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Jorge Javier Romero  Fox y los medios


 Relación enrevesada

 Jorge Javier Romero


El personaje consentido, mimado, al que se le festejaban sus barbaridades de lenguaje y sus torpezas; el hombre sencillo del campo de tirón telegénico, que desde antes de ser formalmente candidato a la Presidencia ocupaba ya largos minutos de telediario y gran cantidad de líneas ágatas, se siente ahora maltratado e incomprendido.

Larga es ya la relación entre el personaje ­que se estrenó en la vida pública portando aquellas orejotas para caricaturizar al Presidente de entonces­ y los medios de comunicación. Empezó con un flechazo, siguió un largo coqueteo convertido en romance durante la campaña, una breve luna de miel y ahora parece que la relación ha llegado a la etapa de la perversión, del desdén y la crueldad mutua.

Foto: Jaime Boites
Fox es un claro ejemplo de un candidato creado por sus cualidades mediáticas. Sus virtudes políticas seguramente alcanzaban para la política local, pero su imagen atrajo pronto los reflectores y las grabadoras. Las batallas por Guanajuato ­sobre todo la primera, en la que apareció como el agraviado por las prácticas de siempre del PRI­ lo convirtieron en personaje nacional; desde entonces Vicente Fox se convirtió en un aspirante notable a la Presidencia, no por su fuerza en el PAN ni por sus dotes de estadista, sino porque sonaba distinto, hablaba con un lenguaje diferente al de los políticos tradicionales y eso vendía. A la hora de las decisiones, el viejo PAN poco tuvo que decir: los medios ya habían votado.

La campaña fue de manual. Un buen equipo de publicistas políticos con la materia prima adecuada en un ambiente de lo más propicio: un candidato del PRI con un discurso cansino y el escenario dispuesto para la confrontación polar. El discurso, elemental: el cambio, nada más. Y ahí Fox se desempeñó como pez en el agua, para usar un tópico como los que dominaron su campaña. El candidato perfecto, el hombrón con imagen de decidido y entusiasta, grande y fuerte, de vozarrón casi atronador. Sus metidas de pata idiomáticas lo acercaban a las masas, su lenguaje elemental lo hacía comprensible. Todo parecía fácil: bastaba con sacar al PRI del gobierno para alcanzar la virtud nacional. Iban a llegar los buenos. La televisión, el medio maniqueo por excelencia, tenía en el candidato Fox al protagonista perfecto para su nueva historia de los buenos contra los malos.

Claro que no sólo se trataba de un guión. Los millones del financiamiento público ­y los de Amigos de Fox, de origen incierto­ invertidos en propaganda televisiva garantizaban la buena opinión de los conductores de noticieros. Lo demás quedó en manos de los spin doctors, capaces de convertir la mala tarde del martes negro ­aquella del hoy, hoy, hoy­ de un ataque de terquedad, en una muestra de firmeza. En los tiempos modernos así se hacen las campañas políticas. El pobre de don Benito Juárez, en nuestros días, difícilmente hubiera ganado la alcaldía de Guelatao: su imagen no hubiera sido mediática.

Y Fox llegó a la Presidencia. El happy end hubiera estado servido. Pero esto es la vida real y no hubo solución de continuidad. Nada más que a Fox le gustaba ser candidato y creyó que podría ser Presidente con una estrategia parecida: relaciones públicas y campechanería chabacana para agradar a las grandes audiencias. Los expertos contratados por los head hunters harían el trabajo cotidiano y él seguiría haciendo lo que sabe hacer bien: publicidad. La realidad, tenaz, le jugó una mala pasada.

Buscó el golpe de efecto: en lugar de sentarse a hacer política y negociar la reforma fiscal, creyó en sus propias palabras e intentó resolver el embrollo chiapaneco en 15 minutos; nada más que el otro especialista en atraer la atención de los medios, el enmascarado justiciero, le ganó la partida y recorrió triunfalmente el país, mientras a Fox se le desmoronaba cualquier posibilidad de acuerdo legislativo para sacar adelante su programa de gobierno. Perdió los reflectores y la partida política. La luna de miel había terminado.

A partir de entonces, los medios lo dejaron de ver como el personaje que vendía bien. Comenzaron a tratarlo como gobernante y a pedirle cuentas, pues esa era la nueva fuente de rating. Los adversarios comenzaban a conseguir la nota con más facilidad y el retintín del cambio comenzaba a sonar hueco ante la falta de resultados. Por supuesto que los spin doctors no han dejado de trabajar y han tratado, con bastante éxito, de convertir al Congreso en el antagonista de su historia de héroes y villanos: Fox es la víctima de unos partidos egoístas y de unos diputados irresponsables que sólo ven por sus intereses particulares y no por el bien de la nación. Los medios se han hecho eco de la historia, pero no por ello dejan de buscar las debilidades del gobierno y eso parece no gustarle al Presidente.

Toda esta comedia sí es parte del cambio. Durante las décadas de la época clásica del monopolio del PRI e incluso durante su larga decadencia, el control del régimen sobre los medios era prácticamente absoluto. Otro tópico, se me dirá. Es cierto. Pero no deja de ser interesante por conocido el mecanismo en que se basaba ese control: el reparto de rentas del Estado, no la censura. Incluidos en las redes de complicidades del régimen, la prensa y el monopolio de televisión aceptaban gustosos su sometimiento. Lo publicado formaba parte de las ficciones aceptadas sobre las que se asentaba la legitimidad del arreglo político. La credibilidad de la televisión era muy baja, pero el negocio estaba protegido por el pacto mafioso. Con el final del régimen acabó el pacto de sujeción. La prensa primero, la radio después y, a la saga de éstas, la televisión estrenaron libertad. También aumentó la competencia y la guerra por los ratings se centró, en lo que a la información se refiere, en la búsqueda del escándalo.

Es curioso, pero contra todo lo que el sentido común podría indicar, hoy la televisión tiene una gran credibilidad. En la medida que se ha descarnado la información y cualquier viejo tabú sobre lo que se podía decir del poder ha desaparecido, el público ha comenzado a creer en lo que dicen los noticieros de la TV. Esta nueva credibilidad no ha ido acompañada de una conducta responsable respecto de lo que se informa. Un tópico más.

Respecto del gobierno, tal vez la parte más perversa de la relación actual entre Fox y los medios radica en que ni a uno ni a los otros parece importarles realmente lo sustantivo, sino el día a día, la nota "de ocho" como dirían los antiguos. El gobierno no ha desarrollado una estrategia para informar de sus grandes proyectos y las dificultades que éstos enfrentan, y a los medios eso parece tenerlos sin cuidado. Lo interesante es lo que a unos les aumenta puntos de audiencia y al otro puntos de popularidad en las encuestas.

Fox ha sido, desde sus comienzos en la política, un rehén de esa entelequia llamada opinión pública. Actúa siempre de cara a la popularidad, no como estadista responsable dispuesto a pagar el precio de sus actos. Acostumbrado a agradar, de pronto se asombra cuando los medios no reconocen lo que él considera sus méritos y se queja. Esa es la parte que le toca en la relación pervertida, pero el mal se transmite al resto del gobierno.

Las viejas reglas de sujeción desaparecieron, pero la nueva relación basada en la libertad entre el poder y los medios no ha nacido con salud, está enrevesada. Por una parte, los distintos grupos del gobierno utilizan la filtración y el rumor de buena fuente como estrategia para hacer avanzar sus intereses. No hay una política de comunicación basada en la información sustantiva y veraz. La prensa, la radio y la televisión no son más que escenarios de la lucha por el poder y de exhibición de las intrigas palaciegas. Creel contra Castañeda y de regreso. Los funcionarios menores hacen negocio vendiendo secretos de las investigaciones judiciales y todos buscan sacar partido de la exposición pública de los trapitos del contrario. Por su parte, en los medios, lo único que parece prevalecer es el negocio. No importa el daño que se le cause a la convivencia desprestigiando a la política. El asunto es ganar auditorio y dinero.

Sin duda alguna, buena parte del carácter de farsa que ha adquirido la información política en estos los tiempos del cambio se debe a los caracteres de los personajes. El Presidente le ha puesto su sello personal a la manera en la que este gobierno se ha relacionado con los medios y, por desgracia, aquí no ha habido medios a la altura del cambio que el país requiere. Pero, como en todo, resulta mal negocio apostarle a la llegada de los buenos, porque es más frecuente que lo que aparezca sean seres de carne y hueso, mediocres y limitados. De ahí que no nos quede más remedio que aprender de los fracasos.

En esto de la relación de los medios con el poder, también creo en la importancia de las reglas. Que cada quien cumpla con su función en la medida que sus capacidades se lo permitan, pero siempre de acuerdo con reglas claras. El gobierno ha dado un paso muy importante al promover la Ley de Acceso a la Información ­habrá que esperar a ver si su entrada en vigor no resulta demasiado complicada y burocrática­, pero las leyes que rigen el comportamiento de los medios son arcaicas y no protegen a nadie contra los excesos del ejercicio informativo.

Claro que también sería deseable un cambio de actitud: los políticos y Fox, el primero, deberían estar menos preocupados por dar la nota ­y vaya que la dan con frecuencia­ y deberían concentrarse en comunicar las razones de sus decisiones, en informar a los ciudadanos más que en impresionarlos, mientras que los medios deberían ocuparse de investigar sobre los asuntos sustantivos en lugar de nutrir sus espacios a partir del escándalo. Pero parece que todo esto es pedirle peras al olmo, lo cual no está mal ahora que me dedico a repetir tópicos.

El hecho, independientemente de los buenos deseos, es que la relación está como está y vamos a una nueva campaña electoral. Es más que probable que el Presidente esté esperando la oportunidad para volver a desplegar sus encantos, pero las circunstancias no son las mismas que hace tres años. El próximo año no bastará con el lenguaje llano y la actitud atrabancada. Los adversarios le pedirán cuentas al gobernante y los medios se harán cargo de ello. Todo parece indicar que la estrategia de Fox se basará, de nuevo, en intentar que la elección sea un plebiscito sobre su gestión: los votos por el PAN serán en favor del Presidente y en contra de unos partidos que se han dedicado a obstaculizar sus proyectos. Es probable que algunos medios, electrónicos y escritos, compren ese boleto, pero difícilmente volverá a ser generalizado el tirón mediático como en la campaña presidencial.

Lo malo de todo eso es que mientras gana el espectáculo, la política se desprestigia. El cambio tan anunciado deja sólo insatisfacción y las explicaciones simplonas generan desencanto. Gobernar con la atención puesta sólo en los índices de popularidad acaba por resultar contraproducente, porque al tratar de agradar a todos se acaba por caerle mal a la mayoría. Tal vez eso no ha ocurrido aún con Fox, pero todavía faltan cuatro largos años, y después de la elección de 2003 puede empezar el verdadero vía crucis. El próximo año será un espectáculo menor y los ciudadanos, hastiados, difícilmente irán a las urnas. Las ganancias para los medios tampoco serán tan jugosas, y sea cual fuere el resultado, los grandes cambios, las reformas de fondo, tendrán que esperar, porque aquí nadie se pone de acuerdo: por salir en la foto no se hace política.

La relación de Fox con los medios no es más que el ejemplo notorio de la nueva relación de la política con la opinión publicada: áspera, sin reglas claras, con muchas impunidades, demasiado orientada al espectáculo. Todo menos una relación que sirva para lo que se supone que debe servir: para que los ciudadanos, esos ignorantes racionales que emiten su voto cada tres años ejerzan ese derecho de la manera más informada posible y le exijan a los políticos cuentas de su responsabilidad política. Como en casi todos los ámbitos, en estos tiempos de cambio de régimen, hace falta un proceso de institucionalización que ponga a cada uno en su sitio. Mientras tanto, veamos como continúa el espectáculo.


Jorge Javier Romero es politólogo, profesor-investigador de la UAM.

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