Juan Luis Cebrián
"Remontar el Orinoco es como remontar el tiempo". Alejo Carpentier definía así, en una
conversación con su compatriota cubano César Leante, la asincronía permanente de Latinoamérica. "Es el único
continente señalaba donde distintas edades coexisten, donde un hombre del siglo XX puede darse la
mano con otro del cuaternario, o con otro de poblados sin periódicos ni comunicaciones que se asemeje al
de la Edad Media, o existir contemporáneamente con alguien de provincia más cerca del romanticismo
que de esta época". Hace ya 40 años de este diálogo y, sin embargo, muchas cosas parecen no haber
cambiado en tan dilatado lapso. Latinoamérica sigue siendo un crisol de edades, etnias, culturas y
sensibilidades, un mundo en el que, al igual que el protagonista carpenteriano de
Los pasos perdidos, podemos aventurarnos a viajar hasta las raíces de la vida, en el cuarto día de la Creación. Como en el
Génesis, descubriremos entonces que lo que le da forma a ese todo pluriforme y aun caótico, es el logos: la palabra.
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Carpentier solía decir que en cualquier ciudad del mundo, no importa dónde se halle, uno
puede siempre encontrar un cubano. De esto debe saber Humberto López Morales, cubano de nacimiento
y puertorriqueño de adopción, que ha escrito un excelente libro sobre los hispanos de Miami, sus
comportamientos y aun sus manías lingüísticas, en el que nuevamente se pone de relieve la disyuntiva por la
que atraviesa el futuro del castellano en Estados Unidos: o la asimilación progresiva por el inglés, o la
instalación firme de un biculturalismo. López Morales concluye que no hay en el Gran Miami el menor
síntoma de que el español se esté convirtiendo en lengua obsolescente. Parecido resultado puede extraerse de
los trabajos del catedrático de la Universidad de Alcalá Francisco Moreno Fernández, que liga el futuro de
ese bilingüismo al progreso socio-económico de los hispanohablantes en Estados Unidos. Éstos son ya
oficialmente más de 30 millones, pero se acercan a los 40 si tenemos en cuenta los sin papeles. El
axioma histórico de que el imperio crea la lengua (Nebrija solicitaba que el castellano se llevara en
expansión adonde "acudan las fuerzas militares") viene siendo desmentido tercamente por el extraordinario
crecimiento del español en la primera potencia militar y económica del mundo. La población hispana es
desde hace tiempo la primera minoría de Estados Unidos, tiene un creciente poder electoral, y su
identificación cultural resulta tan sólida que obliga a los candidatos presidenciales a expresarse, siquiera
ocasionalmente, en español para demostrar su improbable solidaridad con ese colectivo humano. Hay 40
periódicos diarios, y más de 300 semanarios, editados en castellano en ese país, amén de tres cadenas de
televisión y miles de estaciones de radio. La población de origen mexicano constituye las dos terceras partes de
los latinos en Estados Unidos. Como dice Carlos Fuentes, ésta es una reconquista, pacífica pero
consistente, de más de la mitad del antiguo territorio de México que en su día fue arrebatado por Estados Unidos.
El investigador británico Daid Graddol asegura que en el año 2050 el castellano superará al inglés
(lo hablará 6% de la población mundial frente al 5% del último). La presión demográfica de los países
de habla hispana, junto con el creciente prestigio del español en el mundo, lograrán el milagro. En
muchos naciones de la tan vituperada vieja Europa, el español es la segunda lengua extranjera más estudiada
en escuelas y universidades, mientras su presencia resulta creciente en China, Japón y los tigres asiáticos.
El castellano es ya una lengua de comunicación internacional, empleada no sólo en los ámbitos
académicos o cultos, sino en la diplomacia y, en cierta medida, en los negocios. Pero el campo de la tecnología se
nos resiste y es de temer que, dado el atraso en los terrenos de la investigación y el desarrollo de las
naciones hispanohablantes, ésta sea una situación que perdure en el tiempo. Por lo mismo, hay que potenciar
el uso del español en la investigación científica y en la economía, propiciar traducciones adecuadas y
uniformes de los nuevos términos de esas disciplinas y defenderse, como de la peste, de la invasión de
barbarismos que están generando.
Por parecidas razones, la presencia de nuestro idioma en la red sigue siendo muy deficiente y no se corresponde con la expansión física y territorial que conoce. Lenguas cultas mucho menos
extendidas, como el alemán o el francés, la superan en la clasificación del empleo de idiomas en Internet. Sólo
España, México y, en cierta medida, Argentina, logran conjurar esa realidad ominosa. En Estados Unidos,
el creciente bilingüismo de los hispanos permite que naveguen por Internet cómodamente en inglés.
La ausencia de infraestructuras adecuadas en los países latinoamericanos y la persistencia de políticas que se pretenden visionarias y no son sino fruto del arbitrarismo, asociado muchas veces a la
corrupción administrativa, está en la base del empobrecimiento tecnológico en ese aspecto. Es relativamente
frecuente leer en la prensa noticias sobre la compra masiva de computadoras para distribuir en escuelas de
países subdesarrollados que ni siquiera tienen luz eléctrica y en las que la presencia de los maestros, y de
muchos alumnos, es ocasional o fortuita.
El desarrollo de las tecnologías digitales, a través de Internet y de otros sistemas, amenaza con
aumentar el carácter dual de nuestras sociedades, acrecentando la brecha entre los que tienen y los que no.
No existe sin embargo tecnología más igualitaria y participativa (más democrática por ende) que la
que alumbró el invento del alfabeto. La Humanidad es palabra, tanto desde el Génesis como desde
Aristóteles, y palabra articulada, capaz de poner en comunicación a individuos y sociedades. Ésta es la base de
nuestra civilización. Privar a los desheredados del acceso a los nuevos sistemas tecnológicos es condenarles a
una miseria aún mayor de la que padecen. Y hablo de acceso en todos sus sentidos: en el de la existencia
de vías físicas para que se produzca, y en el de la necesidad de una comprensión de cómo utilizar
dichas tecnologías. No se trata, empero, de educar a las nuevas generaciones en ellas, sino de educarlas con ellas.
Algunos temen que la globalización, impulsada por la acumulación económica y técnica en unas
pocas manos, y sumada al vertiginoso desarrollo de las comunicaciones en todos sus aspectos, acabe con la diversidad cultural y el pluralismo de las sociedades. La globalización misma es, sin embargo,
una gran aliada en el proceso de extensión del castellano, que es ya una lengua verdaderamente planetaria
y distingue cada vez menos entre español de Europa y español de América. La existencia de un
diccionario, una ortografía y, muy pronto, una gramática común para todos los hispanohablantes, profundiza y
estrecha la unidad de la lengua. Por lo demás ya sabemos que un fenómeno que acompaña crecientemente
a los fenómenos globales es la eclosión de comunidades pequeñas, aun ínfimas, que encuentran en
los avances tecnológicos su mejor aliado para hacerse notar. Esta convivencia de lo global con lo local,
que ha dado en llamarse
glocalización, permite integrar de forma natural la diversidad interna de los
grandes idiomas. Don Andrés Bello aseveraba que "Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y
Andalucía para que se toleren sus accidentales
divergencias".1 Pero no sólo se trata de estos ejemplos. En
otras mesas de este mismo congreso se ha de analizar la influencia de las lenguas amerindias en el
castellano y el futuro de los idiomas indígenas en los países de América Latina. ¿Habrá que recordar, una vez
más, que el proceso de creación del lenguaje, de cualquier lenguaje, es desde sus orígenes un milagro
de mestizaje? El destino de las lenguas, de todas las lenguas, es ser violadas, penetradas. Este
reconocimiento no nos exime antes bien, al contrario de insistir en la pertinencia de la norma, pero nos invita a
adoptar una mentalidad abierta ante la internacionalización del español.
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Ya he apuntado que, en ese sentido, la distinción tradicional entre español peninsular y español
de América está periclitada. El español es hoy, y desde hace mucho tiempo, fundamentalmente
americano. En los años 60 y 70, el fenómeno del
boom latinoamericano, por el que mi país se apropió creo que
con justicia del impulso creador de decenas de maravillosos escritores de este lado del Atlántico, sirvió
para enfatizar algunos aspectos del destino del castellano que se resistían a ser aceptados por la
ortodoxia académica de entonces. En primer lugar, la creciente penetración del inglés, sin el que ni nuestra
literatura podrá existir a medio y largo plazo. Es curioso resaltar que la onomatopeya
boom suena exactamente igual en castellano que en la lengua de Shakespeare, por lo que podríamos haber decidido escribirla con
grafía española: bum (al igual que hacemos con pum, por ejemplo). No fue así, quizá porque un
boom es, a fin de cuentas, algo diferente y el bum latinoamericano sonaría a desastre en vez de a eclosión, que es lo
que se pretendía significar. Este
boom certificó, por otra parte, el hecho de que el futuro del español, su
brillo, su potencial creador, se nos había escapado de la mano a los peninsulares. Siendo un joven periodista de la época, yo saludé con júbilo aquella noticia en un comentario sobre
La casa verde de Vargas Llosa.
¿Cómo no entusiasmarse ante el hecho de que el idioma de un país, entonces sumido en el aislamiento y el
rechazo internacional, encontrara lo mejor de su futuro en las repúblicas de América, sacudidas en esa hora
por las utopías revolucionarias y los raptos de la creación? El castellano del siglo XXI será lo que
Latinoamérica decida. La nueva posición internacional de España, su insólito crecimiento económico, su pujante
democracia, su inmersión en la realidad europea, son oportunidades que debemos aprovechar todos
cuantos creemos en la lengua como una patria común que rebasa fronteras y doctrinas. De modo que mi país
puede aportar mucho, aparte su consideración como tierra germinal de nuestro idioma. Pero las trazas fundamentales de éste, definitivamente, pasan hoy por América Latina. De los 400 millones de
hispanohablantes, sólo 10% habita en la península ibérica y, de ese porcentaje, sólo una porción mínima se
ciñe estrictamente a la fonética de Castilla. La política lingüística en torno al español sólo tendrá éxito si es
una política panhispánica, en la que España puede jugar un papel coordinador o mediador entre iguales,
pero nada más, y en la que los hablantes de Estados Unidos comienzan a adquirir un protagonismo hasta
ahora inédito.
Las academias de la lengua han comprendido bien esta situación; las diversas iniciativas para
consensuar la norma referente a nuestro idioma, así lo ponen de relieve. Pero nos encontramos en
los prolegómenos del camino. El Instituto Cervantes, aun amparado y financiado por el gobierno de
Madrid, no puede ser una simple derivación del mismo. Debería constituirse en instrumento principal de
todos cuantos tienen responsabilidades, en nuestros diferentes países, sobre la política lingüística. La
soberanía de la lengua depende, en gran medida, de que seamos capaces de articular una organización
supranacional capaz de hacer frente a los muy variopintos desafíos que el progreso del castellano implica. Estos
congresos constituyen un importante paso adelante, pero de ellos mismos se concluye la necesidad de
articular métodos más eficaces y persistentes. Merecería la pena estudiar un estatuto de internacionalización
del Cervantes (cuyo nombre simboliza la universalidad del territorio de La Mancha) que permitiera la
articulación de políticas comunes en nuestros diferentes estados y una acción unitaria en torno al
español respecto a las otras áreas idiomáticas. Una operación de ese género, en alianza con la Asociación
de Academias, permitiría defendernos del exceso de retórica que encuentros como este de Rosario
conllevan, y ayudaría a desarrollar las industrias culturales del castellano en todo el mundo.
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En un marco así, debemos no sólo contemplar con atención, sino participar activamente en el
intenso diálogo cultural entablado con Brasil. Su política de apertura al castellano, progresiva y firme, merece
una reciprocidad en nuestras universidades y escuelas. Promover la comunidad de las lenguas ibéricas es
otra forma de impulsar el español y de potenciar el legado cultural iberoamericano. Algo parecido
podría decirse respecto al
spanglish, un fenómeno ante el que la ortodoxia académica se ha comportado
siempre con torpes movimientos y complejo de culpa. El
spanglish es, probablemente, el principal peligro al
que se enfrenta la supervivencia del castellano en amplios sectores de Estados Unidos. Resulta improbable
que quienes hagan hoy uso indiscriminado de él elijan después, en su proyección vital, nuestro idioma y no
el inglés como lengua de cultura. Dejo para los lingüistas las discusiones sobre cuándo una jerga se
convierte en habla, un habla en dialecto y un dialecto en lengua. Pero quiero decir que sólo si hacemos un
esfuerzo racional de interpretación del fenómeno del
spanglish, y nos preguntamos en qué medida y
aspectos puede ser incorporado al castellano realmente existente, sin desdoro de éste, podremos conjurar
los riesgos. A quienes expresan excesivos temores respecto a los préstamos lingüísticos convendría
recordarles el prólogo de la primera edición de la
Gramática de la Lengua Castellana compuesta por la
Real Academia Española (1771): "La lengua castellana consta de palabras fenicias, griegas, góticas, árabes,
y de otras lenguas de los que por dominación o por comercio habitaron o frecuentaron estas partes;
pero principalmente abunda de palabras latinas enteras o alteradas". Ignoro si en la nueva gramática
coordinada por el profesor Ignacio Bosque se prepara una introducción de este género, que permitiría añadir
al elenco el inglés. Pero solicito la amplitud de miras, y la pretendida ingenuidad de nuestros
predecesores del siglo XVIII, a la hora de enfrentarse con la lengua como una emanación del entendimiento
popular, antes que como un corsé a medida bajo el patrón de sastre establecidos por los sabios.
La internacionalización del español precisa combinar la inevitable paradoja de abrir las fronteras de nuestro idioma al tiempo que somos capaces de fijar la norma. No será lo estricto de la misma, sino
el sentido común que se le aplique, lo que ha de conducirnos al éxito. Como Alejo Carpentier, nos
hallamos ante una nueva remontada del Orinoco, en la que andamos en busca no sólo de los orígenes del
tiempo, sino también de la definición del nuevo espacio. La globalización, en todos sus aspectos, fomenta
la paradoja y las contradicciones. Unitas in
pluribus, unidad en la diversidad, es el lema de nuestro siglo.
Se aplica lo mismo a las realidades políticas que a los movimientos artísticos.
Unitas in pluribus es también el futuro de nuestro idioma, patria común de nuestros sueños, nuestras razones y nuestros sentimientos.