Frivolidad y superficialidad
Luis Salazar C.
Sólo Dios (o Alá o Yaveh) sabe qué motiva a los perpetradores de acciones tan brutales como las del 11 de septiembre. La infinita insensibilidad moral, la crueldad ilimitada, que se requieren para asesinar con fría y calculada
premeditación a miles de personas inocentes es algo que escapa totalmente a mi capacidad de comprender a los seres humanos.
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Foto: El País |
Acaso esta incapacidad mía tenga que ver con mi correlativa incomprensión de lo que las religiones llaman
"lo sagrado", pues cuando leo la
Biblia o el
Corán no puedo sino asombrarme que las historias arcaicas que en ellos se narran, en ocasiones entretenidas, en ocasiones conmovedoras y en ocasiones moralmente repugnantes, despierten en
algunos de los fieles (judíos, cristianos o musulmanes) pasiones tan poderosas como para disponerlos a matar y torturar a
sus semejantes. ¿Cómo es posible amar a y morir por un dios celoso y vengativo, que parece deleitarse en el sufrimiento
y la humillación de sus presuntas criaturas? ¿Cómo es posible adorar a un ente que exige imperativamente, con
amenazas de todo tipo, adoración? Más que un ser divino y superior me parece un pobre diablo, un ser absolutamente ridículo
y despreciable.
Sin embargo, nada de esto es nuevo: las masacres en nombre de "lo sagrado" parecen ser tan viejas como
la humanidad. Filósofos, sociólogos y psicólogos han hecho esfuerzos considerables para explicar estos fenómenos;
pero habría que reconocer que ninguna de estas explicaciones resulta del todo satisfactoria: el odio y la barbarie que genera "lo sagrado" no sólo vuelven racionalmente inaccesibles a los creyentes sino que, por su desmesura misma,
parecen situarse más allá de toda posibilidad de comprensión racional, propiamente laica. En todo caso, no me parecen
adecuadas las teorías que pretenden dar cuenta del fanatismo hablando de la pobreza material o de las injusticias. Los
fanáticos, si acaso, son pobres de espíritu, son seres que tienen hambre no de justicia sino de sentido, de significado para su
vida y para sus "egos" insaciables. Por eso siempre encontrarán causas para matar y para morir, siempre tendrán
pretextos para odiar infinitamente a los otros, pues sólo odiando así pueden arreglar cuentas con el sin sentido de su propia
y miserable existencia.
Lo nuevo entonces son los recursos con los que los hoy fanáticos pueden realizar sus planes terroristas,
elaborados con imaginación e inteligencia indiscutibles. Su evidente arcaísmo moral para nada es incompatible con la
utilización eficaz de los mayores avances de la tecnología moderna: desde los aviones de pasajeros convertidos en
tremendas bombas asesinas, pasando por las armas biológicas, hasta el uso estratégico eficaz de los modernos medios de
comunicación.
En este sentido, quizá la mayor innovación de los recientes atentados terroristas consista en su astuto
aprovechamiento, incluso manipulación, del protagonismo de los medios en la época actual. No sólo parecen haber
coordinado perfectamente el ataque a las Torres Gemelas para que millones de personas asistiéramos directamente a ese
terrible espectáculo, volviendo realidad las peores pesadillas cinematográficas, sino que parecen haber estado preparados
para responder mediáticamente a los bombardeos estadounidenses en Afganistán, con la célebre declaración de guerra
santa de Osama bin Laden. Y no parece casualidad que el bioterrorismo haya tenido como blancos principales a las
grandes cadenas de televisión estadounidenses.
¿Qué mejor manera de aterrorizar a millones de personas que utilizar la capacidad de los modernos medios
de comunicación para impactarnos directa y sistemáticamente? ¿Qué mejor forma de hacerse propaganda que
explotar perversa pero eficazmente el derecho a la información y la libertad de prensa? Ningún gobierno actual, ningún
liderazgo político, tienen hoy ni la milésima parte de la capacidad de esos medios para generar, aunque sea
involuntariamente, el miedo y la inseguridad que quieren sembrar los terroristas. Acaso una de las lecciones más difíciles de aprender de
estos lamentables e incalificables atentados esté en reconocer que hay algo de temible en este protagonismo de los
medios; que hay algo de profundamente equivocado en la hegemonía del
homo videns que vive todo a través de
imágenes espectaculares e impactantes.
Del homo videns que a fuerza de sustituir sus propias experiencias y reflexiones con montajes visuales
espectaculares, tan fácilmente puede ser manipulado emocional y moralmente por la despreciable voluntad asesina de un grupo
de fanáticos.
No tengo elementos suficientes para juzgar la conducta de la radio y la televisión mexicanas frente a estos
sucesos (entre otras cosas porque me parece repelente la frivolidad y superficialidad constantes de la inmensa mayoría de
éstos). Pero sí estoy convencido de que un poder tan grande como el que tienen debería ser objeto de debate y regulación
legal orientada a volverlo un poder responsable; un poder obligado a rendir cuentas, so pena de que se convierta en la
mayor amenaza para una vida civil y democrática.