Relación mística con la Frecuencia Modulada
Yuriria Sierra
"Si un una vez dije que te amaba, hoy me arrepiento; si una vez dije que te amaba, no sé lo que pensé,
estaba loca". Ricardo apaga el estéreo casi de un puñetazo. Su frente se ha contraído sobre sus ojos, la boca se
tuerce hacia abajo mientras se aferra furiosamente al volante para que la decisión que descarga su pie sobre el
acelerador no provoque una inesperada volcadura. (El destino ya se volcó: que no se desquicie el coche.)
Mariana, Mariana, Mariana Es todo lo que Ricardo piensa mientras el Chevy plateado gira
descontrolado, emancipado por fin del control de esas manos que desde hacía dos años lo sometían a recorrer incansable
e inútilmente la ciudad, en búsqueda permanente de ese otro extraño, el Pointer rojo.
Hacía apenas un día que por fin había vuelto a verla. No sólo seguía siendo hermosa, con esos ojos casi
amarillos de tan amielados que eran y esa mirada casi dolorosa de tan penetrante que resultaba; no sólo conservaba
esa sonrisa casi maligna de tan inescrutable y ese aire casi sacro de tan genuino que era; Mariana, sobre todo,
mantenía aquello que a cualquiera hubiera enloquecido: un crudo control. Control sobre todo; sobre ella, sobre él, sobre
el mundo, sobre el cielo y hasta sobre el mismo infierno. Un control neutro y por ello devastador, petrificante.
Apenas ayer Ricardo supo, diez minutos antes de que el feliz encuentro se produjera, que la vería. Lo supo
mientras manejaba en Anillo Periférico, en uno de esos días casi cursis, soleados y azules, en que la gente amanece de
buen humor sin motivo aparente, y sonríe nada más porque sí. Iba en Anillo Periférico, a la altura del entronque
con Viaducto, cuando el locutor de la estación de radio que escuchaba en ese momento, inesperadamente,
anunció esa vieja canción que ya nadie tocaba, que ninguna radiodifusora programaba y que tanto había significado
para él y Mariana hacía dos años, cuando se conocieron y toda la historia comenzó. La sonrisa de Ricardo se
desplegó a lo largo y ancho del rostro; sonreían la boca, los ojos, las cejas, al compás de los primeros acordes de "La calle
de las sirenas". Cantó de principio a fin cada estrofa; rió a carcajada franca, cómplice sólo de sí mismo, cuando
los vecinos de alto en el Paseo de la Reforma lo miraron con reprobación mientras cantaba a todo pulmón el
estribillo "Hoy la voy a ver", pensó cuando la canción terminó, con una certeza sobrenatural.
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Foto: Ann Rhoney |
Mariana, Mariana, Mariana Es todo lo que Ricardo piensa mientras el plateado cochecito boicotea su
momento de felicidad apagándose y ahogando su propia marcha justo en el cruce de Reforma e Insurgentes, con tal
de vengarse de tantos kilómetros que el lunático le ha hecho recorrer en balde, de las muchas horas que han
pasado estacionados en esa esquina, vigilando esa misma casa, de la vez que le abolló una puerta, con una patada de
patán, cuando realizaban el mismo obseso recorrido nocturno, y el lunático vio que el Pointer rojo no estaba
estacionado donde siempre, a eso de las tres de la mañana.
Ricardo conoció a Mariana en una reunión de amigos en común. El, sentado, fue sorprendido por una
mujercita desconocida. "Baila", ordenó ella con un gracioso tono patriarcal. Prácticamente lo jaló para levantarlo del
sillón y hacerlo danzar mientras ella daba locas vueltas a su rededor, algo más que alegre por las cubas o las cervezas
que para ese momento de la noche habría tomado, embriagada y embriagante. Se detuvo frente a él y clavó en sus
ojos una mirada casi dolorosa de tan penetrante que era y fue entonces cuando lo besó, así, sin explicaciones,
controlando todo. "La calle de las sirenas" era la canción que musicalizaba el delirio que Ricardo sintió en ese momento.
Mariana despegó su boca, "Besas pésimo, te voy a enseñar", y le mostró por primera vez esa sonrisa casi maligna de
tan inescrutable que era.
Mariana, Mariana, Mariana Es todo lo que Ricardo pensaba mientras su auto compacto era empujado hacia
la gasolinera por él y por otros dos hombrecillos limpiaparabrisas cuando, de repente, tuvo unas indecibles ganas
de que alguien pusiera el freno de mano o la reversa cuando vio ahí, primero que nadie, alimentándose con
glotonería de Magna plus, al Pointer rojo de las pesadillas, el culpable de que el lunático golpeara todos los días el tablero,
el volante, la palanca de velocidades; el coche que habían seguido más de una vez hasta la entrada a un
estacionamiento de oficinas, al que habían perdido otras tantas a mitad del tráfico defeño.
Ricardo la vio hasta que su corazón, que saltaba con una fuerza que él atribuía al esfuerzo de empujar el
coche, le avisó que dirigiera la mirada a la bomba de la izquierda. El corazón se detuvo por una milésima de segundo.
Por fin se producía el encuentro casual que había esperado durante tanto tiempo, desde aquella vez en que
Mariana le había dicho que no quería volver a verlo nunca. Ahora, Ricardo no sabía qué hacer, y por reflejo se metió al
coche y encendió el estéreo mientras pensaba cómo proceder, " estabas ahí, deteniendo el momento en que te
vi, estabas ahí, alterando la tranquilidad en mí". Ricardo cobró valor. La canción era una señal esperanzadora,
así que bajó del coche y fue directamente a saludarla. No sólo seguía siendo hermosa, con esos ojos casi
amarillos de tan amielados que eran y ese aire casi sacro de tan genuino que era. "Bueno, cuídate, me tengo que
ir corriendo". Mariana, sobre todo, mantenía aquello que a cualquiera hubiera enloquecido: un crudo
control. "¿Puedo llamarte, para vernos?". Ella reflexionó un momento, antes de meter primera y arrancar. Control
sobre todo; sobre ella, sobre él, sobre el mundo, sobre el cielo y hasta sobre el mismo infierno. "Está bien,
márcame mañana". Un control neutro, devastador, petrificante.
Mariana, Mariana, Mariana Es todo lo que Ricardo piensa mientras el Chevy recorre de punta a punta la
ciudad. El lunático está más afectado que nunca; hoy, después del encuentro en la gasolinería, el lunático no ha dejado de manejar sin rumbo durante más de seis horas al hilo, ha cargado gasolina dos veces y no han parado más que
unos minutos para que el lunático descargara la vejiga.
"Mañana te llamaré, Mariana, y todo será como antes, porque el destino quiere que estemos juntos".
Ricardo sentía tal felicidad que no habría podido quedarse quieto en su casa ni un solo minuto; era ya de madrugada y
él seguía recorriendo todas las vías rápidas de la ciudad porque deseaba gozar de su exaltado sentimiento hasta
que llegara la hora en la que fuera prudente marcar ese teléfono que sabía de memoria, a pesar de no marcarlo
desde hacía tanto tiempo. Repasaba una y otra vez la corta conversación que tuvieron en la estación de gas,
convencido de que Mariana había sentido la misma felicidad que él al ver que el azar se mostraba tan generoso esa tarde.
Como no había otra manera de saberlo, Ricardo, que no le habría confesado a nadie cuánta tribulación y cuántas
dudas le provocaban sus sentimientos por Mariana, sólo había encontrado en su secreta conversación con el radio
una suerte de complicidad; era como si le preguntara por su futuro a una gitana que lee las cartas, y en ellas el
destino de los hombres; preguntó entonces si acaso Mariana sentía por él lo mismo que él por ella. Encendió el
autoestéreo y sonrió cuando escuchó el final de un comercial que se transmitía en ese momento: "Porque sólo cuando hay
dos todo lo que tienes vale algo". Ricardo no tuvo duda alguna, la radio contestó y confirmó sus suposiciones:
Mariana también lo amaba. "¿Y qué pasará cuando la llame?". Ricardo picó el botón de otra estación y la respuesta
del oráculo lo dejó estupefacto " llama pronto por favor, ouuoo, necesito oír tu voz, ouooo". Con la
tranquilidad alegría, en realidad derivada de tan buenos presagios, decidió ir a dormir y esperar a que la mañana le
permitiera, al fin, concretar las profecías que intuyó desde el día en que Mariana lo besó por primera vez.
Mariana, Mariana, Mariana Eso era todo lo que Ricardo pensaba mientras el Chevy plateado podía
finalmente echar a andar el ventilador para enfriar sus engranajes, después de deambular sin sentido por todo el DF
porque al lunático le había entrado otra vez la enajenada terquedad, como el año pasado, con el jueguito ése de
preguntarle necedades a las emisoras, como si aquellas tuvieran vida, o inteligencia, o algo por el estilo. Estaba loco, loco
de remate. Sólo había soportado la extravagante manía del lunático entablar una relación mística con la
Frecuencia Modulada, porque era mejor conductor cuando esperaba una justificación musicalizada a sus aberraciones
mentales. Qué disparate, como si el lunático no tuviera capacidad de decisión, ahora resultaba que entidades
sobrenaturales se manifestaban a través de las ondas hertzianas, ¡bah!
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Foto: Juan Carlos Rojo |
Las nueve de la noche y Mariana no contestaba el teléfono. Cinco recados había ya dejado Ricardo a la
máquina contestadora, con una voz que se iba quebrando un poco más a cada nueva llamada, una voz que hubiera
querido preguntarle a la grabación si acaso le podía informar dónde estaba Mariana y por qué no contestaba a sus
llamadas o si por lo menos podría darle el nuevo número de su celular. Hacía tiempo que ella había cambiado su
antiguo número, pero aún así, lo volvió a marcar para preguntar a quien contestara si acaso podría proporcionarle
algúndato. "Disculpe, pero este número me lo asignó la compañía, no conozco a esa Mariana". Nueve y media de la
noche; el alma de Ricardo sintió una punzada apocalíptica cuando notóla canción que en ese momento se expandía
por las bocinas: "... ingrata, no me digas que me quieres, no me digas que me amas, yo ya no te creo nada...".
Ricardo se orilló y puso las intermitentes. Llovía, llovía a cántaros. No, no había de qué preocuparse; la canción fue
casual, él no había preguntado nada. ¿Por qué Mariana no le contestaba si era ella la que le había pedido que la
llamara hoy? "... sunday bloody sunday, sunday bloody sunday...". No, estaciones en inglés no cuentan. A ver, mejor
otra:
"... ¡no puedo! Márchate, ¡márchate ya!..."; no, Ricardo no se estaba concentrando lo suficiente en su
pregunta; esta vez puso toda el alma y el corazón hasta lograr ese gesto casi infantil, cerrar tan apasionadamente los ojos,
y el rostro terminaba por confesar que no había nada que deseara tanto como una contestación rápida a todas
sus interrogantes. Dirigió su dedo a ciegas hacia la carátula del autoestéreo y presionó uno de los 6 botones en
memoria, cada uno para una radiodifusora diferente... Silencio. Nada. Más silencio. Cómo se atrevía, cómo se atrevía el
radio, dios, el diablo, qué importa quién estaba detrás de las bocinas a dejarle a él, que tanta confianza había
depositado en sus augurios, así nomás, así a la intemperie de su propia angustia. "Te doy una sola oportunidad: o me
contestas bien, o a la chingada".
Mariana, Mariana, Mariana... Es todo lo que Ricardo piensa mientras la lluvia ácida carcome poco a poco
el plateado esmalte; mientras la respiración del lunático está empañando las ventanas y apestando las vestiduras;
nada más desagradable que el vaho del lunático mientras vigila, esperando el arribo del mismo Pointer rojo. Pero hoy
algo se siente y se presiente distinto, ¿será que esta vez el lunático tendrá planeado chocarlo?
"... si una vez dije que te amaba, no sé lo que pensé, estaba loca". Ricardo apaga el estéreo de un
puñetazo. Acelera. El destino ya se volcó.
Mariana, Mariana, Mariana Es todo lo que Ricardo piensa mientras un coche plateado gira
descontrolado. Mariana, Mariana...
Entra en el auto, se sienta, toma el volante, abrocha el cinturón de seguridad, mete primera, baja la ventana, prende un cigarrito, abre el cenicero, arranca. Mariana nunca entendió por qué ese loco al que había visto tres o cuatro veces en su vida y que jamás dio muestra alguna de interés por ella, decidió un buen día atropellarla frente a su propia casa. Mariana todavía no lo comprende. El espejo tampoco... Afortunadamente, en ese momento empieza a sonar en el radio una canción que la distrae de esas preguntas.