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Los intelectuales y la pantalla de cristal



Adrián Acosta Silva



Consigno un hecho público, conocido, ahora ya lugar común para los lectores y espectadores de los medios: desde hace años, las empresas televisivas nacionales y locales han incluido en su programación habitual espacios de reflexión y debate en los que se ventilan los más diversos temas de nuestra vida política y de nuestra vida pública. Si los talk shows surgieron y se consolidaron como parte central de la programación habitual en los 80, los programas de análisis político se instalaron en los 90 y hasta la fecha como un segmento normal, previsible, de la televisión pública y privada. Hoy, no hay canal local, regional o nacional (hasta internacional, desde luego) que no incluya en su oferta regular opiniones especializadas sobre temas específicos de finanzas, cultura, política o la sociedad, sea a través de secciones específicas de los noticieros, o a través de programas especiales semanales. Tal vez el hecho revele cambios significativos en la concepción televisiva, quizá sea una señal optimista de la expansión de la discusión democrática en el ágora electrónica, pero es también, y acaso sobre todo, un síntoma indiscutible de que nuevos intereses se han incorporado o consolidado en las estrategias de penetración y disputa de los anunciantes y segmentos del público entre las grandes empresas de televisión.

Ilustración: Martín López
El asunto tiene que ver, por supuesto, con intereses comerciales, pero también con las nuevas fórmulas y medios de comunicación política. Cuando la política ya no es sólo un asunto de los profesionales o de los partidos, los códigos de entendimiento pasan a formar parte de los medios y de la sociedad, de sus grupos organizados. La opinión pública, en el viejo sentido habermasiano, es producto de la vieja idea liberal, burguesa, de que la política es un asunto de todos los ciudadanos, parte de la república, cuya interacción hace posible la fabricación de una esfera pública que se nutre del debate y de las ideas. Pasamos de las tabernas, los cafés y los clubes de discusión del siglo XVIII (los antecedentes de los seminarios universitarios, los periódicos y los partidos políticos), a la proliferación las "barras políticas" de la programación televisiva que conocemos en el siglo XXI. La "acción comunicativa" democrática que propuso Habermas desde los años 80 consiste justamente en el establecimiento de códigos, reglas y formatos de deliberación pública que permitan argumentar, contextualizar y potencialmente decidir sobre los más variados temas y asuntos de la vida en común. Desde esa perspectiva, la incorporación de un nuevo tipo de oferta en el medio televisivo podría verse no sólo como un acto de legitimación de los medios y el propio régimen político, sino fundamentalmente como un acto de democratización del debate, a partir de la utilización de un medio masivo poderoso como instrumento de comunicación política e intelectual, con la configuración de un "nuevo" espacio público dirigido a los consumidores-ciudadanos.1

La paradoja consiste en que un medio tradicionalmente antiintelectual como la televisión ha cobijado rápidamente la incorporación de intelectuales y académicos entre su programación. El fenómeno no es sólo nacional y no sólo político, por supuesto. Tiene que ver con el hecho general de la mercantilización de la política, que se instaló velozmente como un producto que es rentable, que vende e interesa, permite hacer negocios a los dueños de los medios, y reviste de un delicado toque de legitimidad política y social a la televisión, la moderniza en cierto sentido, la pone a tono con lo que es o se imagina que es la democracia de masas, pública, de imágenes, palabras y rostros. Si la política moderna es sobre todo un espectáculo, al que acompañan jingles, confeti y anuncios publicitarios de 30 segundos de cuando en cuando, qué mejor que incorporarla en un medio como la televisión que se ha convertido en el medio más importante de comunicación de masas desde hace décadas. Tiene que ver también con el hecho de que la academia y los intelectuales han puesto la mira en el mercado televisivo desde hace un buen tiempo, sea por genuinos intereses intelectuales, sea por búsqueda de ingresos complementarios, sea por la apertura de los propios medios y empresas de televisión, o por una extraña combinación de todas.2 En ese contexto, el dato duro es que la tiranía de los medios ha expandido su dominio en la comunicación intelectual y política mexicana desde hace por lo menos unos 15 años, y ha permitido que este poderoso medio de comunicación incorpore en sus contenidos y formas programas de debate sobre la realidad política y social mexicana, sus coyunturas, sus trayectorias y su futuro. Desde Nexos TV, dirigido por Rolando Cordera, el programa pionero en la consolidación de esta nueva oferta en la televisión, entonces pública (Imevisión), hasta Primer plano, Zona abierta, Entre tres o En contexto (por señalar algunos de los programas más conocidos), la incorporación de académicos, políticos e intelectuales en la televisión pública y privada ha significado un esfuerzo por ampliar el nivel de debate y discusión de diversos temas en la pantalla de cristal.

Aunque está por evaluarse con precisión y rigor el impacto que ha tenido este tipo de oferta televisiva entre el público y entre los actores políticos y sociales, se pueden apuntar algunos resultados más o menos previsibles. Por un lado, ha permitido que cierta parte de la intelligentsia mexicana tenga voz, rostro y presencia en el medio más importante de comunicación masiva, lo que en cierto sentido y ocasiones ha mejorado el nivel de análisis de las noticias y los hechos nacionales e internacionales, y ha permitido a un público más amplio el acceso a información más sofisticada, digamos. Por otro lado, ha generado también una ruda competencia entre los medios para incorporar a voces y rostros que "generan opinión pública", desde aquellos que ofrecen agudas observaciones críticas, reflexivas y desafiantes sobre los asuntos comunes, hasta los que buscan con toda claridad e intención dictar líneas de pensamiento, interpretaciones instantáneas, fórmulas de solución a lo que sea, siempre y cuando se lo solicite el conductor o la empresa para la cual trabaja, o quiere trabajar. Más allá, ha permitido a los medios enriquecer su oferta televisiva, dando cierto toque de seriedad a un medio inundado por la charlatanería y la mediocridad más espantosa. Pero también ha contribuido a formar una élite de comentaristas e intelectuales que virtualmente monopolizan esos espacios, junto con una cantidad no despreciable y creciente de pseudo-intelectuales, charlatanes y farsantes, que rápidamente han hecho de este medio todo un modus vivendi, donde algunos de ellos hasta han pasado a formar parte de la vida política de los partidos, o engrosar las filas de consultores gubernamentales, o hasta ser nombrados flamantes funcionarios públicos.

Hay aquí, entre otras cosas, un tránsito fascinante de académicos e intelectuales, de consultores profesionales, hacia un medio complejo como la televisión, que impone restricciones de imagen, de tiempo, de forma y de ritmo. Escribir frente a la soledad de la computadora, hablar en el aula ante los alumnos, o presentar proyectos ejecutivos a empresarios, funcionarios o políticos, suelen ser prácticas distintas a dirigirse a un auditorio anónimo, hablando a una pantalla, formulando opiniones o ideas en interacción con otros colegas, o respondiendo a las preguntas del conductor del noticiero o del programa en turno. El formato televisivo impone, como se sabe, respuestas rápidas, verbalizaciones instantáneas, que tienen un efecto incierto en cierto tipo de público, o mejor dicho, públicos. El auditorio es, probablemente, de un cierto perfil de formación, quizá de ingresos medios, más o menos interesados en los problemas sociales, políticos económicos o culturales de la sociedad contemporánea, habituado a seguir ciertas polémicas, o harto de leer las mismas noticias en los periódicos o revistas de su preferencia. Es posible también que entre el auditorio estén también los actores políticos y gubernamentales, deseosos de encontrar salidas o argumentos para sus labores cotidianas. Pero es altamente probable también que esos públicos sean pequeñas franjas del mercado televisivo, élites informadas y formadas que acuden a los programas para enfatizar sus propias opiniones o para cambiarlas rápidamente por otras.

Sin embargo, el género del análisis político es en particular un género difícil, complicado para el estrecho formato televisivo actual. Supeditado a la tiranía del tiempo y de la publicidad, el género tiene enormes dificultades para generar atracción pública y anunciantes. Veamos, por ejemplo, los horarios asesinos de los programas especializados (casi siempre al filo de la medianoche, luego de las telenovelas estelares y los noticieros "estrella"), pero también hay que considerar las dificultades propias para transformar en un lenguaje inteligible, no académico, los contenidos de las emisiones programadas, algo complicado para quienes habitualmente han hecho del lenguaje académico o intelectual (en realidad, un metalenguaje) un modo de vida. Si la televisión es, o puede ser, ante todo, un idioma en sí mismo, los comentaristas han tenido en ocasiones que aparecer como telegrafistas-intérpretes de la realidad, capaces de llamar y retener la atención del público y los anunciantes respectivos en intervenciones de minutos breves. Situados siempre al filo de la navaja de la opinión irresponsable, los desplantes eruditos, la simplificación extrema, o la tentación de ofrecer verdades como oráculos electrónicos, los participantes en los programas de opinión y debate ponen en juego, o en tensión, su independencia y prestigio intelectual, sus reflexiones críticas, sus observaciones incómodas, sus ideas y argumentos, aunque no se sepa bien qué impacto tienen o pueden tener en la configuración de un clima intelectual propicio al debate productivo. La paradoja es clara: si en el largo proceso del cambio político mexicano la intelectualidad y franjas significativas de académicos universitarios jugaron un papel importante en la definición de temas y agendas de discusión pública, en el contexto político nacional posterior a la transición ya no se debate sino que se descalifica, y el papel de la intelectualidad mexicana se aprecia marginal, de poco impacto en la vida pública y política, en ocasiones inocuo, quizá intrascendente.

Un puñado de intelectuales y académicos se disputan los espacios televisivos y no pocos han terminado por rendirse a la seducción del cristal, a la tiranía dulce de las cámaras, los micrófonos y los comerciales. No tengo la menor duda en que eso es parte inevitable del proceso de visualización de la sociedad moderna, del consumo masivo y obsesivo de imágenes, de la mercantilización de ciertas zonas de la vida política y pública mexicana. De lo que no estoy tan seguro es que eso signifique que contamos con mejores fórmulas e instrumentos de comunicación política, que permitan la construcción de un contexto de exigencia intelectual capaz de incidir en una democracia de mayor y mejor calidad. Quizá de lo que se trata, en el fondo y en lo general, es el de relocalización del papel del intelectual en las sociedades democráticas, de su relación con los medios masivos y con los actores políticos. Y, en lo particular, para el caso mexicano, de inventar un nuevo código de interpretación de una realidad política y social rebelde y múltiple, a través de la pantalla de cristal, al filo de la medianoche, entre comerciales, presiones de tiempo, y frente a un público invisible y siempre imaginario. En condiciones en las que los medios inundan el tiempo electrónico con programas que son todo un modelo de insulto a la inteligencia y al sentido común, de la estulticia más atroz, los programas de debate y análisis político e intelectual tiene un presente difícil y no parecen tener un futuro promisorio. De pronto, sirven para mostrar que los nuevos tiempos de la televisión mexicana son sólo los polvos de una democracia estancada, desmemoriada, y sujeta sin remedio y sin piedad a la dictadura de los medios. De cualquier modo, el espectáculo de la política y la cultura ha encontrado ya, para bien o para mal, un lugar en la televisión, y la autonomía intelectual ha encontrado un nuevo espacio para poner a prueba su vigor y coherencia crítica, como se decía hasta no hace tanto tiempo.



Notas

1 Hay por supuesto quienes afirman que la televisión, por el contrario, sigue una lógica de manipulación y degradación de la vida pública, lo que incluye la incorporación de géneros como el del debate político e intelectual. Una útil revisión de ambas posiciones puede encontrarse en el libro de Jeffrey C. Goldfarb, Los intelectuales en la sociedad democrática, Cambridge University Press, 2000.

2 Hace unos años, la revista nexos dedicó un número a las relaciones entre los intelectuales, el público y el mercado, en el que se encuentran algunos análisis incisivos al respecto. nexos, núm. 295, julio, 2002.



Profesor-investigador, y jefe del Departamento de Políticas Públicas del CUCEA-Universidad de Guadalajara.
aacosta@cucea.udg.mx

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