¿Debemos ser ayudantes del sheriff?
Paulo José Cunha
Existen momentos en que la responsabilidad de la prensa adquiere tal importancia que llega a asumirse como
un protagonista del proceso histórico. Uno de esos momentos se da actualmente, días después de esa mañana cuando
el fin del mundo comenzó a salir de la ficción y a volverse realidad allí, en vivo y en colores muy nítidos, delante de
nuestros ojos, por la pantalla de tv.
El foco de atención ya no es un hecho estremecedor. Se dislocó para los medios. Es la noticia porque tiene el
poder de influir en el imaginario. El medio, como quería McLuhan, ahora es el mensaje. ¿Por qué?
Hechos como el atentado terrorista en Estados Unidos tienen importancia por sí mismos, no necesitan retoques.
Como dicen los mexicanos: "los hechos son los hechos". El ataque fue de tal magnitud que se bastó. Una periodista de Sao
Paulo me llamó para preguntar si notaba que había sensacionalismo en la transmisión de la tragedia por televisión.
Respondí que eso no tenía la menor importancia: la tragedia en sí misma fue tan brutal y repulsiva que cualquier tentativa
de "calentarla" para usar una jerga de las redacciones habría sido pérdida de tiempo. Incluso porque sería ridículo
que alguien colocara un cerillo para ayudar a calentar las llamas del infierno en que aquello se convirtió. Si alguien lo
hace, no se percibiría. Tampoco haría cualquier diferencia.
Pero ahora, la situación es otra. Es cuando la responsabilidad de los medios, sobre todo la televisión, crece
desmesuradamente. Y el momento en que ese cerillo puede representar la diferencia entre la vida y la muerte, entre la
génesis y el armagedón. Eso porque la prensa ya no está reportando los hechos tal como impone su cristalina esencia, como
la vio el mundo. A partir de ahora, realizan la cobertura a partir de informes de agencias y bajo una criba de
subjetividades de sus editores. Ahí es donde radica el peligro.
Las superpotencias ya descubrieron el carácter simbólico de las guerras. Estas no significan únicamente lo que
representaban antes. En el mundo mediático, las guerras adquieren significado a partir de la forma como son cubiertas
por la prensa, ocupando cada vez más un espacio de mediación entre la realidad y lo imaginario; entre lo factual y
lo ideológico; entre lo que ocurre y la opinión que se forma. Y cuando se vuelve fundamental para los gobiernos
"construir" una versión que desean sea adoptada como verdadera. Para eso, todas las armas son lícitas, principalmente la
manipulación. Después de que Estados Unidos se llevara la primera zancadilla al final de la década de los 60, durante la
guerra de Vietnam, cuando la amplia libertad de prensa permitió que las pantallas televisivas de los hogares de Estados
Unidos fueran invadidas por imágenes que mostraban la muerte de los jóvenes de ese país, precipitando el fin del conflicto,
la historia cambió. Durante la Guerra del Golfo, en la década de los 90, contrariamente a la libertad con que actuaron
en Vietnam, los medios fueron tan bien controlados que el conflicto por la televisión parecía más un videojuego. Ahora,
la cobertura del ataque terrorista tiene todos los colores de la tragedia, menos el rojo de la sangre. El orgullo
estadounidense no permite la exhibición de esas imágenes.¿Dónde están los muertos? ¿Alguien vio imágenes o fotos de algún
herido? En compensación, proliferan las imágenes de banderas estadounidenses.
Peor está el alineamiento incondicional de la versión adoptada por las grandes redes internacionales que expresan
la ideología dominante y la distribuyen al mundo. En Brasil, las redes locales, con muy pocas excepciones, siguen
fielmente la cartilla oficial, repitiendo bovinamente un esquema de cobertura de conflictos internacionales bastante conocido.
En la Guerra del Golfo, el diablo era Sadam Hussein; ahora es Osama Bin Laden. Definido el enemigo, estamos
convertidos. No hay contestación, contrapunto, contradicción. El discurso es de una sola mano: de este lado, la verdad; de aquel
lado, la mentira. El bien habita aquí, el mal allá. Sin embargo, como recuerda Frei Betto, es difícil identificar a Estados
Unidos como el bien. La historia no lo permite...
Pero el maniqueísmo, incitado por la prensa estadounidense, se transformó rápidamente en intolerancia al punto
que el propio presidente George W. Bush tuvo que ir a una mezquita para frenar la explosión de violencia contra las
comunidades islámicas. Un hindú fue muerto, un brasileño golpeado, musulmanes han sido humillados en las calles. En la
Internet circulan fotos manipuladas identificando la figura del diablo entre el humo de las Torres Gemelas.
Si persiste la misma línea de cobertura no es difícil que la intolerancia se transforme en una ola sin control,
conduciendo a la población y al gobierno a un "punto sin retorno". No hay justificación para la barbarie cometida por los autores
del atentado. La condena al terror fue inmediata, incluso de adversarios históricos a Estados Unidos como Fidel
Castro. Existen serios indicios de que la responsabilidad por los acontecimientos es de Osama Bin Laden, que merece
una implacable búsqueda y una severa pena. Lo que no significa que la miopía de la cobertura cree la impresión de que
deba ser abierto un proceso de canonización para Estados Unidos y de satanización para más de mil 300 millones de
musulmanes de todas partes (un cuarto de la humanidad). La política externa de orientación claramente intervencionista del
gobierno de Washington, así como la manipulación de las fichas del tablero económico del mundo con efectos catastróficos para las poblaciones de los países periféricos y dependientes, no acreditan a los estadounidenses como
encarnación del bien. La explosión de irracionalidad y bestialismo que se abatió sobre Estados Unidos se relaciona con ese pasado
y esas prácticas. Y esa faceta exige cobertura, análisis, esclarecimiento, confrontación de puntos de vista en
contraposición al barril de pólvora que viene siendo montado a partir del discurso de mano única. Es incluso comprensible que la prensa estadounidense, motivada por el espíritu de unidad nacional contra un
enemigo externo, incentive el nacionalismo de su población. Lo que no significa que la prensa internacional, inclusive la
brasileña, reproduzca el mismo discurso, ocasionando la exacerbación de ánimos dentro de nuestra región. Es sintomático
observar que Estados Unidos no cuenta con la unanimidad del mundo occidental en el papel de comisario del planeta. Una
razón más para que los propios medios, sobre todo nacionales, frente al enorme desafío que implica esta etapa y la
responsabilidad con que debe afrontarse, no asuman en esta historia un papel subalterno de ayudante del comisario.