Ante la tragedia en EU,
reaccionar de bote pronto
Javier Solórzano Zinser
Lo inédito evidentemente no tiene referentes. No hay manera de saber cómo se va a actuar ante algo nunca antes
visto. La televisión lanza imágenes como vienen llegando en función de lo que pasa. La diferencia entre lo que sucede y
parece en la televisión es imperceptible. Lo inimaginable se hace real. Las escenas no tienen forma de explicarse.
La tele presenta lo que pasa y posteriormente lo repite hasta el cansancio y ni así se tiene claridad de lo que ha
sucedido. Paulatinamente se va dando un intento de explicar. Los hechos se convierten inmediatamente en la cotidiana lucha entre los medios por la audiencia. Algunos dicen ganar la primicia, que más vale no sobrevalorar en páginas publicitarias,
pues ante la gran cantidad de estaciones de radio y una competencia
sui géneris en la televisión, en menos de pocos
minutos la información empieza a asomarse por todos lados.
Se puede ganar la oportunidad informativa por segundos, pero en poco tiempo se entra al terreno de la pelea por
el público. Aquel que explica mejor y ofrece información nueva y oportuna se convierte en el elegido, más allá de la
obsesión por el rating y por quien en un primer momento haya ganado la noticia. Los hechos tuvieron en la televisión su
previsible centro de atención y, por lo tanto, las imágenes debían, ante lo inédito, ser explicadas por los conductores. Frente a
lo que estaba sucediendo todo debía ser visto y contado de manera casi elemental. Todo tenía que ser explicado como
con una guía a pesar de lo explícito de las imágenes. No era una tarea sencilla a pesar de que la imagen "hablaba".
Veámoslo de nuevo sin saber qué fue lo que sucedió. ¿Se había imaginado alguna vez que en EU podrían ser usados
aviones comerciales para atacar el Pentágono y las Torres Gemelas en Washington y Nueva York, respectivamente?
La situación de excepción llevó a los medios a una transformación justificada de su programación. Los hechos
fueron inesperados y la posibilidad de entenderlos era menor. No existían elementos para explicar casi nada, y lo que
vinieron a hacer los conductores fue intentar responder acorde a su propio marco de referencia. Los temores abatieron a
todos y lo que se estaba diciendo tenía más relación con el sentido de la vida e ideología de todo aquel que tenía un
micrófono, más que una respuesta profesional.
Sin embargo, es evidente que lo que se requería de los profesionales era el intento de explicación. Los
exabruptos estuvieron a la orden del día. Tienen, a pesar de todo lo que se diga, su razón de ser. Había que hablar bajo el
síndrome del bote pronto, y por lo tanto muchas de las cosas que se expresaron eran intentos de respuestas llevadas de "la
mejor manera posible". Todo, insistimos, en el marco de lo inédito.
Las ideologías y concepciones del mundo regaron durante bastante tiempo a los medios. Las explicaciones con
base en elementos ajenos al sentido estricto de las hipótesis de un ataque de esta envergadura dieron paso a voces que
iban más allá de lo que en sentido estricto pasaba y suponíamos. Dio la impresión que algunas voces se detuvieron
en elementos ligados a creencias o cuestiones de esta índole también como parte de explicar lo inexplicable. Sin
embargo, poco a poco fueron perdiendo la carrera por el obsesivo
rating.
Los hechos fueron urgiendo poco a poco a un espacio nuevo: la interpretación. Esta requería de una visión crítica
y tajante contra los hechos violentos, pero también, de forma obligada, debería llevar la pregunta del porqué de un
hecho tan violento, y que además tuvo como objetivo a la población civil. Fueron momentos de caos y la dependencia
informativa y visual hacia EU hizo que se repitieran un sinnúmero de explicaciones, a través de las traducciones, sobre lo
que estaba, pasaba y se interpretaba.
 |
|
La versión de la demolición de las Torres Gemelas, como parte de una decisión del gobierno de Nueva York, llama
a la risa y al estupor, sin perder de vista que la versión original llegó del vecino país. Por venir de las cadenas de
televisión de EU da la impresión que se hizo una verdad y se repitió sin el más mínimo criterio y pudor. Como esta anécdota
hubo muchas, pero es también necesario tomar en consideración que bajo las circunstancias que se vivían se va perdiendo
la capacidad de maniobra informativa.
Vale la pena consignar que los medios mexicanos no estuvieron a la zaga. Se dieron los elementos centrales, pero
sin duda ganaron los que además de tener conductores tuvieron a sus espaldas a un equipo profesional. No es posible
que todo quede en manos de los que están frente al micrófono. Es necesaria la visión crítica de un equipo que los ayude.
Esto definió los niveles de audiencia y la obsesión por el
rating.
Lo que viene va a requerir de la mesura. Es impopular pero necesaria. Es evidente que la guerra al escribir estas
líneas todavía se encuentra sin enemigo identificado a plenitud tiene un largo camino. Preguntarse los porqués es una
forma de hacer periodismo. No es nuestra guerra pero estamos en un mundo que también es nuestro. Lo importante es
informar y además del trabajo de opinión y de investigación dar acceso a los que ayudan a explicar sin maniqueísmos para
darle el justo sentido al momento histórico y doloroso que se vive. Es desde hace mucho tiempo el momento de las
razones, más allá del lamentable espectáculo. Para pegarle a la pelota de bote pronto se requiere de técnica y capacidad.
Detrás de la actitud ante el micrófono y las cámaras están los años de entrenamiento probado y sin duda el marco de
referencia personal.
De nuevo, el público será testigo y juez de quienes le saben pegar de bote pronto cuando EU, de la mano de
diferentes naciones, busquen justicia o venganza. Es cuestión de días. Cuando esté leyendo el presente número de
etcétera todos estaremos de nuevo ante el drama, temor y la violencia, y usted seguirá con su particular evaluación de los medios
de comunicación nacionales.