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Kasia Wyderko  "No es locura, es sólo un oficio"


 "Cuando llueven los obuses no somos
 hombres ni mujeres, sino periodistas"

 Kasia Wyderko


Kasia Wyderko fue la primera
reportera de un medio mexicano
que logró entrar a Afganistán
Fotos: Cortesía de la
corresponsal de Televisa
El estruendo de los obuses es sólo esporádico, el silbido de balas de los francotiradores parece menos intenso que en las jornadas anteriores. Sarajevo, que lleva ya 15 meses sufriendo un despiadado asedio, se empeña en disfrutar de una ilusoria paz.

Era julio de 1993, el martirio de la capital bosnia se convertía en algo peligrosamente familiar para millones de telespectadores y nosotros nos convertíamos en una especie de puente entre el horror y la conciencia.

Como cada día, Pinca, el camarógrafo; Ramiz, el chofer y yo salimos, apretando el acelerador a fondo, del estacionamiento subterráneo del hotel Holiday Inn. El edificio, que acogía a la prensa, quedaba en la línea de fuego de la artillería serbia, en la zona favorita de los francotiradores que se divertían diabólicamente cazando niños, mujeres y también periodistas; si se disparaba contra estos últimos era para hacerlos callar.

Nos ajustamos chalecos antibalas y chalecos antimiedo ­la rutina cotidiana indispensable para evitar que se diga que no tomamos todas las medidas de precaución a nuestro alcance­. Paul Marchand, un amigo reportero de la radio francesa, intrépidamente se paseaba por la martilleada Sarajevo con una enorme pinta en su vehículo: "Soy inmortal, no derrochen munición". Un día un tirador de élite le destrozó el brazo para toda la vida.

Nos dirigimos al hospital de Kosovo donde ya faltaba espacio para las víctimas de las masacres, la metralla y la macabra labor de los francotiradores apostados en las montañas circundantes. Estamos preparando un reportaje sobre el drama de los heridos y los médicos. Las escenas sobrecogen el ánimo: no hay luz ni para las incubadoras, escasea el agua, se agotaron los antibióticos, los cirujanos se ven obligados a realizar amputaciones sin anestesia. Los gemidos de niños y ancianos que agonizan de dolor y hambre jamás se despintarán de la memoria.

Volvimos al hotel. En el vestíbulo reina el nerviosismo. Se respira el olor acre de la pólvora. ¿Qué pasó? Varios cohetes dieron de lleno en la fachada del edificio a la altura del quinto piso. En ese nivel se encuentra mi habitación. Subo con el alma encogida y el miedo anudado en la garganta. ¡Alguien de nuestro equipo podría estar en el cuarto! El pasillo está cubierto de cascajo; el personal del hotel, con cascos hundidos a la cabeza, intenta descorrer la densa cortina de humo y polvo; la metralla se había expandido por mi habitación reducida a escombros con el techo hundido y los vidrios resquebrajados. Luego nos enteramos que el fuego artillero entró en nuestra habitación justo en el momento cuando el médico amputaba sin anestesia la pierna de una joven sarajevita. Esta operación en un hospital de la asediada ciudad era el tema de la nota de video para nuestra casa, Televisa, el día en que para salvar la piel tuvimos que aceptar la destrucción total de nuestro hogar bélico.

La rutina se repetía cada noche. Había que apretarse los dientes y lanzarse a la delirante carrera motorizada para atravesar ­a 160 km por hora, y bajo las bombas­ la temida avenida de los francotiradores ­todo para llegar al continuamente machacado edificio de la televisión bosnia y desde ahí enviar por satélite nuestro material a México­. Cada segundo es importante. El reportaje tiene que llegar aunque tengas que atravesar toda Bosnia en llamas; en menos de dos minutos debes explicar al gran público las angustias y los temores de un pueblo masacrado por el destino.

Siempre trato de buscar las pequeñas historias de personas anónimas ­ellas ayudan a comprender la gran historia protagonizada por los políticos de primera línea­. Hay que hacer hablar a los que no tienen voz, a los condenados a estar al margen. El problema es que, nos guste o no, buscar comida, soportar la falta de electricidad, conseguir calefacción en los inviernos con temperaturas de hasta 25 grados bajo cero, procurarse agua para abluciones mínimas ­todo esto quita más energías que preparar el más perfecto de los reportajes de televisión­.En las charlas con los estudiantes o en las entrevistas siempre salen a colación estas dos preguntas: 1) ¿no es difícil para una mujer ser corresponsal de guerra? y 2) ¿cómo le haces para estar arreglada en las zonas de conflicto?

Sobre estas dos cuestiones podrían escribirse varios volúmenes llenos de detalles picantes y chuscos. En resumen, podría decir que ante el peligro, cuando llueven los obuses, se desvanece el muro que separa los dos sexos. No somos ni hombres ni mujeres, sólo periodistas. Estamos metidos en el mismo infierno que nos aterra y maltrata por igual. Pero hay que recordar que en este infierno que es la guerra las baterías antiaéreas más mortíferas las manejan los hombres, muchas veces poseídos de furor, iracundos y borrachos. Y ahí esta nuestra ventaja. Al entrar en contacto con mujeres periodistas, esta clase de individuos, como por arte de magia, se ponen como borregos. De pronto su agresividad, de la que tanto presumen cuando tratan con varones, se evapora. En los países islámicos como Afganistán, para poder dirigirse a las mujeres locales, un hombre debe pedir permiso primero a los varones de su familia. Nosotras podemos conversar con ellas directamente, sin obstáculos. Ante nosotras, mujeres periodistas, las afganas aparecen sin la humillante coraza que es la burka y abren su corazón.

En cuanto al arreglo personal, es una manera de sobreponerse dignamente a la crueldad de la guerra, un mensaje de que ni los obuses ni las carencias son capaces de amenazar mi condición de mujer. Es un esfuerzo por crear la ilusión de que las carnicerías no nos perturban.

La guerra y en general las situaciones límite ofrecen la mejor radiografía de la condición humana. Se caen las máscaras y sale la identidad oculta de los que viven el terror. Se descubre dónde están los auténticos seres humanos nobles y solidarios y quiénes son los cobardes egoístas. En circunstancias normales esta detección resulta imposible.

En Afganistán, injusticias,
rabia, frustración
En varios lugares que nos tocó visitar con la cámara la vida vale menos que la bala que puede asesinarte. La existencia en una zona de conflicto adquiere una intensidad y un ritmo alucinantes. La adrenalina corre sin cesar por tus venas. El reportero de guerra encabeza la lista de las profesiones con mayor tasa de infartados y divorciados. Los frecuentes viajes hacen saltar en pedazos una relación amorosa.

Mostrar los trozos más crueles de la historia de nuestro planeta suena despampanante pero ésta debe ser la misión de un corresponsal de guerra. Un privilegio terrible dar cuenta de las tragedias. Pero la historia se escribe siempre con el hierro y la sangre, la Historia con la h mayúscula.

Me doy cuenta de que en Afganistán cada pequeña región controlada por la Alianza del Norte tiene uno o varios generales. Cada uno dirige unidades de tres mil combatientes con sandalias, túnicas largas y un Kalashnikov en la mano. Desespera la falta de coordinación entre estos señores de la guerra. Un comandante de alto rango nos asegura que la alianza posee 110 tanques listos para atacar a los talibán, en otro campo de batalla otro general habla de 20 tanques, el tercero lanza una nueva cifra: 63.

Los tres datos, las tres visiones sobre este tema ofrecidas por el mismo bando en el mismo día muestran perfectamente la complejidad de la cobertura. ¿Cómo informar en estas circunstancias? A veces da la impresión de que un funcionario del Pentágono está más informado de lo que pasa que cualquier periodista en primera línea. Todo un universo separa a los guerreros afganos del sofisticado ejército de Estados Unidos dispuesto a pagar 25 millones de dólares de recompensa a quien facilite el paradero de Bin Laden.

Afganistán ­país con la más alta tasa de mortalidad infantil del mundo y la esperanza de vida que apenas llega a los 41 años­ parece el sitio ideal para profundizar en el llamado mundo civilizado, causa sonrojo: la creciente desigualdad del reparto de los frutos del desarrollo. Los países ricos viven 82 veces mejor que los pobres. Esta cifra crece cada año. Anualmente la población del mundo aumenta 80 millones, 75 de ellos se hunden en la miseria. Las injusticias despejan el camino hacia los extremismos, la rabia y la frustración.

Me cubro la cabeza con el chador no por obligación sino por respeto a la muy arraigada tradición islámica afgana. No quiero herir sensibilidades, soy periodista no provocadora. Viajar por el norte de Afganistán es una odisea; recorrer 60 km lleva a veces una jornada. Los caminos quedan incómodos incluso para los burros.

Nuestro viejo jeep soviético capitula en la ruta llena de piedras y cráteres. Predomina la sensación de que la máquina del tiempo nos lanzó a la edad media temprana. Abdul, el chofer y Atis, el curtido enviado especial de Letonia, decidieron buscar ayuda. El intérprete y yo nos quedamos en una planicie polvorienta rodeada de altísimas montañas. La espera se hacía insoportable. Durante horas y horas no apareció un solo ser humano, un solo animal en ese terreno inhóspito.

En el cielo los superbombarderos B-52 vomitan ante nuestros ojos una oleada de bombas sobre las cercanas posiciones de los talibán. El ruido es ensordecedor, parece que tiembla la tierra. De nuevo aparece el miedo, esta vez a los llamados daños colaterales. Por sus errores de cálculo los estadounidenses mataron no sólo a civiles inocentes sino a sus propios soldados. Atis y el conductor trajeron finalmente un nuevo todoterreno. Cuando llegaron, ya reinaba la más oscura y más fría de las noches.

Llegamos a nuestra base de Hodja Bahaudin a las 21 horas, hambrientos y frustrados por la falta de imágenes de video. Nuestro envío por satélite para Televisa estaba previsto para las 21:30 horas. Batimos todos los récords de estrés, aguante y velocidad. En la tele las cosas salen siempre, tras el suspiro de alivio que acompaña el último plano de la nota llega la dulce recompensa: Jorgito de corresponsales internacionales me lanza un mensaje delicioso: "Kasita ¡qué padre material, magnífico!".

Al día siguiente recibimos estupefactos la noticia de que nuestro traductor trabajaba para los servicios secretos de los talibán.

El arroz ­único alimento desde hace un mes­ empezaba a producirnos náuseas. El agua contaminada nos revolvía el estómago. Mike, de la televisión neozelandesa, no paraba de vomitar, el fotógrafo de la revista Time pasaba horas en el baño ­un agujero perforado en la tierra­ sufriendo. Al teléfono satélite ya se le agotaron las baterías, para cargarlas había que desplazarse a Ebu que disponía de generadores. Nadie de nuestra pequeña familia periodística tenía fuerzas suficientes como para emprender un viaje en busca de la luz. Las velas para iluminar nuestro minicuarto de adobe (donde se apiñaban siete personas) se consumieron. El agua no llegaba. Los sacos de dormir olían a pestes. Las pulgas y los piojos hacian sus primeras apariciones. Al alemán Stephen le dio gripa y nostalgia de su pulcro país.

El debilitamiento nos tumbó a todos. Pero ese día en nuestros respectivos medios, salía una nueva crónica de guerra, de la lucha global contra el terrorismo como se obstina en anunciar una importante cadena de la televisión estadounidense. Nuestra nota hablaba de los 20 o 30 millones de minas que podrían estar enterradas en Afganistán.

Poco después llegaba la espeluznante noticia de que Julio Fuentes, corresponsal veterano del diario español El Mundo, amigo con quien trabajábamos en Sarajevo, fue acribillado a quemarropa en el camino entre Jalalabad y Kabul.

No es locura, es sólo un oficio.



Kasia Wyderko (Varsovia, Polonia) inició su labor periodística desde 1987; dos años más tarde se incorporó al Sistema Informativo ECO de Televisa. De 1989 a 1997 cubrió la guerra de independencia de Eslovenia, la guerra en Croacia y en Bosnia, así como el conflicto de Kosovo. Desde 1999 es corresponsal de Televisa en París. Ha cubierto el conflicto en Afganistán para esa empresa.

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