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A lo largo del siglo XX, el destino natural de un reportero maduro era el periodismo de opinión. Pero no lo es más, porque la palabra, por sí misma, al menos en el mundo subdesarrollado, ha ido desacreditándose y vale cada vez menos, aparte de que los medios han producido sus propios opinadores utility o sus columnas anónimas dedicadas a esparcir filtraciones que el equipo editorial fue incapaz de convertir en información veraz (hay ediciones en las que si un diario pudiera convertir en noticias la cantidad copiosa de datos de fuente imprecisa, su primera plana amanecería robusta y atractiva).

Empíricamente, puede adelantarse que sobrevivirán los reporteros independientes (integrados o no a nómina) que persistan y se pertrechen con armas para investigar y narrar, ya en las páginas de su medio, ya a través de libros o recurriendo, alternativamente, a opciones electrónicas y virtuales. "Siendo optimistas, hay reclamos de una sociedad civil emergente que requiere de este tipo de periodismo independiente, al cual las centrales multimediáticas no pueden dejar de observar, porque tienen que aportar a sus lectores al menos un respiro, que puede dárselos el periodismo independiente, autónomo y con contenidos o temáticas distintas a las que maneja una agenda general de medios", dice Erick Fernández.15

II

Como en el mundo, el reporterismo mexicano surge en el último tercio del siglo XIX,16 para terror de los intelectuales, habituados a monopolizar la escritura militante puesta al servicio de visiones de nación -no significa que figuras como José Joaquín Fernández de Lizardi, Carlos María de Bustamante, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Manuel Payno, Francisco Zarco, José Tomás de Cuéllar, Ignacio Manuel Altamirano o Luis González Obregón no hubieran sentado ya las bases de un periodismo de enorme valía narrativa, informativa y ética.17

El nuevo oficio, característico de la industrialización de la prensa, cundió de tal modo que en 1890 "cuarenta reporteros se disparan por las calles capitalinas para obtener todo tipo de información sobre el censo y recuento de los habitantes de la ciudad de México", de los cuales 19 fueron movilizados por El Universal, de Rafael Reyes Spíndola18 -quien en 1896 fundaría El Imparcial, el primer gran diario industrial y del que, más cien años después, siguen teniendo cierto tufo los cotidianos del país, principalmente por el carácter instrumental de su política editorial.

"En esta etapa destacan Manuel Caballero, el primer reportero mexicano que comenzara como tal en su periódico El Noticioso (1880) y más tarde en El Nacional y en El Monitor del Pueblo Ángel Pola Moreno fue otro valioso reporter de la época e iniciador de los reportajes de carácter histórico. Por otra parte figuraban reporteros de El Universal, entre ellos José María Zayas, Enrique Santibáñez y Manuel Arenas", y "Victoriano Agüeros, Gregorio Aldasoro, Federico Mendoza y Vizcaíno, Trinidad Sánchez Santos, Felipe de la Serna, Vicente Sotres, Víctor Venegas y Gabriel Villanueva, que participaron como audaces cazanoticias en muchos otros diarios de entonces".19

Si se mira el trabajo de estos fundadores, que disponían del reportazgo y la interview como géneros casi únicos,20 el ejercicio de reporterismo de nota diaria actual se antoja anacrónico, pues su reto sigue siendo procesar comunicaciones oficiales (los actuales boletines de prensa, que además en muchos casos están ya disponibles en Internet), filtraciones y declaraciones (las actuales entrevistas banqueteras, producto de lo que la jerga llama la cosecha o el chacaleo de los reporteros afuera de las dependencias o al final de actos públicos), muchas veces con cierta dosis de sensacionalismo, lo cual ya en el siglo XIX era un "estilo" cuyos "practicantes eran calificados de mercenarios".21

Foto: Sacha
En forma paralela surge el fotorreporterismo: "El primer número de El Mundo. Semanario Ilustrado -documenta Humberto Musacchio- apareció el 4 de noviembre de 1894 [en Puebla, y su director fundador era el mismo Reyes Spíndola, quien había vendido El Universal y aún no lanzaba El Imparcial] Las primeras fotos de medio tono aparecieron en páginas interiores del número uno. Las gráficas, 13 retratos de otros tantos ciclistas, son trabajos típicos de estudio, carecen de crédito y no representan aporte periodístico alguno. Muy distinto sería el número 2, del 11 de noviembre, en el que gran parte de la primera plana está ocupada por una fotografía tomada en condiciones difíciles: es el interior del Teatro de la Paz, de San Luis Potosí, durante la noche del día 4 del mismo mes. La gráfica refiere un hecho de actualidad, noticioso, pues el periódico informaba de las fiestas potosinas. El autor de esa foto histórica fue Emilio G. Lobato, a quien posiblemente quepa el honor de ser el primer reportero gráfico del país".22

Estos episodios primigenios denotan una pasión que adquiere mayor sentido a principios del siglo XX. Ahora en el contexto de la revolución mexicana, aquel reportero "de joven audaz se transforma en valiente y arrojado periodista y su figura se recupera socialmente y adquiere gran popularidad.

"Joaquín Piña, audaz reportero de esta etapa, afirma: 'Con la iniciación de la revolución nació y se desarrolló un periodismo nuevo en el que el reporter se convirtió en el alma, el nervio motor, la fuerza del periódico'

"A los cazanoticias se debió el conocimiento público de los personajes que actuaron en el movimiento armado, pues presentaron, uno a uno, a caudillos y jerarcas, bien en sus acciones heroicas o cometiendo grandes errores.

"[] los periodistas amplían su campo de trabajo. Se transforman en enviados especiales o corresponsales de guerra que libran un sinnúmero de obstáculos para cumplir con su misión."23

La variedad ideológica de periódicos era semejante a la de la etapa precedente (el siglo XIX) y a la actual: los había de carácter industrial, creados y financiados por los poderes más conservadores; los militantes, y aquellos que, con tropiezos, aspiraban a cierta independencia comercial y editorial. En éstos "sobre todo se forjó una clase de periodistas-reporteros que vivieron para ganar la noticia ya en las empresas contemporáneas como Excélsior y El Universal. Allí figuraron, además de otros, Mariano Urdanivia, Miguel Necoechea, Rodrigo de Llano, [Fernando] Ramírez de Aguilar, Carlos Ezeta, quienes consiguieron que los diarios en donde colaboraban fueran los mejores informados: eran reporteros de batalla".24 Los materiales de los grandes "cazanoticias" fueron publicándose en las primeras décadas del siglo pasado, a la par de textos periodístico-literarios de autores como Martín Luis Guzmán, Salvador Novo, Artemio de Valle-Arizpe y José Vasconcelos.

Desde entonces no dejó de haber momentos luminosos del reporterismo mexicano. Los hubo en la prolongada oscuridad del corporativismo priista, bajo las escuelas de José Pagés Llergo, Francisco Martínez de la Vega, Manuel Buendía, Manuel Becerra Acosta o Julio Scherer García -todos ellos reporteros de largo camino-. Es un hecho que en el valiente, aunque disparejo, quehacer profesional de estos periodistas se hallan algunas claves de la energía social que minó hasta derribar el aparato priista.

El contexto político en el que dejaron su impronta personal revalora a tales maestros. Emergieron, porque no había otra, de la entraña de unas empresas periodísticas que funcionaban como oficinas públicas descentralizadas, y al despuntar encabezaron proyectos paradigmáticos por el perfil de las publicaciones y su ejercicio profesional.

Jacinto R. Munguía,25 que como reportero publica en el semanario Proceso y Larevista de El Universal, desarrolla además como investigador de Prensa y Democracia un estudio acerca de la relación prensa-poder entre los 60 y 70, basado en el acervo del Archivo General de la Nación. En 1993, él mismo se inició en El Nacional, diario propiedad del gobierno que cerró durante la administración zedillista y que "mostraba los signos de un periódico y unos periodistas que ya no encajaban; de un discurso y un estilo que no correspondían ya con la realidad.

"Se ajustaba a una generación, digamos, de periódicos que dejaron de corresponder con una sociedad que venía transformándose a velocidad brutal. En otros países la globalización era un tema que estaba envejeciendo, mientras que en México los medios seguían todavía plantados en otros discursos, lo cual los hacía verse viejos. La caída del PRI es el mejor ejemplo de cómo dichos medios no sólo dependían económicamente, sino que tenían una identidad existencial con el gobierno. Se cae ese partido y comienzan a caerse, casi en efecto dominó, una serie de medios. Eso le ocurrió no sólo a El Nacional, sino a El Heraldo, al Novedades y a otros".

Esa realidad no era uniforme, "intento demostrar en mi investigación -expone Munguía- que el concepto relación prensa-poder no es chato, no se limita a una situación de control. La documentación me deja claro que es diversa esa relación y que en algunos casos ni siquiera fue intención del Estado controlar, sino que cierto tipo de prensa necesitaba del Estado para mantenerse en lo económico y legitimar su visión ideológica. Hay una serie de relaciones que me sorprende porque no se encuadra en esa interpretación general que hemos hecho de que el poder era siempre el que imponía; he encontrado que a veces el poder ni siquiera pedía, sino que la prensa daba".

Un tipo de reportero -redactor u opinador- funcional a aquellos medios revolucionarios surgió y se hizo imprescindible; sus textos semejaban discursos edificantes, les imponían un énfasis moral plagado de retórica populista que pervive todavía y que pretendía ocultar la mano poderosa que daba vida al periodista-guiñol. De uno de ellos -Roberto Blanco Moheno, quien publicó por primera vez en el semanario Hoy, durante los 40-, Carlos Monsiváis escribe que "coincide socialmente con el momento de la aparición en México del muckraker, el 'expositor de ruindades', el reportero de denuncia que 'escarba' en los basureros del capitalismo y en los primeros años del siglo hace posible el crecimiento del periodismo norteamericano. Él es ajeno a la pasión denunciatoria y a la coherencia política de Lincoln Steffens o Upton Sinclair; pero comparte con el muckraking varias características: el disfraz de 'política informativa de clase' que mal oculta el acatamiento de las normas; el chovinismo; la indignación moral actuada de la mitología liberal; la inconsistencia ideológica. Pero si Blanco Moheno no es muckraker -'escarba' poco y predica demasiado: es más declamador que reportero- sí anuncia el periodismo de esta índole".26

El quiebre de esa prensa tomó decenios. El 68 mexicano marcó un hito en la actitud de determinados editores y en un reporterismo con hombres y mujeres que, dando la espalda al facilismo de la nota diaria, cronicaron la represión generalizada contra los movimientos sociales y las luchas sindicales; marcharon a las montañas de Guerrero en busca de historias sobre alzados, o cubrieron las revoluciones centroamericanas (década de 1970). Mantuvieron la mirada sobre las crisis económicas sin final y la apertura comercial; el principio de los crímenes que posicionarían a la nota roja en las primeras planas; los síntomas de la explosión urbana y los terremotos de 1985; la revelación del narcotráfico como gran socio del poder formal, y el posicionamiento electoral de la izquierda (década de 1980). E hicieron del periodismo de investigación un espléndido instrumento para fotografiar la privatización de la vida partidista; los ajustes de cuentas entre la clase política; los zigzagueos de la reforma del Estado; la irrupción del neozapatismo; el desplome del proyecto salinista; la liberación de mercados; la serie de fenómenos sociales, económicos y culturales producidos por la globalización, y el ascenso de la derecha y de grupos ex priistas mimetizados con la izquierda (década de 1990).

Sobreviene un retroceso, sin embargo, durante el primer lustro de los años 2000, con la fantasía del voto útil, la toma del poder federal por parte de la derecha -que incluyó la fugaz seducción mediática por Marta Sahagún- y la actual fase crítica desatada por las disputas políticas sectarias camino al 2006, donde la manipulación del término desafuero ha tenido las más diversas lecturas pasionales. Esto, que con seguridad la historia del periodismo mexicano registrará como un quiebre, muestra hasta dónde el reporterismo profesional puede quedar expuesto a la gama de intereses de quienes dirigen financiera y editorialmente a las empresas -algo tan pernicioso como ciertas dinámicas productivas-. A inicios del siglo XXI las unidades de investigación creadas en los 90 han sido desmanteladas o se hallan arrumbadas en algún cubículo de redacción. En general, el avance alcanzado en periodismo de investigación se ha replegado en un puñado de revistas, porque los periódicos dejaron de invertir en él sistemáticamente, privilegiando la filtración, la nota pegadora que ni profundiza ni contextualiza, o la lamentable transcripción -o el seguimiento- de noticias emitidas la víspera por la radio o la televisión. Los periodistas de profundidad van a la baja.

Las escuelas terminan engendrando los demonios que las sepultan intelectualmente. Las fundadas por Pagés Llergo, Martínez de la Vega, Buendía, Becerra Acosta o Scherer García han ido muriendo a la par del viejo modelo contra el cual se rebelaron con su periodismo. Una de las causas es que en su seno germinaron entre los años 50 y 80 del siglo XX las semillas del periodismo light, la literatura periodística chatarra (que hoy, para regocijo de los jefes tribales de la política, florece) y esa suerte de periodismo gonzo en boga, carente por completo de rigor, de buena pluma y de los arrestos de Hunter S. Thompson.27 Y se formaron además, a veces como reporteros, varios de los actuales editores burocratizados, desapasionados o corruptos que hacen de la mayoría de las publicaciones periódicas de la ciudad de México productos homogéneos, chatos, serviciales, crepusculares y distantes de los ciudadanos.







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