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El oficio de informar



Marco Lara Klahr



I

La figura del reportero de periódico puede aparecer tan romántica: en un extremo de esta visión habita el hedonista Bel Ami de Maupassant y en el contrario, el periodista miope del Jornal de Noticias, que Vargas Llosa hace aparecer de modo efímero en La guerra del fin del mundo, o el apasionado redactor Lynge, de Hammsun.

Pero está también la dimensión descarnada de Manuel Buendía cuando, tras dejar establecido que "los tres males del periodismo mexicano son la impunidad, la solemnidad y la mediocridad", anota: "No hay enemigo más peligroso que la secreta fraternidad de los mediocres. Están por todas partes se reconocen entre sí con un leve movimiento de pestañas De piel a piel se sienten entre ellos. Un mediocre sabe bien quién es otro poca cosa y en corto tiempo -me refiero a lo que ocurre en las redacciones- forman una silenciosa pero eficiente y muy pugnaz falange de medianías".1

El lamento perturbador del reportero gráfico veterano Enrique Metinides, desde su retiro amargo: "El periodismo se traga a sus hijos".2 O la conclusión circunspecta de Ryszard Kapuscinski en el sentido de que "en esta profesión se perdió algo tan central como el orgullo de lo personal", que "implicaba también la responsabilidad del periodista por su trabajo".3

Aunque siempre termina imponiéndose el plano de la realidad, donde la profesión reporteril tiende a convertir a quien la ejerce en engrane de una industria, la de los diarios impresos, que no acaba de sentirse cómoda en el mercado complejo y tiránico de la comunicación post industrial.

Ilustración: M.C. Escher
El fotorreportero y escritor francés Patrick Bard,4 de L'Humanité, precisa de qué modo esta nueva situación se ha reflejado en los contenidos y la asignación de espacios: "Desde que, hace 28 años, empecé a trabajar como fotógrafo, no termino de ver reducirse el espacio consagrado al relato fotográfico o al trabajo de investigación. Aunque nunca se habían visto tantas fotografías publicadas, se trata de imágenes ilustrativas, decorativas o sobre historias consagradas a celebridades o a emisiones de trash-tv. La actualidad más bien está tratada por una imagen simbólica, una imagen única transmitida por agencias como Reuters o AFP. Los fotógrafos pocas ocasiones utilizan su talento para relatar una historia larga, con fondo".

Así, por ejemplo, el reportero de investigación o el que ejerce el periodismo de proximidad, y aquel productor de noticias característico de las sinergias productivas constituyen fuerzas en tensión que expresan y son el principal síntoma de una paradoja que se plantea a las empresas mexicanas editoras de diarios en su titubeante camino hacia la multimediatización (al incursionar en medios virtuales y electrónicos).

En el México de finales de la década de 1970, Fátima Fernández Christlieb fue de los primeros estudiosos en observarlo. Cuando pocos comprendían hacia dónde se dirigían los medios en un mundo que se globalizaba e informatizaba, y un país ya en crisis permanente, obsesionado por mantener sus viejos arreglos sociales, ella apuntó: "Dos serán las constantes que se mantendrán en el terreno de los medios de difusión durante la década de los años ochenta: una movilización de las organizaciones sociales en búsqueda de canales de expresión propios y un crecimiento acelerado de la tecnología informativa hacia nuevas formas de privatización". E insistió: "Entra un nuevo actor en escena: la sociedad civil".5

Sobrevivir y aumentar rendimientos exige a las empresas optimizar costos, actualizarse tecnológica, financiera y mercadológicamente, y diversificar sus fuentes de captación publicitaria. Para ello deben contener los salarios de sus periodistas y obtener del trabajo de éstos el mayor volumen posible de subproductos noticiosos (breves y perezosas notas para la versión on line, y en audio o video para los medios electrónicos); privilegiar los contenidos espectaculares sobre los útiles, y estrechar con anunciantes -oficiales o privados- lazos que derivan en connivencias y sumisiones, perniciosas sin duda para el derecho de la información.

Pero enfrente tienen a la colectividad, como interlocutor de relevancia creciente, que si al principio no había interiorizado la noción de su derecho a estar enterada, tal vez de forma instintiva ahora se siente expuesta a la inseguridad informativa6 y comienza a preguntarse si puede -y cómo- tomar decisiones que redefinan su entorno mediático.7

O sea, la paradoja reside en que los diarios, casi siempre administrados como una división de negocios más de los conglomerados multimediáticos, pueden disponer con facilidad de un ejército mal pagado y equipado de obreros maquiladores de noticias en serie, pero la comunidad a la que se deben -o tendrían que deberse- les demanda con voz cada vez más audible, responsabilidad, veracidad, diversidad, servicio, actitud ética y proximidad con sus problemas e intereses. Para satisfacer a esta ciudadanía dichos diarios necesitan, a despecho suyo, reporteros especializados que, por supuesto, sus redacciones asépticas y despersonalizadas no están en condiciones de engendrar.8 Deben por ello mirar afuera, donde una hueste desempleada les aguarda, deseosa de trabajo temporal, mezclada con periodistas que optaron por el freelance. Pero no obstante que la economía mundial se ha terciarizado y el outsourcing se revela como una opción eficaz, las políticas de tales empresas son indefinidas y las tarifas de pago por colaboración desproporcionadamente inferiores a las que permitirían la reproducción de la fuerza de trabajo del reportero.

Para cada medio, la disyuntiva inherente se resuelve pronto: si en la calle la oferta es copiosa, opta por la de menor costo, desplazando a segundo término la calidad. Y de ello resulta, además, una simulación: parte de la sociedad exige calidad y diversidad informativa, y el medio le aporta, en cambio, variedad y efectismo. Tal entramado de factores se traduce en pérdida de competitividad de los diarios y explica el desplome de sus tirajes o su desaparición; la causa fundamental de esto es que no sólo perdieron el monopolio de la comunicación de masas a raíz del surgimiento de la radio, la televisión e Internet, en el transcurrir del siglo pasado, sino que han ido desnaturalizándose.

En el centro de este delta turbulento se sitúan el reportero y la cuestión de si tiene un papel personal que desempeñar como responsable intelectual de la construcción de contenidos mediáticos, o debe adaptarse -de acuerdo con la presión empresarial- a la insignificante y repetitiva función que le ha sido asignada en la cadena industrial de producción y empaquetado de noticias dirigidas a un público -tantas veces hipotético- sin rostro ni móviles nítidos, y visto como un consumidor de cualquier otro bien.

Desde finales del siglo XIX, que es cuando nació, el espíritu del reporterismo no ha cambiado, como tampoco su utilidad social. En plena globalización, Tom Wolfe, la gran figura del nuevo periodismo (que irrumpió en el ámbito literario estadounidense a mediados de los 60), ha dicho que en su trabajo de novelista "hace falta el mismo esfuerzo que para informar: el esfuerzo de tener la boca cerrada y escuchar exactamente cómo habla la gente y qué es lo que dice".9

Algo semejante responde Humberto Ríos Navarrete,10 experimentado reportero de Milenio Diario, cuando se le consulta sobre la parte crucial de su actividad en la calle: "Llegas al lugar de los hechos y husmeas. Hasta el mínimo detalle. Observas y preguntas. En el camino, de regreso a la redacción o al pueblo donde te hospedas, ya tienes un bosquejo de tu crónica o reportaje -según-, pero en caso de no contar con los suficientes datos y [de que] tengas la intención de ir más allá de lo que viste o te contaron, debes seguir rascando". Como trasfondo, acota, está "la pasión" del reportero.

Germán Castro Caycedo,11 el más importante reportero de investigación colombiano (la mayoría de su producción aparece en libros, y ocasionalmente en El Tiempo, el diario de mayor circulación en su país) y que también habla de pasión reporteril (a la que define como "la sensibilidad y la observación que crece con la experiencia"), está convencido de que la transformación de la empresa mediática, y en particular la informatización del trabajo del reportero, trajo "un cambio radical en la mecánica del oficio, mas no en lo fundamental. Siempre he pensado que el periodismo tiene que ver en forma irremediable con el ser humano, con su medio, su cultura, y por tanto sus sentimientos, sus expectativas, sus historias de vida, sus desafíos".

Lo que ha cambiado es la forma como se vende la comunicación de masas. El ciudadano está familiarizado con el ejército vociferante de periodistas noteros cuya misión expresa es acosar con sus equipos a los personajes públicos;12 opinadores que viven de esparcir rumores y retratar, congraciándose, las frivolidades del poder (practicando antiperiodismo, en la medida en la que sus historias no son confirmadas ni emitidas con responsabilidad), y a reporteros y lectores de noticias que desde los medios electrónicos ofertan informaciones con gritos y ademanes, tratando a quienes protagonizan sus historias no como a personas, sino apenas despojos, supuesto objeto de deseo de esa hipotética audiencia despersonalizada.

Dónde quedan el reportero atento a lo que dicen los demás al que alude Wolfe; el comunicador apasionado que observa, pregunta y "rasca", según la definición de Ríos Navarrete; o el ser humano, su cultura, sus expectativas y desafíos, que es aquello de lo que, dice Castro Caycedo, ha de ocuparse el periodismo. La cuestión es si el reportero profesional y el reportero-clown se repelen, y el segundo terminará desplazando al primero; si cada tipo de medio producirá sus reporteros clones de acuerdo con su perfil editorial o si ambas funciones son complementarias.

"Son, en la medida de lo posible, negociables", responde con el mejor ánimo Erick Fernández,13 profesor-investigador del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana. Y está convencido, además, de que los roles del periodista como profesionista con responsabilidad social y ética, y al mismo tiempo como pieza de la dinámica industrial, pueden coexistir "siempre y cuando los criterios de independencia, autonomía y profesionalización estén bien asentados en su ejercicio periodístico, y que, cual sea el medio para el que trabaje, tenga criterios de calidad progresiva y actualización. [] Hemos visto en medios que se dicen independientes, modernos, a periodistas metidos hasta el fondo en corrupciones y, al contrario, medios conservadores en todas las rutinas, con periodistas que destacan por su independencia y autonomía. En esta fuerza de tensión entre la industrialización del proceso multimediático y el ejercicio periodístico basado en criterios de ética, es clave la autonomía frente a la realidad, al medio y al poder". Esta mención a medios con fachada de independientes es interesante, porque hay en la industria un perfil de empresas que se ofertan como independientes, que ponen a disposición de sus consumidores una suerte de periodismo militante detrás del cual funcionan negocios legales e ilegales con el poder, y que convierten a sus reporteros en amanuenses.

Julio del Río Reynaga prefiere los siguientes términos, que en cierta forma clarifican -y reivindican- las diferentes situaciones planteadas por el mercado laboral: " hay dos clases de reporteros. Uno es el noticioso, que cotidianamente acude a las fuentes de información a recoger los boletines de prensa o la noticia que se le proporciona oralmente; el producto de su trabajo puede leerse todos los días en forma de notas o crónicas noticiosas publicadas en los diarios.

"Paralelamente existe otro periodista que por días, y a veces por semanas, se dedica a investigar una situación, sea por indicaciones del propio periódico o por iniciativa propia. El producto de su trabajo son esos reportajes que se anuncian con espectacularidad en las revistas y publicaciones diarias."

Y añade que "el reportero que escribe reportajes, instrumentos del periodismo moderno, ofrece una imagen nueva. Ya no es el lírico, ni el meramente intuitivo ni el improvisado, sino el que tiene sentido de la realidad, el sistemático.

"Se trata de un profesional capaz de redescubrir el pasado y diagnosticar el futuro para mostrar el presente. Es un poco historiador, con algo de mago, pero sobre todo periodista: expositor del presente. El hombre que se tutea con todos los tiempos."14

En última instancia, los factores en juego son múltiples. No es tan fácil como sostener que cada periodista está en posibilidades de hacer su elección. El mercado de trabajo los expone a una presión extrema que repele no necesariamente a los más incompetentes o corruptos, sino a los más débiles, a aquellos que no pueden librarse o se dejan seducir por el día a día, y no desarrollan armas profesionales para especializarse y madurar.





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