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Antonio Pasquali  La leyenda negra de Internet


 Breve excursus metodológico sobre fuentes, cantidad y
 calidad de la información en entorno electrónico y
 audiovisual

 Antonio Pasquali

El impacto a nivel mundial de la red es incuestionable; sobre la Internet mucho se ha hablado, sobre todo de sus bondades al poder establecer contacto o consultar fuentes de todo el mundo sobre prácticamente cualquier tema. Sin embargo, advierte en este ensayo el investigador venezolano Antonio Pasquali, la abrumadora cantidad de información que se puede encontrar en el ciberespacio no siempre está relacionada con su calidad, por lo cual es necesario erradicar la creencia de que todo lo que está disponible en Internet es confiable y "lo que no está en la Web es falso, de poco confiar o no existe".

Hace unos 15 o 20 años, en las postrimerías del télex y antes del fax, sólo los más afortunados de los varios emperadores, reyes, presidentes de república, primeros ministros, pachás, jeques petroleros y big boss del mundo podían costearse un resumen matutino de la gran prensa internacional.

La mayoría de las capitales del mundo carecía (y carece) de quioscos con periódicos de otros países, incluso vecinos. La búsqueda de información y datos científicos especializados que no quisiera circunscribirse al pequeño entorno manejable, requería tiempo y capacidades a menudo detectivescas. Procurarse un Anuario de Organismo Internacional implicaba con frecuencia la adquisición y envío de un cheque que a veces rebotaba, las demoras de un correo ordinario para no encarecer la factura y, última ansiógena incógnita, la espera del cartero, un personaje aleatorio e improbable en muchos países.

Luego vino Internet. Dependiente como es del teléfono y la computadora ­lujos de gente acomodada­ la red está lejos de encarnar la siempre esperada democracia comunicacional, siendo por el momento un factor más de desigualdad entre los hombres. Pero eso es harina de otro costal. Cada noche, cualquier ciudadano raso conectado a la red puede regalarse a precio irrisorio el lujo, otrora reservado a reyes y magnates, de leer la prensa urbis et orbis (la de los países situados a levante ­dulce venganza­ aun antes que sus lectores naturales), o de visitar el sitio de algún gran investigador carteándose electrónicamente con él, mientras en download minimizado baja e imprime, kilobyte tras kilobyte, cientos de cuadros estadísticos de tal o cual anuario internacional (cancelado en línea un minuto antes, cuando no graciosamente ofrecido por su editor), o un informe al que jamás hubiera tenido acceso, o sabido de su existencia siquiera, en la era preelectrónica.

¡Qué duda cabe! Con apenas 10% de su millardo de sitios (en julio de 2000) dedicado a actividades no comerciales, Internet ha multiplicado en forma exponencial la participación y el acceso al conocimiento, proporcionando por un lado capacidad emisora a bajo costo y cobertura global a quienes no tenían recursos económicos para pagarse los viejos medios (o multiplicando el poder emisor de quienes ya lo disfrutaban), mientras facilita enormemente el acceso universal a ese tanto del saber que sus depositarios han decidido hacer del dominio público electrónico (un "tanto" con su lado a veces sesgado, sus desinformaciones e intoxicaciones, pero mayoritariamente confiable). Cuando ubicados con inteligencia y oportunidad, sus links son otra bendición del cielo; todo usuario de www.britannica.com, por ejemplo, aprecia a diario lo que significa disponer de cientos de miles de preciosos y pertinentes sitios a distancia de clic.

Es la parte meritoria, ¡y cómo!, de Internet, su leyenda dorada. Pero puede tejerse de ella, sin ánimo de denigrar esa gran conquista de divulgación, una leyenda negra, donde la exégesis es obviamente otra. Aun antes de entrar en materia precisemos que un lente de magnificación exponencial como la red no podía sino exaltar, regar y diseminar a niveles igualmente exponenciales aciertos y desaciertos, verdades y errores de los que ya andaban por el mundo vía los viejos medios.

En época preelectrónica, una estadística sesgada o francamente falseada podía inducir en error a pocos centenares o miles de especialistas que tenían acceso a ella, generando una "infección" localizada en el cuerpo de las ciencias. Con Internet, la verdad como el error (o más comunmente, las verdades a medias) pueden sanear a fondo cualquier foco de equivocación, universalizar dudas y perplejidades o, por el contrario, convertirse en septicemias, en metástasis, en pandemias sistémicas y transversales, justo por el carácter mallado y omnipresente de su estructura circulatoria. Unos abusan de la nueva comodidad para suscitar efectos de propaganda, otros alertan concienzudamente al usuario sobre el problema, como en el ejemplo siguiente. Los autores del documento Data Issues of Global Environmental Reporting: Experiences from GEO-2000 (puede bajarse del sitio UN/UNEP), alertan sobre la lectura de dos cuadros mundiales relativos a emisión de CO2, uno por países, el otro por países y per cápita: en el primero, EU con 18.08% de la emisión global, son los villanos del cuento; en el segundo, con 32 toneladas por año por habitante, el mismo país aparece contaminando menos que varios europeos o que Singapur. Cada cuadro expresa una verdad absoluta e incontrovertible pero, advierten los autores, tell a different truth to be used for different purposes.

Internet ha venido a incrementar viejas virtudes y vicios. Pero la explosión cuantitativa que le es propia ha generado saltos cualitativos que apenas comenzamos a entrever. Sus incomparables virtudes de participación y acceso tienen su proteico y menos triunfal reverso en la máquina-hombre, el perceptor final cuyas respuestas son siempre más lentas que los estímulos recibidos de sus propios artefactos. Desde que la red se ha vuelto plenamente funcional, el "exceso de información" sobre el que mucho se teorizó en la era preInternet, suena a imprevisiva inocentada. Es ahora, en entorno net, cuando estamos efectivamente bajo una quíntuple y real amenaza por exceso:

1) De quedar narcotizados y paralizados por sobredosis de datos (hiperfáciles de accesar a precio bajo o gratuitamente); 2) de perder en ese atiborrado souk electrónico todo discernimiento sobre origen, calidad, desinterés, credibilidad y accuracy de muchos mensajes; 3) de terminar creyendo, neomacluhanianamente, que los ladrillos de la información (nociones y datos) por ella volcados a granel son ya el edificio del saber; 4) de generar autismo electrónico (lo que no está en la Web es falso, de poco confiar o no existe) y, 5) de convertir en hábito un ya difuso y pernicioso mitridatismo informativo, que sería la pérdida progresiva de sensibilidad a un problema, por grave que sea, en la medida en que se ingieren dosis crecientes de información sobre el mismo (el más pienso, menos existo de Kierkegaard en tal vez piloteada y amoral versión postmoderna: más contemplo con lujo de detalles, pongamos las injusticias, menos deseo transformarlas).

La capacidad de administrar tanta abundancia con criterios de relativa pobreza pareciera entonces imponerse. Una razonable consigna: no perder la mesura y la sensatez, ni siquiera en esta fase de encandilamiento por Internet (que será larga), mientras aprendemos las nuevas sindéresis de la perspicacia y el acierto en nuestras elecciones cibernéticas.

La única parrafada en castellano de la literatura italiana (en Los novios, de Manzoni, la orden que dirige el gobernador español de Milán al cochero rodeado de una muchedumbre amotinada) es un imperecedero, pertinente y siempre oportuno consejo, aun para internautas: "Adelante Pedro, con juicio".

¿Estaremos exagerando, indulgiendo en un cierto pedagogismo extemporáneo? Veamos un caso cercano. En el "estado del arte" de la Madre Tierra, objeto del capítulo siguiente, algunos párrafos están dedicados a la situación actual del agua en el mundo, la talesiana madre de todas las cosas. ¿Dónde hallar las más creíbles, pertinentes y actualizadas informaciones sobre agua en 2000? Un cuarto de hora de navegación, con intuición y buscadores, lleva a recalar en www.iwra.siu.edu/worldwater/index.html, un cómodo nido de links que remiten a los rebosantes sitios Web de... 82 observatorios mundiales del agua, cada uno dotado de cientos, tal vez miles de páginas de información y decenas de anuarios, informes y otras publicaciones en venta o copiado gratuito. Una catarata de datos, referentes históricos, prospectivas, congresos mundiales, políticas, proposiciones y previsiones, mensajes persuasivos, problemas jamás sospechados, utopías, conferencias generales, intereses creados y estudios sobre agua (que ni en años de búsquedas old fashioned hubiésemos logrado reunir), irrumpe como un colosal aliviadero de represa desde la pantalla de la PC hasta asombrarnos (¡cómo ha podido acumularse tanto saber!), anonadarnos (¡demasiado, nunca podré manejar todo eso!), socratizarnos (¡sólo sé que nada sé!), zoomarnos hacia atrás a dimensión de microbio diletante que se pregunta cómo se atreverá a glosar tanta y tan destilada sapiencia.

La filosofía, afortunadamente, se autodefinió también como un ars consolatoria, y Platón garantizaba que el thaumazéin, el asombro inicial, era la matriz de todo lo digno de ser pensado y vivido. Vivencias como encontrarse ante un nido de 82 organismos mundiales del agua que nos traen a casa por la alfombra mágica de la computadora un state of the art hídrico hipercompleto, son nuestros thaumazéin de hombres modernos, tan importantes como los del pasado, que debemos aprender a administrar y emplear, tras el embeleso, como ladrillos para la construcción de algo que valga la pena. Superado el mayéutico asombro inicial, y tras revolotear más pausada y fríamente sobre esa selva electrónica nada virtual, por ejemplo, en busca de un organismo que se vio citado una vez en alguna parte, que debería estar ahí y que no está (concretamente www.irn.org, el sitio del International River Network, organización ecologista que lucha contra la construcción de diques y represas en el mundo), se termina por perder la inocencia y por descubrir que el admirado gran nido de links, sin menoscabo alguno de su utilidad, tenía cuando menos un sesgo (seguramente muy institucional, muy justificable): allí no se aman particularmente a los ecologistas, a quienes quieren salvar el agua de otra manera, y sus ONGs no figuran en la famosa lista.

Así sucede con Internet a menudo. El viejo axioma de la "publicística": todo mensaje mediático produce un efecto de propaganda, ha sido confirmado y repotenciado por la red, y sus grandes emisores lo explotan a fondo. La confección, publicación y constante actualización de directorios Web temáticos, objetivos, completos y calificados, que algunas revistas y sitios comienzan a elaborar (los grandes motores de búsqueda son aún imperfectos y confusionistas) por eso se está convirtiendo en necesidad, en urgencia, so pena de tomar por oro colado un pasquín, por fidedigna una información plagada de omisiones, por verdad apodíctica un eslogan cualquiera.

Pasearse el tiempo necesario, con precaución, por los sitios a analizar, someter sus contenidos a una suerte de baconianas "tablas de presencia y ausencia", tener en mente y sortear las cinco "amenazas" enumeradas en el párrafo anterior (quedar narcotizados por sobredosis, perder el discernimiento, identificar acríticamente datos con saber, creer que lo que no está en red no existe, enfermarse de mitridatismo informativo); bajar la información justa, condensar en pocos párrafos lo más preciso, objetivo y actual que pueda decirse sobre agua, y comenzar a meditar sobre todo aquello... he aquí un itinerario típico de quien navega con fines cognoscitivos y prudente cibernética en el inmenso y generoso océano Internet, donde abunda la pesca pero no escasean escollos, corrientes y bajíos.

Quienes ponen inteligentemente a partido todas las oportunidades del new knowledge para informarse bien y rápidamente, tropiezan ahora con otra dificultad algo menor, que llamaremos fragmentación reductiva del conocimiento.

Antes aun de que Internet se impusiera como fuente primaria de noticias, datos y saberes en competencia con el impreso, este último ya había iniciado su lentísima decadencia como soporte privilegiado de la comunicación que cuenta, embestido por las prisas y distracciones del usuario de hoy, el fuerte acoso de lo icónico y del audiovisual, el costo y escasez del papel, y el incesante deslave de los anoréxicos, reduccionistas y minimalistas lenguajes gerenciales, publicitarios, técnicos y corporativos, difusores de eslogans, siglas, acrónimos, síntesis ejecutivas y execrables "conferencias" en acetatos, eficaces y sutiles formas del imperialismo por repotenciamiento del modo verbal universalmente más breve, el imperativo.

Mientras los catastrofistas profesionales comenzaban a imaginar alguna explosión de la galaxia de Gutenberg que daría nacimiento a un todoicónico, el impreso ­prensa primero, libro después­ iniciaba su lenta y aun inconclusa adaptación a los nuevos tiempos, recortando un texto por aquí y eliminando otro acullá, convirtiendo las antañonas "sábanas" de palabras en variopintas colchas de retazos en que el texto viene cosido con fotos, chistes, horóscopos, ventanas de color, sugestivos gráficos, viñetas, caricaturas y demás descansos visuales e intelectuales para el fatigado lector, aumentando los blancos de página, emprendiendo la escalation a temas otrora tabúes dentro del impreso, luchando a brazo partido para limitar el deflujo del dinero publicitario al audiovisual y ahora a lo electrónico, mediante obsequio de incentivos inteligentes (útiles suplementos impresos) o no inteligentes (videograbaciones) a lectores en estado de predeserción crónica.

En medio de tanto entusiamo por lo light, publicaciones librescas de respetable tradición comenzaron a ser vistas también como viejas matronas de rubensiano sobrepeso necesitadas de tratamiento adelgazante. El resultado de las dietas impuestas al impreso es variegado, de agradable a deturpante, como en las cirugías plásticas. Le Monde que tras decenios de aniconismo incorpora la fotografía, con clase y expresividad, es obviamente un acierto. Otros impresos formato libro, por el contrario, parecieran haber iniciado un viaje tal vez sin retorno hacia hibridados excesos, cuya procacidad atrapalectores presagia un quid final a medio camino entre la indiferencia de alguna entropía cultural, el leonardesco retorno cíclico a un hermafroditismo de lo indiferenciado, y la descalificación de lo real por mor de su copia o fantasma.

Uno de sus ejemplos más eclatantes lo constituyen las guías turísticas. Compárese una vieja y monumental Guide Bleu, de Hachette, con las novísimas y glamorosas guías Dorling Kindersley, hoy universalmente imitadas: unas 800 páginas de puro texto menudo y sin fotos la primera, unas 200 páginas de esplendorosas y casi tridimensionales cuadricromías con brevísimos textos la segunda. Dos acercamientos radicalmente diferentes al factum turístico, basados respectivamente en el poder evocador de la palabra y en la fuerza sugestiva de la imagen. ¿Generará el segundo más turismo, más comprensión y respeto a las culturas ajenas? Los estudiosos lo dirán; pero sería inútil buscar en las satinadas guías de hoy, la ubicación de los restos de la Academia platónica en la impresentable periferia de Atenas, un dato que sí aparecía en letras menudísimas en las páginas papel biblia de las Hachette. Antropólogos culturales, semiólogos y tesistas, démoslo por seguro, nos iluminarán pronto sobre tamaña virevolte con acertadas comparaciones, valencias y juicios de mérito (un buen análisis histórico-comparativo merecería, por ejemplo, la mesurada y emblemática evolución morfo-lingüístico-cultural de la Serie Verde de las Guías Michelin).

Limitémonos a clasificar el fenómeno entre los tantos modelos posibles de fragmentación reductiva del conocimiento, en este caso turístico, y a preguntarnos tal vez si las Dorling Kindersley y similares, especies de Discovery Channel del turismo en papel satinado, con monumentos de sérica e irreal perfección como chicas de Playboy, no terminarán descalificando un poco más el real y mustio Canal Grande veneciano y otorgando un upgrading a sus grotescas y barnizadas caricaturas de Disneyworld y Las Vegas.

Otro caso de fragmentación reductiva del conocimiento ­citable por sus importantes consecuencias­ es aquel que más nos importa retener aquí: nos referimos a las metamorfosis que en poco más de una década han alterado la fisionomía de casi todos los anuarios o informes periódicos de la mayoría de las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales. Dichas organizaciones ­o al menos, las que regalan anualmente al mundo su tesorito de facts and figures­ nos habían felizmente acostumbrado a una cierta disciplina y reiteración metodológica que permitía seguirle la pista a un proceso o fenómeno, analizar cohortes de datos o trazar curvas estadísticas, tal como lo siguen permitiendo ­valga un caso límite­ los bien alineados regimientos de datos de Statistiques des Services Postaux que publica anualmente la venerable Union Postale Universelle.

Así por ejemplo, si en un anuario de Unicef, El progreso de las naciones, encontraba el investigador un dato estadístico para él importante, relativo a la filantropía de los países ricos, con cuadros de su aporte anual en partes del PIB y en dólares percápita al desarrollo de los países pobres, ese investigador podía razonablemente contar con que en los anuarios precedentes y sucesivos de la misma OIG hallaría las mismas series de datos, lo que le permitía cuantificar avances, retrocesos o estancamientos en dichos aportes.

Casi todo eso se ha acabado; el más glamoroso concepto de "monografía" se ha impuesto, lo que hace que el uso de muchos de esos anuarios sea hoy más ameno pero científicamente menos relevante, un cambio realmente de lamentar. Comenzaron rompiendo sus bloques monolíticos de datos con "ventanas" informativas más ligeras que en algún momento se llenaron de color; aplicaron a su producto-vitrina los criterios mercadotécnicos del drugstore (la literatura fácil de resúmenes, mensajes y eslogans en las estanterías delanteras, las estadísticas que valen púdicamente escondidas en las páginas finales), condensaron sus principales hallazgos en hipersintéticas y muy fotogénicas flechas, espirales y sinusoides para indicar apresuradamente un trend en forma más impactante que analítica, se tapizaron de fotos pero ­por encima de todo­ se volvieron coquetamente monográficas: un año

un tema, otro el siguiente, conforme a cánones ya universales de la moda, una de las categorías esenciales para la comprensión del mundo contemporáneo. Quien trate de completar su serie de aportes de los países ricos al desarrollo no encontrará más en Progreso de las Naciones estadísticas como las publicadas en 1997; quien busque en Informe del Desarrollo del PNUD cómo evolucionó la silueta de la celebérrima "copa de champaña" que graficó la distribución de las riquezas de la Tierra entre ricos y pobres en 1992, no volvió a hallar más nunca dicha copa, reemplazada por otros indicadores un poco disímiles, o incompletos, o diluidos en otros contextos.

Quien quedó prendado de los interesantísimos datos sobre distribución de Internet en el mundo que el mismo Informe publicara en 1999, perderá su tiempo si busca seguir satisfaciendo su curiosidad por el mismo indicador en la edición 2000, la cual trata esta vez de derechos humanos. Ante este caso específico de fragmentación reductiva del conocimiento, además de las concomitancias causales arriba indicadas, hay fundadas razones para evocar la presencia de otros tipos de "ruidos":

1) Un preciso factor exógeno: la muy probable y en algunos casos comprobada presión ejercida por ciertos Estados miembros de organizaciones intergubernamentales sobre sus respectivos secretariados o, de estos últimos, sobre los respectivos autores intelectuales para que cese la publicación de anuarios e informes, o se alteren profundamente sus contenidos o se reordenen constantemente sus criterios editoriales, cuando éstos publican datos que no son del agrado de sus gobiernos o empresas (quien esto escribe ha vivido situaciones de ese género dentro de un organismo intergubernamental).

Vale la pena citar un caso reciente, para lo cual traduciremos un trozo de la mail-letter http://attac.org/listfr.htm que la meritoria ONG francesa Attac dirigió a sus miembros el 21 de septiembre de 2000: "En el Banco Mundial no reina la más total alegría. ¿La razón? El informe mundial sobre la pobreza 2000/2001 que el Banco se dispone a publicar, y que levantará ronchas. Dicho Informe, dirigido por Ravi Kanbur, daba cuenta en su versión original de una realidad que cuesta diseminar: el crecimiento no basta, hay que añadirle una cierta redistribución de las riquezas si de verdad se quiere eliminar la pobreza. La demostración de la tesis ha sido juzgada tan peligrosa, que se han multiplicado las presiones contra Kanbur para que retirase ciertos pasajes comprometedores. El secretario del Tesoro estadounidense, Larry Summers, habría aportado su personal contribución a una libre readaptación de las secciones que tratan de la mundialización, para atenuar lo concerniente al impacto negativo de dicha mundialización neoliberal sobre las poblaciones más pobres. Kanbur ha resistido las presiones. Ha renunciado finalmente al cargo, expresando, en carta dirigida al personal del Banco, sus inquietudes en cuanto a la reescritura de ciertos capítulos del Informe..."; ¿está más claro ahora?

2) Un preciso factor endógeno: el ya evidente viraje neoliberal de varias OIGs, sin exceptuar a algunas integrantes del propio Sistema de las Naciones Unidas (el de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, UIT, es tal vez el caso más sonado), que ha venido obviamente a alterar desde dentro ciertos mensajes iniciales y la jerarquización de los problemas. El Informe del Desarrollo, el ya célebre anuario del PNUD creado en 1990 por Mahbub ul Haq ( 1998), ya no responde ni de lejos al ideario de su fundador. En sus últimas ediciones es frecuente tropezarse con afirmaciones bien maquilladas en el burocratés de la ONU pero portadoras de otros mensajes: pregonando la flexibilidad en el trabajo que exige el patronato mundial (1999, p. 9) o deseando la incorporación de las empresas multinacionales (¡sic!) en la estructura de un nuevo gobierno mundial (ibídem, p. 9); señalando entre los principales actores de una nueva justicia mundial a la... OMC (2000, p. 9) o titulando un gráfico "Los servicios públicos favorecen a los ricos" (2000, p. 33).

Cada vez que en algunas de estas publicaciones, impresas o electrónicas, aparezca un dato excepcionalmente elocuente o congruente con el tipo de investigación que se realiza, conviene pues retenerlo enseguida. Lo más probable es que el año siguiente desaparezca, y que el interesado en hacerle un seguimiento deba iniciar un dilatado proceso de "defragmentación", como dicen los informáticos, o de recomposición ordenada de elementos deliberadamente dispersados.



Antonio Pasquali es creador del Departamento de Tecnología Audiovisual del Ministerio de Educación y del Departamento de Estudios Audiovisuales de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela. Ha sido subdirector general de la Unesco, a cargo del sector de la Comunicación.
Su libro más reciente es Bienvenido Global Village (Monte Avila, Caracas, 1998).

Este texto conforma una suerte de "intermezzo", "ventana" o cuasi nota entre dos capítulos de un libro inédito de Antonio Pasquali: Siglo XXI: pequeño manual de uso y se publica en etcétera con permiso del autor. El título principal es de la redacción de esta revista.

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