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Con frecuencia he sido muy agria



Thelma Gómez Durán / Denise Dresser



Politóloga, investigadora y periodista, ¿cuál de las tres facetas prefieres?

La que no mencionaste, la de ciudadana activa e indignada. Creo que ésa es mi definición esencial.

¿Indignada desde hace mucho?

Indignada después de que pasé cinco años en Estados Unidos y regresé a México a mitad del sexenio de Vicente Fox. Estoy indignada frente a lo que pudo haber sido y dejó de ser, frente a la posibilidad truncada del cambio, frente a la apatía de un país al cual se le está acabando el tiempo para reformarse. Indignada, también, frente a lo que no cambia: las estructuras de poder tradicionales; las élites rapaces; los monopolios; los intereses establecidos que parecen haber sido poco afectados por una transición electoral, por una democracia electoral que lo es en el sentido de una alternancia entre partidos, pero no lo es en la forma que empodera (sic) a sus ciudadanos, que los represente y que se aboque a cumplir el original interés público.

¿Cuánto tiempo le queda al país para reformarse?

Diez años, menos, quizá cinco, si vemos la velocidad en que se están moviendo otros países y que son su competencia, que le están arrebatando nichos en el mercado, estoy pensando en los casos de China e India en cuanto a crecimiento económico, competitividad, productividad, innovación, capacidad de insertarse en el mercado global. México está dejando de hacer las reformas que lo convertirían en un país moderno y más allá de la retórica del país moderno, me refiero a elevar la calidad de vida; un país que crece a 2 o 3% no puede satisfacer la demanda de 40 millones de pobres, no los puede educar, no les puede ofrecer oportunidades.

La Denise que escucho ahora me parece diferente a la Denise que leí a principios de 2005, aquella que escribió el artículo "El país de uno", en donde le apuesta al optimismo

Fotos: Guillermo Cardoso
No era un artículo optimista, era un artículo cariñoso, un artículo que en vez de criticar todo lo que no funciona trataba de resaltar todo lo que yo quiero de este país. Recuerdo que recibí muchos correos electrónicos, pero el que más me impactó fue el de una mujer que me dijo: "Denise, te das cuenta que todo eso que tú quieres de México -las enchiladas de Sanborns, los murales de Diego Rivera, las casas de Manuel Parra (como en la que vive)-, son las cosas que a los turistas les gustan, las cosas folclóricas, las cosas bonitas, las cosas coloridas".

Muchos países están orgullosos de lo que logran, no de su pasado, no de su historia o de su cultura, sino de su progreso, de su dinamismo, de vivir echados para delante, de la igualdad de oportunidades. Si le preguntaras a un canadiense de qué está orgulloso -estoy casada con un canadiense, por eso lo sé- jamás te diría que la comida, los lagos, los árboles o el paisaje, te diría que del sentido de comunidad, las igualdades sociales, la tolerancia y del país que han logrado construir. El artículo "El país de uno" es un poema de amor para un país en el cual vivo por elección. Podría vivir mañana en Canadá o en Estados Unidos; traje a mi familia, agarrados todos de las orejas de regreso a México porque sentía que teníamos la obligación de hacer algo, de contribuir de alguna manera, de sacudir conciencias, de educar a universitarios, de escribir artículos, de publicar columnas, de ser ciudadanos que viven con la boca abierta.

¿No fue equivocada la elección?

Si pensara eso, no me podría levantar por las mañanas, porque a pesar de lo que se ve en términos de la élite política, a la cual le apuesto ya muy poco, veo estos archipiélagos de esperanza, y no estoy utilizando el término como lo usa Andrés Manuel López Obrador, sino la esperanza que se difunde en la indignación, en el activismo que comienzo a ver, en el periodismo que empieza a vislumbrarse, en el papel que está jugando, por ejemplo, el Instituto Federal de Acceso a la Información. Ésas son las tendencias positivas a las cuales quiero apostar, a las que emanan de una sociedad civil incipiente; al cambio que van a provocar los migrantes que regresan a México con sus remesas en la bolsa y comienzan a exigir lo mismo que ven al otro lado de la frontera.

¿Cuál es tu antídoto contra la apatía?

El enojo (risas) la energía que provee la indignación, la indignación cotidiana que siento cuando escucho a personas como (Arturo) Montiel hablar de sus aspiraciones políticas, cuando veo lo que se gasta para sostener a la democracia en este país: 416 millones de dólares, cuando Canadá gasta 20 y Estados Unidos 150. La indignación que me produce la pobreza, y no lo digo como cliché, sino como alguien que ve lo que están haciendo en otros lugares.

¿Cómo calificarías al poder?

¿En México?... Un poder que se agandalla; un poder que se ejerce de manera arbitraria y opaca porque puede, porque las estructuras del poder fueron construidas para amurallar a una élite privilegiada y mantener a millones de mexicanos fuera de esta muralla; un poder que no rinde cuentas, que crea un país donde hay una clase política que esencialmente hace lo que quiere y a una ciudadanía que padece los embates de esa clase política.

¿Te gusta ser líder?

Líder pero no en el sentido convencional. A mí no me gustaría ser un líder para coordinar un equipo, trabajar en una oficina o tener un presupuesto. Las estructuras convencionales de los líderes no me gustan; prefiero a los líderes que defienden su independencia, líderes al estilo de Martin Luther King o de Mandela, que operan al margen de las instituciones establecidas y que eso les da una gran libertad, una gran creatividad.

¿Un líder como el subcomandante Marcos? Él cumple con algunas características que mencionaste

Cumple con algunas características, pero Marcos no me parece un hombre moderno Marcos está hablando -y qué bueno que asuma ese papel, pero ese papel no es el mío- en nombre de los agraviados, de los pobres, de los desposeídos y exige que alguien resarza la deuda histórica con ellos, pero está mirando de alguna manera hacia atrás, está pensando casi de manera localista, aldeana.

Yo tengo una herencia privilegiada, mi padre era estadounidense, realicé el doctorado allá, estoy casada con un canadiense; veo mi papel como alguien que está mirando hacia fuera y quiere traer lo mejor de afuera hacia dentro; me parece que los ciudadanos de México deben serlo no sólo de México, sino ciudadanos globales que se insertan en el mundo de la tecnología, de las comunicaciones. A mí me encantaría que en este país hubiera empresarios, como los que admiro, como Michael Dell, como Steve Jobs. Eso que reconozco del carácter mexicano, que es la laboriosidad, el compromiso, la tenacidad, la gran creatividad, pudiera expresarse y que llevara a algo que es políticamente impopular o incorrecto en este país: la acumulación de riqueza. No estoy pensando sólo en redistribuir lo que existe, sino en cómo crear lo que no existe.

¿Sigues siendo la mujer-armadura, la mujer-acorazado, el carro blindado?

Menos de lo que lo fui durante muchos años, porque como escribí en aquel texto de Gritos y susurros, mi esposo me salva cotidianamente. Pienso en mi vida dividida en tres etapas: el paraíso, que fue cuando nací hasta cuando murió mi padre; el paraíso lleno de luz, glorioso, lleno de aventuras, de una gran felicidad. A partir de los siete años hasta los 33, cuando conocí a John, mi vida era la jungla, la selva; viviendo al acecho siempre, con un arco y una flecha, dependiendo de la dificultad de ser mujer y ser mujer en México, y de ser una mujer a la cual la educaron para que fuera igual a sus contrapartes, que tuviera ambiciones, sueños y fuerza, al igual que todos los hombres; jamás me sentí encajonada con mi género. Pero fueron años muy difíciles, es difícil ser mujer profesionista en México, es difícil pisar fuerte, hablar en voz alta, es difícil saberte saboteada y saber que te meten el pie y te cierran espacios. Y cuando conocí a John entré a la tercera etapa de mi vida: la de la fortaleza; como si alguien me hubiese construido una fortaleza amurallada en donde adentro hay una casa linda, tres hijos maravillosos, viajes, libros, arte, ideas. Vivo muy protegida ahí; todavía cargo con mi arco y con mi flecha pero ahora me subo a mi torre y disparo desde ahí, ya no estoy en la selva.

Es curioso, un hombre te dio fortaleza

Fui una soltera muy infeliz, una pésima soltera. Si hubiese un manual de todo lo que uno no debe hacer, yo lo hice ¡todo! Eso me quitaba gran energía, me confundía, trabajaba menos por eso, por la soledad. Con frecuencia mis alumnas del ITAM me preguntan: "¿Cómo haces todo esto: las conferencias, los viajes, las clases, las columnas?". Y digo: "Es que no estoy casada con un mexicano". No es porque piense que no hay hombres extraordinarios, claro que los hay, algunos de ellos son mis amigos, pero los dioses me enviaron a alguien que no tiene ningún problema con que yo tenga un perfil público, que no tiene ningún problema en que nos dividamos el trabajo, construir, educar, criar a nuestros hijos de manera absolutamente igualitaria. Yo le digo que quiero hacer algo y él me pone un trampolín para que salte más alto, pero porque viene de una cultura diferente, una cultura que nos lleva 30 años en términos del trato a sus mujeres. Recuerdo que cuando iba a casarme con él, su madre me dijo: "Tienes que casarte con John porque te va a cuidar, siempre te va a ser fiel, te va a respetar y tiene muy buenos dientes" (risas). En mis travesías de soltera, antes de John, nunca fue así, y amé a muchos hombres fascinantes, connotados, que han hecho cosas importantes en México y fuera, pero no me daban mi espacio o querían cambiarme, domesticarme.

¿John cumplía con la imagen que tenías del príncipe azul?

Cuando conocí a John, ya me había dado por vencida, ya no creía en los príncipes azules, me había topado sólo con enanitos verdes (risas). Encontrar a John no fue encontrar a un príncipe azul, fue encontrar un remanso de paz, fue, finalmente, quitarme un poco esa armadura, soltar las armas, dedicarme a tener bebés; tuve tres hijos en menos de tres años, tuve gemelos; dejé de escribir dos años, me dediqué a reír, a viajar, a gozar más de la vida, no sólo analizarla Aprendí a ser feliz. Creo que antes no le daba mucha importancia a la felicidad, me parecía una variable residual (risas), creía que era más importante ser exitoso o ser comprometido, cumplir ciertos objetivos, pero ahora soy una gran creyente de la felicidad.

¿Qué personaje literario te gustaría ser?

Me identifico con Hermione Granger, la aprendiz de bruja de los libros de Harry Potter. La que estudia y lee obsesivamente, la que siempre quiere ser la mejor de la clase, la que vive preocupada por la desigualdad y la opresión y que por ello organiza a los houseelves, para que no los exploten.

¿De niña escuchabas a Cri-Cri?

Muy poco. En realidad dejé de ser niña cuando murió mi padre y tuve una infancia muy pequeña, muy limitada, duró sólo siete años. Siempre fui niña de libros, leí y sigo leyendo vorazmente, creo que es la actividad que más hago. No podría escribir sin leer y leo muchísima literatura. Escribir cada columna no es sólo un acto de análisis, es un acto de creación literaria, cuido cada una de las palabras que uso, me toma tiempo escribir esas columnas, hago cuatro o cinco horas de investigación previa y me toma unas cuatro o cinco horas escribir cada columna.





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