José Antonio Gurrea C. / Miguel Ángel Granados Chapa
¿Qué satisfacciones y sinsabores le ha dejado el periodismo?
Satisfacciones muchas, aunque disto de ser una persona satisfecha. Creo que la Satisfación con mayúscula es
casi sinónimo de la muerte. Nadie que esté vivo, que esté en acción, puede estar satisfecho, ni con el desempeño
profesional, porque siempre es posible hacerlo mejor. Siempre tiene uno conciencia de la insuficiencia en el desempeño
del trabajo, y menos puede sentirse satisfecho del entorno en el que se realiza nuestro trabajo. La sociedad mexicana
es injusta, gravemente inequitativa, peligrosamente inequitativa, por lo que no se puede sentir satisfacción por el
entorno en que hacemos nuestro trabajo.
Respecto de los sinsabores, me han ocurrido, pero carecen de importancia frente a los frutos que la pasión por
el periodismo me han rendido. Los frutos de haber participado, por ejemplo, en la mejor época de
Excélsior, en la fundación de publicaciones tan relevantes como
Proceso y La Jornada.
Usted comenzó su carrera en 1964, en el vespertino
Crucero que dirigía Manuel Buendía. En estos 41 años
de ejercicio periodístico, ¿qué le ha tocado vivir?, ¿cómo ha visto usted la evolución de los medios en México?
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Miguel Ángel Granados Chapa Fotos: Bernardo Moncada |
Pues una evolución profundísima. Los medios eran muy precarios, muy dependientes del favor
gubernamental. La industria periodística era muy subsidiada y algunos de estos subsidios eran explícitos y formales. Se podía
hablar de ellos y otros, los más importantes, eran secretos, subrepticios. La industria periodística estaba sobreprotegida
por el gobierno no gratuitamente, sino a cambio de que la prensa en general fuera mucho más propagandística
que informadora. He asistido al cambio. Eso ya no ocurre masivamente. Antes prácticamente no había
excepciones, ahora hay todavía muchos medios de información, particularmente los electrónicos, que viven haciéndole favores
al gobierno, pero recibiéndolos también. (Ahí está el caso de los permisos de las casas de apuesta otorgadas por
Creel a Televisa, donde
etcétera tuvo un papel muy importante al haber hecho notar eso con anticipación notable.) Yo
soy optimista socialmente. Creo en la posibilidad de una sociedad mejor porque he visto que el cambio es posible, y
lo he visto muy directamente en el oficio periodístico y en la estructura de los medios de información. Hoy casi no
se parecen los medios a los que prevalecían en 1964 cuando comencé a trabajar.
Con ese talante crítico que le conocemos, esa atmósfera opresiva que existía seguramente le trajo dificultades.
Bueno, integrantes de El Muro, que es parte y antecedente de El Yunque, me dieron una tunda en el año 65.
En Crucero publiqué una serie de reportajes sobre las sociedades secretas; lo que ahora ha hecho con mayor fortuna
y mejor documentación Álvaro Delgado yo lo hice hace 40 años de un modo mucho menos riguroso, pero
señalando muy específicamente el carácter de mamparas que ciertas organizaciones visibles tenían respecto de las
sociedades secretas, que eran violentas y contrarias al credo cristiano que decían profesar. Documenté en lo posible el
asunto, hice un reportaje de seis entregas, y meses después me secuestraron, me llevaron a los montes de Contreras y
me dieron una cintariza casi a la usanza de los esclavos romanos, en la espalda y en los glúteos. Y luego, durante
los tiempos de Excélsior, resentí, junto con muchos de mis compañeros, el golpe de Echeverría.
Ése es el tipo de cosas que padecí, de distinta dimensión uno y otro caso, pero todo estaba engarzado.
La investigación sobre ese secuestro y golpiza que me propinaron no prosperó. Como Manuel Buendía había
sido reportero de policía consiguió que un compadre suyo, agente de la policía judicial, fuera asignado al caso. Un
día, sin embargo, el agente me dijo que tenía instrucciones de no seguir adelante.Era comprensible. El subdirector
de información de la Secretaría de Gobernación era miembro de una de estas sociedades secretas. De modo que
la derecha estaba ya muy incrustada en el gobierno. Ahora nos sorprende que estén gobernando, pero
gobernaban desde entonces.
¿Cuáles son los males que aquejan al periodismo mexicano actual?
Uno es su superficialidad. Hemos caminado mucho en el terreno de la investigación, pero todavía se pone
mucho el acento en las declaraciones y en las reacciones. Todavía ocupan demasiado lugar en las páginas de los
periódicos los dichos sobre los hechos, y éstos son los acontecimientos que más llaman la atención del público. Ese me parece que es un problema importante. Deberíamos privilegiar lo sustantivo y no lo adjetivo. Luego, sigue habiendo
un menosprecio profesional por los periodistas, no hay una regulación de las relaciones contractuales entre
periodistas y medios, no hay una regulación de las remuneraciones en los medios. El mercado periodístico se modificó casi
de raíz, pero ese cambio no ha repercurtido en la relación de trabajo dentro de los medios. Me parece que ése es uno
de los problemas que deberían ser enfrentados por el gremio. No hay una organización gremial suficiente y,
en consecuencia, somos un gremio no sólo débil, sino enfrentado por intereses ajenos a los nuestros. Básicamente
esos serían los problemas que aquejan al periodismo actual.
¿Y qué virtudes le encuentra?
Una mayor independencia, mayor viveza, mayor frescura. En 1967, cuando yo estaba recién llegado a
Excélsior no podíamos usar la palabra aborto. Teníamos que decir "interrupción prematura del embarazo" porque era
grosero hablar de aborto. La palabra aborto es una palabra absolutamente neutra, usual, describe un fenómeno, pero
parecía grosero emplear esa palabra, conforme a una cierta moralidad chabacana. Hoy, la libertad del habla periodística
es amplia. Lo que en ciertos sectores se consideran groserías o malas palabras tienen su espacio natural en los
medios, cosa que no ocurría. Eso le da una frescura. Se parecen más los periódicos a la vida real que lo que se parecían
antes. Había una gran zanja entre lo que aparecía en los periódicos y el modo que se decía y lo que ocurría en la vida
real. De modo que hay libertad de opinión, libertad de información, más ancha de lo que había antes. Y hay esa
frescura y esa viveza y ese gusto por el chacoteo, por la parodia, por la ridiculización de los poderosos. Eso me parece sano.
¿Qué debe hacer un periodista, un medio, ante una filtración?
Depende. Creó que las filtraciones son un modo chueco de informar, pero comprensibles en
determinadas circunstancias. Entonces, la calificación de las filtraciones debe hacerse caso por caso. Aun a sabiendas de que
un medio o un periodista puede estar sirviendo a un interés ajeno al suyo propio, a veces las filtraciones son
relevantes y deben ser atendidas, pero eso requiere un escrúpulo profesional que las examine y maneje en virtud de los
propios méritos de la filtración. De por sí la filtración es un modo chueco que como principio general debe ser
desatendido, pero habría que ver con ese rigor ético los casos específicos, y me parece que en algunas situaciones se justifica
que un medio, si está plenamente confiado en la fuente que hace la filtración, puede y debe atender la filtración.
En el caso específico de los permisos de casas de juego otorgados a Televisa, se recordará que ésta se
hizo pública a través de una filtración a varios medios; después esa filtración fue calificada como "un medio
desleznable". ¿Cuál es su opinión al respecto?
Puede serlo, si se sirve a un interés distinto del medio, pero en este caso específico hay una justificación plena
por la naturaleza del asunto.
Es, claramente, un caso de interés público.
Por supuesto.
Aunque, por otro lado, las filtraciones han ido en perjuicio del periodismo de investigación.
Sí. Porque la filtración es un modo de establecer relaciones privilegiadas con los medios y se favorece a unos
en detrimento de los demás, y tiene que haber una equidad en la competencia por la información.
¿Cuál debe ser la actitud de un medio o de un periodista ante las presiones para que devele la identidad de
una fuente? Saltan a la vista los recientes casos suscitados en Estados Unidos.
A mí me resulta enteramente admirable la actitud de Judith Miller (reportera del
New York Times) que prefiere irse a la cárcel que revelar sus fuentes. Sobre todo porque esas fuentes ya se conocieron. Entonces ella podría
justificarse a sí misma diciendo, pues como ya se sabe o se presume quién me lo dijo, ya no hay empacho para que yo misma
lo diga. Pero ha preferido que se sepa por otros lados, que ella revelar su fuente. Me parece que es de gran
importancia esa decisión suya. Es una posición ejemplar. Los periodistas deben negarse a revelar sus fuentes.
En materia de gastos de comunicación social, ¿cree usted que los gobiernos tienen el derecho o no de
respaldar proyectos periodísticos afines y desestimar a otros porque son críticos?
Creo que debe haber un criterio. De hecho en la legislación federal, merced a esfuerzos que hizo Fátima
Fernández cuando trabajó en el gobierno, se establecieron criterios para la asignación de los presupuestos publicitarios.
Me parece que eso debería hacerse en todos los gobiernos. De entrada, no debe gastarse en todos los medios. No es lo mismo Rumbo de
México, un periódico de Toluca que está entrando al DF que
El Universal, tienen una presencia social enteramente distinta; no es lo mismo el actual
unomásuno que Reforma. Me parece sería un error
considerarlos en la misma categoría. Los periódicos son distintos, alcanzan a sectores distintos y un criterio de comunicación
sano debe atender a estas circunstancias, pero la distinción no debe ser arbitraria respecto de las posiciones editoriales
de los periódicos.
Un comunicador social que decide su presupuesto en función de su afinidad política con los periódicos
yerra, comete un grave error y hasta se puede convertir en un delincuente. Lo más conveniente será establecer
reglas generales que atiendan a la naturaleza de los medios, no sólo respecto de su circulación.
Teleguía circula más que
etcétera pero para considerarlos como medios publicitarios sería torpe limitarse a sólo tener en cuenta el tiraje y
la circulación de estos medios, sino la repercusión de sus materiales en los sectores que toman decisiones. De
modo que debe haber una combinación de factores que establezcan más o menos objetivos para la asignación de la
publicidad gubernamental. No debe hacerse discrecionalmente y a capricho de los responsables.
Al respecto, el de las gacetillas sigue siendo un problema grave. Vemos muchos diarios que no advierten
claramente a los lectores que se trata de inserciones pagadas.
O que lo advierten de un modo que los lectores comunes no comprenden. Ésa es una práctica que debería
ser expulsada del periodismo mexicano. Aunque considero que es un problema que está en retirada, se sigue
engañando al lector, es gravísimo, sobre todo porque lo hacen medios que presumiblemente tienen programada una
actitud diferente. La Jornada, por ejemplo, nació para no hacer eso. Su definición cuando fue concebida rechazaba
esas prácticas. Hay ahí una doble infracción, pues es una infracción al propio credo del periódico y a los lectores.
Lo mismo ocurre con las entrevistas pagadas que son frecuentes en los medios electrónicos. Se transmite una
entrevista y es pagada, sin embargo se engaña al televidente que no sabe que es propaganda pagada.