Fernando Savater
La relación ética no es la única posible con el otro; tiene, a nuestro modo de ver, el privilegio de ser la
que más críticamente busca su arraigo coherente y consciente en lo que el hombre quiere y en lo que el
hombre es, o sea en lo que quiere ser.
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El mundo no sólo es lo que es, sino también, puesto que el hombre lo habita y lo anima, lo que
puede ser y lo que debe ser. Se cifra así en el ideal ético un rechazo de la indiferencia.
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El ideal ético consiste en articular y reconciliar todo aquello que el hombre quiere, es decir, todo lo que
para él vale.
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La ética es un esfuerzo creador, consiste en poetizar la vida y transformarla en obra de arte, en artificio;
los dones construidos, los que provienen de vencer con esfuerzo una resistencia o superar el determinismo de
una inclinación.
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Lo malo de los intereses no consiste tanto en lo que quieren como en lo que renuncian a querer, al
abusar de la polarización que prefieren.
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Claro que no toda forma de triunfar vale, ni tampoco todo lo que la opinión mecánica considera victoria
o eficacia lo es realmente (...) no es verdadero triunfo aquel conseguido merced a lo que nos desmiente.
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En la dignidad se afirma la incondicionalidad y autodeterminación del querer humano, no sometido a
ninguna restricción o servidumbre, que no admite en este mundo la existencia de ningún rango superior ante el
que necesariamente doblegarse.
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El ideal de la comunicación racional no es un problema pura ni siquiera principalmente lingüístico, pues
la reciprocidad exige un mismo plano en el que comunicarse, una intrínseca igualdad no obstaculizada por
la violencia, la miseria, la ignorancia o el monopolio de las decisiones colectivas en manos de unos cuantos.
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La ética nunca renuncia o aplaza su querer, porque precisamente se opone a la
instrumentalización del hombre, no sólo por otros hombres sino también por sí mismo (...) Lo importante para la ética es la
consecuencia, no las consecuencias, pues nada puede tener peores resultados que la abolición de la posibilidad
presente y el postergamiento del querer tras una cadena de medios elegidos por la necesidad misma y no por
nuestra libertad.
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La ética no lo puede todo, no lo penetra todo, quizá ni siquiera aspire de veras a todo. Tropezamos con
su límite pronto, aunque quizá no tan pronto como cree la mayoría ni allí donde la mayoría suele encontrarlo.
La ética está entreverada de lo que la subvierte y lo que la burla: también de lo que la inunda, de lo que la
rebasa. Abnegada por pura altivez, insiste en dar cuenta de aquello que se da cuenta de que no puede ser
contado. Pero insiste y vuelve a insistir. Sin embargo, su secreto es que nadie va a contentarse sólo con ella; que
ella misma, solitaria y desnuda, es inconcebible. Por eso en su fervor humanista hay algo dramáticamente
sobrehumano y por eso a la sombra del respeto que predica tiembla incontenible una gran carcajada.
Subrayados de Marco Levario Turcott