¿Fuiste traviesa?
Sí. Recuerdo que cuando tenía como diez años, en la casa de al lado vivía un muchacho que estaba
semienamorado de mí y sobornaba a la muchacha para que lo dejara esconderse en mi clóset; cuando yo llegaba de la escuela
abría la puerta del clóset y salía intempestivamente. Yo lo odiaba con un odio feroz. Una tarde, su hermana llegó a
casa con una gelatina y dijo: "mañana va a ser el cumpleaños de César y estamos preparando una fiesta sorpresa,
¿podríamos dejar la gelatina aquí para que se cuaje?". A esa gelatina le puse pimienta, detergente en polvo y cuajó
perfectamente (risas). Después me contó mi mamá que en aquella fiesta hubo personas que vomitaron
(risas).
¿Sigues haciendo travesuras?
Sí, con lo que escribo. Me parece que al análisis político en México le falta sentido del humor, mordacidad; a
los analistas políticos les falta tomarse menos en serio, jugar con el lenguaje, las ideas. Yo uso muchas metáforas,
me inspiro mucho en el cine, incluso, en los juegos de mis hijos. Mi hija fue quien me sugirió el título de lo que
fue después mi columna: "Marth Vader", en la que comparo a Marta Sahagún con el personaje de Darth Vader; ella
se había ido también al lado oscuro de la fuerza
(risas); había sido como Anakin, ese personaje lleno de esperanza,
el elegido, que después se transforma en la encarnación de todos los males y se convierte en todo aquello contra lo
cual peleó.
¿Te leían cuentos antes de dormir?
Mi padre me leía mucho sobre la mitología griega y me contaba cuentos de diosas y dioses, de héroes y
heroínas; siempre eran cuentos que sucedían en otros lugares, en otras latitudes. Todos los domingos, cuando nos
sentábamos sobre su cama, ponía un globo terráqueo, le daba la vuelta y me decía "escoge". Yo escogía el país y me inventaba
un cuento de ese país; en muchos de esos cuentos la protagonista era la princesa Denise, que era guapa,
valiente, atrevida, luchando siempre por las mejores causas. Esos cuentos, creo, fueron definitorios para mí.
¿Veías el Chavo del
ocho?
Nunca he visto mucha televisión. Y he de confesar que sigo sin ver. Confieso que soy analista de la
política mexicana sin ver la televisión mexicana (risas).
¿Ni siquiera la veías cuando tú eras parte de la televisión?
A veces lo hacía. Me daba tanta ansiedad por lo que pude haber dicho y no dije, por cómo pude haber
reaccionado y no reaccioné. Me veía poco, en realidad. Tengo una relación tensa con la televisión, porque al mismo tiempo
que reconozco su poder, me preocupa su reduccionismo. Cuando salí de Canal 40, en una situación muy
intempestiva, muy difícil, pensé que era un golpe profesional del cual no me iba a recuperar jamás; lo padecí mucho. Pero
siento que fue lo mejor que me pudo haber pasado, porque salir de la televisión me llevó a escribir. Y la televisión lo
vuelve a uno famoso, pero no lo vuelve influyente. Cuando haces televisión dejas de pensar, actúas, todo es
performance; te preparas, pero te vuelves entrevistador, explicas, simplificas el mundo para quienes te ven, pero no lo analizas.
¿No eres influyente cuando estás en televisión?
Bueno, sí tienes cierta influencia, pero es una influencia distinta; es la influencia que te da confrontar,
entrevistar, acorralar a quien tienes en la mesa, obligarlo a confesar alguna cosa, confrontarlo con su pasado, con la
distancia entre sus promesas y sus actos. Pero eso es diferente a pensar de manera seria en los cuellos de botella de México,
en cómo proveer soluciones. Es debatible la influencia de la televisión porque, innegablemente que en un país de
pocos lectores, donde la mayor parte de las personas reciben su información política a través de la televisión, ésta
tiene mucha más diseminación.
¿Por qué saliste de Canal 40?
Mi salida fue porque en una entrevista con Francisco Labastida, justo antes de la elección de 2000, le
pregunté que cómo explicaba el regreso de Manlio Fabio Beltrones cuando recientemente había sido acusado por
The New York Times de estar vinculado con el narcotráfico. En esa entrevista Labastida respondió con una puerilidad: que
no tenía nada que ver con la campaña. Y al aire, Ciro Gómez Leyva me increpó, que cómo era posible que yo sacara
a colación el tema cuando nunca se había probado la acusación. Ciro tiene una relación estrecha con Manlio
Fabio Beltrones y él ha definido su posición profesional en torno a ese tema. Fue una entrevista muy tensa, Labastida
llegó con su séquito y cuando Ciro me increpó todo el séquito hizo: "¡ahh! ¡bien!". Esa noche, el dueño del canal me
habló y me pidió que me disculpara públicamente, eso era algo que yo no podía hacer. Mandé mi renuncia.
En el momento en que Ciro me increpa, de pronto cambian todas las reglas del juego; mi colaborador me
pone contra la pared cuando me dice que a Manlio Fabio no le han probado nada y yo digo: "Bueno, han pasado tres
años y no ha probado su inocencia". A lo que me refería con eso es que seguía la sombra de cuestionamiento, pero
en términos estrictamente legales fue equívoco de mi parte decir algo así, porque le estaba quitando la presunción
de inocente.
¿Reconoces que fue un error periodístico?
Sí. No reconozco ni reconoceré jamás como un error haber hecho la pregunta, me parece que la pregunta
era absolutamente válida, pero fue un error de mi parte decir eso como lo dije, las palabras que usé, producto de
mi acorralamiento en ese momento y del hecho de que no soy abogada. Eso abrió la puerta para que se me
criticara. Recuerdo que Sergio Sarmiento escribió algo diciendo que sólo los fascistas exigen que uno compruebe su inocencia.
¿Este capítulo te sigue causando coraje o reclamos?
Creo que es interesante el episodio por lo que revela en términos de la libertad real de expresión, en términos
del comportamiento profesional al aire; si fue un error de mi parte responder así, fue un error de Ciro el
haberme increpado; creo que fue un error compartido. Incluso él tuvo la generosidad de llamarme y decirme:
"Regresa, puedes decir lo que quieras al aire". Sentí que quizá fue uno de esos actos simbólicos, heroicos, que
pasan desapercibidos y que son ridículos
(risas), que uno se planta en su posición de querer demostrar algo que quizá
no valió la pena demostrarlo, pero que para mí era importante no claudicar.
¿Cuál es la diferencia entre un periodista y un juez?
Yo no estudié periodismo, no me defino nunca como periodista, soy editorialista, columnista y eso es muy
diferente. Ser periodista implica objetividad, imparcialidad, dar los dos puntos de vista al mismo tiempo, me parece que
quienes conducen la noticia deben siempre atenerse a ello.
Deben actuar como periodistas, no como editorialistas
Sí, no como editorialistas.
No como jueces
No deben actuar como jueces. Pero como columnista, con ese espacio que es mío, ahí sí puedo ser juez, porque
es mi opinión y trato de sustentarla. Y cada artículo que escribo se basa en 70 cuartillas que he leído sobre el
tema, además trato de ponerme la capa o el sombrero del ciudadano, no sólo del intelectual, del politólogo.
¿Como articulista te has excedido?
Sí. Creo que con frecuencia he sido muy agria, muy mordaz, muy dura, pero no me arrepiento, porque
mi mordacidad, mi dureza o mi agriedad son poca cosa en contraste con los abusos que han cometido las personas
de quien escribo. Yo no me arrepiento ni un solo segundo de criticar a Santiago Creel como lo he hecho. Creo
que históricamente ha faltado dureza en el comentario político, ahora la gente se asusta. Incluso en mis épocas del
Canal 40 decían qué agresivas: "Denise la mala y la más mala"
(risas). El estilo que tenía era el que veía todas las
noches en países donde los periodistas y los ciudadanos se sienten empoderados
(sic) y con derecho de criticar a quienes ellos han llevado a esas posiciones, a quienes ejercen el poder porque se lo otorgaron, a quienes gastan sus
impuestos porque decidieron hacerlo. Aquí hay una genuflexión frente a los políticos, hay una reverencia, un respeto que
no deberían tener.
¿Hay un rasgo de ternura dentro de esa articulista dura, agria y mordaz?
A quienes creen que no existe ese otro lado les recomiendo que lean el artículo "El país de uno", que es un
poema de amor al país, o que lean Gritos y
susurros Eso de ser una entrevistadora agresiva creo que lo dicen porque
soy mujer, porque vivimos en un país en el cual no se les ha permitido a las mujeres expresar públicamente su
opinión, su fuerza. La manera en la que yo entrevistaba en Canal 40 es exactamente igual a la manera a la cual
entrevistan muchos hombres.
¿Qué es el amarillismo?
Es la exageración, la estridencia, el desvirtuamiento de la realidad para vender y hay mucho en este país. Lo
veo como parte de ese proceso catártico que se da después de 71 años de vivir como país amordazado; es como
si descorcharas una botella.
¿Y qué es la mesura?
¿Sabes cuándo empieza a darse la mesura y el profesionalismo? Cuando hay más competencia, cuando hay
leyes de libelo. Por qué The New York
Times cuida tanto lo que publica
Y también se le va, hay varios ejemplos
¡Sí! Y también se le va. Pero, ¿qué hace cuando se le va? Meses de investigaciones, de auditorías, de planas
y planas explicando el error, ¿por qué? Porque las leyes de libelo son sólidas, no son utilizadas políticamente.
¿Alguna vez has sido víctima de los medios?
Mmmm ¡Sí!
(risas) Hace poco, en Proceso publicaron una caricatura que me presenta como dos cosas que
no soy, puedo ser muchas otras cosas, pero no soy gorda o vieja
(risas). Y pienso hablarle al caricaturista, al
que seguramente le caigo mal. Bueno, no En La
Jornada. ¿Te acuerdas cuando salieron esas 13 cajas de
documentos que describían el fraude de Roberto Madrazo en Tabasco, y en esas cajas salió una lista de intelectuales
comprados por Roberto Madrazo? La Jornada publicó en primera plana mi nombre y ni siquiera me hablaron. La crónica
decía que yo había ido a Tabasco, todo pagado por Madrazo, para ser observadora en las elecciones. Yo no he estado
en Tabasco jamás, ni hace 15 años ni hasta la fecha. Me parece que
La Jornada derrapó y cuando protesté
publicaron una cartita ahí perdida.
¿Cuál es el aspecto de tu trabajo que menos te gusta?
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Tengo la enorme fortuna de no poderte dar uno solo, porque me gusta mucho ser maestra, porque me retan y
me apasionan mis columnas, porque me gusta hacer radio con Gutiérrez Vivó y mi comentario con Javier
Solórzano, porque me gusta escribir Lo que me frustra con frecuencia es regresar a debates que yo ya pensaba que el
país había superado, recorrer el mismo sendero una y otra vez. Creo que un momento de enorme soledad profesional
para mí fue cuando el Congreso votó el desafuero, y no porque yo sea acólita de Andrés Manuel López Obrador,
cualquiera que me haya leído sabe que no es así, pero es que me sentí muy sola, como se sintieron muchos que llevan diez o
15 años peleando y escribiendo en favor de la democracia, me sentí personalmente traicionada por Santiago Creel y Vicente Fox, por haber creído en ellos. Tengo una amiga que dice que quienes usaron el voto útil ahora están
en psicoterapia. ¡Yo fui de los del voto útil! Yo voté por Vicente Fox y PRD todo lo demás. Fue frustrante pensar que
el Presidente al cual yo había ayudado a llegar ahí, como lo ayudaron otros 38 millones de mexicanos, utilizaba a
la democracia para sabotear; me frustra que en este país Roberto Madrazo todavía sea un candidato viable, cuando
en cualquier otra democracia funcional ya no lo sería, estaría muerto políticamente por su historia, por sus
traiciones, por su fraude en Tabasco.