Mis noches y días con Napster
Jaime Ramírez Garrido
Ha sido más que bueno mientras ha durado. Napster es como una fantasía infantil convertida en realidad.
Uno desea una canción y puede tenerla, en unos minutos, gratuitamente. No se trata sólo de probaditas de los
éxitos del momento. Se puede conseguir casi todo: versiones en vivo, canciones extrañas, himnos de todos lados y de
todas las ideologías, grabaciones antiguas.
En Napster hay más que en cualquier tienda de discos, aunque ésta sea la mismísima Amazon.com. Napster
es como la gran rocola del mundo. Y es como si uno tuviera todas las monedas necesarias para complacer
cualquier capricho, para cualquier estado de ánimo, para recordar y continuar el
soundtrack de nuestras vidas.
Napster es un servicio de intercambio de archivos musicales mediante MP3 (un sistema de compresión de
archivos que permite transferirlos por medio de las computadoras, rápidamente y sin perder calidad) fundado en mayo
de 1999 en California. En diciembre de ese mismo año ya tenía tanto éxito que enfrentó una demanda de la
Asociación de la Industria Discográfica de Estados Unidos (RIAA, por sus siglas en inglés) por violación de los derechos de
autor. La RIAA representa a todas las empresas discográficas importantes y a una que otra independiente que
consideraban que el creciente número de suscriptores de Napster que ha llegado a ser de 60 millones en todo el mundo y
la empresa Napster Inc violan los derechos de autor al permitir el intercambio de canciones entre particulares sin
que medie ningún pago. A pesar de que las compañías disqueras han incrementado sus ventas desde la aparición
de Napster, el hecho de que no existan regalías de por medio los hace ir contra esta empresa, que también ha
sido objetivo de la batería pesada del rock.
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El grupo Metallica demandó a Napster por violación de derechos de autor y asociación ilícita. Más tarde
Metallica se centró en la acusación, más que de la empresa, de 335 mil usuarios que identificaban como usuarios de
Napster que facilitaban o bajaban sus canciones.
La lucha legal llegó a uno de sus clímax cuando una juez aceptó un requerimiento para que Napster dejara
de funcionar, sin embargo, el 28 de julio de 2000, una corte de apelaciones suspendió ese recurso.
La empresa Bertelsmann llegó a un acuerdo con Napster para otorgarle su catálogo y ponerlo a disposición
de los usuarios a cambio de establecer un sistema de retribuciones económicas que beneficiara a la compañía, a
sus compositores y a sus intérpretes.
Sin embargo, el conflicto legal perdura hasta hoy, cuando Napster puede cerrar en cualquier momento o
llegar a un acuerdo con las disqueras para cobrar o para permitir el intercambio exclusivamente de las canciones
que determinen las mismas empresas. Y yo, como miles de ciudadanos de esa comunidad podríamos ser relegados a
una silenciosa ultratumba.
En el principio fue The Clash
Mi adicción a Napster comenzó, precisamente, como una prueba de las posibilidades del sistema. Exploré
los recovecos de mi memoria mientras tecleaba nombres de canciones y de grupos, cantantes, compositores,
intérpretes, nombres de películas y de series de televisión...
A cambio, el sistema me devolvía listas de hasta cien opciones que señalaban al artista, a veces el género, a
veces el álbum, el apodo con el que se había registrado el poseedor de la canción, el tipo de conexión a Internet que
usa y, señalado con un puntito de color, si está disponible para
chatear.
Al mismo tiempo, mis canciones, que en ese entonces eran muy pocas, quedaban a disposición de las solicitudes del resto de los usuarios. La primera vez solicité, todavía con escepticismo, una versión
remix de "Rock in the Casbah" de The Clash. La escuché una hora después y ahí comenzó la compulsión.
Entonces comenzó el ritual de dejar cada noche una larga lista de canciones, algunas de las cuales estarían
ahí cuando yo despertara, enriqueciendo una discoteca que crecía a diario.
Las condiciones generales para elegir una canción para bajar eran demasiado generales, y luego fueron
relajándose más y más, hasta convertirse en una sola. Comencé a bajar canciones con la única condición de que no
la tuviera.
Diversifiqué las búsquedas: por intérpretes, buscando varias canciones; por canciones buscando versiones
diferentes; cruces curiosos de donde resultaron hallazgos como "Fame" con David Bowie y John Lennon o
"Dancing Queen" con Abba y U2. O búsquedas temáticas: canciones que tuvieran nombre de mujer, canciones que
incluyeran algún animal en su nombre, himnos nacionales, himnos deportivos, himnos militares, himnos políticos; temas
de series de televisión, temas de películas; hasta sonidos históricamente memorables como la grabación en vivo
de Marilyn Monroe cantándole "Happy Birthay" a JFK.
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Foto: Rolling Stone |
A veces me ganaba la indecisión, a veces la abulia propia de los momentos en los cuales solicitaba canciones
me movía a teclear no al azar, pero sí en una escritura automática cuyos motivos prefiero no desentrañar nombres y palabras que resultaban en una lista en la que algo encontraba que me gustara. Y una canción llevaba a la
otra, hasta que la selección era lo suficientemente grande para irme a dormir con la certeza de que al día siguiente,
al sentarme a trabajar, escucharía al menos unas cinco canciones nuevas. Y sólo cinco como mínimo porque el
sistema no es infalible y mi tipo de conexión a Internet no ayuda. Pero de ese defecto derivó en la creación de toda un
área de mi discoteca.
Al principio borraba inmediatamente las canciones que no se lograban completas. Luego les encontré su
encanto. Aunque fuera un pedacito de la canción, la melodía lograba el efecto. Finalmente eran fragmentos del
gran popurrí de la música de fondo de la historia. Cuidé, eso sí, de excluir estos fragmentos de los archivos
compartidos con el resto de los usuarios de Napster. Si no, uno les acaba dando gato por liebre.
La amistad al final
Durante los primeros meses me negué a cualquier solicitud de chateo. Sin embargo, un día, impelido por
una culpa, tuve que responder a una pregunta incómoda que ha sido el principio de un inconstante pero divertido
y enriquecedor intercambio.
Me encontraba haciendo mi propia antología de canciones relativas a la Guerra Civil Española cuando la
poseedora de "Cara al sol" me interrogó, "¿bajas esa canción porque es buena o porque es fascista?".
Tuve que contestar que lo mismo estaba bajando "A las barricadas", que el "Himno de la Segunda
República", que el himno fascista. Ella me informó que es la canción que más han bajado de su servidor; superando por
mucho a otros himnos con implicaciones ideológicas como "La internacional".
La amistad con otros usuarios de Napster no hizo sino intensificar mi búsqueda que se convertía en paseo.
Pero para ello también colaboraron los amigos que no acuden a Napster.
Muchos no lo conocen. Otros, desconfían. Destaca el caso de una amiga que se niega a conectarse a Napster
por temor a que toda su información sea
sustraída.1
Otros simplemente no han tenido el tiempo o las ganas para incursionar en Napster. Con ellos también
he compartido mis hallazgos y he seguido sus sugerencias, les he regalado discos con canciones que ambos
recordábamos pero que no podríamos haber conseguido de otra manera. Ese compañerismo que se da con los amigos
en torno al tocadiscos es al que se remite Jon Pareles en un editorial reciente de
The New York Times: "De alguna forma, Napster es tan sólo una extensión, a escala mundial, de invitar a un amigo a escuchar un disco. Sólo que ahora
los amigos son anónimos y pueden estar a medio mundo de distancia".
Este nuevo tipo de amistad está en riesgo, pues una corte decidió que los más de 60 millones de usuarios
de Napster estamos haciendo mal uso de material protegido por derechos de autor. De manera que quizá cuando
usted lea esto, Napster ya esté apagado en espera de un acuerdo con las disqueras. Y yo, sin saber qué hacer con mi adicción.