(Segunda y última parte)
Ignacio Ramonet
La rapidez es una característica relevante en la revolución digital. La información debe ser consumida
rápidamente, es decir, no importa cuál es el valor de la información que va a tratar de darse
en un espacio breve. Por ejem plo, si es la prensa escrita, se expresará no sólo con palabras muy sencillas sino
con frases muy cortas. Los títulos van a hacer casi una síntesis de lo que dice el texto.
Las noticias, pocas de éstas, tendrán más de dos o tres cuartillas y, evidentemente, en dos o tres cuartillas
hay muy pocas cosas que se pueden explicar. Es decir, la idea está en fraccionar la información; la concepción
metonímica de la información obedece a la idea de que el lector no sufra consumiendo.
Otro ejemplo, en los telediarios todos los estudios demuestran que la duración media de una información es
de alrededor de un minuto; no se pueden explicar tragedias como la del Oriente Medio o la del 11 de septiembre
en tan poco tiempo. Se puede consagrar a veces un amplio desarrollo cuando hay una información espectacular,
pero de manera normal se le da muy poco tiempo.
Otra característica es cómo la información se describe de manera maniquea, dicha rápidamente; busca un
objetivo emocional, suscitar emociones, por ejemplo, hacer reír o llorar. La información está hecha para distraer, es
cada vez más una forma de distracción.
En un periódico puede que haya información seria pero la inmensa masa de la información son distracciones.
La información tradicional, del tipo
People, se ha desarrollado demasiado: sucesos, dramas han alcanzado un
enorme espacio en la información.
En realidad, se trata de construir información sencilla, rápida y distractiva. Esta es una característica general
y universal. La prensa estadounidense o sus medios son, en cierta medida, el modelo y el motor de este tipo
de paradigma que se está imponiendo en el mundo. Cuando reflexionamos acerca de la importancia de la
información en una sociedad con vocación de formar conciencia ciudadana, de construir un sentimiento cívico, de cohesión
social o nacional, evidentemente hay una inmensa distancia entre ese proyecto que podemos atribuirle teóricamente a
la información y la práctica cotidiana de lo que podemos constatar en la mayoría de nuestros países de esta
práctica periodística. Es muy preocupante cuando nos preguntamos: ¿qué es un discurso cuyas características
principales son la sencillez elemental, la rapidez y la distracción? La respuesta es: ése es un discurso infantil. Porque sólo a
los niños se les habla con un lenguaje muy limitado para que entiendan. No se utilizan conceptos filosóficos
presocráticos, no entenderían; tampoco se utiliza un discurso que dure varias horas, porque se cansan. No se le habla
demasiado en serio, sino que se piensa que con la reactividad emotiva puede hacerle avanzar: ¿quién se expresa así?
Cualquier película de Walt Disney; las imágenes son rápidas, sencillas y todo siempre es muy emocional. Podemos
interrogarnos sobre la responsabilidad de una maquinaria informacional que en realidad está concebida para infantilizar
al ciudadano.
Otras características de la información es que, además de tener estas particularidades retóricas, está el hecho
de que la información fue extremadamente escasa; hoy es extremadamente abundante. Los antiguos filósofos
clásicos pensaban que el mundo estaba constituido de cuatro elementos: aire, tierra, agua, fuego, y que esos cuatro elementos fundamentales mezclados formaban nuestra realidad. Hoy, a principios del siglo XXI hay un
quinto elemento que se ha añadido a éstos: la información se ha hecho extremadamente sobreabundante. La
información nos inunda como nunca lo había hecho.
Hoy está demostrado que en un ejemplar de
The New York Times de fin de semana hay más hechos
reporteados que todos los que podía adquirir en toda su vida Shakespeare en el siglo XVII.
En la actualidad, por ejemplo, si alguien se interesa por una especialidad científica como medicina, física,
química o cibernética, y si está dispuesto a consagrar ocho horas al día a leer información sobre esas disciplinas, cada
día se produce sobre esa materia tanta información que para leerla se necesitan varios días, consagrándole ocho
horas cada día. Al cabo de esos días, cuando se trata de recuperar lo producido el lunes, ya se han perdido varias
semanas y, cuando se quiere recuperar esas semanas, toda una vida no sería suficiente. Es decir, hoy, el proyecto
del Renacimiento de leerlo todo, de conocerlo todo: el proyecto de Leonardo Da Vinci o de otros pensadores, Pico
de la Mirandola, es absolutamente imposible, varias vidas no serían suficientes para leer algo muy limitado.
Estamos en un universo en el cual hay más información de la que podemos consumir. No es un problema
de carencia de información sino de selección de ésta. Durante siglos, la mayoría de las sociedades han vivido
bajo sistemas autoritarios, que han practicado la censura, ya sea por dominación o por influencia de la Iglesia
católica o por el poder autoritario que ha existido en determinado periodo. El control de la información era capital para
el poder; la realidad de la información era la escasez, había muy poca información que circulaba y el control de
ese flujo era lo que proporcionaba más poder.
Hoy, esa situación ha cambiado. La información circula de manera abundante y nadie la puede detener. No
hay ningún poder suficientemente autoritario que impida la circulación de la información, es muy difícil. En la
mayoría de los países como los nuestros tenemos acceso a la información; Internet nos ha permitido tener acceso
a yacimientos literalmente oceánicos de información, la dificultad ahora es cómo guiarnos por ese laberinto.
Eso plantea enormes problemas como el de la censura, porque ésta ha cambiado. Antes, la censura la
ejercían el poder político o el poder moral y había muy poca información, nosotros decíamos hay que luchar para
obtener más libertad. ¿A qué le llamamos libertad? A la libertad de comunicar, de pensar libremente, de comunicar
ideas, de reunión, de expresarse o de imprimir, etcétera, eso es la libertad.
Por más información que había nuestra libertad no se modificaba y ése es el peligro en el cual estamos ahora a escala internacional. El peligro es que quizá aunque más información se produce menos libertad tenemos.
Porque la información ahora me confunde. Hay tanta, y frecuentemente no verificada, que ya no sé qué pensar. En
realidad, mucha de esa información es falsa, miente, como me mintieron con la Guerra del Golfo, como me mintieron
de Timisoara, como me mintieron de Bosnia, como me mintieron de Kosovo.
El funcionamiento de la verdad de nuestras sociedades es muy relativo: ¿qué es la verdad? La verdad es
cuando todos los medios: la prensa, la radio y la televisión dicen que algo es verdad, aunque sea mentira. Esto
restablece el principio que Aldous Huxley desarrolló en
Un mundo feliz: si usted repite algo 36 mil veces se hace verdad,
aunque no lo sea. Esta nueva realidad, de no saber dónde está la verdad, y que los medios deberían contribuir a guiar
en este laberinto, lo hacen cada vez de manera más confusa en nombre de los intereses económicos.