Yuriria Sierra
Camina el hombrecito azul, con los hombros un tanto caídos, intentando no desmoronarse. Hacía
tres noches que la señal del canal había sido secuestrada por esos mafiosos y, desde ese día, apenas había
logrado dormir un par de horas. Sólo para soñar azul. Llegó por fin, después de una larga caminata porque el auto
azul había sido vendido hacía un par de meses a la casa azul en la que vivía junto con su abuela, quien lo
recibió con una cara larga, amarilla y larga, y a duras penas le dirigió un saludo. Pues qué bueno, a ver si ahora sí
buscas un trabajo en serio, hace cuánto que no te pagaban ahí, ni un centavo, tú sí que eres tonto, bendito Dios
que les cerraron eso, porque nadie trabaja así, de a gratis, cuándo vas a aprender que tu trabajo vale, cuando
vas a madurar, decía la abuela mientras apretaba el borde de su amarillo delantal. El hombrecito azul meneó la
cabeza, porque sabía que era inútil hablar con una abuela amarilla, sobre la lealtad, sobre el amor al
trabajo, sobre la responsabilidad y sobre el honor. La abuela amarilla meneó la cabeza, porque sabía que era inútil
hablar con un chamaquillo azul, sobre la realidad, sobre la dignidad, sobre la injusticia y el abuso. Ambos se
sentaron en el único territorio neutral de la casa, la mesa verde...
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Ilustración: Egon Schiele |
El hombrezote verde, erguido, robusto, la quijada tiesa, los puños cerrados. Hacía tres noches que
permanecía a las puertas del canal. Hacía tres noches que, prácticamente en vela, ocupaba cuidando esa puerta, la que
casi derribó con su cuerpo fuerte y su sangre fría. Esa sangre, roja, roja, que se había ido calentando poco a
poco al calor de una imagen fija. Su mano extendiendo unos billetes para unos hombrecitos azules que
temblaban de susto y de sorpresa. Su mano, que tantas veces se había teñido del color de los billetes que entregaba,
esta vez la evocaba negra, como gangrenada por algún extraño cáncer. Nos quedamos sin trabajo, nos
quedamos sin señal, nos quedamos sin Estado. El hombrezote verde leía todos esos cartelones en las manifestaciones
a las afueras del edificio que resguardaba y, conforme pasaban las horas, su mano derecha hormigueaba
de forma creciente. Ennegrecida. Presa de una ansiedad repentina, del susto y la sorpresa de su llanto, golpeó
con fuerza la pared, ¡yo también, cabrones! ¡Yo también, hermanos, perdón, me puedo quedar sin trabajo si
me muevo de aquí! ¡Yo también tengo una familia! La sangre comenzó a escurrir por sus nudillos, no negra,
roja, roja
El círculo rojo pega un grito, al unísono. Los rostros rojos de rabia. Hacía tres días que unos hombres
verdes, por órdenes de un hombre negro habían tomado por la fuerza lo que sólo la justicia y la ley podían
otorgarles: la señal. Sus bocas rojas se abrieron, su tinta roja corrió, la denuncia y la indignación, la angustia de ver
que un país quedaba a merced de la barbarie, que las leyes eran letra muerta, que la democracia era el pretexto
para ennegrecerlo todo, que la credibilidad era moneda de cambio, que la libertad de expresión una quimera,
que, que, que... El círculo rojo seguía pegando su grito, pero el resto era silencio, un silencio negro...
El hombre negro mira su rostro ladeado en el espejo. Peina una vez más su cuidada barba. Sus ojeras,
casi negras, contrastan con la toalla blanca que ciñe la cintura. Hacía tres noches que decidió invadir las
instalaciones y recuperar esa señal que sentía suya por legítimo derecho, esa que durante todos estos años le había
robado ese truhán azul. Ahora él, el hombre negro, tenía el respaldo de una corte internacional. Y el del Estado era
lo de menos, los hombrecillos grises, sus amigos fieles, temerosos. Él hombre negro se dice maquinador,
audaz, valiente. Recupera su señal, los costos serán menores, el Estado nada dirá a cambio de favores, y los
favores, a la larga, serán inexistentes, porque la gratitud es una condición de idiotas. Y mientras el espejo se nubla
no te preocupes, hombre negro, es el vapor siente una punzada de miedo. Qué tal que fui muy lejos, qué
tal que los hombrecitos azules me ganan, qué tal que los hombrezotes verdes me delatan, qué tal que los
hombrecillos grises me traicionan, qué tal que no soy, en realidad, el hombre negro. Y el espejo se nubla ¿es el vapor?
¿sí?, el hombre negro recarga sus palmas en el mueble negro de su cuarto de baño. El vapor, un vértigo, el
espejo no refleja los azulejos negros de la pared que está detrás de él, el espejo empañado refleja sólo una
promesa gris...
Los hombrecillos grises grises que son están de vacaciones. No son guardianes de ley alguna, de
sociedad alguna, de respeto alguno. Son los guardianes tan sólo de su grisura. Y la guardan bien. Hacía tres noches
que la señal que debían cuidar (pues no era pertenencia de nadie más que del Estado, y para guardar al Estado
los habían designado), les había sido arrebatada. Pero los hombrecillos grises grises que son se guardaban
en sus grises guaridas. Apostando groseramente a la ignorancia de unos y la gratitud del otro. Grises, grises...
Un hombre color carne y hueso enciende la televisión, para ver, como cada noche, las noticias y las notas
de color. No hay imagen; en su lugar sólo las barras de color que tanto lo enfurecían de niño, porque se
había acabado la programación. El hombre tomó su cerveza y con el control remoto cambió de canal. Antes
de quedarse dormido notó, distraídamente, que su piel tenía un tono muy rosado, como fiuscia...