Sergio Marelli
Fue el único periodista que cubrió todos los campeonatos mundiales de futbol desde 1934 hasta 1998. Pero el futbol era sólo una de las muchas pasiones que ardían en el alma de ese hombre, que manejaba con idéntica gracia el "lenguaje del tablón" y las hebras más sutiles del idioma poético. Muchas cosas aprendió "en esa gran aula a la intemperie con cielorraso de cielo, que son la calle y el mundo", casi tantas como en los libros cuya compañía siempre buscó sediento a lo largo de los años.
Tuvo una participación decisiva en el nacimiento y en la fama de algunos de los más importantes medios gráficos de ambas orillas del Río de La Plata -El Nacional y Marcha, en Uruguay; Crítica y Clarín, en Argentina-. Sus andanzas por el mundo, llevado tanto por exigencias del oficio como por curiosidad de vagabundo, lo acercaron a la Guerra Civil Española -donde estuvo a punto de ser fusilado por los franquistas, viendo con Neruda, en las calles de Madrid un río de sangre sin consuelo-, y a la Segunda Guerra Mundial -como corresponsal, entrevistó tanto a Goebbels como a integrantes de la resistencia francesa-, reflejando todo el horror y toda la dignidad con un lenguaje exquisito que en el periodismo actual va camino al olvido.
Tenía una facilidad congénita para acertar con la palabra justa, con la música secreta de cada frase. Varias
veces dio la vuelta al mundo, siempre tras la divisa blanca de los soñadores de la libertad. Esa fiebre del alma que
le cosquilleaba en los pies, lo hizo caminar con familiaridad por esa Europa de piedras enamoradas de los siglos,
pero también disfrutaba estar presente allí donde la historia crujía y estallaba, mezclándose con las víctimas, en el
humo y en el estruendo, con una vocación desesperada de dar testimonio desde el lugar de los hechos, aunque éstos
fueron "un oscuro rincón del mundo" como los bautizaría muchos años después el mayor terrorista de la historia.
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Ilustración: Hermenegildo Sabat |
Le gustaba quemar largas horas de chamuyo con los frates, con los compañeros de quehaceres y
quesoñares, porque nunca creyó que el tiempo valiera oro. "Eso del
time is money es otra mentira de los ingleses, esos
grandes pipetas que desde antiguo nos fumaron en cachimbo. Porque nuestro tiempo lo que quieren es que lo
transformemos en trabajo y de nuestro trabajo, el
money es para ellos y para nosotros, sólo la fatiga". Miraba con desdén la
atroz banalidad de estos tiempos donde reina la mezquindad y la "mentalidad
shopping center". Se burlaba, con un
humor bien criado, de los ignorantes llenos de certeza, de los eruditos en pequeñeces, de los "ortojodos".
Cultivaba fervientemente la martiana rosa blanca de la amistad, la poesía, la conversa estirada en esas tardes color de
mate compartido, la música de Troilo -"cuando le arranca a su bandoneón esas extrañas armonías parece que le
sacara virutas transparentes al alma de una niña enamorada"-.
Sus pies nunca perdieron la costumbre de pisar la realidad, por eso siempre caminó, con los ojos bien
abiertos, hacia la tierra de los sueños. Y todavía sigue caminando. Porque si bien es cierto que el 3 de junio de 1999
murió Luis Alfredo Sciutto, Diego Lucero vive para siempre en la historia grande del periodismo argentino. Lo que
sigue son algunos extractos de esa conversación que mantuvimos a lo largo de varias tardes de 1993.
Usted tiene una memoria incorruptible, con los recuerdos ordenados como naipes. ¿Por qué no escribe un
libro autobiográfico?
Los libros son un asunto muy serio. Cuando uno ve en las librerías miles de volúmenes, piensa que cada uno
de sus autores imaginó escribir un libro que hiciera historia; sin embargo, allí están, todos amontonados. La
Antigüedad ha dado algunos pocos libros en los que está resumida toda la sabiduría y toda la gracia de la que el hombre es
capaz. El resto son sólo refritos.
¿Cuáles son esos libros fundamentales?
La Biblia, El
Quijote, La Divina Comedia, y algún otro. Todo lo que puede crear el ingenio humano está
metido allí. Todo lo demás es viruta.
¿Qué mirada tiene sobre estos tiempos?
Son tiempos desconcertantes, de una peligrosidad de tal tipo y naturaleza que uno piensa que el desenlace
puede ser muy dramático. Da la impresión de que estamos asistiendo a la muerte de un mundo. Cosas que para nosotros tenían un valor fundamental van rodando hacia el vacío. La honradez y el honor ya no tienen peso. A dónde van
a desembocar estos tiempos, ése es el gran misterio. El mundo se está quedando sin agarraderas, no tiene de
donde sostenerse. Son tiempos de un feroz materialismo impulsados por una mentalidad de
shopping center, tiempos donde reina una necesidad increíble de tener dinero para satisfacer pequeñas ambiciones, haciendo que el hombre se
convierta en un ser indigno, servil, con tal de acumular dinero.