensajero de la Western
Telegraph Company -que me daba un aire casi militar-, era el primero en subir a bordo junto con Inmigración y Policía,
no bien llegaba el barco. Yo iba a ver al comisario del barco y le preguntaba cuántos presos llevaba a bordo. Me
decía la cantidad y los nombres. Yo hacía la lista y con un mensajero se la enviaba a Simón Radowistky. Él, en el
puerto, ya estaba preparado con una máquina de escribir, hacía un escrito -no había más que agregar los nombres-
pidiendo a la Prefectura el desembarco de quienes eran trasladados en contra de su voluntad. Ésa es la misión que me
tocó desempeñar y que sigue siendo uno de los mayores orgullos de mi vida.
¿Hasta cuándo se frecuentó con Simón Radowistky?
Hasta que Simón se fue a México. Allí murió, víctima de la tuberculosis que había contraído en Ushuaia.
Estaba deformado por los trabajos humillantes que le hicieron cumplir durante sus largos años de prisión. Tenía una
gran calvicie. Era de verdad un tipo simpatiquísimo. Tengo de él el mejor de los recuerdos.